En los últimos meses, como si se hubieran puesto de acuerdo, distintos representantes de la industria de la información y las (así llamadas) nuevas tecnologías coincidieron en intervenciones públicas que cuestionaban o alertaban, o al menos echaban sombras, sobre los últimos desarrollos en el campo de la inteligencia artificial. En el debate siempre marcado por el optimismo evangélico y la publicidad acrítica de las bondades de la extensión de Internet y sus diversas aplicaciones a la vida cotidiana, estas voces llamaron la atención por lo sombrío de las predicciones y por provenir de algunos de los más conspicuos empresarios y especialistas de la élite tecnológica de Silicon Valley. Bill Gates, por ejemplo, el hombre más rico del mundo y cofundador del mayor conglomerado de software global hablaba así en una reciente ronda de preguntas y respuestas en el sitio Reddit: “Formo parte de aquellos preocupados por la súper inteligencia. Primero las máquinas se harán cargo de un montón de trabajos y no serán demasiado súper inteligentes. Eso es positivo si podemos manejarlo bien. Unas décadas después su inteligencia será lo suficientemente poderosa para volverse una amenaza. Estoy de acuerdo en esto con Elon Musk entre otros, y no entiendo por qué la gente no está preocupada por este asunto”.

«Las máquinas se harán cargo de un montón de trabajos y no serán demasiado súper inteligentes. Unas décadas después su inteligencia será lo suficientemente poderosa para volverse una amenaza. No entiendo por qué la gente no está preocupada por este asunto».

El citado Elon Musk, CEO de Tesla Motors, que produce autos eléctricos, y de SolarCity, que desarrolla y fabrica sistemas de producción eléctrica alternativos, es como Gates un varias veces multimillonario devenido filántropo (fundó durante la burbuja de las puntocom de fines de los 90 PayPal, el sitio pionero de pagos electrónicos) preocupado por lo que ve como el inexorable avance de las máquinas inteligentes sobre la sociedad humana. El año pasado, en una conferencia en el MIT de Boston, Musk definió a la inteligencia artificial como nuestra “mayor amenaza existencial” y utilizó para clarificar sus temores la clásica imagen del aprendiz de brujo que invoca fuerzas que no es capaz de controlar: “Con la inteligencia artificial estamos invocando al diablo, sabemos que eso siempre termina mal”.

Al club de los futuristas asustados se sumaron también la superestrella de la física teórica Stephen Hawking y el cofundador de Apple, Steve Wozniak. Hawking, que utiliza para comunicarse un sistema desarrollado por Intel capaz de predecir palabras en base a los patrones del lenguaje más frecuentes del usuario, dijo en una entrevista con la BBC que a pesar de su utilidad actual “el desarrollo integral de inteligencia artificial puede provocar el final de la raza humana”. Pasado cierto umbral, según Hawking, la inteligencia artificial alcanzaría un punto en el que comenzaría a rediseñarse a sí misma, volviendo obsoletos a los humanos. A esas palabras se sobreimprime la imagen de Hawking inmóvil, en su silla, apenas con el leve movimiento de su respiración, pronunciándolas a través de la voz robótica del programa de Intel. Es una imagen mucho más perturbadora en su simbolismo que las propias declaraciones del científico. Wozniak, en tanto, le dijo a un diario australiano que “el futuro se ve aterrador para los humanos”. Y continuó en la vena apocalíptica: “¿Seremos los dioses? ¿Seremos las mascotas? ¿O seremos las hormigas que terminan aplastadas? No lo sé, pero cuando pienso que en el futuro voy a ser tratado como una mascota por estas máquinas inteligentes, bueno, me empiezo a preocupar por tratar muy bien a mi perro.”

unnamed

Bien. ¿Qué pensar de esas declaraciones sombrías y un tanto exasperadas de destacados millonarios y expertos tecnológicos sobre la probable amenaza de las máquinas pensantes? En principio, el contraste con el habitual tono rozagante y autocelebratorio de la industria informática es notable. Parecen apreciaciones más pertinentes para oscuros escritores de sci fi, siempre dispuestos a la imaginación pesadillesca de distopías tecnológicas, o para críticos radicales del capitalismo high tech, con su eterna ambivalencia entre el rechazo romántico de la técnica deshumanizadora y el llamado al control social de los frutos del desarrollo científico.

Al mismo tiempo que Gates confesaba sus temores, el jefe del departamento de investigación de Microsoft, Eric Horvitz, afirmaba que un cuarto de los recursos que la empresa destina al desarrollo de nuevas tecnologías está enfocado en la inteligencia artificial.

Casi al mismo tiempo que Gates confesaba sus temores, el jefe del departamento de investigación de Microsoft, Eric Horvitz, afirmaba que un cuarto de los recursos que la empresa destina al desarrollo de nuevas tecnologías está enfocado en la inteligencia artificial. No son, entonces, advertencias de neoludditas que proponen un regreso a las técnicas analógicas, sino de integrantes del núcleo duro de los sectores económicos y científicos que lideran buena parte de la economía basada en el negocio de la información. ¿Son alertas de un futuro próximo que los simples mortales consumidores y proletarios de esa economía, los que todos los días le entregan sus datos personales, sus historiales de navegación, sus consumos y anhelos a las grandes fábricas de fantasías digitales todavía no pueden avizorar en el horizonte? ¿En los laboratorios y corporaciones de la era de la información se están preparando máquinas dotadas de una inteligencia que relegue a los humanos, sus artífices, al lugar de nuevos esclavos? Un panorama fértil a la imaginación catastrófica de la relación entre las máquinas y los hombres, alimentada por un larga tradición de ficciones sobre la soberbia fáustica del amo que pierde el control de su creación y se ve reducido al estado de servidumbre, nos viene inmediatamente al recuerdo, como una serie de sueños premonitorios fraguados pacientemente, recurrentemente, a lo largo de la historia: del Golem a Frankestein, de Hal 9000 a los replicantes de Philip Dick, de la Metrópolis de Fritz Lang a la Skynet de Terminator. Como otras tantas catástrofes, la rebelión de las máquinas inteligentes también ha sido elaborada con cuidado y dedicación por una pulsión irrestible y deseada.

¿Qué hay de concreto en esos temores? Un par de cosas parecen lo suficientemente claras en el campo de la intelingencia artificial. Por un lado, desde la expansión global de Internet y la economía asociada a ella la inteligencia artificial abandonó los laboratorios universitarios y gubernamentales para integrarse definitivamente en el circuito del capital que gira alrededor de la Web. Siguiendo el mismo esquema que la red en general – que emergió de las iniciativas semisecretas de lo que en los lejanos años sesentas se llamaba “el complejo industrial-militar” americano para volverse infraestructura privada y comercial – el desarrollo de la inteligencia artificial se reconvirtió en una de las patas de la tecnología que sustenta los nuevos productos lanzados al mercado por los grandes jugadores de Silicon Valley.

Lejos del imaginario del robot androide, corporizado, mimético de la forma humana, la inteligencia artificial sigue las pautas de interconexión de las máquinas en red.

Desde los algoritmos que hacen funcionar todos los días a Google a la terminal que le permite comunicarse con el mundo a Stephen Hawking, pasando por los drones que surcan el cielo de Medio Oriente y el software de reconocimiento de voz humana en los smartphones (o los llamados “asistentes personales” como Siri o Cortana), por ejemplo, los principios de la inteligencia artificial forman parte ya hace tiempo del panorama de la economía sustentada en la alta tecnología. Por otro lado, todo indica que 2014 y 2015 marcan el inicio de un nuevo salto el ciclo disruptivo de la era de la información en red: lejos del imaginario del robot androide, corporizado, mimético de la forma humana, la inteligencia artificial (la capacidad de las máquinas para efectuar cálculos complejos y tomar decisiones en base a la información proporcionada por su entorno) sigue las pautas de interconexión de las máquinas en red, y se aplica a dispositivos familiares que aprovechan el flujo incesante de datos de los usuarios (la mercancía casi invisible que sostiene todo el edificio del modelo económico de Internet) para ofrecer servicios que hasta hoy están proporcionados por trabajadores humanos. No es casual que al mismo tiempo que los billonarios sensibles Gates, Musk y Wozniak hicieran pública su preocupación por el futuro de una inteligencia artificial emancipada del control humano, las empresas dominantes del negocio de la información desembolsaran millones de dólares para comprar laboratorios y equipos de investigación dedicados a la aplicación práctica de las tecnología de la inteligencia artificial. Así, en 2014 Google adquirió DeepMind, una empresa británica de robótica por 500 millones de dólares y Nest Labs, un fabricante de dispositivos smart para el hogar por otros 3 mil millones. Antes, en diciembre de 2013, había comprado Boston Dynamics, una empresa de robótica que diseñó para el Pentágono robots especiales para transportar carga militar. El mismo interés por los robots lo muestra Amazon con los publicitados ensayos de drones para distribuir mercadería y la compra de otra empresa especializada en inteligencia artificial, Kiva Systems (por 700 millones de dólares), para proveerse de robots que trabajen en sus almacenes desplazando a los empleados humanos, ya precarizados, no sindicalizados, hiper explotados que hacen funcionar su aceitada red de distribución de libros, electrodomésticos y casi cualquier otra mercancía física. Facebook, para no quedar atrás de esta nueva frontera, incursionó en el mundo de la robótica con la inversión en empresas como Oculus VR, en el campo de la realidad virtual, y Ascenta, un fabricante de drones. Además de Vicarious, una compañía que apuesta a desarrollar sistemas que imiten el aprendizaje humano, replicando el funcionamiento del neocórtex cerebral.

goro-a-five-foot-japanese-robot-1964-x640

En la inmediata posguerra, después de descifrar en un galpón ultrasecreto de Bletchley Park, en la campiña inglesa, a la máquina Enigma de los nazis (y así a ganar la Segunda Guerra Mundial), Alan Turing publicó un resumen de sus investigaciones en un paper, ahora célebre, llamado “Computing machinery and intelligence”. En él proponía lo que desde entonces se llama el test de Turing, un método puramente teórico, por entonces, para poner a prueba la inteligencia de las máquinas. Sencillamente, el test consiste (como en una escena de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Dick) en determinar mediante una entrevista ciega si el interlocutor que responde las preguntas es un ser humano o una máquina. Si resulta imposible diferenciarlos, decía Turing, estamos en presencia de una máquina inteligente. El test de Turing, a pesar de los todos los avances de la inteligencia artificial, hasta ahora nunca fue superado con éxito aunque su formulación sirvió para diseñar, por la inversa, a la vuelta de la historia, el mucho más difundido y cotidiano sistema de captchas que permite diferenciar a un humano de un bot al momento de acceder al contenido de un sitio de la web. Desde esa época primigenia los ingenieros han hecho predicciones sobre el advenimiento inminente de la inteligencia maquínica, predicciones siempre contradichas por la realidad. En los años 50, en plena Guerra Fría, los optimistas programadores de computadoras que ocupaban un cuarto entero de transistores y gabinetes aseguraban que en diez o quince años las máquinas alcanzarían a empardar la complejidad del pensamiento humano. Buena parte de la ciencia ficción de esa época se nutrió de la perspectiva inminente de un mundo de supercomputadoras capaces de interactuar con los humanos en pie de igualdad. Pero el cerebro humano es una máquina más compleja y dificil de replicar, y esas predicciones fueron prorrogadas continuamente, en una carrera entre el entusiasmo maquínico de los técnicos y el escepticismo de los humanistas. Hoy, las apuestas sobre el momento de quiebre en que los cerebros de silicio superen la capacidad creativa de la mente humana se ubican entre los 20 y los 40 años vista, entre los creyentes de ese horizonte ansiado y temido que en el campo de la inteligencia artificial recibe el nombre de “singularidad tecnológica”: el momento en que las máquinas alcanzarán algo parecido a lo que la ajada y venerable tradición filosófica humana llama autonconciencia, la capacidad no solo de tomar decisiones autónomas sino de pensarse a sí mismo, de reprogramarse a voluntad y perfeccionarse sobre la marcha. Es el horizonte final contra el que se recortan los temores de Gates y compañía, el momento en que la máquina pueda, simplemente, decidir prescindir de una especie intelectualmente inferior.

tumblr_ne74q5GZ2Z1rtynt1o10_400

Pero antes de que eso pase, antes del “escenario Skynet”, del paisaje de la guerra entre las máquinas y los hombres, antes de esa distopía soñada mil veces a lo largo de los siglos por escritores y científicos, los robots, los programas inteligentes, los artefactos hogareños automatizados, los algoritmos que se nutren del Big Data que gentilmente cedemos todo el tiempo, los bots que interactúan contaminándonos con spam y búsquedas falsas y promesas y estafas de pequeña cuantía a los incautos de la selva digital, todo eso ya forma parte de la vida del presente.

Los saltos tecnológicos siempre crean un nuevo mundo, y los empleos que se destruyen se sustituyen con otros que no existían. Ese fue en los últimos 200 años el ciclo de destrucción creativa del capitalismo industrial.

¿Van a arrasar los robots y los dispositivos inteligentes con los trabajos tradicionales, sean de cuello azul o de cuello blanco? El escenario neoluddita, según algunas estimaciones, podría cargarse en los próximos años hasta un 47 por ciento de los empleos, en especial en sectores de servicios intensivos en capital humano como el financiero, los medios, la educación, la salud y la gestión administrativa. Los saltos tecnológicos siempre crean un nuevo mundo, y los empleos que se destruyen se sustituyen con otros en sectores que hasta el momento no existían. Ese fue en los últimos 200 años el ciclo de destrucción creativa del capitalismo industrial. Pero las máquinas inteligentes agregan un matiz sombrío, original, a ese ritornello tranquilizador: por primera vez los trabajos amenazados en ese futuro más o menos cercano son intelectuales. La sentencia de muerte ya no es para los empleos manuales, curtidos desde que un ingeniero inglés inventó hace ya muchos años el telar a vapor, en la batalla cuerpo a cuerpo con sus reemplazantes inanimados. Lo que el Financial Times llamó el año de la “automation anxiety” tiene menos que ver con las imaginaciones de los fans de la ciencia ficción que con la persistente desigualdad de ingresos y el estancamiento del salario mínimo del proletario occidental. Lo que sucede al mismo tiempo que el capital de los fondos de inversión fluye hacia las empresas tecnológicas y sus innovadores emprendimientos en inteligencia artificial, en la lotería de startups de la temporada (¿será el próximo boom el tacho de basura que saca fotos y las “comparte” en facebook? ¿o la app que calcula el calor corporal emitido a lo largo del día, para así, de una extraña manera, sentirse parte de la lucha contra el calentamiento global?). Todas esas cuestiones que laten bajo esa superficie: el fin del empleo fijo, la disparidad de ingresos, el tiempo libre vacío, los flujos del capital financiero, la mercantilización de los datos personales, el rol de un puñado de empresas tecnológicas en la solución de los problemas de la agenda social, el desvanecimiento de las instituciones públicas. Son cuestiones más cercanas aunque menos seductoras que el catastrófico paisaje sobre el que alertan los futuristas de Silicon Valley preocupados de pronto por la rebelión de las máquinas. Tal vez culpar a sus propios artificios sea una manera de disculparse a sí mismos//////PACO