En un mundo ideal, las ovejas que pocos días atrás deambulaban por las calles perfectamente urbanizadas de la ciudad de Samsun, en Turquía, podrían encontrarse con los ciervos que traspasaron los límites del Parque Nara en Japón y con las cabras que pasearon por el asfalto del pueblo de Llandudno en el oeste de Gales. A esa marcha silvestre en plena cuarentena humana podrían unirse los patos que reaparecieron en los canales venecianos de Italia, el delfín que anduvo por los ríos de Tigre en Argentina, las golondrinas y los cormoranes que aterrizaron sin los obstáculos de la civilización sobre las costas limeñas en Perú, los jabalíes que llegaron hasta las calles de distintas ciudades de España o Israel, y los monos que inundaron cada rincón comercial de Tailandia. Sin embargo, en algún punto de su camino, todos llegarían a una verdad inevitable: aunque se infiltren sin previo aviso en lo profundo del espacio humano, la fauna no podría recuperar nunca su lugar perdido. Porque, en realidad, ese lugar no existe.

A su modo, Bhagavan “Doc” Antle lo explica bien en Tiger King cuando dice que el hábitat natural de los tigres siberianos, indochinos y malayos que él mismo cría, comercializa y sacrifica, simplemente, no existe. De hecho, si en vez de explotar a estos animales los liberara, del otro lado de sus barrotes los esperarían ecosistemas altamente contaminados, cazadores furtivos y, en el mejor caso, una sobrevida igual de horripilante (si no peor) en el circo. Incluso los conservacionistas mejor intencionados coinciden en que, a la hora de asumir la realidad, lo que aparentar ser un remedio (el retorno armónico a la “naturaleza”) sería peor que la enfermedad. Los tigres que se muestran en Tiger King son inviables en la vida salvaje, e incluso si lograran sobrevivir y reproducirse en un “allá afuera” que no existe, la proliferación de sus genes domesticados solo perjudicarían a los de los pocos animales silvestres de su especie que todavía existen.

Tiger King es, por eso mismo, la versión más espectacular posible del hecho de que hoy la relación humana con lo viviente funciona de acuerdo con una cultura basada en un sistema de clasificación. Al fin y al cabo, ¿qué son estos zoológicos disfrazados de “reservas” o “santuarios” sino la última posibilidad de encuentro con especies animales que para el sistema no son consideradas ni materia primas (como la vaca) ni herramientas (como el perro)? Tratándose de tigres, leones y panteras, ni siquiera es difícil percibir que para esos mismos felinos que alguna vez fueron imaginados como los más poderosos e indiscutidos reyes de la jungla, hoy ya no quedan en pie ni los más débiles rastros de algún carácter mitológico. Si estos animales pudieran averiguar lo que ellos mismos son, lo más probable es que, al final de sus indagaciones, tuvieran que aceptarse nada más que como las versiones premium de la estética del animal print. Y todos sabemos que el animal print ni siquiera se usa durante mucho tiempo. 

Ahora bien, si Joe Exotic y Carole Baskin son más fascinantes que cualquiera de sus animales es porque, a pesar de que insistan en disfrazar su egolatría de maneras absolutamente opuestas, ellos son quienes mejor entienden que esas fracciones vivas de naturaleza con las que trabajan perdieron hace mucho su lugar entre “las reglas del parque humano”. Incluso podría argumentarse que son ellos quienes demuestran en su máxima crueldad hasta qué punto, como sostenía Martin Heidegger, “el hombre tiene mundo y está en el mundo, mientras que las plantas y los animales están insertos en la tensión de sus correspondientes mundos circundantes”. Condenada a partir de ahí a la domesticación, “la historia de esta cohabitación monstruosa entre los hombres y los animales”, como escribió Peter Sloterdijk a propósito del mismo asunto, “no ha sido todavía expuesta de manera adecuada”. ¿Será Tiger King, tal vez, un insospechado primer paso hacia esa exposición?

En tal caso, si uno cediera durante un momento a las más tiernas ilusiones del más torpe romanticismo, ¿tendría sentido preguntarse qué pasaría si los animales pudieran liberarse de su cautiverio existencial? En otras palabras, ¿qué pasaría si la naturaleza fuera “rehabilitada” y la unión armoniosa entre los hombres y los animales, como muestran de repente las ciudades semivacías por la cuarentena, fuera posible? ¿Acaso las imágenes de las cabras en las plazas de Albacete, las ratas por las veredas de Nueva Orleans o el puma que deambuló por el centro de Santiago de Chile hablan del retorno momentáneo a un paraíso perdido? ¿O solo nos recuerdan, como Joe Exotic, Carole Baskin y “Doc” Antle, la vileza inevitable detrás de cualquier insistencia con la reunión entre la humanidad y la naturaleza?


Mientras tanto, la tregua momentánea en las ciudades es solo un tiempo de espera hasta que la marcha de la civilización reclame otra vez la prioridad de su propio paso. Y si las experiencias de unos y las ideas de otros coinciden en algo, es en que lo único “antinatural” sería creer que la imposible unión armoniosa entre los hombres y los animales en la Tierra es deseable. De hecho, al volver a observar el mundo desde el espacio exterior, también la NASA comprobó que nunca antes hubo entre nosotros imágenes satelitales tan nítidas de la atmósfera como ahora, durante la cuarentena. La paradoja es que solo hizo falta muerte, recesión y una parálisis económica en una escala global absolutamente inédita para que pudiéramos verlas////PAC

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