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El sintagma “novela policial” me incomoda. ¿Por qué? Cuando una vez conté la incomodidad que me generaba, el escritor de best-sellers sin público Alejandro Soifer me dijo: “pero si vos escribiste dos novelas policiales…” La incomodidad nunca fue un negador literario, sino más bien un detonador, un aliciente. ¿Entonces? Analicemos el rótulo en cuestión. Novela, novela. Escribí varias. Quizás ya demasiadas. Pero en las mías casi no hay policía. Ni siquiera en las aludidas por Soifer. La policía argentina me parece algo demasiado complejo, execrable y surrealista. Nunca me interesó esa resaca sin nombre, despreciable, que rodea a Martín Fierro y de la cual surge Cruz como excepción. En todo caso, recordando a Hitchcock, podría decir “No estoy contra la policía; simplemente le tengo miedo.” Un miedo tal vez hecho de experiencia lectora y tedio.

Se habla del autogobierno policial, de una organización seudocriminal regulada por las comisarías; yo, en mi disciplina, hablaría de la autonovela policial, o mejor, de autogobierno comercial de la novela policial. Soy más explícito: no veo que haya forma de narrar la policía por fuera de la policía misma. No logro imaginarme una ficción sobre la policía que me satisfaga porque veo a la policía, al menos en la Argentina, como un gran equívoco moderno, una gran anomalía, una aterradora y enfática ficción en el sentido de máscara, fachada, engaño y coartada. Sería como hacer un chiste sobre otro chiste. Del presupuesto total de la policía bonaerense, el ochenta por ciento se usa para pagar sueldos. ¿De dónde sale el dinero para mantener equipados a los agentes y mantener limpias y ordenadas las comisarías? Por supuesto, sale del crimen, pero mejor aun sale de la imaginación de la policía para el crimen. Así, la policía argentina hoy escribe su propia novela mucho más rápido y forma mucho más siniestra y eficientes que los novelistas argentinos. Hay levantamientos, alianzas políticas o monetarias, asesinatos, coimas, torturas, transacciones, estupros, corrupción. También heroísmo, servicio, audacia. Ningún novelista puede imaginar eso, escribirlo, reproducirlo, ficcionalizarlo. Si ponés un policía en tu novela ese policía ya es en parte un criminal y un héroe opaco y esto para el arte de la novela, un arte siempre en el borde de la pauperización, implica problemas casi irresolubles. Hoy solamente un James Joyce, encerrado en la Bastilla con el Marqués de Sade, podría escribir una buena novela policial argentina. La haría con el habla de los comisarios, con sus exabruptos, describiendo sus genitales, su tejido adiposo, sus excesos en la gula y la codicia, su indiferencia, su muy bestial desidia frente al mundo de las leyes.

Vuelvo al principio. Mis novelas a las que se refería Alejandro Soifer son Lejos de Berlín y El vampiro argentino y en ellas solo aparecen dos policías, un poco bufos, en el principio del primer capítulo de la primera, y, azarosamente, como parte de un escenario, en algún capítulo de la segunda. En ambas, eso sí, los protagonistas son militares. Las dos novelas suceden en la Argentina y en Buenos Aires, en ambos casos, el protagonista es un soldado alemán de elite, un SS del Tercer Reich. No son entonces novelas policiales, sino novelas militares. Bruno Ritter, el protagonista de Lejos de Berlín, es un SS Sturmbannfürer varado en una Buenos Aires a la que llegó como espía y en la que acaba de triunfar por primera vez el peronismo. Victor Bravard, el protagonista de El vampiro argentino, es un SS Hauptsturmführer, en la Buenos Aires del Bicentenario en un mundo donde la Alemania nacionalsocialista ganó la Segunda Guerra. Ambos pelean contra las fuerzas del mal que son el caos, la vanidad, la desolación y el equívoco. Y esa es una batalla también por la propia existencia. Ahora bien, que yo haya caído en la tentación de escribir estas novelas, por otra parte, habla más de mis debilidades que de mis fortalezas o talentos.

Policial, policial. Novela policial. El adjetivo se me queda en la cabeza, rebotando. Lo policial dice mucho. Siempre preferí a los espías antes que a los policías. A los espías y a los militares. Es obvio: hay una dimensión más paranoica en el espía, más patológica, enredada, sutil. Mientras el militar es la fuerza, el coraje, la decisión, el espía es, lo sabemos, un lector. La idea de un policía lector ya es un poco más rara… Aunque hace poco Flavio LoPresti me contó que un tío suyo vendía enciclopedias en las comisarías de la Córdoba de los años sesenta. Esos agentes cordobeses, seguros burócratas y consumidores de datos duros y artículos cuya influencia formal se remonta a la Ilustración, me resultan más verosímiles y reales que todos los detectives de la ficción argentina, condenados sin más a ser reflejos pálidos de literaturas escritas en otros lugares.

Pasemos ahora a los colores. Los que no quieren que sus novelas sean novelas policiales usan a veces otra categoría, la novela negra. Vale aclarar que el negro no es un color, sino la ausencia de cualquier color. Y frente al policial negro está el policial blanco, que, también lo sabemos, no es un color sino la suma de todos los colores. El negro, por eso, es un estado de negatividad, y el blanco, de plenitud. ¿Qué pasa con la novela adjetivada de esta manera?

Guillermo Martínez, por ejemplo, hace policial blanco. Sus libros son herederos, podríamos decir, con algo de entusiasmo, de Chesterton, de La muerte y la brújula, del policial de enigma. Inglaterra y la lógica melancólica de un Imperio decadente por sobre la brutalidad de la América protestante, del exhibicionismo californiano, de la codicia de Wall Street. ¿Sueñan los anglicanos con soluciones matemáticas? Mientras Guillermo Martinez trabaja el policial blanco hay otros escritores que citan todo el tiempo la tradición del policial negro e intenta ubicarse en esa tradición. Citemos, por ejemplo, a Juan Sasturain, un referente conocido, un escritor campechano, que promueve la historieta local, que tuvo un programa de televisión, que escribe novelas con detectives fallidos y ridículos, que dirige una colección que se llama “Negro Absoluto” –eso ya debería significar algo– y que siempre cita a Hammet, a Chandler, al Corto Maltés. La bibliografía obligatoria completa del progresismo hasta 1980.

Pese a esto, y gracias a, sus libros hacen palidecer al género. En vez de sangre, entrega soliloquios neuróticos y el arte de la nostalgia. En vez de cloaca, lavabo. En vez de muerte y condena, autoindulgencia. En los libros de Sasturain encontramos la peor parte del tango, la de la rima, la del Edipo, la parte conservadora, el legado de ese humor general, de salón, encajonado, que recuerda a Fontanarrosa y los usos de la política de un Osvaldo Soriano. Puede haber a veces alguna referencia a la “cultura alta”, un quinteto de cuerdas, una cita de Neruda o de Picasso, todo para que el alienado protagonista de la narración en algún momento descubra que el terrorismo de Estado en la Argentina reciente fue muy cruel. Sus novelas negras, entonces, son antes de un gris borroso, residual.

En nuestro país, a veces, en el colmo de la ingenuidad, se reemplaza al detective por un periodista, un periodista que puede ser roto pero noble, alcohólico pero honesto, quizás cocainómano pero nunca paranoico ni mucho menos golpeador de mujeres. Esto me desagrada porque los periodistas no son nobles. Los periodistas, por lo general, son larvas arrastradas, oficinistas que, para seguir siendo periodistas, deben lamer con entusiasmo las botas del poder, de cualquier poder. Y lo sé porque fui periodista y de alguna forma todavía lo soy. Sergio Olguín puso de detective a una mujer periodista cuasi menopáusica que lucha contra criminales y corruptos… Parafraseando a Hitchcock: “No estoy contra la periodista menopáusica que lucha contra el mal; simplemente le tengo miedo.”

Entonces, decimos, novela negra, novela blanca, novela gris, autores grises, personajes irreales. Los colores, al final, importan. Variaciones en rojo de Rodolfo Walsh, un libro donde el asesino casi siempre es un gordo que juega a la pelota-paleta, se reconoce como policial blanco, que mezclado con el rojo del título, para desgracia de Roldofo Walsh, quedaría un poco rosa.

Pero todos estos autores que cito tienen algo en común: son amables, son percibidos como “buenas personas.” Nadie los recela en nada. Ni tampoco ellos sospechan de nada ni de nadie. Sencillos y acomodados en su oficio, para ellos el terror fue la dictadura. Así que viajan por el mundo como abanderados de la Argentina sojera. Son cristinistas de Termidor antes que kirchneristas iracundos. Y políticamente correctos hasta el más ínfimo detalle, hacen cuentas sin esconderse. La idea que manejan de la violencia, de la lucha de clases, de la geopolítica, es angustiante por lo obtusa. Y así y todo, lo peor es el uso ingenuo que despliegan de la tradición literaria, arrastrada con un sutil y prolijo compuesto de ignorancia y lecturas empobrecedoras, donde es posible citar a un Walsh que luchaba por los Derechos Humanos o a un Padre Mujica como un confesional y tarambana agente secreto.

Si la novela policial y su campo de influencia tienen que ver con la violencia, el choque de intereses, la brutalidad del sexo, la política y su oscuridad, estos novelistas, personas timoratas antes que cordiales, rehusan cualquier tipo de discusión y trabajan como ratones decapitados en sus ratoneras. A ellos todo les parece bien, o muy bien, y se dedican a apoyar sus humanidades en el lugarcito que el mercado les provee hamacando sus cantos de la misma manera que la sempiterna vieja se hace espacio en el transporte público. ¿Tanto, Terranova, me podrían decir? Respondo con una indiscreción que ustedes me perdonarán. Y espero que logren captar la ironía del caso.

En marzo del 2012, recibí un llamado de Ernesto Mallo. El escritor me invitaba a un encuentro de novela policial que él dirigía, auspiciado por la Ciudad de Buenos Aires. El festival se llamaba Buenos Aires Negra y sus siglas eran BAN. Para que sonara como un tiro, supongo, la sigla se terminaba con un signo de exclamación. Acepté más por cortesía que por curiosidad. En agosto del 2012 me llegó un mail confirmando mi participación en el encuentro firmado por el mismo Mallo. Festejaba el inicio de actividades y daba algunas precisiones. Pero, sobre todo, resaltaba una lista centrada en el medio del texto, confeccionada con tipografía en negrita. Copio esa parte, manteniendo la disposición general del texto:

BAN! está pensado para que te luzcas, para que puedas dar a conocer tus obra, tu trabajo o tus hazañas, para que te conozcan y te aprecien. Fuiste invitado por que creemos en vos y en tu obra y es un honor que nos acompañes en esta aventura, sobre todo porque sabemos que no te la creés y detestás el divismo y los caprichos tanto como nosotros.

La Actitud BAN!

Amable
Pacífica
Paciente
Generosa
Comprensiva

Amante de la libertad
Uno vale tanto como su próximo trabajo

Tolerante con todo menos con la estupidez
El humor es nuestra mejor arma y la cargamos con la palabra
No tapamos a nadie, no callamos a nadie, no censuramos a nadie
Respetuoso de los demás y de su trabajo, por mínimo que parezca
Una raza: la humana. Una patria: la Tierra. Una Diosa: la vida”

Cometo la indiscreción de publicitar este mail porque me parece un documento sintomático. La primer palabra de la Actitud BAN! es “Amable.” Hay que ser amable y pacífico y comprensivo. Eso era lo que se le pedía, se le demandaba, a los novelistas de policiales. ¿Por qué? La lista responde a eso también diciendo “Uno vale tanto como su próximo trabajo.” ¿Se percibe la refinada extorsión de esta frase? La explico aunque sé que no es necesario: Aquí se dice que hay que portarse bien porque si no te vas a quedar sin trabajo y no vas a valer nada. ¿Cómo podemos esperar algo lúcido o sensual de gente que piensa así, que adoctrina de esta manera, que propone esta actitud y la acata? Una cita más: “No tapamos a nadie, no callamos a nadie, no censuramos a nadie.” Creo que lo policial se redefine frente a esa frase. No se puede censurar a nadie. Esa es la actitud BAN!, esas es la actitud del mercado actual de la novela. Un actitud netamente policial. Ernesto Mallo pretendía que se fuera, aparte, “Tolerante con todo menos con la estupidez”.

Mi actitud no es la actitud BAN!, mi actitud está cruzada por la ansiedad, por la impaciencia y por la crítica. Aparte de haber caído en la tentación de escribir novelas, me defino –Dios me perdone– como crítico literario. Y soy, de a ratos, bastante tolerante con la estupidez, sobre todo con la propia. Al final no formé parte de la mesa de ese encuentro. Tenía otros compromisos. Pero me hubiera gustado ir a aburrirme ahí con esos escritores que hablan pensando que uno vale tanto como su próximo trabajo y confirmar algunas lecturas.

Escribir novelas policiales, novelas negras o al cualquier cosa que tenga que ver con toda esa morondanga, hoy no es un negocio sino la aspiración de un negocio, de un negocio muy turbio, tan fantasioso como improbable, donde los gángster se parecen a maestras de escuela que todo el tiempo te amenazan con amonestaciones y te dicen que te portes bien. ¿Como responder a eso?

En el siglo XX, Carlos Correas cumplió con muchos de los requisitos del género negro. Escribió una novela y unos cuentos pero es en sus ensayos donde su actitud disolvente se percibe con más fuerza. La traición, el dolor, la incomodidad frente al modo de vida capitalista, la práctica continua de la parresía, el ensayo como género del cuestionamiento y la erudición, lo condenaron a la marginalidad intelectual. Es una excentricidad decirlo pero son sus libros Arlt literato, Operación Massotta y La manía argentina, entre otros, los que para mí mejor definen y representan el género negro en nuestro país. No deja de ser trágico el suicidio de Carlos Correas en el año 2000. Pero más trágico es que sus libros se pierdan hoy sepultados por escritores que viven e intentan lucrar arrobados en las pobres mieles de un campo intelectual que lo festeja todo sin leer nada como un robot descompuesto.///PACO