La temporada de premios en Estados Unidos vuelve a poner, año tras año, la lupa sobre la representatividad racial o de género en el cine y, por qué no, en el arte en general. Que los Oscar son “muy blancos” o que no se nominan suficientes mujeres, entre otras afirmaciones parecidas, circulan durante semanas para intentar cuestionar moralmente una instancia de la crítica y la jerarquización como lo es una premiación. Pero lo que se actualiza año tras año, en todo caso, es la creencia de que el cine y sus representaciones tienen un impacto real, literal y transitivo en el mundo. 

Este año, la crítica a la crítica, es decir, la crítica a la selección de nominadas a Mejor Película, es que la mayoría no “aprueban” el llamado test de Bechdel. En un año donde el chantaje de la corrección política llegó a decir que la prueba para demostrar si eras o no misógino era ver Mujercitas, esta crítica se vuelve todavía más política, ya que la supuesta falta de representatividad femenina sirve para medir el valor de una película. Pero, ¿puede un test estandarizado ser un aparato fiable para evaluar una obra de arte?

La primera aparición del test fue en 1985, en la tira “The Rule” del cómic Dykes to Watch Out For, de Alison Bechdel. Ahí, dos mujeres discuten sobre sus criterios para ver películas y una de ellas expresa que sólo ve aquellas que respetan las siguientes normas:

1. el filme debe tener, al menos, dos mujeres en él

2. que hablen la una con la otra 

3. sobre algo que no sea un hombre. 

Por supuesto que las limitaciones metodológicas son evidentes, pero eso no frenó, ni frena, a cierta corriente del periodismo cultural para apropiarse de este recurso y tamizar la producción cinematográfica para determinar qué películas son importantes y cuáles no. La reducción es implacable: si una película aprueba el test, se asume que es más representativa de lo femenino que aquellas que no.  

Jessa Crispin plantea en su crítica al test de Bechdel que este no dice nada realmente sobre lo que dicen las películas o, mejor dicho, que un test da resultados, pero no lecturas. ¿Que una película apruebe el test significa realmente que es más equitativa en materia de género? Pero, ¿qué sucede con lo que realmente dicen esos personajes femeninos? Lo que le interesa a Crespin son aquellas películas que no aprueban pero que, en su interpretación, reflejan más auténticamente el pulso femenino. Como ejemplo, recupera el clásico de 1953 The Hitch-Hiker, de la directora Ida Lupino. La película, que no aprueba el test al contar sólo con personajes masculinos, tiene como primer mérito, según Crespin, en ser casi la única película del cine noir dirigida por una mujer y, les guste o no a los defensores del test, eso se nota mucho más que en otros filmes que lo aprueban. Lo que evaluaciones como el test de Bechdel obturan, según Crespin, es justamente aquello que ella rescata de Lupino y de The Hitch-hiker: “the cross-gendered ability to see the other gender in all its complications, pressures, psychological/sociological realities”. Para Crespin, poder apreciar esas sutilezas debería ser el rol de un verdadero crítico de cine. 

Por su lado, el crítico Walt Hickey acepta las limitaciones del test, afirmando que no dice nada sobre la verdadera calidad de la escritura de una película o la equidad de género, pero que, a pesar de todo, «it’s the best test on gender equity in film we have—and, perhaps more important …, the only test we have data on». Sin embargo, la verdadera pregunta es: ¿necesitamos más y mejores test o necesitamos más y mejores críticos de cine? La respuesta puede ser obvia si recordamos que el test sale de una historieta. Pero si un crítico insiste en que una película es importante desde una posición política, ese crítico se ahorra el tener que lidiar con si una película es buena o no, o mejor dicho, se ahorra el tener que lidiar con las verdaderas armas de la crítica: la creatividad y la argumentación.

El crítico que acude a un test es un crítico perezoso que espera que los datos, que la lógica de las plataformas y que las dimensiones cuantificables de una obra, como la cantidad de líneas de diálogo que tiene Anna Paquin en The Irishman, le retribuyan su falta de imaginación para explicar lo que ve. En vez de penetrar la obra para descifrarla, decide pasarle el peine fino para contarle los piojos. Porque, por supuesto, siempre hay piojos e intenciones secretas que este crítico perezoso y paranoico tiene que buscar para, a su vez, censurar y cancelar y ser nombrado campeón de la justicia. ¿Qué extraña y oscura razón política hay en el hecho de que Tarantino le dé pocas líneas a Margot Robbie o le ponga un vestido a Lena Dunham en vez de dejarla en corpiño como a las actrices flacas? Sin duda, Tarantino debe ser un machista, y eso es suficiente. 

Lo que se ahorra el crítico perezoso con esta lógica es pensar. Alcanza con que uno solo se tome el trabajo de ver The Irishman o 1917 para notar la falta de diálogos y de personajes femeninos. Entonces, ¿a quién puede sorprenderle la popularidad de este test en una era donde los críticos de cine se confunden con influencers cuya única voluntad es conseguir entradas, accesos de prensa y fotos con actores? Pero la pereza es circular y se muerde su propia cola: al triunfar, solo propicia todavía más la agonía del crítico de cine en una sociedad que se alegra con confirmar sus propios prejuicios. Si esta lógica cuantificable persiste, ¿cuánto puede demorarse el desarrollo de un programa de crítica cinematográfica automática que por medio del análisis del lenguaje pueda extraer de los guiones, e incluso de las películas, los datos necesario para someterlos al test de Bechdel? ¿Y las productoras y distribuidoras no se ahorrarían así también todas esas tediosas y oscuras funciones de prensa?////PACO

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