Música


Vino alemán y pollas sin circuncidar 1 (canciones para una Europa nazi, marica y pagana)

Mi primer amigo de verdad, cuando tenía unos catorce años, fue un nazi. O al menos eso creía él. F. Llevaba el pelo rapado al dos, botas Doc Martens negras y una sempiterna ‘bomber’ verde con la insignia de una división acorazada alemana en la manga; hacía chistes sobre negros y judíos y replicaba con mimo tarjetas de identificación militares de la segunda guerra mundial. También era una de las mejores personas que conocí. Abandonados a nuestra suerte en la modesta jungla del instituto público, pronto hicimos un segundo amigo, que era heavy, y que nos instruyó en las bondades de Black Sabbath, Scorpions y AC DC. En menos de un año fui expuesto sin anestesia a las dos manías que componen este artículo. La primera nunca se me pegó, la segunda lleva acompañándome la vida entera.

La cosa con los nazis y la música va así: a nivel de calle, en los géneros que hasta nuestros padres podría identificar (punk, rock, pop, rap, heavy de primera ola) no hay ni un solo individuo filofascista que haya hecho una buena canción. La buena canción nazi de rock&roll no existe. A los tipos les falta cadera, flow, doble sentido, cinismo, hedonismo y muchas otras cosas básicas. Los nazis no pueden. Grupos nazis los hay, claro, pero incluso entre sus rangos superiores, como los viejos reyes del cotarro skin, Skrewdriver, nunca pasaron de ser carne de cañón hardcoreta con el cerebro rapado al cero. Legado discográfico más que mediocre. Títulos fáciles de interpretar (“Hail the new Dawn”, “The Strong Survive”, “Blood and Honor”). Y letras más fáciles todavía: “¿Te vas a sentar y dejar que vengan? / ¿Están haciendo huir al hombre blanco? / La sociedad multi-racial es un desastre / No vamos a aguantar esto mucho más / ¿Qué necesitamos? / ¡Poder Blanco!”

Otra cosa son los errores de apreciación y el juego pop de tocar los huevos con aquello que irrite y atraiga al burgues en cada época, claro. Sí, los Sex Pistols usaron Swastikas alguna vez; Siouxie Sioux también; Brian Jones se fotografió vestido de oficial SS con su novia de entonces, Anita Pallenberg, y algo similar hizo Bowie; Crispian mills, líder de los Kula Shaker declaró que deseaba tocar en un escenario decorado con swastikas ardiendo (aunque se apresuró a referir que hablaba del símbolo arcano, muy anterior a la “apropiación cultural” del hitlerismo); Charlie Manson, esa víctima, llevaba una tatuada en la frente; Lemmy Motorhead era famoso por vestir parafernalia militar, si bien no sólo alemana (“debo ser el peor nazi de la historia”, se preocupaba por afirmar en el famoso documental que lleva su nombre, “porque he tenido varias novias negras”). En la España de los 80, que intentaba epatar antes casi de aprender a tocar, los Ilegales (que sí tocaban) cantaban ”Heil, Hitler”; el vocalista de Glutamato Ye Ye (que nunca aprendieron) llevaba el ridículo, irónico bigotito de pincel que le recordamos a Hitler (y a Charlot), y Gabinete Caligari afirmaban que eran fascistas y tenían temas con títulos como “Cómo perdimos Berlín” (luego se hicieron castizos y fue aún peor). También se dudaba si los Decibelios -nuestros The Exploited, digamos- cojeaban hacia el lado oscuro de la fuerza. Patio de instituto, todo ello. Divertido a veces, luminoso a menudo, pero patio de instituto.

Pero por supuesto, hay otras músicas. Es en el metal extremo, en lo gótico, ocasionalmente, en la música industrial y, abundantemente, en esa entelequia llamada neo-folk, donde se dan casos límite dignos de estudio. Músicas más frígidas que el rock&roll, el pop o el rap, neoclásicas aún en su vanguardismo, a menudo caminan por las finas fronteras que delimitan identidades, allí donde técnica y magia se abrazan en un caldo cultural relativamente complejo. Algunos de sus grandes discos nos ponen bruscamente frente a las viejas preguntas de siempre: ¿Se puede separar a la persona del artista del cuerpo de su obra? ¿Son ese cuerpo y esa obra separables de la vida política de su autor?

Curiosamente, casi todos los genios musicales de dudosa catadura política o directamente fascistas que encontraremos en tales géneros son europeos. La idea de “cultura europea” es central en esta controversia. Como todo elemento reaccionario, las músicas de deje totalitario aluden siempre a un pasado mitológico que es necesario recuperar, a una “restauración”, a un origen sagrado. Norteamérica, dominante en otros ámbitos musicales contenporáneos, no tiene nada que hacer en este tema, pues “lo sagrado” es ella misma, ahora mismo. Norteamérica es nazi como un niño juega (no por ello menos temible, quizá más). Europa, la de hoy, es nazi como un viejo que recuerda.

Sinteticemos brevemente dos casos paradigmáticos e iluminadores. Uno es Douglas Pearce, alma de la banda Death in June. El otro Varg Vikernes, el legendario integrante único de Burzum, el proyecto más importante del black metal de todos los tiempos con permiso de Mayhem y de Darkthrone.

Actos de discriminación sexual

¿Es nazi Douglas Pearce? Bueno, lo parece bastante, pero quizá la pregunta sea, más bien, ¿qué tipo de “nazi” es? Temprano huérfano de padre militar, criado en un “ghetto blanco”, según sus propias palabras, e integrante de un grupo de punk de izquierdas en su juventud (Crisis), cambió de rumbo después para abordar temas espirituales, historicistas y políticamente ambiguos. Su minimalismo pop, oscuro y poético se refuerza –y ahí empieza la polémica- con una imaginería que usa profusamente imágenes de la segunda guerra mundial y parafernalia nacionalsocialista. Su estética, que empezó uniformada y mortuoria, ha ido mutando hasta una especie de esoterismo pagano de ‘camuflage’ que a unos les provoca risa y a otros se la pone dura. La lista de fotos de su web, de hecho (donde aparecen elementos no menos polémicos como Boyd Rice, David Tibet, Michael Moynihan o Albin Julius, en algunos casos muy talentosos), sería el perfecto sueño húmedo de un marica fascista de pro. ¿Qué ha dicho usted? Ah, me olvidaba, Douglas Pearce es abiertamente GAY. Bien. ¿Puede uno ser homosexual y nazi? Como primera respuesta, un sí, valga este comentario del mismo Pearce: “Prefiero chupar pollas blancas no circuncidadas de una cierta edad, así que supongo que eso elimina a unas cuantas razas y religiones en un enorme acto de discriminación sexual (…) Por supuesto que la raza es importante para mí”.

Death in June (Muerte en junio) hace alusión, por otro lado, a la desactivación de las SA, inicial brazo armado del partido nazi, durante la denominada “Noche de los cuchillos largos” (30 junio de 1934). “Al principio de los 80”, ha contado Pearce, “(…) en busca de una visión política para el futuro llegamos hasta el nacional-bolchevismo que está muy conectado con la jerarquía de las SA. Gente como Gregor Strasser y Ernst Röhm (…) elementos izquierdistas de las SA que estaban planeando la ejecución o derrocamiento de Hitler. Si hubiesen tenido éxito viviríamos en un mundo completamente diferente”. Röhm, ejecutado por Hitler, era homosexual, y también lo eran, al parecer, bastantes otros jerarcas de las SA, como Edmund Heines o Karl Ernst.

Así, en el fondo, bajo la sombra militarista, todo en Death in June parece orbitar más bien en torno a la disidencia, la literatura y la sexualidad, lo cual no deja de ser política: fan declarado de Mishima y de Genet, Pearce insiste en la enorme importancia de su condición sexual en su arte: “Le añade mucho al todo… igual que le añade mucho a los Beatles el saber que estaban básicamente rodeados por una mafia gay, con tres de los cuales he tenido la buena fortuna de acostarme. El primer manager de Crisis fue un gangster gay de Londres al que terminaron matando y tirando al Tamesis para que se lo comieran los peces. Muchos de los primeros shows de punk tuvieron lugar en bares gay…”.

Es, de hecho, esa deriva homosexual y un manierismo decadentista y noir lo que marca gran parte de lo mejor de su obra. Un ejemplo sería la preciosa canción “Perfume of Traitors” (El perfume de los traidores), que habla del francés Jacques D’Adelswärd-Fersen, poeta y novelista homosexual envuelto en un escándalo de pederastia en 1903 y que –execrado por su sociedad natal– terminó viviendo en Capri con su amante, Nino Cesarini. Allí se suicidó en 1923, con un cocktail de champagne y cocaína. Siempre hay gente que sabe irse con clase.

Sobre temas más pedestres, Pearce habla poco pero claro, y no parece distinguirse mucho de cualquier energúmeno iletrado o de algunos diputados de este país: “Inglaterra, y en menor medida la Europa continental, tienen un problema de almacenamiento. Aquellos que no deberían poder reproducirse lo están haciendo con tal frecuencia que el reino unido está sobrepoblándose de imbéciles sin otra cosa que hacer que acosar al resto de la población. El dinero se les da a quienes procrean. Cuantos más críos tengas más dinero pillas. En un país que consigue sus ingresos a través de las artes, la alta tecnología y el turismo no hay mucho sitio para aquellos que sólo son capaces de usar una escoba.”

En las letras, sin embargo, esa obtusa brusquedad se convierte en evanescentes velos que no permiten fijar filiación exacta, oscilando entre un pesimismo bañado en ennui y una profunda nostalgia por el paso del tiempo y la muerte de la belleza física. Hay también un militarismo de corte ancestral y un odinismo romántico, como en “Runes and Men”, donde canta “Entonces mi soledad se aproxima / Así que bebo vino alemán / Y voy a la deriva en sueños de otras vidas / Y tiempos más grandes”. Sus títulos son por lo general, en todo caso, más explícitos que sus contenidos, como es el caso de “Rose Clouds of Holocaust” (Rosas nubes del holocausto), “Fields of Rape” (Campos de violación) o “Lullaby to a Guetto” (Nana para un guetto).

Europa neopagana en la tierra plana

En cuanto a Varg Vikernes, es una de las almas fundacionales del black metal noruego, género exacerbadamente minimalista y violento que algunos (como mi buen amigo y erudito del metal Mikel Primigenio) no han dudado en calificar como “la última vanguardia” de nuestro mundo occidental. Satanismo, paganismo, encendido anticristianismo, esencias nórdicas puristas, pinturas esotéricas que cubren el rostro, empanada místico-abisal y hermética de manual para dummies, confluyen en tal corriente musical -gozosamente, todo hay que decirlo- con un “europeísmo” en el que probablemente los mediterráneos no tendríamos espacio, a qué engañarnos. Con el tiempo, y mientras el género también se convertía en moda hipster, desarrolló una completa subtrama llamada NSBM (black metal nacional-socialista). Era de esperar, al menos por los que recordamos a pioneros como Marduk, que titularon un disco “Panzer Divison Marduk” o a los finlandeses Impaled Nazarene, puro Eje ignoto.

En ese esquema Vikernes es al tiempo fundacional y destructor. Su disco Filosofem sublimó la visión original del black metal y al tiempo lo dinamitó empujándolo al futuro. Filosofem no te da ganas de invadir Polonia, de hecho, porque fue creado desde un lugar mental donde Polonia dejó de existir hace eones o bien nunca existió. Su frigidez y su hieratismo son los de dioses demasiado antiguos para recordarlos, o bien futuros. Fue no sólo perfectamente capaz de encarnar la visión neopaganista de su autor, sino también de llevarla a un nuevo plano gélido, vanguardista, ultraterreno.

Pero a lo que íbamos. ¿Es Varg un nazi? Por partes. Fue un asesino (con sólo 23 años mató a cuchilladas a Euronymous, de la banda Mayhem, y pasó 16 años en el maco, hasta los 39). Fue también un anticristiano de acción (sospechoso de la quema de varias iglesias antiguas en Noruega). Es, sin duda alguna, un supremacista blanco y un vehemente antisemita. Así pues, aplicando el término tal se entiende en la calle, Vikernes es un puto nazi de libro, sí. También es muchas otras cosas. Un genio de la música, entre otras.

Y así volvemos a la pregunta del hombre y la obra. ¿Deben separarse, en casos como estos? Mi postura es la siguiente: no se puede. Por tanto o te lo comes enterito, y aprendes a relativizarlo y desguazarlo, o lo rechazas de plano y pierdes arte de valor. Decide. Afrontar la parte monstruosa de Vikernes no quiere decir que uno comulgue, claro, con cada idiotez que suelta en su blog Thulean Perspective, pero sí implica entender que sus varias obras maestras no existirían si se hubiese quedado en su casa viendo porno y jugando al Dungeons&Dragons como un noruego normal. ¿Me atrae su supremacismo simplón del ala vikinga? Ni de coña. ¿Su antisiemitismo declarado? Lo deploro profundamente ¿Me parecen bien sus alegatos por la conservación del medioambiente? Sin duda. ¿Comparto su furia contratecnológica? Sólo a medias, e incluir la medicina moderna y la electricidad en las tecnologías “malas” me parece una estupidez supina. ¿Compro sus discos (donde se cuida de mantenerse lejos de la consigna fácil)? Los tengo todos. ¿Estoy libre de pecado o no? ¿Puedo tirar la primera piedra o debo recibirla? Pregúnteselo usted mismo, sobre sí mismo, querido lector.

Recomiendo, en todo caso, la visita al citado blog de Varg, donde despotrica sobre lo humano y lo divino. Los comentarios de su legión de fieles son resumen de un desarrollo contracultural que terminó trágicamente: terraplanistas, buscadores de la Atlántida, sujetos convencidos de que Vikernes puede leerles la mente, antisemitas conspiranoicos y un buen número de survivalists, que como el mismo Varg se preparan para cazar su propia carne, luchar contra la radiación, ser capaces de evitar el caos de una gran llamarada solar y regresar, finalmente, a un glorioso pasado cazador / recolector bajo el signo de Odín.

Balkan connection

Resumiendo, algunos de los eslabones que unen a Vikernes y a Pearce son el racismo de base, la obsesión por la sangre, la conspiranoia, y un anticristianismo que les lleva a formular, a la contra, un paganismo tosco, algo infantil. Mitógrafos amateur, en parte fantoches, en parte locos sagrados, comparten también, sin embargo, un vibrante genio musical en ambos casos autodidacta.

Reparo, por último, en el “nacional-bolchevismo” que citaba Pearce, y el término me hace pensar en Limónov. No está el ruso tan lejos de ellos, si se mira, aunque toda la intelectualidad pretendidamente transgresora se esté haciendo pajas con él. Ventajas de que te novele el francés adecuado. De hecho ambos, como Limónov, han tratado de sublimar en algún momento la manía paramilitar que los embarga. Pearce visitó Croacia durante la guerra de los Balcanes, relacionándose con grupos de corte fascista. Vikernes afirma haber hecho planes en aquellos mismos tiempos para escapar de la cárcel (lo consiguió, brevemente) y “unirme a mis hermanos serbios (…) porque estaban luchando contra la OTAN y la escoria albanesa”. Tres patas pa un banco.

En todo caso, se puede afirmar que el “nazismo” musical –el que tiene verdaderamente algo de musical, y de filosófico, además– es, sorpresa, europeo, blanco, masculino y de corte ritual, pararreligioso y mágico. Es decir, como el nazismo original. “Los intelectuales detractores de nuestra civilización”, leemos en El Retorno de los Brujos, “vueltos al espíritu de las edades antiguas, han sido siempre enemigos del progreso técnico. Ejemplos: René Guénon, Gurdjieff o los innumerables hinduistas. En cambio, el nazismo constituyó el momento en que el espíritu de la magia asió las palancas del progreso material. Lenin decía que el comunismo era el socialismo más la electricidad. En cierto modo, el hitlerismo era el guenonismo más las divisiones blindadas».

Me recuerda un amigo que el (divertidísimo) libro de Pauwels y Bergier es quizá más imaginativo que fiable. Observa otro que quizá sea “igual de fiable que la Biblia”. Los dos tienen razón. Pero ¿qué es fiable? Bueno, Europa es bastante fiable en su extraordinario refinamiento para construir monstruos. Y entonces me acuerdo de aquella canción demoledora y divertidísima escrita por Chilly Gonzales (canadiense) y llamada “I am Europe”:

«Soy un sobaco imperial, sudando chianti/ Soy un retrete sin asiento, evacuando tradición/ Soy la lencería socialista, soy el techno diplomático/ Soy la pasta gay y el capucchino racista/ Soy un ejército de vacaciones en un museo de la guillotina/ Soy una pintura hecha con pelo en una playa nudista, comiendo en McDonalds/ Soy una película demasiado larga/ Soy una canción sentimental/ ¿Quién soy?/ Soy Europa.»////PACO

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