Cuando Julian Assange decidió refugiarse en la embajada de Ecuador en Londres, donde pasó los últimos siete años de su vida hasta la sorpresiva detención policial en abril de 2019, el único desenlace posible para su carrera como “hacktivista” quedó resuelto en una cuestión de vida o muerte. De hecho, fue en esos mismos términos que su equipo de abogados inició la batalla jurídica para tratar de evitar la extradición definitiva a los Estados Unidos, donde quieren condenarlo a 175 años de cárcel.

Acusado de la mayor filtración de información confidencial en la historia militar y diplomática de los Estados Unidos —90 mil informes sobre la guerra en Afganistán, 400 mil sobre la guerra en Irak y 800 mil sobre Guantánamo facilitados por Chelsea Manning, además de los cables del Departamento de Estado publicados “para su descarga masiva” por WikiLeaks—, minutos antes de una primera sentencia de 50 semanas de prisión en Inglaterra, donde se resolvieron los últimos detalles de su futuro, Assange no dudó en aclarar su objetivo: “No deseo rendirme a la extradición por hacer un periodismo que ha ganado tantos reconocimientos y ha protegido a tantos”.

La vida real en internet

Como uno de los pocos agentes de disrupción frente al poder real, la figura de Julian Assange sintetiza varios de los dilemas tecnológicos, políticos y culturales para pensar lo que resta del siglo XXI. En primer lugar, ¿qué significa que la vida hoy transcurra en internet? Para asimilar el tenor de esta pregunta conviene dejar de lado las anécdotas sobre la cantidad de seguidores de los famosos en Instagram o el carácter absurdo de la ideología de los trolls en Twitter. Que la vida transcurra en internet obliga a pensar cuestiones más sensibles. Por ejemplo, ¿qué le está confesando al mundo Chris Hughes cuando llama a “romper” a través de alguna acción estatal concreta el imperio monopólico de extracción y manipulación de datos creado por Mark Zuckerberg, al que se conecta la mitad de la humanidad? Y para llevar la misma cuestión más allá del universo de las plataformas, ¿qué significa que empresas internacionales de comercio como Maersk, distribuidoras como FedEx y farmacéuticas como Merck puedan perder en un instante hasta 10.000 millones de dólares por las oscilaciones invisibles de la ciberguerra entre los Estados Unidos, China y Rusia?

Para iluminar la relevancia de esto en nuestras propias vidas, conviene un giro rápido en la trama. Cuando Donald Trump decide en medio de su “batalla comercial” subir los aranceles a las importaciones chinas en los Estados Unidos y, en consecuencia, el valor del dólar se dispara en una “economía emergente” como la de Argentina, lo que ocurre es que las probabilidades de oír el balbuceo genérico de algún analista de mercados describiendo las consecuencias de lo que pasó son mucho más altas que las de conocer por qué una multinacional valuada en 1 billón de dólares como Microsoft es la razón de que CVE-2017-0143 y CVE-2017-0144, dos virus informáticos germinados en Windows, hayan sido la causa de uno de los rounds más agresivos contra Xi Jinping por el robo masivo de patentes estadounidenses a través de hackers chinos. Y esto nos lleva, otra vez, a la poderosa intervención de Julian Assange sobre lo que significa el acceso a la verdadera información y el ejercicio del periodismo.

La verdadera información

Dado que solo una elite técnica es capaz de usufructuar los conocimientos necesarios para codificar y decodificar a voluntad el gigantesco volumen de información que rige nuestras vidas en internet, lo que Assange entiende como libertad de prensa —y lo que convierte a WikiLeaks en un medio periodístico— se ubica bastante por encima de otros asuntos de conveniencia relativa como la “lealtad”, la “confidencialidad” o el “secreto de Estado”. Para Assange, ninguna de estas excusas es válida a la hora de ponerle un límite a la información sensible que puede extraerse de las sombras de internet.

Las revelaciones más contundentes de WikiLeaks son claras respecto a esto. El asesinato bajo fuego estadounidense de una docena de civiles (incluyendo dos periodistas de la agencia Reuters) en Irak, las torturas a los prisioneros de guerra en Guantánamo o el espionaje a las figuras políticas de mayor nivel en Francia, Alemania, Brasil y Japón difícilmente puedan descartarse como meras violaciones ilegales a la “privacidad” de un Estado soberano que resuelve sus intereses en el campo de batalla o en la gran geopolítica. A menos, por supuesto, que la comunidad internacional y la opinión pública estén dispuestas a aceptar sin pudor la caducidad relativa de algunos de los valores que le dan sentido universal a la democracia y a la dignidad humana.

Esta es la manera en que Julian Assange planteó la pregunta crucial sobre nuestra existencia digital bajo la democracia liberal y el capitalismo del siglo XXI, muy a la vanguardia de lo que la serie Chernobyl intenta restringir nada más que a las peores pesadillas del extinguido socialismo soviético. ¿Es ético mantener en secreto la información que determina nuestra verdadera seguridad y nuestra verdadera libertad? Y en ese caso, ¿no es inevitable una disputa con los intereses del Estado y las corporaciones cuando el monopolio de la vigilancia sobre nuestros actos queda en sus manos? Ni Edward Snowden ni quienes divulgaron los Panamá Papers entendieron este problema de manera distinta a Assange, y por eso en el siglo XVIII Samuel Johnson ya señalaba que la libertad de prensa solo podría eliminarse si se convirtiera en delito el enseñar a leer.

Detrás de la pantalla

En tal caso, ¿podemos creer después de Assange que somos libres y capaces de “leer” lo que realmente deberíamos para conocer nuestra realidad? Las revelaciones difundidas por Gleen Greenwald sobre cómo se tejió el “Lava Jato” tal vez sean la última prueba a la vista de que el carácter privado de ciertos acontecimientos públicos no debería confundirse con un carácter inviolable. Y si tiene sentido una anécdota personal, creo que esta es oportuna: cuando en 2013 participé de una entrevista a Assange junto a Pablo Mancini y Alejandro Soifer, la única pregunta que recuerdo haberle hecho y que Assange desestimó al instante fue acerca de su “legado”. A la distancia, también a mí me resulta una pregunta estúpida: la controversia sobre la libertad de expresión y la libertad de prensa es en el fondo una controversia sobre si mentir es deseable o no. ¿Qué más se podría decir?

Por supuesto, que las preguntas que rodean a Julian Assange sean éticas y tecnológicas no significa que la suya sea un alma pura ni que su mente funcione como un smartphone. Para confirmarlo, nada mejor que Andrew O´Hagan, el escritor designado para escribir su autobiografía durante un proyecto editorial fallido que incluyó decenas de horas de conversación, discusiones y uno de los retratos más descarnados escritos hasta el momento del fundador de WikiLeaks en el libro The Secret Life. Atrapado por su narcisismo y sus delirios de grandeza, inmerso en un salto sin precedentes en la historia de la información y siempre paranoico, el Assange que conoció O´Hagan parece tan dispuesto a revelar los secretos del mundo como incapaz de alcanzar los propios.

De ahí que, respecto a la acusación por violación por la que fue procesado en Suecia, O´Hagan considere que podría tratarse del típico problema de personalidad de quien demuestra “una excesiva confianza en su propia rectitud y sabiduría” solo para descubrir más tarde que “las otras personas también tienen una visión propia sobre lo que es el periodismo o el sexo consensuado”. Afectado por lo que un especialista del Consejo de Derechos Humanos de la ONU describió como “todos los síntomas típicos de alguien expuesto a una tortura psicológica prolongada”, la ironía más probable es que cuando Assange enfrente finalmente a sus verdugos, sus últimas palabras queden bajo secreto para siempre/////PACO