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Ayer martes a las nueve de la mañana la cola para acreditarse a la apertura de C+D, de la Semana de Cultura y Desarrollo organizadas por el Ministerio de Cultura era de unas cincuenta personas. El trámite se hacía rápido y en el primero piso del CC San Martín se servía un desayuno con frutas, muffins y café. ¿Quiénes estaban? Pocos periodistas, casi ninguno, y mucha gente de otras provincias hablando de la noche anterior, de Buenos Aires, del calor y de los estudios de diseño o las agencias para las que trabajaban en sus provincias. En el programa los oradores ordenados en mesas de tres o cuatro tenían media hora como mucho. Ya en la sala, que estaba llena, a las diez menos veinte un locutor pidió un aplauso, avisó sobre la wifi sin contraseña y después presentó a Marcos Peña, a Pablo Avelluto, a Enrique Avogadro y Gabriel Casaburi del BID. Avogadro tomó la palabra y dijo que “la cultura debe ser un factor central en el desarrollo.” Fue breve, claro y puntual. Después habló el gerente del BID, como dijo Avogadro “el único con corbata.” El del BID habló de la importancia de las culturas creativas en América Latina. Cuando le tocó a Avelluto el discurso se hizo más institucional y un poco más errático y frío: “Siempre decimos que hace falta una cultura de trabajo o del pago de impuestos, la palabra cultura se convirtió en un adjetivo prestigioso para las cosa que funcionan mal entre nosotros.” “El ministerio de las oportunidades culturales” “Nuestra política cultural consiste en abrir las ventanas para que nuestros artistas se desarrollen.” Avelluto optó por no hablaba con los profesionales de la sala, sino hacer un poco de proselitismo. Quizás sea ese el rol del ministro, pero todo lo que dijo, los que estábamos ahí, lo sabíamos, y la mayoría seguramente vivía de eso, o pretendía vivir de eso o algo similar. 

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Cerró esta primera mesa Marcos Peña que valoró el aporte del BID y agregó:  “La Argentina mira hoy para adelante, la perspectiva de un mundo que se nos abre, vamos rumbo al crecimiento.” “Lo prioritario para nosotros es la desigualdad, la extrema pobreza.” “Tenemos talento pero tenemos grande necesidades para generar empleo. La cultura debería llevar desarrollo a esos lugares.”

Luego se pasó un infomercial de Oficina Burman, y cuando terminó entró Burman mismo y directamente empezó a hablar de guita y de qué tiene valor y qué no tiene valor. Contó una historia bastante buena sobre un terreno que se inundaba y que no valía nada y un pen drive donde él tenía una serie que le había vendido a Netflix. Dijo que un banquero no entendía esa diferencia. Habló de lo intangible y de que este era el momento para vender nuestros productos al mundo porque hay un caos general y las grandes empresas no entienden nada y tiene miedo. Quedó claro que Burman es un carismático empresario que dirige películas y eso está bien. Después habló de la nueva dramaturgia fílmica de los Estados Unidos que se parece mucho a trabajar en grupo y cerró con una idea clara: “A veces es antipático el tema del dinero, pero es importante que pensemos en direccionar a los creadores, para dónde van a ir, porque si no se genera mucha frustración.” El aplauso fue cerrado y merecido.

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Después subió Avogadro, le hizo algunas preguntas dio por terminada la intervención de Burman y explicó que no todo era economía y que el desarrollo también tenía que ser social y presentó lo que seguía: el hombre del BID, Gabriel Casaburi, con Mario Pergolini, José Alonso Labanca, un uruguayo, y Felipe Mujica, un economista chileno. El escalonado era visible incluso en las caras. Pergolini está igual, quizás un poco más viejo. El hombre del BID estaba como había señalado Avogadro, de corbata. Los otros dos eran jóvenes economistas “regionales” que intentaban mover sus mundos nacionales hacia el futuro. ¿Qué esperar de este panel? Casaburi hablo de competitividad e innovación. Pero el vocabulario de la innovación que puede usar un banquero es limitado. Avogadro también lo había anticipado con mucho juicio: es difícil profundizar en estos temas. Este panel lo dejó claro. Pergolini contó que empezó atendiendo los teléfonos, después que fundó una productora, después habló que incorporaron herramientas tecnológicas nuevas, después que dejó la Rock and pop y armó Vorterix. Bien. Mario, eso ya lo sabemos. ¿Algo más? Dijo: “Trabajamos mucho y nos dimos cuenta de que yo tenía que generar mi propia tecnología y armamos nuestras propias aplicaciones, y creamos una empresa nueva y empezamos a dar servicios a otros clientes y entre ellos apareció el Estado y empezamos a darle servicios al Estado, al Estado argentino, a la ciudad de San Pablo, a Colombia.” Agregó: “Es un gran momento para fracasar porque se fracasa rápido y se pasa a otra cosa.” Y cerró con la introducción de una variable interesante, la educación. “Que los chicos estudien código. Los chicos hoy nacen usuarios, no hay que explicarles cómo usar un I-pad. Ahora bien, ¿siempre tiene que ser un usuario o va a estar del otro lado? Podemos innovar si tenemos una educación acorde a los tiempos. Creativos somos todos, el tema es la educación, educarnos para producir.”

Luego, el uruguayo contó casos donde funcionaban los negocios y no. “Lo disruptivo pasa cuando juntas gente diferente”. Lo llamó “vínculo intersectorial”, que era otra vez la idea de trabajar en grupo, juntando gente de diferentes actividades y profesiones. Cuando empezó el chileno salí de la sala porque tenía que hablar por teléfono y después ya no volví a entrar. 

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¿Puedo hacer un balance? Uno diría que la idea general del encuentro ya está instalada en la sociedad. Hay acuerdo, en el Estado y en el sector privado, de que hoy la producción no solo tiene que ver con la fábrica y la metalúrgica. Todos usamos tecnología digital en nuestros teléfonos. Al mismo tiempo la Argentina tiene, y no solo en Buenos Aires, un gran caudal de recursos humanos y saberes técnicos formados con excelencia. ¿Entonces? En algún punto este encuentro fue una respuesta a algo que ya sabemos. Desde luego no es menor que el BID lo haya auspiciado. Y eso es celebrable. La pregunta, entonces, parece ser otra. Pero ¿cuál? La gran incógnita es si la Argentina va a poder convertirse en proveedora global de contenidos y soluciones ligadas al desarrollo digital. ¿Y qué se necesita para eso? Dos cosas que siempre se necesitan: guita y huevos. Dicho con más formalidad: inversión para empezar y asumir los riesgos para jugar y ganar. Y nunca está de más la perseverancia.

Si cabe una crítica, a este encuentro le faltó, quizás, lo más difícil de lograr: un espacio de interacción entre los propios concurrentes. Desde luego, es complejo construir eso desde los institucional y será una deuda para otro encuentro, tal vez de características menos esquemáticas. ¿Por qué? Si estamos un poco atrasados a la hora de exhibir, ofrecer, vender y aprovechar nuestros “contenidos culturales y creativos” -para usar vocabulario de lo que se vio en el San Martín- también estamos atrasados a la hora de hacerlos circular en nuestro país. Comparados con otras naciones de la región la Argentina tiene una buena base de infraestructura y conectividad pero no termina de empezar a aprovecharla. Sus instituciones y dependencias culturales, muchas nuevas, otras centenarias, no terminan de entender el poder la web y su capacidad para generar recursos. En ese sentido, la iniciativa del Ministerio de Cultura de la Nación al organizar este evento es buena, incluso muy buena. Por lo pronto se podía seguir por streaming en YouTube lo cual ya es un avance importante con respecto a otros encuentros, mesas y jornadas similares que se hacen en nuestro país. A corto plazo, dado el vértigo en que vivimos, veremos si el desarrollo se consigue. Mientras tanto podemos reflexionar sobre la frase, irónica o dramática, que alguna vez cantó Palo Pandolfo: «Luchando por la verdad, pero que sea rentable.»////PACO