Su primera aproximación a la política partidaria fue el año pasado. “Nadie nace intendente”, dijo para justificar la inexperiencia. Confió en que su formación, su entusiasmo por el voluntariado y su destreza ante nuevos desafíos serían suficientes para hacer una buena gestión. ¿Por qué al PRO? Cuando Mauricio Macri buscaba a su candidato en Quilmes el primer nombre que surgió fue el del periodista Walter Queijeiro, que finalmente cerró con Sergio Massa. Desde ese espacio testearon luego al modelo Tomy Dunster, pero al tiempo se dieron cuenta de que Martiniano medía mejor. “Tenés que venir con nosotros, tus ideas no son compatibles con el PRO”, le advirtió en aquel entonces Mariano Recalde, quien había sido su compañero del Colegio Nacional de Buenos Aires y años atrás lo contrató para manejar el catering de Aerolíneas Argentinas. El camporista no era su único nexo con el kirchnerismo: tenía buena relación con el intendente de Berazategui Patricio Mussi, para quien trabajó en una feria de cocina sustentable en su municipio, y también participó en el programa Pro Huerta que manejaba el Ministerio de Desarrollo Social de Alicia Kirchner. Sin embargo, el ex jugador de handball decidió participar en el equipo de Cambiemos. “No soy ni peronista, ni radical, ni de derecha, ni de izquierda”, explicó, y dejó demostrados sus dotes de predicador de la doctrina PRO.

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“No soy ni peronista, ni radical, ni de derecha, ni de izquierda”, explicó, y dejó demostrados sus dotes de predicador de la doctrina PRO.

Un cocinero joven, musculoso, posa ante la cámara con un delantal ceñido al cuerpo. Hace malabares con naranjas. Ataja un melón. Rompe un ananá de un hachazo. Sirve los platos en una mesa abundante, decorada con candelabros y mantel rojo. Se sube a ella mientras se saca la remera, dejando al descubierto sus pectorales marcados. Levanta un racimo de uvas y tira una mirada seductora. Al final del video, agarra con ambas manos una sandía cortada al medio y hunde su cara en ella. La chupa. Del archivo no se salva nadie y Martiniano quedó inmortalizado como un Macho Bus en la foto del almanaque del ciclo que conducía Nico Repetto los sábados por Telefe. Sin embargo, la vida del cocinero dio un vuelco desde su explosión mediática hasta ahora. Alejado de la televisión, hace unos meses asumió como intendente de Quilmes y se convirtió en un exponente de la “nueva política”. Ecologista, naturista, post-ideológico, el chef fue uno de los batacazos de las últimas elecciones y ahora es parte de la flamante camada de jefes comunales que puso límites a los barones del Conurbano. Fue el espadachín del PRO que venció al PJ en su distrito, un fiel reflejo local de lo que sucedió en la provincia de Buenos Aires. Le arrebató el municipio al kirchnerista Francisco “Barba” Gutiérrez, y ganó nada menos que en tierras de Aníbal Fernández.

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Un cocinero joven, musculoso, posa ante la cámara con un delantal ceñido al cuerpo. Hace malabares con naranjas. Ataja un melón. Rompe un ananá de un hachazo.

El triunfo del cambio no pasó desapercibido para los quilmeños. Como en un “juego del paquete” político, Martiniano fue dando a conocer, en capas temporales muy breves, algunos regalos sorpresa. Cuando se detuvo la música electoral triunfalista quedaron expuestas las sillas vacías: su primera decisión como intendente fue despedir a mil personas. Días más tarde, como regalo de Año Nuevo, se aumentó el sueldo un 30 por ciento. Luego lanzó un guiño al sindicalismo y contrató como asesor al secretario general de los trabajadores municipales, para asegurarse de que los “ñoquis” cesanteados quedaran abandonados a su suerte. La última vez que sorprendió fue en una entrevista el 24 de marzo, a 40 años del golpe cívico-militar. Cuando fue consultado sobre la posibilidad de que el Pozo de Quilmes -centro de detención clandestino que funcionó en su municipio durante la dictadura- se convierta en un espacio de la memoria, malinterpretó la pregunta y respondió como si le hablaran de un bache. Al día siguiente dijo que el “error” se debió a que no escuchó bien al periodista porque “hablaba bajito” y ofreció unas disculpas lavadas. ¿No estaba al tanto de la existencia de ese centro clandestino? ¿Entendió mal? Especulaciones y críticas circularon por doquier. Lo que expuso ese  episodio fue una certeza que trasciende la discusión en torno a su grado de (des)conocimiento sobre aquel período oscuro de la historia nacional. El “error de interpretación” tiene una explicación: la pregunta lo descolocó porque esa temática no está en su agenda. No hubo inocencia en el desentendimiento. Su mirada sobre las políticas de derechos humanos está alineada a la de su jefe político: seguir con lo que hay que seguir (pero con recorte y vaciamiento) y terminar con el “curro”. Como forma de cerrar la discusión sobre el tema, Martiniano se amparó en que sus padres “fueron militantes en los ‘70” y culpó a la pesada herencia al afirmar que los baches de gestión que le dejó el “Barba” fueron tantos que no entendió que pudieran hablarle de otra cosa. Jugó el rol de outsider, esencial en su definición política. Desde su asunción, no es el primer traspié de Molina en esta área: hace un mes debió pedirle la renuncia a su jefe de Gabinete, Ariel López, cuando se conoció que había sido director de prensa de Berazategui en un período de la intervención militar.

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Desde su asunción, no es el primer traspié de Molina en esta área: hace un mes debió pedirle la renuncia a su jefe de Gabinete, Ariel López.

Martiniano se consagró como cocinero mediático en la década de 2000. Con el Gato Dumas como mentor, la fama se le vino de golpe con la participación en el programa que conducía Mariana Fabbiani por El Trece. Pero en pleno ascenso por la escalera del éxito se rebeló contra el rating. El chef decidió ser fiel a sus convicciones: dejó de trabajar para la marca Casancrem, dejó de escribir para el diario La Nación, dejó Cocineros Argentinos. Se definió ecologista y comenzó su militancia de recetas orgánicas. Hijo de una homeópata y un padre dedicado a la política, no resultó tan ajena su resolución de asumir un compromiso, buscar un cambio de vida. Construyó su propia casa con una huerta autosustentable y fundó el jardín de infantes Aurora, una institución con sistema pedagógico Waldorf. Pero no lo hizo solo. Años atrás, acudió a la Municipalidad de Quilmes acompañado por Nina Peloso, la ex mujer del piquetero Raúl Castells, y argumentó que quería trabajar en un proyecto con gente humilde que vivía en la ribera. Así, junto a esa mujer que le garantizaba una entrada por la puerta social, consiguió aportes estatales para su proyecto en el marco de un programa que trabajaba con cooperativas. Martiniano supo moverse. Desde entonces se lo vio muy poco en la tevé. Su última década transcurrió entre un acercamiento al mundo vegano y las lujosas cocinas de la línea de cruceros MSC, donde era el encargado de realizar los platos principales.

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La candidatura de Martiniano fue un síntoma del hartazgo colectivo a las problemáticas no resueltas del Conurbano.

La candidatura de Martiniano fue un síntoma del hartazgo colectivo a las problemáticas no resueltas del Conurbano. Su figura encarnaba la fantasía de que la política puede ser manejada por los despolitizados, los que arrancan de cero, aquellos que saltan del sector privado al público sin cuestionamientos. El intendente de Quilmes no sintetiza fuerzas sociales ni tiene un trabajo territorial organizado, pero se sintió capacitado para gestionar. Pese a sus extravagancias, desde el entorno del cocinero aseguran que no soporta quedar en ridículo porque ama la imagen que supo construir de sí mismo. “Pasé por todas”, admitió en una entrevista en la que se hizo cargo de su pasado mediático, pero pidió: “No digo que no lo muestren. Digo que muestren un poco de cada cosa”. Martiniano no se queda quieto: cambia. Años atrás criticó fuerte a Mirtha Legrand, a quien trató de poco comprometida con su entorno y juró no volver a comer en su mesa. Pero cambió de opinión y volvió. Muy alejado del joven que se prestó para un almanaque hot, el chef cambió y demostró que de tapar un desnudo con sandías, también se vuelve. Ahora le queda otra incógnita por resolver: de tapar despidos con globos, de tapar como si fueran baches los lugares más dolorosos de la historia argentina, ¿se vuelve?///////PACO