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Por Nicolás Mavrakis

New remite como casi ningún otro álbum en la larga discografía solista de Paul McCartney a un rasgo esencial de su música y su figura de artista: la experimentación y el contacto con lo nuevo. Esa búsqueda, que en el pasado ha tenido a veces resultados ambiguos —los experimentos electrónicos grabados como The Fireman en los noventa, o las piezas orquestales para el ballet Ocean´s Kingdom—, ubica a McCartney, de 71 años, entre los músicos más atentos y consecuentes con las posibilidades de su tiempo. Esta vez, la posibilidad en juego es la era digital.

A diferencia de Memory Almost Full (2007), su primer disco disponible para la descarga online, New sonó, se vio y se promovió completamente en redes como YouTube, Instagram, Spotify, Soundcloud y iHeartRadio antes que en cualquier soporte tradicional. La presentación formal del disco, de hecho, con una conferencia de prensa del propio Paul, fue en Twitter. Con buena recepción de la crítica pero, en especial, con una exitosa llegada a la lógica de consumo de las nuevas audiencias —esa parte conflictiva de su trabajo con la que McCartney trata cíclicamente desde hace más de medio siglo—, todo New, desde la producción musical hasta la tapa, responde esa pregunta con la que decenas de nativos digitales llenaron las redes sociales durante los premios Grammy del año pasado, cuando un extraño inglés de saco blanco y arrugas fue saludado con un beso reverencial por Lady Gaga: ¿quién es Paul McCartney?

Durante los años de los Beatles la sincronía con lo nuevo no era un problema. El estilo, la vestimenta, el sonido, el mercado y la sensibilidad pop se creaba a medida que los Beatles le daban forma. Pero lo que había sido una simple relación de creación, después de su separación se convirtió en algo con exigencias más complejas, una carrera plagada de mutuas persecuciones y seducciones. Nuevos públicos, nuevas generaciones, nuevos sonidos, nuevas tecnologías e incluso nuevos negocios se multiplicaron alrededor de un presente ante el que muchas figuras musicales sintieron amenazada su inventiva y prefirieron la paz de lo conocido o el retiro. Pero no McCartney

A lo largo de décadas, Sir Paul alternó su icónico bajo Höfner 500/1 por un Rickenbacker 4001 cuando olfateó exigencias más rockeras del público, participó de la banda de sonido de una película de James Bond cuando el negocio de la música comenzó su fusión con el resto de la industria del entretenimiento, e incluso se adelantó a la sensibilidad poscolonial de finales del siglo XX cuando en 1973 grabó Band on the run en una desolada Nigeria. De esas relaciones coyunturales con la novedad, teñidas de exploración genuina pero también de temor al declive, la relación con Michael Jackson fue la más amarga. Aunque Say, Say, Say, el single que grabaron juntos en los ochenta, llegó a ser platino, Jackson aprovechó los consejos financieros de McCartney, que le aconsejó invertir en música, y compró sorpresivamente el catálogo musical de los Beatles. Con el tiempo, sin embargo, las cosas se ajustarían solas: mientras el ex beatle grababa nuevos discos y tocaba en giras con una nueva banda, Jackson se recluía más y más en el espectro de su propio personaje. El desenlace es conocido.

Si la novedad tiene obligaciones que no se limitan simplemente a evitar lo viejo, McCartney siempre se las ha tomado en serio. Como dijo la escritora Fran Lebowitz: cualquiera que escriba sobre lo nuevo va a empeorar de manera inevitable. McCartney siempre resolvió el desafío con un truco simple: no permanecer demasiado tiempo sobre lo mismo, aunque a veces parezca lo contrario. Lanzado en 2009 para PlayStation, Wii y Xbox, el juego The Beatles: Rock Band, en el que el participante recorre buena parte de las canciones de la banda a través de su historia, fue furor entre generaciones para las que los Beatles eran poco más que Historia Contemporánea. McCartney no dejó pasar la oportunidad y como heredero natural de aquel legado reforzó su propia presencia: mientras EMI relanzaba el catálogo remasterizado de los Beatles, comenzó las giras Summer Live en Estados Unidos, Good Evening Europe Tour y desde entonces los Up and Coming Tour (2010-2011), On the Run (2011-2012) y Out there! (2013) en los que tocó a lo largo de cuatro continentes, incluyendo países en los que jamás había estado antes como Polonia, Perú, Uruguay y Paraguay. Entre las pausas en las giras por nuevos países, nuevos sonidos —al repertorio habitual sumó el ukelele para homenajear a George Harrison— e incluso nuevas versiones de temas de los Beatles como «Being for the Benefit of Mr Kite», originalmente cantada por John Lennon, McCartney se casó por tercera vez. Y fue en su propia fiesta de casamiento en 2011 donde conoció a Mark Ronson, músico y productor —y DJ durante la velada— de 37 años convertido en la piedra angular de New. Con temas producidos también por Ethan Johns (ganador el año pasado de un Brit Award), Paul Epworth (productor de Adele y Bruno Mars) y Giles Martin (hijo de George Martin, el mítico productor de los Beatles), el sonido de McCartney ha sido diseñado como nunca antes por los oídos más contemporáneos de la industria musical del siglo XXI. Con una tapa inspirada en el trabajo visual del artista minimalista Dan Flavin, el equilibrio del disco con el siglo XX quedó resuelto.

Poco antes de contar por Twitter que los últimos álbumes que había comprado eran de Kanye West, Jay Z, The Civil Wars y The National —una selección cuidadosamente actual—, McCartney presentó tres de sus nuevos temas en un recital online en Las Vegas durante el iHeartRadio Music Festival. Ante un público habituado a Justin Timberlake, Miley Cyrus o Avril Lavigne, cuyas edades sumadas no van mucho más allá de la de Paul, el resultado de la campaña online de New destinada al público de un nuevo siglo logró el objetivo: fans jóvenes cantando y bailando casi como durante la beatlemanía de los años sesenta. Ellas incluso un poco más jóvenes que antes, pero ante un McCartney sin dudas más astuto que nunca ////PACO