Malvinas


Las Malvinas de Samuel Johnson

Samuel Johnson también le dedicó en el siglo XVIII algunas ideas a la cuestión Malvinas, en lo que podría interpretarse como una curiosidad literaria que, a la distancia, define todavía la importancia de ese territorio dentro de los mapas históricos de la gran geopolítica europea. Por supuesto, si durante la guerra de 1982 los dos grandes sesgos ideológicos que se agitaban sobre esas islas, aunque fuera como espectros lejanos, eran los del liberalismo capitalista y el comunismo soviético (un asunto que sobrevuela la trama de Puerto Belgrano, de Juan Terranova, la mejor novela sobre la guerra publicada hasta el momento), en 1771 al mundo se lo disputaban a través de sus cañones e intrigas internacionales los reinos de Gran Bretaña y España. Como de costumbre, el objetivo era llegar a ser la potencia imperial y comercial dominante en el planeta Tierra.

El nudo por el cual Johnson se involucró en esta cuestión fue “la crisis diplomática de 1770”, un episodio en el que Gran Bretaña y España, arrastrando las secuelas de la Guerra de los Siete Años, ya no pudieron pelear entre sí usando como aliados circunstanciales a Prusia (que era aliada de Gran Bretaña) ni a Francia (que era aliada de España). La larga historia de reclamos cruzados entre España y Francia por la soberanía sobre las Malvinas durante los siglos previos queda para los lectores meticulosos de Wikipedia. Más interesante, en cambio, es contextualizar lo necesario para entender cómo entra Johnson en esta historia (y por qué, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Argentina inició sus reclamos ante una Inglaterra sin ánimo para más batallas, esos argumentos con ciento setenta años de antigüedad fueron suficiente para que se publicara en Londres una edición de sus Pensamientos).

Para sintetizar el escenario, entonces, lo elemental es que aunque Francia le había cedido las islas a España, hacia la mitad del siglo XVIII Gran Bretaña consideró que las “Islas Falkland” eran un buen lugar donde establecer una base naval capaz de disputar el intercambio comercial entre España y el Virreinato del Río de la Plata y movilizar sus naves hacia el Pacífico o hacia donde fuera necesario en la región. Sin embargo, cuando en 1770 Juan Ignacio de Madariaga expulsó a esos británicos con una flota que había zarpado desde lo que hoy se considera territorio continental argentino, se generó “la crisis”. ¿La expulsión había sido un acto de guerra contra Gran Bretaña a pesar de su triunfo en la Guerra de los Siete Años? Y si lo era, ¿no había que contraatacar para salvaguardar el honor? ¿Pero contraatacar a quién? ¿A España? ¿A Francia? ¿Al Virreinato? ¿A todos?

Del otro lado del Atlántico, la presión de esta “crisis” cayó sobre Lord North, Primer Ministro de Gran Bretaña y “desesperado último recurso del rey” para sostener un equilibrio de poder favorable a sus propias peleas políticas en una época en que la fuerza militar británica estaba “en un punto muy bajo”, según los comentaristas ingleses. Las opciones más probables, para North, eran básicamente dos: declarar la guerra y perderla, o retirarse ante la agresión española y perder el honor nacional. En cualquier caso, lo que se ponía en juego era un patriotismo cuya decantación final beneficiaría de una u otra manera a sus enemigos en el Palacio de Whitehall. Fue entonces cuando Samuel Johnson apareció en su defensa, con uno de los panfletos más exitosos y contundentes de su carrera como agitador: “Reflexiones acerca de las Islas Falkland”, un ensayo diseñado para convertir la cuestión Malvinas en un asunto menor y disculpable, reduciendo a las islas, tal como repetirían sin saber nada sobre Johnson unos cuantos argentinos brutos y acobardados a partir de 1982, en un territorio sin sentido en los confines del mundo, dos pedazos de tierra que no valían ni el patriotismo ni la sangre de ningún soldado.

El tono de Johnson es transparente desde el principio: “De otros países se dice con cuánta frecuencia ha cambiado su gobierno; estas islas hasta ahora sólo han cambiado de nombre. De héroes conquistadores, o de legisladores civilizadores, ninguno ha aparecido por aquí; nada les ha ocurrido más que ser avistadas algunas veces por navegantes errantes, que las dejaron atrás en busca de mejores lugares para habitar”. Aprovechando un repaso de la historia geopolítica disputada en el Atlántico desde los descubrimientos de Cristóbal Colón hasta las guerras entre la Reina Isabel y el Rey Felipe, Johnson acepta que las riquezas de América se habían convertido en una “presa legítima” de los intereses británicos. Sin embargo, la situación de 1770 es distinta: “Que un asentamiento allí puede ser útil en una guerra, no lo negará ningún hombre que considere su situación. Pero la guerra no es el único tema de la vida; ocurre pocas veces, y todo hombre que sea bueno o prudente desea que ocurra aún menos”.

Más adelante, y para que nadie dude que la historia no está exenta de ironías, Johnson escribe: “La ventaja de ese asentamiento en la paz, en mi opinión, no es fácil de probar. Porque, ¿qué uso puede tener sino como estación para comerciantes contrabandistas, vivero de fraudes y receptáculo de bienes robados? Hace alrededor de un siglo Narborough opinaba que no había nada que ganar en viajes a la Mar del Sur, salvo por un grupo armado que, con moralidad de marinero, comercie por la fuerza”. Imaginar lo que Johnson habría escrito en 1982 a partir de lo que escribió en 1771 probablemente implique tratar con un problema más sensible que el tiempo: la suposición de que la coherencia, incluso para una mente brillante, no está atada a las circunstancias. Pero para adivinar mejor lo que Johnson habría escrito durante la guerra de las Malvinas, de todos modos, puede ayudar conocer lo que sí escribió uno de sus equivalentes contemporáneos, Christopher Hitchens, a pesar de su desprecio por Margaret Thatcher (y eso no está en Wikipedia).

Los malabares retóricos de Samuel Johnson en las “Reflexiones acerca de las Islas Falkland” están siempre a la altura de su reputación. Sin dudas, Gran Bretaña es una potencia mundial, pero una de las virtudes de una potencia, asegura Johnson, debe ser la cautela. ¿Comerciar en “la Mar del Sur” contra las órdenes expresas de Su Majestad española? ¿Para qué tomar el riesgo si de todas formas eso no le reportaría al gobierno británico ningún ingreso preciso? Por supuesto, resta la cuestión patriótica, que no es menor: el ímpetu navegante de los ingleses, como el conde de Egmont, “hombre de mente vigorosa y ardiente, de vastos conocimientos y planes magníficos”, escribe Johnson sobre quien fuera el encargado de establecer en las “Islas Falkland” el “asentamiento” británico, aunque “su juicio estaba algo viciado por la excesiva indulgencia en proyectos románticos y especulaciones fantásticas”.

En sus momentos más líricos, Johnson se anima incluso a describir la fauna de las Malvinas para demostrar lo absurdo de la contienda: compuesta de “animales inútiles”, “alimañas” y algún que otro ganso “demasiado listo para permanecer en lugares violados por los hombres”, ni siquiera los intentos de sembrar algo funcionan. Todo se marchita antes de madurar e incluso los jóvenes abetos se mueren como “débiles hierbas”. Allá no hay comida, repite Johnson, hace frío durante mucho tiempo “y el océano pocas veces está tranquilo”. Tal vez el ganado prospera, es cierto, pero para mostrar en qué condiciones lo hizo, Johnson llega a un punto fundamental en la larga e irresuelta historia de las Malvinas: “Esa es una colonia que nunca podría ser independiente, porque nunca podría mantenerse a sí misma. Las provisiones necesarias eran enviadas cada año desde Inglaterra, a un costo que el Almirantazgo empezó a pensar que no se recuperaría muy pronto. Pero la vergüenza de abandonar un proyecto, y la escasa disposición a disputar con un proyectista bienintencionado, hicieron que la guarnición continuara y la alimentaron con envíos regulares de géneros y provisiones”.

El panfleto enumera más y más penurias, pero al mismo tiempo insiste en que Gran Bretaña, a pesar de las dificultades, nunca dejó de atender a las Malvinas como un capricho militar y estratégico con mayores costos que beneficios. Es particularmente notable la manera en que Johnson, sin perder un hilo de estoicismo estirado casi hasta la parodia, repara con elegancia en que bastaron solo dos cañonazos de Juan Ignacio de Madariaga para que el capitán Farmer, de la fragata Swift, se rindiera. “Madariaga, que al parecer no deseaba daños innecesarios, lo invitó a enviar a un oficial que examinara sus fuerzas, a fin de que se convenciera de la inutilidad de cualquier resistencia, e hiciera sin compulsión lo que, en caso de negativa, él estaba preparado para imponerle”. Es esto, subraya Johnson en una nota más interesada, lo que permitió que los ingleses “abandonaran el sitio con todos los honores”. Para un buen lector, el objetivo del panfleto está cumplido. Resta apenas ajustar lo necesario para transformar la derrota militar de Lord North en las “Islas Falkland” en poco menos que una victoria política aplastante en Londres (una tradición británica que Winston Churchill retomará después de Dunkerque).

Para esto, Johnson se entretiene durante varias páginas con la historia militar de los ingleses en las Malvinas, sin omitir detalles diplomáticos e incluso algunos versos de Corneille sobre el arte de transformar los vituperios en elogios. Aún así, vale la pena prestar atención a su alegato definitivo contra la guerra cuando esta, en realidad, no es más que la excusa sangrienta para que una facción política opositora incline el escenario en su favor (lo cual nada tiene que ver ni con la cobardía ni con su versión ideológica, el pacifismo). La cita es larga pero vale la pena: “Una guerra es el último de los remedios, cuncta prius tentanda, todos los expedientes legítimos deben ser usados para evitarla. Como la guerra es la extremidad del mal, seguramente es deber de aquellos cuya posición les confía el cuidado de naciones evitarla para los que están a su cargo. Hay enfermedades de naturaleza animal que nada sino la amputación puede eliminar; así, por la depravación de las pasiones humanas, puede haber a veces una gangrena en la vida colectiva para la que el fuego y la espada son los remedios necesarios; pero, ¿en qué puede mostrarse mejor la destreza o la cautela que en evitar tan temibles operaciones, mientras todavía hay espacio para métodos más suaves? Es asombrosa la calma e indiferencia con la que la mayor parte de la humanidad ve el comienzo de una guerra. Los que oyen hablar de ella a la distancia, o leen sobre ella en libros, pero nunca han presentado sus males a sus mentes, la consideran poco más que un espléndido juego: una proclamación, un ejército, una batalla y un triunfo. Sin duda algunos deben morir en el campo más triunfal, pero mueren sobre un lecho de honor, ʻentregan sus vidas entre las alegrías de la conquista y, llenos de gloria de Inglaterra, sonríen en la muerteʼ. La vida del soldado moderno está mal representada en la ficción heroica. La guerra tiene medios de destrucción más temibles que el cañón y la espada”.

Dejando de lado la cuestión lírica y moral, Johnson vuelve al núcleo de su panfleto, que es la política doméstica: “No pensemos que nuestros laureles se arruinan si condescendemos a indagar si no es posible que al atacar a España nos volvamos menos grandes, y no más. Sería razonable dudar de que tengamos que contender con España sola, por más promesas que hagan nuestros patriotas. Una guerra declarada por el sonido hueco de un antiguo título a una roca magallánica provocaría indignación de la Tierra contra nosotros. Esos que invaden una tierra baldía, dice nuestro aliado el ruso, si triunfan en su primer esfuerzo de usurpación, nos harán la guerra a nosotros por un título en Kamchatka. Esos colonizadores universales, dice nuestro aliado el danés, en poco tiempo se establecerán en Groenlandia, y una flota vendrá a atacar Copenhague, hasta que estemos dispuestos a confesar que siempre ha sido de ellos”.

Dirigido a las “mentes honestas”, termina Johnson, una conclusión sensata del conflicto es que ningún hombre odia a un gusano tanto como a una víbora. Por lo tanto, a los enemigos de Lord North, aquellos hombres que deseaban para su propio país una guerra que sabían que iban a perder, nada mejor que dejarlos meterse calladamente en sus agujeros “para que cambien de piel y olvidarlos sin que nadie los moleste”. La historia, por otro lado, cuenta que “la crisis diplomática de 1770” entre los reinos de Gran Bretaña y España incluyó en su desenlace dos cosas que la oposición a Lord North no había previsto. La primera es que cuando se llegó a la cuestión final, guerra o paz, Luis XV decidió que prefería la paz y destituyó a su Canciller. La segunda es que los españoles, que contaban con el apoyo de Francia, no se animaron a seguir adelante solos y rápidamente dieron marcha atrás////PACO

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