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Pensar la corrección política

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¿Es la corrección política un problema de orden intelectual? ¿Marca una agenda de asuntos que deban o puedan ser pensados por sí mismos? ¿Define ideas? Anticipo mi respuesta: considero que no. Pero antes de explicarme, volvamos a lo imprescindible: lo que la corrección política sí es y sí hace entre nosotros. En un plano teórico simple, de lo que se trata es de implementar un uso del lenguaje tal que las palabras suturen con su poder simbólico aquello que la materialidad de los poderes políticos, sociales y económicos que las rodean y las definen no tienen interés en suturar, e incluso aquello que, precisamente porque no se sutura, sostiene a esos poderes. Respecto al problema de las palabras y las cosas, la bibliografía es por demás extensa; en tal caso, vale la pena recordar, apenas, lo que ya anotó Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística: por mejor buena voluntad que tengamos, la palabra caballo no trota.

En un plano cultural simple, por otro lado, sigue siendo Martin Amis quien encontró la fórmula más eficiente para explicar lo que la corrección política pone en marcha: un mundo en el que todos se sienten ofendidos y, a la vez, inofensivos. Y ahora miremos el contexto inmediato, la arena sobre la que estos mecanismos aceitados con genuinas buenas intenciones avanzan: internet. ¿Las redes sociales llevaron la lógica perversa de la corrección política a grados paroxísticos? Sin duda. ¿La psicodinámica de raíz digital que hoy envuelve y define a poco más de la mitad de las mentes y los corazones que integran a la humanidad rige casi sin objeciones? Así es. Insisto con una última cita: George Orwell decía que si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. Suena bien, ¿pero hace falta aclarar cómo le iría hoy a Orwell en internet?

Ahora es cuando conviene alejarse de las nobles declaraciones de principios para tomarse el trabajo de pensar y entender. Para empezar, un poco de imaginación deductiva. ¿Orwell estaría hoy llorando y denunciando “bloqueos” o “cancelaciones” en Twitter y Facebook? No, probablemente no. Pero tal vez sí estaría dispuesto a explicarnos que eso que nosotros percibimos como un anhelo nostálgico de libertad en las redes no es más que un efecto del diseño del producto llamado internet. Porque en internet, de hecho, no hay ninguna libertad ni tampoco algún orden constitucional que garantice nada. Estas ilusiones son, apenas, el subproducto de un negocio privado y de un modelo de vigilancia (y algo más: cada vez que intervenimos “activamente” en las redes para defender esa inexistente libertad y sus garantías, lo único que hacemos es incrementar el capital fijo del negocio y monetizar aún más el volumen de los datos vigilados).

Pero volvamos a lo que la corrección política sí hace y debería seguir haciendo. En primer lugar convalida, a veces con métodos coercitivos de tenor administrativo y social, una base mínima de convenciones que le dan un sentido específico a las formas públicas. En otras palabras, nos obliga a manejarnos (esto es, hablar y actuar en público) dentro de ciertos límites razonables de lo admisible. Y esto es importante, ya que en una época como la nuestra, una época en la que el sacrosanto principio de la libre acción y expresión individual basta para volatilizar la voz y el voto de cualquiera que sea percibido caprichosamente como un otro inasible e indeseable, decir o hacer cualquier cosa bajo la doctrina de la intangibilidad del individualismo es un juego peligroso.

Tengo en mente algunos ejemplos. Cuando Donald Trump dijo que para alguien con sus recursos e influencias era común que las mujeres le permitieran grab ‘em by the pussy, tal vez fuera cierto que no sabía que lo estaban grabando; ahora bien, cuando en el pico de la primera pandemia por Covid-19, en Buenos Aires, se organizaban protestas masivas contra la existencia del virus, descartando en el proceso cualquier distanciamiento social y propagando el contagio, la excusa de una libertad individual que garantizaba el derecho de creer, incluso, en los más torcidos delirios paranoicos demostró que la diferencia entre el ejercicio de la completa libertad y la completa catástrofe sanitaria podía ser letal. Se activaron así todos los mecanismos de estigmatización posibles (en un arco que iba desde las acusaciones silvestres de demencia colectiva hasta las burlas denigratorias) y la corrección política cumplió su deber: ese particular uso público de la libertad individual pronto se volvió tan vergonzante como, digamos, hoy lo es llamar “puta” a una mujer porque usa minifalda. En consecuencia, conviene darle a la corrección política el estatus de lo que, para bien o para mal, finalmente es: un manual plebiscitario de lo que en cierto momento, y bajo ciertas circunstancias, se considera como la reglamentación superficial mínima del discurso y la acción pública. Y agrego una nota al paso: aquello que en relación con la transgresión de la corrección política algún filósofo acierta en llamar “el ascenso de los amos obscenos”, no ocurre, solamente, por el efecto de un régimen coercitivo sobre el noble deseo de libertad intelectual (si a los llamados de atención administrativos o a los comentarios negativos en las redes sociales se los puede llamar coerción), sino por una confusión imprudente entre lo indebido, lo banal, lo libre y lo intelectual. Dicho de otra manera: cuidado con confundir la libertad de pensamiento, la ironía y la mueca de irreverencia ante el poder con la libertad que el propio poder se arroga para no respetar ni siquiera las formas mínimas de convivencia.

Para terminar, entonces, volvamos a la cuestión inicial. ¿Es la corrección política un problema de orden intelectual? ¿Marca una agenda de asuntos que deban o puedan ser pensados por sí mismos? ¿Define ideas? Por supuesto, pretender que una exhibición de Balthus se clausure porque sus desnudos despiertan en algunas mujeres impresionables las fantasías del estupro (como pasó en 2017 en el Museo Metropolitano de Nueva York) o creer que el lenguaje inclusivo puede resolver las diferencias entre los géneros también son problemas de orden intelectual, al menos, en el mismo sentido en que lo son creer que la prohibición del homicidio basta para que los asesinos dejen de asesinar o que la tala de todos los bosques y selvas resolvería de una vez el peligro de los incendios forestales. En el caso particular de los feminismos, con sus corporativizaciones (Ni Una Menos es, literalmente, una marca registrada en el Instituto Nacional de la Propiedad Intelectual), sus conflictos internos y externos, sus adversarios serios y banales, sus vaivenes teóricos entre las agendas de gobiernos opuestos (que para varios y varias de sus participantes funcionan, precisamente por la dificultad de asumir una única identidad política coherente, como un salvoconducto ideológico entre una zona y otra), sus institucionalizaciones como ministerios y programas de gestión, y sus constantes y exitosas explotaciones mercantiles (en todos los formatos de lo comercializable), la discusión parece bastante más complicada. ¿Pero qué hay de complicado en todo esto si se lo observa como el típico conjunto de problemas de representación en una época en la que casi nadie confía en otra forma de representación que la individual?

Ante estos dilemas y contradicciones, Nancy Giampaolo no reclama en Género y política en tiempos de globalismo ni la extinción ni la obsolescencia de los feminismos sino que, por el contrario, les exige mejor calidad y mayor inclusión. Y como demuestra la historia cuando se trata de cuestiones de igualdad, es más feminismo (y no menos) lo que va a mejorar al feminismo. Y ahora sí, termino con un argumento acerca de por qué nada de esto es un problema intelectual en sí mismo y por qué, en consecuencia, es necesario pensar la corrección política más allá de sus limitadas fronteras, tal como sí podrán leer en las páginas de este libro. Si como dice el filósofo Diego Fusaro, la presencia de antifascismo ante la ausencia de fascismo no es más que el modo de ocultar la falta de anticapitalismo ante la presencia de capitalismo, entonces podríamos considerar la siguiente permutación: ¿pensar lo que no merece pensarse no es un modo de evitar pensar lo que sí amerita ser pensado?

No es ningún secreto que en los últimos tiempos la tarea de pensar estuvo obligada a desmalezar las torpezas y los equívocos de la corrección política, de manera que las ideas pudieran avanzar más allá de la telaraña habitual de denuncias, victimismos e indignaciones automáticas. Pero desde hace poco, sin embargo, ocurre algo diferente: ahora son quienes aseguran que piensan los que se autoproclaman denunciados, perseguidos e indignados por los mecanismos de defensa de la corrección política que ellos mismos dicen enfrentar, y ahí es donde termina su gran apuesta intelectual: en denunciar la denuncia, en victimizarse entre las víctimas, en indignarse entre los indignados. Nunca es elegante dar nombres, aunque tampoco requiere un gran esfuerzo notar quiénes son los especialistas sui generis en denunciar la “cancelación” que, al mismo tiempo, viven “cancelando”, ni los especialistas en la “indignación” que viven “indignados”. Desde ya, sería torpe (y fácil) acusar de hipócritas y oportunistas a quienes son hipócritas y oportunistas; todos sabemos que la pose de sinceridad personal autoproclamada suele presentarse como garantía de verdad. De lo que se trata, en cambio, es de esquivar la trampa de la crítica a la corrección política como crítica, porque no es ahí donde empieza y termina el problema.

Pensar y criticar la corrección política debería ser algo distinto a denunciar que hoy existe (como siempre ha existido) una ortodoxia de lo que es cómodo pensar, entender y criticar, y que esa ortodoxia (como siempre ha pasado) está dispuesta a defenderse para que nada ni nadie la altere. Si la tarea de pensar significa algo, es que hay que estar dispuesto a avanzar mediante la violencia del pensamiento contra esas reacciones previsibles, y a pesar de lo que eso conlleva de incómodo. Pero las reacciones y las incomodidades no son nada en sí mismas, absolutamente nada, excepto signos de que el rumbo hacia algo pensable no puede estar tan errado. Es cuando cruzar semáforos en rojo se reivindica como transgresión que conviene ubicar en un punto más elevado la verdadera violencia de pensar y transgredir: no, no se trata de la pose ni del gesto, sino de cómo lo creativo de ese pensar muestra lo no dicho, penetra en lo no pensado, obliga a lo que nunca ha sucedido y hace aparecer lo no visto. Es esto lo que siempre resiste el peligro, las denuncias, las intimidaciones o las “cancelaciones” y, por eso mismo, para quien decide hacerlo en serio, “el desastre es el más hondo y más amplio sí a lo Incontenible”, como escribió Martin Heidegger. En consecuencia, ninguno de los textos que están por leer se conforma con haber puesto el dedo donde era más cómodo no hacerlo para, luego, quejarse de las reacciones como si estas representaran en sí mismas una validación intelectual. Por el contrario, Nancy Giampaolo avanza a través de lo que es incómodo para entender qué son, cómo funcionan, quiénes financian y cómo se multiplican esas reacciones. Las desenmascara sin espantarse y, en vez de conformarse con denunciarlas, se toma el trabajo de pensarlas. Y, además, lo hace con swing. Si miran con atención alrededor, van a estar de acuerdo en que no es poco////PACO

“Pensar la corrección política” es el prólogo de Género y política en tiempos de globalismo, el nuevo libro de Nancy Giampaolo (@nancy_giampaolo) editado por Nomos (@nomos.estrategia) y disponible a partir de junio.

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