Política


Hernán Iglesias, artista del equívoco

Twitter, la zona de riesgo oficial

La ironía que hace ya unos meses le dedicó el escritor Martín Caparrós en Twitter a Hernán Iglesias, “Coordinador de Políticas Públicas de Jefatura de Gabinete”, según el graph que lo presentaba, podría ser uno más entre los golpes que —¡por Dios!, para volver al cauce inagotable del grotesco— suelen darse bajo la línea de flotación intelectual de quienes prestan su nombre y su cara a la defensa de un gobierno con el segundo índice de inflación más alto de la región después de Venezuela y el sexto más grande del mundo antes de Yemen (todo lo que, según un funcionario del FMI, nos ubicaría en una situación “similar a la de Zimbabwe a finales de la década del 2000”).

Pero la ironía podría ser injusta, porque corre el riesgo inevitable de reducir el discurso político de Iglesias a una boutade recortada a la justa medida de las redes sociales, que es, paradójicamente, la zona de riesgo en la que mejor solían respirar los escasos intelectuales y comunicadores del gobierno. En la escena en cuestión, Hernán Iglesias relata con una mirada que tampoco logra evitar ciertas fugas hacia el vacío el modo en que, según Macri, los directivos de Chevron están “sorprendidos” porque los argentinos “laburan igual que un gringo”. Por lo tanto, pregunta Iglesias, ¿por qué se dice que Macri cree que somos “un país de mierda”? Esa, dice, es una “dialéctica” en la que “le cuesta mucho entrar”.

Los equívocos alrededor de frases como estas podrían multiplicarse —en el mismo sentido en que se multiplican cuando alguien dice cosas como “esta película argentina es tan buena que parece hecha en Hollywood”—, aunque ya fue Samuel Johnson quien supo detectar que la política nunca ha pretendido hacer sabios y buenos a los hombres, y que su máximo poder es usarlos lo mejor posible tal como son.

Cuando los equívocos son más interesantes que la ironía

En el caso de Hernán Iglesias, hace rato que los equívocos son más interesantes que la ironía, en especial por la forma en que estos se han involucrado con la política que él mismo intenta, todavía, comunicar. Y de esto hay un registro elocuente en sus obras, que van más allá de Twitter o las malas entrevistas en TV. Cuando Iglesias era un periodista que vivía en Nueva York, por ejemplo, su crónica de un recital de Andrés Calamaro no solo sirvió para que Calamaro le dijera por Twitter que escribía “basura”, sino para que cualquiera viera de un modo crudo pero pedagógico por qué la crónica, como género discursivo del narcisismo, estaba absolutamente devaluado.

Dos años después, los mismos equívocos reaparecían en un libro, American Sarmiento, aunque en una incipiente clave política. En ese libro, cuya tapa hoy profética muestra un dólar pero con la cara de Domingo Sarmiento en los viejos billetes de cincuenta pesos, Iglesias, que pretende visitar las ciudades por las que anduvo Sarmiento durante sus viajes a los Estados Unidos, cuenta que había intentado dedicarse a la literatura (una “frivolidad apabullante”) aunque antes de terminar algún libro ya se había retirado porque “hay tanto que hacer con la política”. Pero, ¿cómo es posible que alguien se vaya de donde nunca estuvo? Los equívocos de American Sarmiento se acumulan a partir de ahí con la velocidad de un fabuloso cataclismo mental.

“¿Cómo me voy a entretener con la belleza cuando hay tanta verdad por revelar?”, escribe Iglesias, convencido de que lo suyo será, desde ese momento, “denunciar atropellos” y “burlarse de las incongruencias de los regímenes de su presente”. Hacia las últimas páginas, el absurdo es tan grande que ya no se trata de un extraño juego de oposiciones sui generis entre “belleza” y “verdad” —aunque, es cierto, uno supone que la agitada vida neoyorquina restaba tiempo para estudiar el asunto—, ni se trata de Sarmiento, sobre el cual no elabora ni una sola idea, sino que se trata de “politizar mi investigación y apuntarla contra mi presente, contra Kirchner”, porque, concluye Iglesias, “Kirchner es mi Perón. Mi Rosas”.

Incluso si uno considera que American Sarmiento se publicó en 2013 y que Kirchner llevaba ya tres años muerto, en manos de Iglesias el equívoco siempre puede volverse aún más fascinante. Por ejemplo cuando, en el mismo libro, escribe: “A veces (no es joda) pienso que nosotros somos como la Generación del 37. Somos los poetas tecnocráticos, ingenuos políticamente, sintonizados mejor con el mundo que con La Matanza, aguantando el chaparrón kirchnerista”. Hoy, cinco años después, y ante una realidad económica sintonizada mejor con Venezuela, Yemen y Zimbabue que con cualquier otra parte del mundo, a este noble “poeta tecnocrático” de Cambiemos también le toca “revelar verdades” imprescindibles, como que agosto fue el mes con más trasplantes de la historia del país. Pero esto, apenas, es uno más entre varios equívocos.

El autor del mejor libro sobre Cambiemos

El equívoco más sorprendente de todos es que Hernán Iglesias, importado para la primera campaña presidencial de Mauricio Macri desde Nueva York por Marcos Peña, por entonces uno de los estrategas políticos del Pro en la Ciudad de Buenos Aires, es el autor del mejor libro escrito hasta la fecha sobre Cambiemos. El libro se llama Cambiamos, cuenta cómo se hizo la campaña electoral de Macri y se publicó en diciembre de 2015. Quien no lo haya leído debería considerarse un auténtico analfabeto político, al igual que quienes, aunque lo hayan leído, insistan en reducirlo a frases desafortunadas como “hoy ganamos los boludos”, con la que se cierra la última página.

Iglesias no solo cuenta ahí cómo llegó a “Coordinador de Políticas Públicas de Jefatura de Gabinete” —lo cual ocurrió básicamente así: conoció a Peña en un asado de bloggeros en 2001, después en las canchas de Marangoni en el parque Las Heras, y entonces Peña empezó a trabajar con Macri en la Fundación Crecer y Crecer, e Iglesias empezó a notar “su crecimiento personal y político”, hasta que en 2013 “Pancho” Cabrera le ofreció un trabajo en la municipalidad—, sino que también cuenta la manera en que “ante el discurso de que gobernar siempre es quitarle algo a alguien para dárselo a otro, el PRO sostenía desde el principio que se puede gobernar bien y mejorarles la vida a todos los miembros de una comunidad”. Por supuesto, este es el mejor libro escrito sobre quiénes gobiernan hoy el país, pero siempre y cuando uno pueda leerlo a través del equívoco, que es el gran arte de Hernán Iglesias. Otro ejemplo rápido: “Sé que vas a gobernar bien, pero no sé si me vas a cuidar o me vas a cagar”, escribe Iglesias sobre “el resumen” de las investigaciones del equipo de opinión pública dedicado a analizar, en ese momento, la percepción de Mauricio Macri como posible presidente.

Como si fuera un diario, Cambiamos cuenta cómo gracias a Twitter, la misma plataforma donde hoy lo insultan, alguien como Iglesias, sin ninguna experiencia política ni trabajos previos en campañas electorales, podía conocer a jefes de campaña con carrera internacional como el argentino Guillermo Raffo, que acababa de manejar al brasileño Aécio Neves —principal opositor de Dilma Rousseff, y este año procesado por corrupción y obstrucción a la justicia—, o cómo, durante las reuniones de la Fundación Pensar, “el fantasma del ajuste lo sobrevuela todo”. Sobre el ajuste casi nunca falta una escena sintomática. “Guillo” Dietrich, por ejemplo, muestra en un momento que quiere aumentar el boleto de colectivo “sólo para compensar la inflación”, y entonces Rogelio Frigerio hace un chiste sobre “cuanto más rápido hagamos estas cosas malas, mejor”, aunque cuando hay que hablar más en serio “Pancho Cabrera calla a la mesa y sentencia: Lo que tenemos que tener claro es que Macri no deberá ser el presidente del ajuste”.

La “trinidad paranoica”: FMI, ajuste y devaluación

En Cambiamos asoma incluso un ignoto Nicolás Dujovne, que “expone sus planes sobre temas fiscales”, y entonces se perfila la discusión alrededor del auténtico núcleo traumático de la futura presidencia. Al recrear su versión de los monólogos de Eduardo Levy Yeyati, “el abanderado de los gradualistas”, y de Carlos Melconian, “el más vocal de los shockeadores”, Iglesias nos permite oír también a Federico “Sturze”, siempre optimista porque cree que habrá “una lluvia de dólares y que ningún ajuste (salvo un par de puntos en el déficit) es necesario”. En su vasta galaxia de equívocos, Cambiamos sigue ofreciendo el instante en que Durán Barba risueñamente compara a la Argentina con Grecia, por entonces el último gran laboratorio humano del FMI, o el “argumento intachable” por el cual Juan José Aranguren plantea “la necesidad de aumentar las tarifas a la clase media”, o la manera en que el propio Iglesias, en 2015, se burla de lo que llama “trinidad paranoica” para desestimar la sospecha de que Cambiemos solo traería “FMI, ajuste y devaluación”.

A la distancia, sin embargo, hay un equívoco que vale la pena citar para terminar y que involucra a Marcos Peña, al que Iglesias muestra como un general romano que interroga a los principales cuadros económicos de su partido acerca del futuro de todos los argentinos una vez que el Pro llegue al poder. “¿Qué privatizaciones están previstas?”, pregunta. “Ninguna”, le responden. “¿Despidos?”, vuelve a preguntar. “Tampoco”, le responden. “¿Jubilaciones?” “Todo sigue igual”, dice Iglesias que le responden a su jefe. “¿Y estas cuentas incluyen el nivel de gasto actual, con AUH, Aerolíneas, Fútbol para Todos?” “Está todo incluido”. Iglesias añade entonces un equívoco más: “Marcos asiente con la cabeza, parece agradablemente sorprendido”. Por las dudas, otra frase escrita por Samuel Johnson: “La propia sátira desdeñaría hablar mal de aquel de quien nadie habla bien”.///PACO