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Por Luis Orani (@florenciovarela)

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El ex club YPF, pegado a los ex laboratorios YPF, hoy la Universidad Jauretche. Ese monolito blanco clavado en la triple frontera entre Florencio Varela, Quilmes y Berazategui. Cuando los laboratorios cerraron, el club siguió abierto, regentado por un viejo de pelo largo y bigote que siempre andaba en cueros y calzado con una lechucera. Después lo compró un sindicato que no le prestó demasiada atención. Ahora, en el agua podrida de la pileta, está flotando el Migue. Tiene la cara gris e hinchada. Los pibes dieron con él después de tres días de búsqueda.

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El predio de los ex laboratorios ocupa seis manzanas, comprendidas entre la Avenida Calchaquí, Avenida Del Trabajo, Camino General Belgrano y Sargento Cabral. Los pibes pasan las bicicletas por un hueco en el tejido y salen a Camino Belgrano. El mandato es ir a Pereyra. Podrían tomar Ruta Dos pero es un día complicado. Más aún sin el Migue. Van al centro de Berazategui por la catorce. En fila india, las tres bicicletas, con los rayos pulidos y revividor de negro en las gomas. Es un día de sol. Pasan por el club de los Textiles. En la cancha de fútbol juegan quince contra quince, chicas y chicos mezclados. Es el día de la primavera.

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Llegan a Estación Berazategui. El cruce de las vías es lento. La juventud rebalsa en los andenes. Hay algunas guitarras. Son más los equipos de música. Botellas de plástico con líquidos de varios colores. Nadie paga boleto. Los pibes cruzan, vuelven a subir a las bicicletas y se van por Lisandro de la Torre, bordeando las vías, al sur. Yoni pedalea atrás de todo. No quiere ir a Pereyra.

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Yoni está enojado con el Migue. Se había pactado tregua para el veintiuno. Sólo iban a pelearse los más pendejos. El Migue quería pudrir todo. Se la tenía jurada a Tacuara, capo de Villa del Plata, y tres noches antes salió a hacer pintadas. No llevó las plumas puestas. Ahora es un pedazo de pan viejo flotando en agua verde. Leo y Alan quieren emparejar las cosas. Yoni va porque no los puede dejar en banda. Se le aflojan los brazos y casi pierde el control de la bicicleta.

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En el Poli hay un grupo de remeras rojas. Es su territorio. Leo fija la dirección en el manubrio y ubica su mano izquierda en el cabo brillante que sobresale de la mochila. Leo es zurdo y el ángulo es favorable. Los remeras rojas bajan a la calle y se paran de manos. Leo acelera y el viento le sacude las plumas blancas cosidas a su chaleco de jean. Abanica el caño. Los dientes no son cosas muy grandes, pero se alcanza a ver su reflejo en el cromado. También cómo se suspenden en el aire. Alan y Yoni se bajan de las bicicletas y acuden a la batalla a puño limpio, sin desenvainar sus armas. A Yoni le viene bien para dejar de pensar. Es rápido y fácil. Leo limpia el caño en el pasto.

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Alan va en la bici sin usar las manos y dando alaridos. Quiere toparse con los de Villa del Plata. Canta una canción sobre putos de remera verde que no aguantan nunca y corren siempre. Leo sigue a la cabeza. Yoni desenredó su cadena del cuadro de la bici y ahora la lleva en el brazo derecho como una manga. Llegan a Hudson, pasan por debajo de la Autopista Buenos Aires-La Plata. Ya es campo abierto y no hay gente.

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Se internan por Estancia San Juan y Alan ya no grita. El pasto está alto y los pájaros los ignoran. Pasan por una alameda: plumas blancas, plumas grises, plumas pardas, cosidas a chalecos de jean marca Charro. Migue usaba plumas negras.

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Los pibes cruzan el arroyo Pereyra por un puente pequeño. Entran al bosque. El sol no pasa. Van despacio y se les empieza a secar la transpiración. No escuchan otra cosa que los piñones de las bicicletas. Yoni está nervioso y su cadena tiene olor a óxido. Leo empuña el caño. Alan saca de un bolsillo del chaleco su tramontina. El mango está grasoso y la hoja en parte quemada. El arroyo se vuelve cenagoso. Ya están en los terrenos de la Academia. Falta poco para el Árbol de Cristal. Están cerca del Parque.

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El Árbol de Cristal está en un pequeño claro. Se trata de una especie malaya, el Agathis Alba, y es el único ejemplar en el continente americano. Es un árbol enorme, de tronco gris y hojas gruesas y ásperas. De las ramas gotea una resina que a trasluz parece formar pendientes de vidrio. Digno de verse en las noches claras. Pero ya nadie se mete en la Academia después de que oscurece. Los pibes no lo harían si no fuese porque tocar el Árbol de Cristal atrae a la buena fortuna. La necesitan. Perdieron al Migue.

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Dejan las bicicletas a la sombra y se acercan al Árbol de Cristal. Están al sol, a la vista. “Vengan, putos”, susurra Alan. Hay cardenales y zorzales. Es un veintiuno de septiembre ideal. Los pibes tocan el Árbol, sienten su temperatura. Caen algunas hojas. Los pibes escrutan las copas. Sacan caño, tramontina y cadena. Pasan dos cotorras volando.

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Vuelven a las bicicletas. Leo va adelante. A él le caen primero. “¡Vucetich! ¡Putos de mierda!” Los internos de la Academia se arrojan desde los árboles. Traen el pelo al ras y equipos de gimnasia azules. Leo está en el piso en un embudo de patadas. Yoni revolea su cadena, tratando de dispersar el enjambre de cadetes. Le pegan en un ojo. El tramontina de Alan ya tiene sangre.

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Los pibes escapan. A pie. Cruzan Centenario malheridos. Los Vucetich no tienen permitido salir de la Academia. Los pibes se acercan al grueso de la juventud que festeja en Pereyra. Hay muchas motos y poco lugar para sentarse. La música es fuerte y también el olor a chorizo. Chicas y sol. Chicos y humo. Alan roba una botella de plástico con vino tinto y gaseosa de naranja a un grupo de chicas de colegio privado. Todas tienen la chomba del instituto. Alan rodea a una de ellas por la cintura con un brazo mientras que con el otro le pone el pico de la botella en la boca. Ella le escupe la cara. Alan se agacha y se limpia contra la chomba de piqué. Se marea al erguirse. Son demasiados, hay demasiado de todo, salvo espacio. Es un recital sin escenario. Grupos enteros se detienen y fijan la vista en una u otra dirección: desde algún lado tiene que llegar la primavera. Leo debió girar en algún momento porque está otra vez en Centenario. Él es el que peor quedó. Agarra una bicicleta sin que nadie le diga nada. Pedalea unos metros y se cae. No escucha cómo se ríen de él.

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Yoni no encuentra a los demás. Tiene sangre y humo en la vista. Cree ver un par de remeras verdes juntas. Se mueven y los sigue. Choca, pega hombrazos. Nadie se le planta. El sol está alto y los límites del Parque desaparecen bajo la multitud. Yoni levanta la cadena, la hace girar. De a poco, a los golpes, abre un círculo entre la gente. Ya no ve remeras verdes. Alguien le tira una piedra y le pega en el hombro. La cadena sigue girando. Yoni se fija en una remera blanca con una virgen estampada. La lleva una chica con el pelo rosa en degradé hacia rubio. Yoni piensa en la tintura mientras la cadena se enreda en el cuello de la chica. Siente el tirón, el roce en la piel, la quemadura que le provoca. La presión en la traquea. No es lo que quería. El círculo se rompe. Son muchos y él ya está en el piso. Vuelan las plumas pardas. No hay más humo. Sí el gusto a óxido de la sangre. Y el olor: tierra, pasto, vino, gaseosa.