Un festival de cine es una estructura que funciona o no según el encuentro azaroso entre el contenido y el espectador. El festival de Mar del Plata tiene un arco estético ancho. Este año pasaron una película sobre el Papa Francisco y una de Chuck Norris. En medio, las apuestas seguras del cine social (donde por social se entiende a un haz monocromático de víctimas y victimarios conocidos), las películas prolijas de cine independiente norteamericano (donde lo de independiente norteamericano es un lugar discursivo, no geográfico), las franquicias latinoamericanas sobre el viejo cine europeo y los nichos (música, zombies, huérfanos).

Hay muchas películas. El catálogo es gordo y pesado. Ante la imposibilidad de abarcarlo todo, uno se mete en la selva de engaños de las sinopsis, para captar ese dato que seduce o rechaza un film.

Ejemplo de cómo descartar una película desde el catálogo

Una foto de dos jóvenes junto a un árbol vestidos de ropas autóctonas. La sinopsis dice: “En el interior profundo del Perú, dos adolescentes se asoman al primer amor y, al mismo tiempo, a la riqueza de la cosmovisión andina”. Huida. De lo que uno huye, si nos ponemos mas finos, es del recorte, de la película en palabras del reseñador. Quizás la película esté buena (muy pocas probabilidades) pero nunca lo vamos a saber, porque al ser elegidas esas palabras para nombrarla, la condenan como cosa.

Un fiasco, minuto a minuto

El cine es contar con imágenes. Si en la primera escena aparece una voz en off para explicar lo que la imagen ya está mostrando y una línea de diálogo subraya, nada puede ir peor. En ese momento, un ágil espectador de festival corre hacia el cartelito verde de salida. La otra opción es quedarse hasta el primer giro en la historia. Cuando viene ese primer plot point y lo que ocurre es aun mas obvio (un viejo se vuelve torpe y la familia, una familia tipo de cine formada por  hijo responsable, hijo bohemio y nieta con auriculares, contrata a un gordo estúpido pero bueno para que sea su chofer) es el momento definitivo de irse. Pero si uno se queda, aunque más no sea para ver qué otro cosa va a pasar, el director perezoso usa el truco de diseñador gráfico de Wes Anderson y congela una foto para agregar un texto canchero. Ya se debería estar a 10 kilómetros del cine. Pero uno se queda (masoquismo o culpa). Y cada vez se pone más y mas explícito y la comedia no hace reír y el misterio no esconde. Y la gente estalla en carcajadas cuando la vieja reta al viejo y ahí, en ese momento, la ola de ajenidad con la película y con ese público que se ríe de  eso, mueve los músculos y uno festeja esa decisión de sentarse al lado del pasillo y corre hacia la luz al final del pasillo.

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Un pase a la red

Adrián Garza Biniez tenía una banda en los noventas indies del sur (pertenecía al territorio estético del tren eléctrico que referencia la novela de Luis Orani, Primavera Ninja) . Cuando se fue a vivir a Uruguay, filmó una película que ganó un Oso de Plata en Berlín (Gigante, 2009). En Mar del Plata estrenó El 5 de Talleres, una historia sobre un cinco metedor que juega en Talleres de Remedios de Escalada.  El Garza cuenta con imágenes. Y con palabras estructuradas como imágenes. Deja un espacio a lo no dicho que tiene el efecto de darle una consistencia genial al guión. Frases interrumpidas por otro que se pisa y habla y alguien que viene de afuera y putea. Todo eso al servicio de no subestimar al espectador. Evita abusar de los diálogos biográficos (cuando aparecen, la fluidez se detiene) y mete un trabajo brillante de ingeniería con las puteadas. En la kermesse de los premios, ganó como mejor director de competencia argentina.

Sobreactuación de la vida real

Pasadas la medianoche, empiezan a llegar grupos de príncipes, cenicientas y mucha, muchísima, calabaza al muelle de pescadores, donde un bar con pista de baile y escenario hace de punto de encuentro de trasnoche de los acreditados al festival. Están anunciados los 107 Faunos pero antes  Ezequiel Acuña y los protagonistas de La Vida de Alguien rodean a Federico Gonzalez, cantante de La Foca, para hacer algunas de las canciones de la película. El DJ detiene su set bolichero de calle Warnes y empieza el set acústico. La gente se acerca al escenario y empieza a hablar mas fuerte, sacarse selfies o tuitear. El show funciona como la noticia para un comentarista de La Nación: una excusa para “transmitir su yo”, como dice Sandino Núñez ¿Qué le queda al artista en este contexto? Dirigirse a sí mismos o hacer pie en alguna cara que a la vieja usanza, hace contacto con lo que pasa en el escenario. Alguien le grita al actor el nombre del personaje que interpretó en una tira adolescente. En el contexto megalómano del público con acreditaciones colgando, las bandas están puestas ahí para su goce, comos los negros de las ferias que caían al agua después de que el redneck acertara pegarle con la pelota. Los Faunos eligen no complicarse y arrancan a un volumen que no deja chance al murmullo ególatra. Cuando terminan de tocar, el tumor estaba extirpado en la terraza. Todos mirándose, emitiendo señales. Tomando camparis con jugo de naranja de ómnibus.

El taxista que nos aleja del lugar, que está cerca de sitio de suicidio de Storni, dice “yo, cero violencia” y en los 10 minutos de viaje, cuenta que se acaba de cagar a trompadas con un hincha de River, que tomó siete tecitos vick y que se ganó el cielo porque no mató a su ex mujer, madre de su hija. En el medio, pasa por el lugar donde se cayó  Olmedo. Mar del Plata Pulsión de Muerte Fest/////PACO