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1.
En el comienzo de The Batman, dirigida y escrita por Matt Reeves, el Acertijo vigila con un largavista la casa del alcalde de Ciudad Gótica. Minutos después, mientras se atenúan los compases del Ave María, tiene lugar su asesinato. A diferencia de la trilogía de Christopher Nolan, protagonizada por un Bruce Wayne maduro que se deslizaba entre el dandismo y la ultraviolencia, Reeves sitúa los acontecimientos durante los años de formación del héroe, en los que el joven Wayne da sus primeros pasos como vengador enmascarado. De hecho, en las primeras escenas, Batman es apenas un rumor, un mito urbano que adquiere consistencia a través de la “batiseñal”. Esto tiñe al Batman de Reeves de un primer rasgo sacerdotal que durante el resto de la historia tendrá sus giros metafísicos: su moral bíblica divide a la sociedad en buenos y malos, sin grises, y lo que esa división demencial implica es un castigo. Es por esto que lo que la “batiseñal” comunica no es la llegada personal de Batman a algún lado, sino la inminencia general de la pena que sobreviene al pecado. La luz del murciélago, por lo tanto, enciende en los pecadores un terror profundo y casi religioso a las sombras, sombras que tienen fuera de toda consideración la posibilidad del perdón.

De vuelta en la escena del crimen, Batman y el teniente James Gordon encuentran un mensaje cifrado adherido al cadáver del alcalde. A medida que los muertos y las adivinanzas se acumulan, el Acertijo (cuya identidad original es la de Edward Nashton) expone la trama secreta de poder y de corrupción que afecta a las clases dominantes de Ciudad Gótica. A partir de ahí, el descubrimiento de que la pieza final en el esquema criminal es su difunto padre, el empresario y filántropo Thomas Wayne, lleva a Bruce a adoptar su identidad como Batman. En esa revelación, que va desde la filiación ilustre hasta la decadencia social, se ubica la transición que marca el tono ideológico en The Batman y que, en forma de pregunta, podría presentarse así: ¿qué debemos hacer con los pecados de nuestros padres? ¿Heredarlos como una maldición, perdonarlos a través de la comprensión, asumirlos como propios con culpa? A medida que la trama avance, lo que veremos es cómo, en contraste con un patriarca sanguinario como Thomas Wayne, su hijo construye una esperanza propia y piadosa acorde al descubrimiento de su propia genealogía moral. Esto es nada menos que la historia más antigua del mundo: el pasaje del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, el salto existencial de la religión del Padre a la religión del Hijo.

2.
Alrededor de este asunto, y como no hay un Bruce Wayne ni un Batman sino la superposición de otro y otro, cada nueva encarnación del personaje funciona como el comentario ideológico sobre nuestro presente. El Bruce Wayne de Reeves, modulado a la imagen de Kurt Cobain, el último ícono trágico del siglo XX, parece aturdido por el peso de su propia herencia de un imperio en el cual, en realidad, nada es lo que parece. Pero, ¿estamos, como en el caso de Cobain, ante un Batman melancólico y suicida? Para nada. En lugar de eso, Reeves compone un Batman conflictuado que pugna por no ceder ante la conmiseración derrotista. ¿Y qué mejor forma de exponer ese “goce sintomático” que a través del retorno más brutal de la violencia social condensada en la figura de un vigilante anónimo? Batman, un personaje nacido en el siglo XX, en la plenitud de la conformación del Estado de bienestar, renace ya entrado el siglo XXI para responder con los argumentos de su época a los problemas de nuestro tiempo. Y si la Torre Wayne, en la que Bruce se autoexcluye de la vida social, se parece a una catedral gótica, entonces su penitencia en la cueva subterránea donde trabaja como Batman será la celda desde la cual va a darle forma a las coordenadas de su identidad superheroica.

Mientras que ese proceso se desarrolla en la duda y esa angustia le dice a Bruce que algo anda mal con su legado y su época, para el Acertijo la cuestión se resuelve en el fetiche por hacer que los otros “descubran” lo que él ya sabe: la corrupción domina todos los estamentos del sistema, y tal como los códigos del género lo demandan, para el Acertijo la única respuesta posible es la aniquilación total. Por lo tanto, a medida que avanza en su investigación, Batman se infiltra en el Iceberg Lounge, el club nocturno que funciona como base de operaciones del Pingüino y donde Selina Kyle (Gatúbela) trabaja como camarera, mientras el Acertijo postea sus adivinanzas en foros online y gana adeptos entre incels y libertarios que forman un ejército de seguidores. El detalle es que Bruce Wayne y el Acertijo comparten un mismo origen: ambos son huérfanos. Pero mientras que Bruce es criado en la opulencia y ante la atenta mirada de su mayordomo, Edward Nashton pasa su infancia bajo la tutela de un Estado degradado y en retroceso, que lo somete a instituciones desfinanciadas y violentas. Es por eso que el Acertijo entiende antes y mejor que el disfraz de Batman no esconde una verdad, sino que la verdad es el disfraz mismo. A partir de acá, la cuestión se define en el enfrentamiento hiperbólico de dos modelos que se proponen a sí mismos como superadores frente al status quo. Por un lado, los paroxismos dementes y desterritorializados de la anomia libertaria; por el otro, la violencia simbólica y fáctica que intenta restituir un orden social perdido.

3.
Otra vez, es la cuestión conflictiva del padre la que The Batman convierte en la dimensión real de esta batalla, ya que mientras que Bruce lleva adelante su vida entre distintos hombres en pugna por tomar ese lugar de su vida contaminado por la maldad y la mentira, como Alfred (al que va a juzgar como alguien “débil”), Gordon (que oscila entre una figura paterna y un socio funcional para la consecución de su delirio) o Carmine Falcone (el mafioso que se presenta como una figura oscura pero paterna al fin, capaz de develarle las crudas leyes de la vida y el dinero), para el Acertijo, en cambio, igual que para muchísimos desolados parias del presente, quedará sólo el triste amparo de las zonas más desangeladas de internet. Finalmente, entre los buenos y los malos, y entre la anomia libertaria y la restitución conservadora, cobra sentido la figura de Gatúbela. Ella no solo marca el límite del sacerdocio cívico de Batman, cuya línea termina en el anhelo del amor por una mujer, sino que representa la versión menos neurótica y más temperamental de su proyecto social. Cuando su amiga (¿o amante?) es asesinada por Falcone, Gatúbela revive de primera mano el significado de la misma violencia soberana que se había cobrado la vida de su madre cuando era una niña. En consecuencia, lo único que querrá será venganza, y venganza será lo que tendrá.

El libreto, en este punto, está lavado: los hombres blancos y ricos son “los malos” y las minorías disidentes son “los buenos”. El asombroso parecido entre el Pingüino que compone Colin Farrell y Harvey Weinstein es elocuente en este sentido, del mismo modo que la alcaldesa Bella Réal que compone Jayme Lawson se nos presenta en menos de un grado de separación con Alexandria Ocasio-Cortez. En resonancia con su figura etérea y fluida entre lo blanco y lo negro, lo humano y lo robótico, lo adulto y lo púber, Gatúbela resuelve la cuestión a través de un desapego tan identitario como instrumental, y por eso al conseguir lo que buscaba abandona Ciudad Gótica para empezar una nueva vida en otra parte. ¿Qué significan estas líneas de fuga? Cuando al final de la película Batman y Gatúbela se alejan en direcciones opuestas y ella desaparece del espejo retrovisor de él, Batman parece comprender y asumir en su nueva totalidad la forma de su propia vida: una vez más, tendrá que olvidarse de los deseos del hombre debajo de la máscara y consumarse a su sacerdocio////PACO

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