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«No busco ser un artista conceptual»

Cada vez que tuve un zoom con Néstor Leuchenco y lo veía en su escritorio, a veces sin responderme, sereno, a veces acercando la oreja a la cámara porque decía que no escuchaba, cada vez que eso pasaba, tuve la sensación de que en cualquier momento podía sacar un revolver de un cajón y suicidarse de un tiro en la cabeza. ¿Por qué? No lo sé. Néstor es un hombre de una educación y una amabilidad excepcionales. Pero también resulta impredecible: la más impredecible de las personas que conocí o conozco. Un día está en Campana o en Zárate, al otro día te manda un audio desde el sur de Francia. Aunque escribe mucho, publicó poco. La Editora Ovação de Portugal editó sus cuentos con ilustraciones animadas El país de los hechizos en 2008. Hoy colabora como periodista en Editorial Prensario y prepara un libro sobre los óleos de Eugenio Zanetti. Tiene varias novelas inéditas. En el 2022 nos encontramos en el bar Celta y escribí un breve artículo sobre ese encuentro. El año pasado publicó El método Leuchenko, un catalogo de refinadas obscenidades narrativas, donde la santidad, el amor y la vida se mezclan con la mugre y la muerte, una vida se narra en una página, y un gesto se analiza durante un siglo. La amistad de Néstor es para mí un misterio de alegría.

¿Cómo te surge la idea para un cuento?

Lo primero es el tema, después recurro a la asociación libre de ideas y ahí doy con el argumento. Es una adaptación de la técnica que me enseñó un compañero de celda durante el Proceso Militar; era psiquiatra, y me la indicó para inducir el estado onírico para poder dormirme rápido. Qué curioso. Ahora la aplico para escribir lo más despabilado posible.

¿Cómo recordás esos años de cautiverio?

“El pasado es un país desconocido, donde las cosas ocurren de otro modo” escribió Harold Pinter. Solo que la prisión, Sierra Chica, nunca fue un país sino otro mundo, y sobre todo: un mundo paralelo. Podía haber presos políticos y subversivos, y muchos que como yo no lo éramos (creo que era un efecto buscado: descolocar a los ciudadanos indiscriminadamente). Pero a su vez podías convivir con un delincuente —común— que cada dos semanas pasaba arrastrando una zorra repartiéndonos libros de la biblioteca del penal. También lo usábamos como delivery para intercambiarnos libros y revistas. Aprendí mucho de ese personaje. El día de mi libertad él estaba en la oficina donde me entregaban mis pertenencias. Cuando me extiende Fantasmas de lo nuevo de Bradbury me dice por lo bajo: “Te doy este a cambio de tu Cien años de soledad que me dejé, porque no lo leí”. Los ladrones honestos existen y están presos.

¿Qué diferencias hay entre el Levchenko del título y el Leuchenco que firma el libro?

Cuando me llamaba Leuchenco no escribía, me ganaba la vida ilustrando o diseñando packagings. Ahora que escribo cuentos y novelas y soy más feliz. A mis editores se les ocurrió que debía recuperar la grafía del apellido de mis antepasados eslavos, y gracias a eso completé el último fragmento de mi identidad. La diferencia sería, entonces, haber aceptado que los escritores pueden poner palabras y cosas en su lugar.

¿Es verdad que trabajaste como diseñador, maestro tipógrafo, profesor de caligrafía y guionista de radio? ¿Te consideras un artista conceptual?

Trabajé hasta vendiendo inodoros y mingitorios en Casa Juan Rico. No busco ser un artista conceptual. Me gusta más verme como un artista mutante. Al fin y al cabo, ¿las personas haciendo scroll en una pantalla saben cuándo dejan de ser lectores y pasan a ser espectadores? Persigo que esa gente tampoco sepa cuándo un cuento mio se convierte en la didascalia de un cómic, en un cuento de la tradición oral europea o en la escena de un guión de cine. Eso pasa en los relatos del libro El método Levchenko. Y sigue pasando en mi novela El Emperador de la Tierra, esta vez con el agregado de 32 cuadros de Eugenio Zanetti integrados a la trama.

¿Qué estás escribiendo ahora?

Estoy en pleno desarrollo de una novela ambientada en el barrio El Raval de Barcelona. Me pasé semanas conociendo el lugar: las personas que viven en la calle en ese barrio tienen cicatrices, muñones, roña, tumores colgantes, malformaciones, alucinan. Pero todos dicen con total orgullo, aunque estén caídos del sistema y sean marginales “Este soy yo”, ante la cámara del mejor fotógrafo del momento: Sasha Asensio. A ellos los descubrió él, y yo lo descubrí a él. O, mejor dicho, descubrí lo que me conectaba con su mundo. A mí también me faltan partes, pero no estoy caído del sistema ni soy marginal. A veces me divierto aconsejándole a quien me conoce por primera vez: “No me mirés en detalle, mirame el concepto”. Si hay alguien que tiene que escribir esa novela, soy yo.///PACO