Luis Boullosa es un periodista de rock disciplinado, talentoso y astuto. Nació en Madrid en 1975, desde el 2006 mantiene el blog Kaput Magazine , escribe alternativamente en medios especializados y desde hace un tiempo toca con su banda Gog y la hienas telepáticas. En España, acaba de publicar El puño y la letra, creación literaria y rock and roll underground por la editorial 66 rpm. Si encuentran el libro, cómprenlo. Si lo ven hablando, escuchen. Y si escribió algo, leanlo. Pueden empezar por las precisas respuestas que da a estas preguntas.

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Por momentos, sobre todo en la primera parte de tu libro, da la impresión de que el rock es un problema, o que presenta varios problemas que se entrelazan, todos ellos ligados a las tensiones entre arte y mercado, pero también arte y conciencia. Si alguien te dice que la música es para bailar, y tomar unos tragos y ver a los amigos, ¿qué le contestás?

Que bailar, tomar unos tragos y ver a los amigos no nos impide pensar. El Rock&Roll es un movimiento de rebeldía juvenil que deviene en filosofía de vida adulta. Una filosofía en la que, con el tiempo, lo estoico y lo dionisíaco, lo terreno y lo visionario, acaban dándose la mano. Plantea varios problemas éticos, históricos y sociológicos entrelazados, es cierto, lo cual, creo, lo hace más entretenido aún y más complejo. En la primera presentación del libro, la primera persona que intervino ya me acusó de intelectualizar el Rock and Roll cuando, decía él, “el rock and roll es para bailar y drogarse”. Usaba “intelectualizar” como sinónimo de “traicionar” o de “asesinar”. Yo cuando me voy a tomar unos tragos con los amigos o a bailar, o a drogarme, no dejo de pensar, así que no creo que todo ello sea incompatible. Vivimos en el mundo de las dicotomías forzadas. Si te diviertes no puedes pensar. Si piensas no puedes divertirte. Si follas no puedes amar, si amas no puedes follar. Si lees no puedes bailar, si bailas no puedes leer. Nunca lo entendí. Yo desconfío de cualquiera que no tenga la capacidad salvaje de divertirse, esa especie de furor, aunque sea ocasional, ese humor ante la broma trágica de la vida que el buen Rock&Roll tiene. Pero también pienso que la diversión es una consecuencia, en parte, del pensamiento, y no siempre un fin en sí mismo; igual que la belleza es sólo una consecuencia de la búsqueda de la verdad en que consiste el arte, no el fin del arte. La diversión y la belleza son consecuencias -gloriosas si se quiere, y necesarias- de un proceso que apunta a otro lugar. Son signos de que el camino es el correcto.

Por otro lado, la palabra “intelectual” siempre ha sonado a insulto aquí en la España que yo he vivido. España castiga a sus intelectuales (y a sus artistas) de una manera casi sádica. Sólo se quiere que usen el término quienes han chupado las suficientes pollas -en la universidad o en los cenáculos de turno- y ya no pueden pensar de manera independiente nunca más. Alguien me llamó el otro día, espero que con cierta sorna, “el enfant terrible de la crítica musical underground”. Me hace gracia, porque de enfant ya no me queda mucho y porque a mí mismo me resulto un moderado. Que yo pueda parecer radical indica que el mundo en torno se ha vuelto terriblemente tibio y miedoso.

El Rock&Roll es complejo y sirve como plataforma para hablar de problemas de conciencia externos al rock mismo, como metáfora poderosa y escenario donde los dilemas se encarnan de manera especialmente visible y comprensible. Es un gran teatro. Los argumentos, por supuesto, no han cambiado demasiado desde la antigua Grecia. Las preguntas tampoco, pero siguen sin ser respondidas y por tanto siguen siendo válidas. El Rock&Roll es también Cristo pateando a los mercaderes fuera del templo. El Rock&Roll ha madurado y envejecido y mutado, y los coleccionistas te dirán que es aquello que sonaba cuando ellos eran jóvenes y no tenían problemas de erección. Pero mienten. Yo diría que es una disciplina artística que, si se busca en el sustrato y se indaga, ha alcanzado su madurez sin perder ese filo navajero de lo juvenil. Una especie de antropología, de indagación en lo humano, que se niega a apolillarse en las estanterías y las universidades pero que acepta cualquier tipo de conocimiento en su interior. Hay figuras en mi libro, como Michael Gira, Julian Cope o Gareth Liddard que dan fe de ese crecimiento. A mí el Rock&Roll me ha permitido reflexionar de manera rápida y flexible sobre cosas como el mito, la necesidad del mito, la libertad de conciencia y artística, el origen de la narración oral, etc… Es un bicho con muchas caras, y tiene poco que ver en esencia, con eso que la masa entiende como “rock”.

Jarvis Cocker recopiló sus letras en una libro titulado Madre, hermano, amante. Llama la atención el énfasis del prólogo. Ahí Cocker repite varias veces que esas letras no son poesía, no deben ser leídas como poesía y que para entender lo que pasa ahí hay que escuchar la música. ¿Te parece que vale la pena seguir discutiendo o aclarando eso?

Creo que es un mecanismo de protección: “Ahí tenéis mis letras, que he considerado lo bastante importantes como para recolectar en un bonito volumen, pero no penséis que presumo de poeta, sólo soy un pobre músico ambulante”. Creo que es la excusa de bardo vagabundo con la que comienzan muchas canciones y narraciones antiguas. Una excusa que va antes de la verdad y que se usa mucho también en el mundo del ensayo e incluso de la literatura. “Me encontré esto y lo transcribo…”. “No piensen que me las doy de listo, pero…”. En parte es una fórmula y en parte una defensa. Si dijeras que lo tuyo es poesía, los académicos te atacaría y tus congéneres también. Se entra por la puerta de atrás. Se entra disfrazado de mendigo.

También hay un complejo de inferioridad que a veces es real. Para mí el Rock&Roll es una rama de esa literatura que la RAE define como “Arte que emplea como medio de expresión una lengua”. El arte de contar historias es un árbol frondoso y el Rock&Roll es una rama muy cercana al origen popular de ese arte. Creo que es muy evidente. En los mejores casos, es poesía de algún tipo, o narración, o translación de mitos, reencarnación de mitos, o investigación. No hay que desdeñar el elemento puramente sonoro, claro. Yo suelo decir que no soy de la letra o la música, soy de la canción. La canción es ese elemento milagroso donde ambas confluyen para crear un mensaje potentísimo. Eludir uno de ambos elementos me parece de idiotas, cuando puedes tener los dos.

Dicho esto, no creo que Jarvis Cocker sea un poeta. Trabaja con patrones dados, superponiéndolos de manera irónica para encontrar puntos de luz. Es un comentarista social satírico que radiografía la clase media trabajadora, y usa clichés musicales también de manera irónica. Es jugada ganadora. Los idiotas que no captan la ironía disfrutan porque es un soniquete comprensible. Los que la captan disfrutan porque entienden esa doble lectura. Hasta su elegancia de baratillo es sátira. Su persona, su personaje, es parcialmente parte de su obra. Mi disco favorito suyo es “This is Hardcore”, de Pulp, que me parece una reflexión humorística pero doliente y oscura, muy acertada, sobre la crisis el fin de la juventud. Es un gran disco, y no creo que vuelva a hacer otro mejor. Y creo que en él música y letra están muy equilibradas. Creo que Aidan moffat y él son dos grandes analistas sociales. O retratistas, si se quiere.

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Simon Reynolds hizo toda su carrera como crítico solapando y a veces incluso negando la importancia de las letras, como reacción contra los críticos que solo se detienen en las palabras del rock y nunca en su música. ¿La crítica española es letradependiente en este aspecto? ¿Qué pensás de esas aproximaciones?

Como decía, soy de la canción. La crítica española, en general, es lo contrario de una crítica “letradependiente”, en parte porque es difícil criticar unas letras que están en un idioma que no entiendes, y, aquí, un buen número de los ‘rock critics’ no tienen ni idea de inglés. Sin embargo, hay que ser justo con la crítica española. Creo que ha habido y hay gente de gran nivel en el medio y que ha habido buenas revistas, aunque ahora estén en un momento de decadencia, demasiado preocupadas por sobrevivir como para mantener la integridad. Pasa como con las personas: si tratas de no morir de hambre, los dilemas éticos quedan para cuando haya pan en la mesa. Creo que tipos como Jaime Gonzalo, Diego Manrique, Esteban Hernández o Rafa Cervera, por citar cuatro evidentes que se me ocurren ahora, han hecho un trabajo brutal en las últimas décadas. En concreto Jaime, que prologa mi libro, fue muy importante en mi educación como periodista y en mi visión punk del asunto. Ha escrito varios libros muy recomendables, como los varios volúmenes de “Poder Freak” y es el más inconformista de todos, probablemente. Por otro lado, las traducciones de textos en España han sido por lo general bastante pobres. En cuanto a músicos, en España ha habido siempre grandes letristas. Pese a nosotros mismos, somos un país de literatos. Rafael Berrio, Albert Pla, Corcobado, Frenando Alfaro, Javier Colis, Kiko Veneno, Roberto Iniesta, Josele Enemigo, Jorge Ilegal, Rosendo… la lista es larga y fructífera.

Por el trabajo meticuloso, prolijo y a veces hasta enciclopédico de tu libro, uno piensa que es producto de un crítico ya asentado y muy bien plantando en el medio periodístico. ¿Esto es así? ¿Cómo te relacionás con tu entorno profesional?

Es imposible ser enciclopédico en un asunto tan amplio a menos que seas un coleccionista encerrado en su gabinete, y es casi imposible ser un pensador si eres un coleccionista, así que creo que el truco está en tener un background sólido, algo de intuición, curiosidad y bastante capacidad de relación, no ya dentro del rock&roll, sino con mundos aparentemente distintos como el de la literatura o la filosofía. Y tener calle, porque el Rock&Roll nace de la calle. El libro se escribió un poco a sí mismo, fue un producto casi natural de esos años ejerciendo de crítico y haciéndome preguntas y tratando de que mis entrevistas y enfoques fueran cada vez más serios y alcanzaran más allá de lo tópico.

Yo he escrito crítica rock desde 2002, aproximadamente, empezando en la revista Ruta 66, que fue todo un símbolo de la cultura subterránea por aquí y tuvo épocas especialmente buenas. Desde ese punto de vista, empiezo a ser un veterano. Sin embargo, a nivel profesional, esto no me ha permitido vivir nunca. Apenas da dinero y tu prestigio está reducido al guetto especializado de los críticos. Creo que el crítico, como el artista, tiene la obligación de pensar que, en cierto modo, él es el mejor en lo suyo, porque así se exigirá más, se exigirá a sí mismo como si fuese el mejor. Desde ese punto de vista productivo, aunque algo irreal, soy el mejor crítico de Rock&Roll de España y apenas he visto un duro por ello. Tampoco he obtenido mayor reconocimiento. No es que esperase otra cosa. Publicar un libro y que guste, al menos a unos pocos, es, sin embargo, una satisfacción, negarlo sería absurdo.

Conozco a mucha gente que ha escuchado mucha más música que yo y conoce muchas más bandas al detalle, etc. Gente con miles de discos y que, sobre el papel, “sabe” más de música que yo. Hay cientos. Quizá la diferencia es que para ser periodista, o escritor, tienes que tener una voluntad de investigación más allá del dato y una capacidad de relación de los conocimientos entre sí que la mayor parte de la gente no tiene o no busca. La cultura es relación. Almacenar conocimientos pudo tener sentido hace siglos, cuando un erudito era necesario para ayudar al artista o al visionario. Ahora mismo, el almacenamiento pierde sentido. Hay quien almacena para que tú uses. El coleccionista puro –que no es exactamente lo mismo que un erudito, aunque se parece en lo malo- es un bobo, un burgués en el peor sentido del término. También creo que hay que vivir las cosas, no sólo “observarlas” y catalogarlas. Escuchar como la gente canta puede estar bien, pero hay que tararear de vez en cuando para acercarse al sentido de las cosas. Hay que entrar en el canto.

¿El rock es una ética?

Sí. Uno de los planteamientos del Rock&Roll es esencialmente ético. Esto se explicita muy claramente con la llegada del punk, que es una herejía puritana, por decirlo de algún modo, pero, paradójicamente, muy liberadora. Sin embargo la pregunta, el dilema, ya estaba planteado antes. Creo que el Rock&Roll nace como respuesta a un entorno esclavizante y feo. Nace como respuesta a la fealdad de la vida en sí misma y a la fealdad y grisedumbre de la vida que se ha planeado para nosotros. En ese sentido, es una rebelión estética que encierra una rebelión ética, porque esa fealdad está compuesta sólo en parte de imagen. El núcleo de esa fealdad contra la que uno se rebela está compuesto de mentiras y de servidumbres mentales, de ideas.

En esencia, aunque hable de salir a bailar el fin de semana y olvidar los problemas, lo que dice el Rock&Roll es “este estado de cosas es una mierda y es insoportable”. Lo que dice es “yo no soy así ni quiero ser así”, y, entre otras cosas, dice “hay que destruir este mundo hasta los cimientos y construir otro”. Esa pulsión está ahí desde el principio. Los coleccionistas lo van transformando en una tabla de mariposas pinchadas con alfileres, y el dinero del sistema lo va comprando, domando y suavizando, pero cada vez que eso sucede, aparece un nuevo brote purista que retorna al principio con más virulencia.

Desde finales de los setenta, sólo se pude entender el verdadero Rock&Roll bajo el prisma del punk. El punk, esa actitud, pasa a ser el Rock&Roll verdadero. Es una vertiente purista, suicida, radical, del mismo planteamiento original. A día de hoy, el espíritu punk ha permeado tanto que está en cualquiera que haga Rock&Roll con una ética detrás, aunque sus modos musicales puedan ser folk, o pop, o electrónica. La lucha por la libertad y por la autonomía, aunque sea al precio de la oscuridad, la negación de la autoridad, la libertad para experimentar… esos son elementos esenciales del Rock&Roll e, inevitablemente, una postura ética ante el mundo establecido que siempre plantea un número de opciones contadas y prefabricadas. No quiero decir con esto que esa disidencia la inventara el Rock&Roll. Basta leer El hombre rebelde de Camus, por citar un libro revelador y comprensible, para darse cuenta de la preexistencia de la pulsión. La rebeldía es connatural a un cierto tipo de hombre. Nace con el hombre, en cuanto ser hombre significa ser consciente de determinados problemas irresolubles y de una condición en conflicto. La rebeldía es un estigma y una lucidez, y plantea problemas filosóficos. El rock&roll es sólo el ala rítmica y portátil de esa rebeldía, pero es especialmente eficaz en algunos momentos y ha sido “televisado”, por decirlo así. Por desgracia, en su facilidad de transmisión está también la posibilidad de neutralizarlo: es fácilmente corruptible, replicable en tabletas inocuas y usable como soma nostálgico. Es la maldición del estribillo.

Por otro lado, está el tema de la responsabilidad del público, sobre el que he pensado bastante últimamente. Decían los Clash que ellos se vestían de forma estrafalaria para decir: “Viste como quieras, haz lo que quieras” y que al siguiente concierto se encontraban a quinientos tipos vestidos como ellos. Eso es lo que pasa demasiado a menudo. A la gente le dices, “sé libre” y simplemente no lo entiende o no puede, o no quiere. Así que se pone tu sombrero. Alguien escucha un disco de hardcore politizado y le encanta, pero en lugar de salir a la calle y hacerse activista, o cambiar su mentalidad de manera activa, se convierte en coleccionista y busca todos los discos que tienen ese mismo mensaje. En su casa burguesa, acaba teniendo la mayor colección de discos antisistema de la historia. Así va. Todo esto nos llevaría a una discusión sobre las élites y la democracia que sería larga y complicada. Particularmente creo que la única rebelión factible es la personal, y que el arte ayuda a esa rebelión. El resto son malinterpretadas en cuanto nacen.

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¿Cómo pensás que va a ser el rock del siglo XXI?

Creo que el Rock&Roll ha recorrido, por decirlo así, la historia de la literatura y, en sus casos más brillantes, se encuentra más o menos en la época existencialista. Por supuesto, igual que pasaba con la literatura, los existencialistas cohabitan con muchas formas de expresión previas que sobreviven y a menudo mandan. Gareth Liddiard, por ejemplo, no está lejos de Camus (aunque en mi libro lo sitúe, equivocándome, más cerca de Celine). Por supuesto, estoy hablando de personajes complejos y música no muy conocida. Si hablamos de lo que es visible como “rock” para la mayoría, el rock del siglo XXI ni siquiera está siendo Rock&Roll. Desde un punto de vista ‘mainstream’, prácticamente ha desaparecido. Al menos donde yo vivo. Por otro lado, aquí vivimos en un momento esencialmente retro con fijación por las décadas previas a la de los sesenta. Pero esas cosas son fluctuantes y temporales. En unos años todas las bailarinas de burlesque se estarán dedicando a otra cosa, y todos los barbudos con camisetas de Johnny Cash habrán renovado armario y altar. Si es interesante, sin embargo, observar de qué manera se revisitan esas épocas. Nuestra propia incapacidad para acceder a su meollo y nuestra propia complacencia, nuestro quedarnos con la cáscara, el boato y los trapitos.

¿Implícita en la crítica de rock hoy una necesaria nostalgia?

El de la nostalgia es un problema importante. Creo que la nostalgia es el elemento que se usa de manera masiva como edulcorante para fomentar la compra, el consumo. Creo que somos –al menos en España– la primera generación de la historia a la que se nos ha empezado a vender nuestro propio pasado prácticamente antes de cumplir los treinta años. En el rock eso se ve de manera muy clara. La gente no lo escucha y piensa: “vamos a liberarnos”. Piensan: “Qué bonita aquella época en la que pensábamos que íbamos a liberarnos”. Y pagan por la sensación de nostalgia, que aunque es una sensación de pérdida, es extrañamente adictiva. He asistido con asco a todo el rollo del aniversario de la muerte de Cobain, por ejemplo. No me extraña que el pobre diablo se volase los sesos al ver que tener éxito no significaba el triunfo de las cosas en las que creía, sino, muy al contrario, su condena definitiva. Nirvana, por cierto, eran una buena banda, pero comparada con su generación y la anterior, eran medianitos. Cobain pervive como icono crístico, pero ya casi nadie sabe –ni le importa- qué quería decir ni de dónde venía.

En España la mía es una generación sin mito fundacional. Somos una generación que ha crecido en paz, sin guerras ni conflictos excesivos, muy mimada. Niños grandes caprichosos con nostalgia de una serie de minucias que dan risa. Y me incluyo, claro. Una generación perdida de papanatas en toda regla que el mercado ha exprimido todo lo posible. Por otro lado, aunque compremos nuestra propia infancia, seguimos sintiéndonos vacíos. Creo que las guerras son nefastas. Soy radicalmente anti violento, pero creo que las paces son nefastas también. Y creo que el hombre que no ha experimentado la violencia siente un vacío. Si eres una persona articulada entiendes esa carencia y la sublimas con una acción metafórica y estilizada –el Rock&Roll, mismamente; el pensamiento activo-, de lo contrario, probablemente vas guardando el remanente de violencia no solucionada que lleva a otra guerra en algún momento. La estupidez supina de los motivos para la guerra y la masacre demuestran que no es de ningún modo un elemento inevitable, sino un elemento buscado. Se llega a ella al precio que cueste e inventando si es necesario las razones. Siempre se tiene nostalgia de lo que no se conoce y siempre se va hacia ello. En mi libro digo que me parece que el arte es una tercera vía válida entre la pulsión ascética y la destructora, entre el santón y el terrorista, que son derivas de la misma manera de pensar ‘outsider’ del que no encaja. Creo firmemente que esa es una de las funciones sociales (y socializadoras) del arte.

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Sos crítico de rock y también músico. ¿Cómo conviven en vos esas dos actividades?

Está el tópico de que todo crítico de rock es un músico frustrado, en el que no creo mucho. Pero está bien conocer ambos mundos. Se retroalimentan. Ser músico en una banda de punk condenada al olvido es una buena manera de experimentar todos estos problemas de los que hablamos de primera mano. La gloria de la composición, la camaradería y la autogestión, el arte por el arte… La miseria de todo lo demás… Yo esencialmente soy escritor, otra cosa es que mis novelas y mis poemas no interesen a nadie. La crítica rock y la música son aficiones laterales que han acabado por no dárseme mal del todo y que se complementan.

¿Cuál es la función del crítico de rock? ¿Cómo funciona la crítica en España?

Es un filtro que en su momento fue muy útil y debería estar redefiniéndose. Por ejemplo, la artesanía de la reseña de un disco ha pasado a mejor vida. Deberían dejar de escribirse, porque el lector ya se ha bajado el disco y lo ha escuchado antes de leer la reseña. Su función está muerta. En todo caso podrían escribirse reseñas largas en las cuales se argumentase más allá del simple juicio sobre el artefacto. Textos ensayísticos donde se intentase ir a la esencia de movimientos, corrientes, etc. Creo que los blogs han sido un elemento de libertad durante un tiempo, equivalentes al fanzine. Ahí se podían hacer esas reflexiones de fondo. La contradicción es que en internet la gente no lee textos largos. Y creo que los libros tienen sentido, también. En esas dos vías se ha hecho bastante buen periodismo rock, aunque siga siendo poco y siga habiendo demasiada basura. Es difícil pedirle profundidad y dedicación a los periodistas, cuando a menudo ni se les paga o se les paga un dinero que no llega a simbólico. Y es difícil pedir libros de fuste cuando se sabe que la manera de ganarse la vida es escribir cosas ligeritas con gente famosa en la portada y mucho colorín. A veces me asombra que en este país siga habiendo arte y crítica de cierto nivel.

¿Dónde te hubiera gustado nacer más allá de Madrid y en qué época?

Sometimes I wish I was born/in Paris and not in London”, cantaban los Jacobites. La sensación haber nacido en el tiempo y el lugar equivocados es casi una corriente del Rock&Roll en sí misma. Y desde luego la idea del paraíso perdido es un clásico que el Rock&Roll ha reutilizado sin pudor y con algunos resultados apreciables. Nací en Madrid por accidente y pasé mi infancia en la Galicia post-feudal a la en cierto modo pertenezco por historia y familia. Creo que fue un crecimiento interesante: íbamos hacia el siglo XXI en una cápsula que era siglo XIX, por no decir medieval en algunos momentos. La anarquía, la poesía, el aislamiento y el absurdo de ese lugar, país o como quieras llamarlo, ha dado algunas de las mejores cabezas pensantes de la literatura española, quizá por esas mismas peculiaridades. Valle, Cunqueiro, Pardo Bazán, Rosalía, Torrente Ballester, Cela… Yo soy muy crítico con Galicia, que me parece un lugar romantizado en exceso y lleno de hijos de puta, pero es cierto que tiene un interés antropológico grande.

En cierto modo, como Argentina aunque por razones diversas, sostiene un permanente interrogante sobre su Identidad. En nuestro caso ese interrogante, ese deseo de ser, ha llevado a Galicia a “inventarse” a sí misma de las maneras más estrafalarias. Hay algunos que quieren ser Irlanda. Siempre caló mucho esa mí(s)tica derrotista, heroica y lírica que los irlandeses han administrado tan bien. Claro que nosotros no hemos ganado ninguna guerra porque no hemos luchado ninguna guerra. Galicia es un país inventado que viste sobre un país real mucho más oscuro. Y si hablamos de la hipertrofia de la nostalgia, es uno de los casos más evidentes que conozco. Nos revolcamos en nuestra propia nostalgia por cosas que nunca sucedieron y preferimos obviar nuestra jodida realidad. Por lo menos, últimamente, el Rock&Roll parece estar bastante vivo allí, eso es cierto…

No tengo problemas con mi época. Me parece interesante por sus propias razones. Quizá me arrepiento de haberme pasado veinte años en la misma ciudad, Madrid. Estoy contra Kavafis en esto: creo que cambiar de ciudad viene muy bien y puede ayudar a cambiar de vida. Dicho esto, me hubiese gustado vivir en la Edad Media. Siento curiosidad. A ser posible sin las ocho dioptrías de miopía, que me hubiesen convertido en un inválido, y sin el par de enfermedades de infancia que entonces me hubiesen llevado a la tumba casi al nacer. Y siendo noble, por supuesto.///PACO