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Por Nicolás Mavrakis

I
¿Y qué hay sobre el viejo espionaje? Julian Assange y Edward Snowden se han manifestado sobre el asunto de una manera tal que el espionaje —como se practicaba durante la Guerra Fría— queda reducido a algo que en términos de sofisticación e inteligencia no se diferencia demasiado de un intercambio de piedrazos en la oscuridad. Después de Wikileaks, lo que antes se entendía como espiar parece tan ingenuo como agacharse sin nadie alrededor a mirar a través de la cerradura.

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II
¿Pero quién dejaría de mirar por la cerradura si tuviera la oportunidad de hacerlo? Facebook es la gran cerradura de la época. (Twitter, en cambio, ofrece a la mirada algo más penoso, que podría simplificarse en una imagen: la frustración amorosa de la treintañeras que usan animal print y tienen rollos sobre el abdomen). La web, como conjunto, no es más que información que circula toda junta esperando que alguien encuentre la cerradura. Quiero llegar con esto a Las Leonas. Las Leonas en pelotas en internet.

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III
El artículo llega a través de un sitio en Chile (la nación zombie que, una vez más, se arrodilla y succiona y se traga muchas de las aquiescencias de la cultura argentina, y lo hace con placer). Las Leonas, el equipo femenino de hockey argentino. Está lo obvio, claro. Y también lo menos obvio. ¿Quién habrá robado las fotos? No lo imagino como alguien al tanto de las sutilezas del espionaje. No lo imagino como un admirador intelectual —en el sentido técnico del término: un criptohacker— de Assange y Snowden sino más bien como alguien que pescó una cámara después de experimentar alguna bronca infantil y subió todo a la web. Para esa persona, la web no fue una fuente de información sino un vertedero —esta palabra horrible la usaría hoy cualquier periodista sensible— de información.

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IV
Las imágenes no tienen mucho más que la elocuencia de la belleza: se bastan a sí mismas. Cuerpos trabajados, cuerpos depilados, cuerpos duros, cuerpos alegres. Cuerpos completamente desnudos. Un collage de perfectas herramientas elaboradas para el amor. Ni siquiera importa si realmente son Las Leonas. Hay una neurona dañada en el discurso social, esa es la neurona de cierto feminismo: es la que, en este caso, como en todos los casos, va a ver donde solo se ve autocelebración, exhibicionismo y orgulloso algo que en cambio probablemente se decodificará como perteneciente al orden de la humillación. Catherine Hakim ha señalado sus reparos. Intuyo cuál de estas dos personalidades —la que exhibe dignidad, la que necesita humillación— va a pasar solas el fin de semana bajo el sonido célibe de la tormenta Berta. Lo que yo veo, sin embargo, es un simple revival tecnológico. Del tipo que necesita encontrar una cámara digital sobre la mesa y guardársela en el bolsillo y descargar el contenido y subirlo a la nube de deseos de internet. Sin las sutilezas del HTML ni el ánimo político de la NSA ////PACO