Entrevista a Esteban Montenegro


La peligrosidad de la técnica es la peligrosidad de la naturaleza humana

El ruso Aleksandr Dugin o el italiano Diego Fusaro, por mencionar dos de los autores del catálogo de la editorial Nomos, pueden leerse como las mejores voces de una intelectualidad que se niega a someterse a las ideas más comunes de la política, la economía y la sociedad globalizadas, pero también pueden leerse como una punta de lanza para transformar en una discusión argentina aquello que, en apariencia, solo se discute y disputa afuera. Uno de los responsables de esta posibilidad es Esteban Montenegro, que trabaja para convertir el punto de encuentro en una usina de nuevas ideas sobre la filosofía política, la estrategia y la geopolítica nacional. Con una “perspectiva situada y multipolar”, Nomos acaba de publicar libros imprescindibles como Geopolítica y pandemia, Un mundo que apesta y La bomba está armada, tres ensayos que en plena cuarentena, y “contra la catarata interminable de imbecilidades que se discuten en Twitter a toda hora”, debaten desde la mirada local las posiciones de pensadores como Slavoj Žižek, Byung-Chul Han y Yuval Noah Harari para un mundo en pleno trance hacia la pospandemia.

Más de cien días de cuarentena después, en Buenos Aires, al menos, no parece haber decantado otro pensamiento sobre los eventos que alteran al mundo que aquel que insiste, todavía, en comentar, glosar o criticar (cuando no, a veces, directamente plagiar) lo que ya han pensado y publicado al respecto autores como Žižek, Han, Agamben, Harari y un largo etcétera. ¿Qué revela esto en términos del funcionamiento del campo intelectual argentino?

El problema del pensamiento crítico siempre es chocar contra lo que Sartre llamaba la “inercia social”. Esta fórmula expresa la política-mediática hegemónica de las clases dominantes, que organiza sentido, a su vez, para el campo intelectual. Nos referimos a cómo los grandes actores políticos, los medios de comunicación y el ámbito editorial tienden a reproducir lógicas de acumulación de capital simbólico constituidas previamente, porque eso es “lo que vende” en términos electorales y económicos respectivamente. Esto instaura una lógica de corral en torno a segmentos de la opinión pública que cada uno reclama suyo, a la par que contribuye a reforzarlo vanidosamente. Si una “grieta” persiste mucho tiempo, es porque no hay voluntad o fuerza para cerrarla, constituyendo un sistema de retroalimentación que impone una lógica de cierre sobre cualquier disenso externo a las opciones a la carta. Por suerte hay algunos factores que dificultan la posibilidad de un cierre absoluto: el punto muerto y la pobreza de las discusiones públicas, y la (relativa) horizontalidad de las redes sociales, permeables a intervenciones inteligentes desde el ámbito científico e incluso desde el activismo político-cultural alternativo. En ese sentido, no todos los representantes del campo intelectual argentino se limitan al refuerzo de esta lógica inercial e identitaria. Son interesantes los esfuerzos en el reciente libro de Jorge Alemán, para dar un nombre, quien adscripto al campo que genéricamente se reconoce “progresista” sin embargo plantea exigencias políticas que desafían muchos de sus tabúes en torno a las Fuerzas Armadas y la cuestión religiosa. Por nuestra parte, vimos la necesidad de ejercer una crítica de los “grandes nombres” del mercado intelectual, Žižek, Han, Harari, etc., para invitar a sus lectores (entre los que ocasionalmente nos encontramos nosotros) a situar los aportes que estos puedan hacer en función de un pensamiento original vinculado a los destinos del propio país. Para los que no detentamos «grandes medios de producción de sentido», esto constituye también una forma de asomar la cabeza desde la diferencia. Eso intentamos con la «Colección Viral» que desde Nomos dedicamos al debate sobre la crisis postpandemia.

En Nomos editan a intelectuales muy distintos a los que suelen circular por las aulas y los medios locales. ¿Cuáles te resultan más interesantes y qué los diferencia de los intelectuales aludidos en la pregunta anterior?

Creo que a diferencia de Žižek y Han, nuestros autores no solo acercan diagnósticos críticos de la subjetividad contemporánea, sino perspectivas claras y radicales de acción política revolucionaria, que no ponen reparo en situarse fuera de las coordenadas simbólicas “autorizadas” por la opinión pública y sus “fábricas de sentido”. Le hablan a una nueva generación harta del chantaje de los “derechos de bragueta”, que están lejos de constituir una forma de disidencia, como se pretende, y de las divisiones estériles que heredamos de la generación de nuestros padres con su topología simplista y cómoda que clasifica todo en “izquierda” y “derecha”. Algunos querrían encorsetar la rebeldía de nuestra generación en las loas poliamorosas al Deseo sin límites, que se mueve sin fronteras, a imagen y semejanza del Amo. Pero nada hay más pro-sistema que esta pretensión de destruir todo sustrato ético en las relaciones afectivas más fundamentales. En eso consiste el más fino trabajo de zapa del neoliberalismo, que bajo el ropaje cool de una consigna izquierdista impone su naturaleza destructiva y antisocial a las personas, bajo la exigencia de que esté “prohibido prohibir”. Pero contra la virtualidad de que “todo es posible”, lo que efectivamente está permitido es solo lo que el dinero puede comprar. Tal es así que gracias a nuestra aventura editorial, descubrimos toda una franja de personas críticas entre los 20 y los 45 años seducida por el hegelo-marxismo conservador de Diego Fusaro, el tradicionalismo “postsoviético” de Aleksandr Dugin y su Cuarta Teoría Política y el populismo crítico y transversal de Alain de Benoist. La lista sigue con el anarquismo anti-liberal de Jean-Claude Michéa y con el comunitarismo marxista de Costanzo Preve, maestro de Fusaro. Sólo por desconocimiento o mala fe algunos eminentes progresistas pueden decir que es un catálogo de “derecha”, que encerraría ideas peligrosas para el campo popular. Sin necesidad de «casarnos» con ninguno de los autores aludidos, para los que somos peronistas todo este universo “marginal” resulta interesante y simpático, porque no trazamos antojadizamente una línea de demarcación moral en el terreno de las ideas. El nuestro es un espacio de contradicciones vivas, excentricidades y excesos que el movimiento nacional siempre tuvo en su interior. Después de todo, nunca los peronistas estuvimos en el centro de la escena, excepto para recibir críticas por falta de expertise, republicanismo y buenos modales. Así que no sería la primera vez. Lo que resulta curioso es ver cómo “el prejuicio de haber superado todos los prejuicios”, como lo llamaba Gadamer, impide a algunos dialogar con ideas que no necesariamente están en la vereda de enfrente. Nosotros ese prejuicio no lo tenemos.

¿De qué manera estos pensadores redefinen las formas, las prioridades y la agenda de algo más ligado a los intereses argentinos en lugar de los únicamente «occidentales» o «globales»?

Estos autores nos muestran que ciertas modulaciones del discurso capitalista, que dan por superado el antagonismo social y nacional para poner en primer plano causas globales importadas (a imagen y semejanza del Refugees Welcome, Me too, Greta Thunberg y el Black Lives Matter), constituyen una estrategia para dividir y despolitizar el movimiento nacional y popular, entendido en toda su amplitud y diversidad real como la auto-conciencia política organizada del pueblo argentino. Esto no significa que esos fenómenos no aludan a problemáticas de base. Significa que ellas no tienen solución si concedemos la desaparición del pueblo trabajador argentino como sujeto político, “colectivo” del que sí formamos parte todos nosotros. Pretender que se puede articular discursivamente una unidad política transformadora sin mencionar a los trabajadores es por lo menos curioso, y más viniendo de sectores que se dicen de izquierda. Quizá por eso insistan en obviar de mención alguna al peronismo, movimiento que nunca hizo del pueblo una esencia abstracta, inmóvil y ahistórica. No por nacional un pueblo es homogeneizante como algunos temen. Por el contrario, resulta algo profundamente antidemocrático negarle al pueblo existencia real, creyendo que se puede “construir” ex-nihilo a base de “demandas” que nadie se encarga de «deconstruir» primero como exigen con nosotros. Quien esto hace pone a las minorías por encima de la mayoría de los argentinos y de los trabajadores, que en calidad de tales comparten una subjetividad común sin necesidad de fraccionarse primero de acuerdo a su orientación sexual, su “tribu” o sus preferencias alimentarias. A su vez, la avanzada de ideologías libertarias y anarco-capitalistas en nuestro medio debe ser entendida como “la otra pata del globalismo” actuando a escala local, que no sólo extiende sus tentáculos por izquierda —a través del progresismo abstracto y sus ONGs—, sino que también lo hace por derecha, con ideas que tienden a atacar y desmantelar los Estados periféricos y los pueblos que aún se resisten al ideal de la “aldea global”. No es por tanto una moda pasajera, sino un vector cultural enviado para debilitar las resistencias a la hegemonía global, y es lo que podríamos llamar una herramienta de poder blando. El resultado es un Pueblo argentino disgregado, fragmentado en diversas tribus luchando entre ellas, y un Estado argentino deslegitimado bajo la caracterización libertaria que hace de él un “monstruo grande que pisa fuerte” (y que comparten también con sus presuntos adversarios progresistas). Todo esto sólo puede llevarnos a una situación de indefensión y de falta de coordinación para enfrentar la acometida del enemigo común, tanto del Pueblo como del Estado, que es la globalización anónima y uniformizante del gran Capital financiarizado.

¿Qué pensadores locales son atendibles para entender la diferencia entre un pensamiento liberal occidental-global y un pensamiento estratégico nacional? Y respecto a esta palabra, nacional, ¿por qué genera tantas sospechas, incomodidades o pudor entre buena parte de los intelectuales?

Hay mucha gente inteligente y laboriosa en nuestro país. Y, lejos de las diferencias políticas que puedan tener entre ellos, lo cierto es que nosotros aprendemos de todos los intelectuales que intentan articular las categorías de “nación” y “pueblo” más allá de los lugares comunes, desde la disciplina que sea. La amplitud de nuestra generación es muy distinta a la de nuestros mayores, tiene una lógica distinta. Para nosotros es tan valioso Silvio Maresca como Horacio González. A veces es difícil para nosotros transmitir y hacer entender esto. No pretendemos que los que se odien se quieran o que apoyen al mismo candidato, sino que haya inteligencia suficiente para permitirnos a nosotros construir un espacio común de disenso y convergencia para las nuevas generaciones. Además, hay vida más allá de la “grieta” y de la presunta urgencia del opinar político. Uno se forma mejor, incluso políticamente hablando, estudiando el sentido profundo de las tradiciones espirituales en un curso de Leandro Pinkler que participando de la catarata interminable de de imbecilidades que se discuten en Twitter a toda hora. Por otro lado, así como existe un centro y una periferia geográficos en relación a los contenidos que emiten las universidades, think tanks y agencias de prensa del primer mundo, también existe un ordenamiento jerárquico entre las distintas disciplinas científicas, cada una de las cuales goza de niveles de prestigio y de volúmenes de financiamiento distintos. Es en las periferias de la Ciencia Política donde emerge un plus de diferencia clave. Disciplinas como las Relaciones Internacionales y la Geopolítica, que ni siquiera cuentan con carreras de grado en la Universidad de Buenos Aires, ni gozan del prestigio ni la publicidad de otras disciplinas, ofrecen material de reflexión más que valioso a la hora de abordar científicamente el interés nacional en términos de poder. Aquí suenan nombres de primer orden como los de Juan José Borrell, Adolfo Koutoudjian, Alberto Hutschenreuter, Paulo Botta, Natalia Peritore, entre otros. La mera existencia de estas áreas de estudio demuestra que la nación no es un capricho identitario, algo «imaginado» o una «narrativa». 

Volviendo a los libros sobre la pandemia que publicaron en Nomos, ¿cómo se resuelve ese tránsito intelectual que va de la coyuntura global a la coyuntura local?

La verdad, en Nomos no somos partidarios de inmiscuirnos en temas de coyuntura, pero la importancia de este momento y el vacío de información seria y crítica que hubo en principio nos empujó a intervenir directamente, cada uno con su propio enfoque y posición. Por otro lado, apareció el famoso compilado de Sopa de Wuhan que resultó, a nuestro juicio, profundamente sintomático del agotamiento intelectual del primer mundo. En el primer volumen (Un mundo que apesta: soberanía y comunidad en el orden pospandemia), respondemos a intelectuales con los que a veces coincidimos en algunas críticas como Žižek y Byung-Chul Han, que esta vez cayeron en lugares comunes bastante increíbles como el discurso anti-chino y anti-ruso, que uno creería patrimonio exclusivo de Donald Trump y Bolsonaro; el discurso de fronteras abiertas a costa de vidas humanas por la proliferación del virus; la negación de la soberanía nacional como un modelo “viejo y perimido” a reemplazar por instancias de “cooperación internacional”; y la reivindicación de las libertades individuales y la “razón” frente al temor por un presunto modelo de vigilancia digital “china”, entre muchos otros sinsentidos que estos intelectuales “críticos” comparten con los más orgánicos Harari y Kissinger, por ejemplo. En el segundo (Geopolítica y pandemia: el liberalismo en crisis) y tercer volumen (La bomba está armada: la pandemia y la situación geopolítica actual) trabajamos nuestro propio diagnóstico económico y geopolítico para poner sobre bases materiales una evaluación de oportunidades ante la crisis. Algo que no se observa demasiado en las Humanidades. De ese modo, escritos de marzo, abril y mayo allí reunidos aún guardan plena vigencia. Nosotros pensábamos que el estado excepcional y el abroquelamiento de las sociedades tras los liderazgos de turno, permitía y obligaba a dejar de lado los formalismos republicanos y el respeto a unas “libertades” (de opinión, de circulación y de empresa) que significan cientos de miles de muertes en potencia. Pero al mismo tiempo, que si no se atacaban los intereses concentrados de la economía no-productiva, la crisis de la pandemia afectaría a nuestra población por falta de recursos y respuesta fuerte en el terreno económico. Dar esa respuesta integral es posible de la mano de un proyecto nacional estratégico que integre como protagonistas a los trabajadores, representados por el movimiento obrero organizado, a las Fuerzas Armadas, a la Iglesia y al sector científico y universitario. La ausencia de ello obliga a ceder ante la presión de los grandes grupos empresarios liderados por las grandes farmacéuticas, las mineras, las petroleras y su “barril criollo” sin retenciones, los formadores de precios e Hipermercados, Techint, Clarín, así como por supuesto la Banca extranjera y los especuladores del mercado cambiario.

La filosofía tiene ahora entre sus temas las cuestiones vinculadas al cuerpo y el género, la relación con la técnica, la soberanía individual sobre la intimidad (disputada por las corporaciones de internet) y todo lo que, a partir de ahí, se deriva en relación a la vida y los datos (cibervigilancia, bioética, etc). ¿Cuál de estos asuntos es más relevante para iniciar una «discusión propia» desde las coordenadas políticas y culturales argentinas? 

Creo que la discusión de fondo es la relativa a la técnica, inseparable de la cuestión relativa a la “identidad” tanto personal como política. La esencia de la técnica es cualquier cosa menos un problema de orden instrumental. Este encubrimiento proviene de aquello que Heidegger llamaba “metafísica de la subjetividad”: la tradición “conciencialista”, “racionalista” e individualista de Occidente. Esta creyó poder mediatizar todas las cosas por el capricho del sujeto histórico de turno, elevado a causa sui como el viejo Dios abrahámico. Así llegamos al paroxismo del individualismo: al Único de Max Stirner, pero sin el heroísmo metafísico, antisocial y antihumano, que había soñado ese gran pensador egoísta. Pretender “volver al humanismo” no puede resolver el problema de la esencia de la técnica ni del capitalismo desaforado. Para avanzar hacia una comprensión holística y (seriamente) ecológica de nuestro “estar en el mundo” como pueblo, tenemos que abandonar la preeminencia ontológica de la conciencia abstracta que hemos denominado históricamente “yo”. Gracias a su tiranía, no queda consideración por ningún aspecto de lo real, de lo que podríamos llamar “naturaleza” dentro y fuera de nosotros, que no deba ser sometido a su voluntad, a su propia “autopercepción” (“¡Nada está por encima de mí!”, gritaba Stirner). La moda de las políticas de género se explica por ello. Por otro lado, no creo que haya que “oponerse” a la técnica o a “la realidad virtual”, como si se pudiera volver a algún momento anterior. Pienso todo lo contrario. La naturaleza del hombre es la esencia de la técnica, como aseguraba Oswald Spengler y, en cierto modo, también Karl Marx. Además, ¿no resulta siempre virtual nuestra personalidad en el medio social, aunque no haya pantallas de por medio? ¿Qué decir de la virtualidad de nuestra conciencia y nuestro pensamiento en relación al carácter concreto de lo que hacemos y decimos? Ver en la tecnología un peligro es posible sólo si uno cree que hay alguna identidad esencial previa por resguardar e independiente respecto de las relaciones históricas que establecemos con el mundo circundante. La peligrosidad de la técnica y de sus “medios” es la peligrosidad de la libertad y la naturaleza humana. Los avances tecnológicos solo devuelven a foja cero muchos compromisos existentes como resultado de luchas previas en el terreno ético-político, pero esto siempre ha sido así. Hoy lo vemos en el caso del «teletrabajo», de la discusión en torno al 5G, etc. En lugar de siquiera discutir sobre detener o ralentizar este proceso, deberíamos formar trabajadores, técnicos y científicos capaz de gobernarlo. 

¿Con qué prejuicios intelectuales, tradiciones políticas o incluso dificultades epistemologicas se enfrentan quienes buscan redefinir los términos de estas discusiones?

Todos los obstáculos epistemológicos provienen de una deficiente elaboración de la propia situación hermenéutica o de una falta de voluntad y carácter para desafiar el orden establecido. Si se quiere evitar la eclosión de algunas de las fuerzas difíciles de gobernar que nos constituyen habrá que buscar mantenerse ocupado en promover y ejercer otras que resulten efectivas en ocupar su lugar. Establecer un relato sobre lo que es bueno y malo, apelando a la indignación y a la culpa, pero desatendiendo este problema más bien “operativo”, es parte de la gran farsa en la que vivimos continuamente. La moralización y el «dispositivo de la sexualidad» siguen siendo el lugar común del “saber” occidental global, que es poder y que, en calidad de tal, exhibe su «voluntad de verdad» al establecerse en un ordenamiento legal e institucional farisaico, orientado a penalizar toda disidencia como «discurso de odio» y «discriminación». Resistirse a hablar la neolengua «inclusiva» es un desafío terrible para su autoridad, que descansa en meras palabras. Sólo para el que no las repite, el garantismo, que todo lo perdona, deviene escrache, persecución y «punitivismo». Ojalá me equivoque, pero en Argentina hoy día parece que no se lucha por el poder. En medio de una grave crisis económica esto supone que la misma la pagará el pueblo. Por eso se prefieren los pactos de gobernabilidad y, en el peor de los casos, la alternancia. En materia social, parece que hay que agradecer que tengamos una economía orientada a la subsistencia y la caridad institucionalizada: hay plata para los pobres, pero no hay plata para terminar con la pobreza. Quo Vadis? Cuando todos los medios de producción de sentido convocan a la unidad nacional, queda claro que convocan a la unidad de la «clase discutidora», que encuentra en el giro lingüístico la mejor excusa para no discutir sus propios prejuicios y privilegios////PACO

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