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Ian McEwan y el Brexit

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Replegándose sobre sí misma la literatura europea comienza a escribir sus propias novelas de dictadores. La fórmula imprecisa del “populismo” se parece más a un consuelo, dadas las tendencias a la barbarie que proliferan. Al calor, claro, de la respuesta social, popular (categoría ahí sí más atinada), enardecida y radical en todo el viejo continente. La literatura norteamericana ya abrevió en el registro aquel, típicamente latinoamericano. Y en Europa se confundieron los recorridos disolventes de sus ejemplares democracias con la extensión del islamismo; son tufillos fascistizantes, racistas, que acaso no logran trazar en su hábito imaginativo el desenvolvimiento de la crisis de la Unión Europea con las primaveras árabes que ya cumplen diez años. En definitiva, tendencias: la literatura siempre es un hecho contextuado. 

Tal es el caso de la última novela de Ian McEwan, parte del ejército regular de la literatura británica de la posguerra hasta acá, La cucaracha, que acaba de editar Anagrama en nuestro país. Y efectivamente la novela comienza replegada, agazapada, detrás del mito kafkiano de la incertidumbre. Y desde allí se construye. Aquella mañana, al despertar de un intranquilo sueño, no es Gregorio Samsa el que se levanta convertido en una cucaracha, sino una cucaracha la que se despierta, enorme, en el cuerpo de Jim Sams, primer ministro británico. 

El insecto-primer ministro es quien encabeza la campaña del “reversionismo”, en un sistema de espejos que la convierte en el proceso político del Brexit. ¿Qué es el reversionismo en la ficción de McEwan? La circulación del dinero al revés. Se precisa: “Que al final de la semana laboral, el empleado pagara a la empresa por todas las horas que había trabajado. Pero que cuando fuese de compras, fuera generosamente compensado con el importe de cada artículo que se llevara. La ley le prohibirá acumular dinero”. Etcétera. La metáfora no es por demás grandilocuente: algo así como el impulso de un sin sentido, de un darlo vuelta todo.

Pero en esta precaria tesis, vestida de progresismo bienpensante, McEwan sedimenta su equivocación. Para él, se desprende de su novela, la crisis del capitalismo emerge del absurdo, de la tentación popular frente a ideas disparatadas. Los Trump, los Jeremy Corbyn o los Boris Johnson (todos aludidos a borde de la obviedad) son igualados en un esquema que contrapone con los pulcros “cancilleres franceses y alemanes”. Quizás McEwan no prestó debida atención al proceso de los chalecos amarillos. Lo que debe ser defendido, parece darnos como moraleja esta fábula política, es el régimen anterior, el del “flujo normal del dinero”, para evitar la caída en la estupidez global. Para McEwan la crisis de representación mundial, el quiebre acelerado del capitalismo desde el 2008 a la fecha, son desviaciones en un camino lineal.

Su mirada, por lo tanto, es obtusa. Equivocada, sin más. Una lectura aguda y pormenorizada de la emergencia virulenta de las nuevas derechas (donde efectivamente podría articularse el complejo proceso del Brexit) descubrirá que no son éstas reacciones a un saludable liberalismo económico y republicano. Por el contrario su registro debe hallarse en las ruinas y escombros de una democracia liberal-burguesa que no logra canalizar con sus instrumentos clásicos un descontento creciente: es decir, como señala la politóloga Verónica Gago en su prólogo al recientemente traducido texto de la filósofa norteamericana Wendy Brown, “lo que queda expuesto como sus cimientos y fundamentos”. El nihilismo, el fatalismo y el resentimiento que busca reactivar la derecha fascistizante a nivel mundial intenta redireccionar con la violencia estatal y la conmoción social el camino de acumulación capitalista para el que las democracias liberales se han vuelto obsoletas. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente es leído por McEwan como una ofensa a viejos valores a restituir y no, justamente, como el resultado de su exacerbación y posterior agotamiento. La fábula que anida en su Cucaracha es la de su ideología, hoy en crisis.

El colapso financiero del 2008, los sucesivos quiebres de regímenes políticos, las tendencias bélicas y las rebeliones populares no han generado aún su literatura. O lo han hecho tangencialmente. La literatura europea no ha encontrado tono y forma para su crisis de sociabilidad. Ni islamismo ni populismo. Quizás como después de la Segunda Guerra Mundial, como anticipó W. G. Sebald, la literatura europea cacaree demasiado para ahogarse en un tétrico silencio. Una imposibilidad de decir. Tal vez, espantada y paralizada, por ver cómo el sistema de privilegios que la sostuvo la domesticó hasta volverla cómicamente anodina, irónicamente superficial. Y los valores que McEwan refunfuña por sostener, ante el colapso, se destruyan también////PACO

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