Economía


Un largo camino hacia la masturbación

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La distancia entre el Sol y la Tierra es de 149.597.870 kilómetros, lo cual implica que la energía solar tarda en llegar a nuestro planeta aproximadamente 8 minutos. Esto también significa que si el Sol se apagara, los expertos de la NASA lo sabrían 8 minutos antes del inicio de la extinción en la Tierra. La pregunta que viene al caso es la obvia: ¿qué harías si te quedaran 8 minutos de vida? Y ya sea que se trate de tener sexo, abrazar a los hijos, drogarse, matar o suicidarse, lo más probable es que, de darse el apagón definitivo, una gran parte de la población se encontraría trabajando. Cuando hacia finales del año 2012 los medios y las redes anunciaban el fin del mundo de acuerdo a una vieja profecía maya que apuntaba al 12 de diciembre, quien escribe (y seguramente miles de millones de otras personas) se encontraba trabajando, por las paradojas de la numerología, 12 horas corridas.

Entonces, ¿por qué si quedaran 8 míseros minutos de existencia la gran mayoría de la población probablemente ni se enteraría? Según el economista francés Thomas Piketty, eso es factible porque “el 0,1 % de los más ricos del planeta (4,5 millones de adultos de entre los 4500 millones de adultos en el mundo) parece poseer una riqueza neta promedio del orden de 10 millones de euros, es decir, casi 200 veces el patrimonio promedio a nivel mundial”. Como contraparte, el 99% de la población planetaria posee menos riqueza que el 1% más rico. Es ese 99% de la población el que no podría dejar de trabajar (o mendigar) incluso si el Sol se apagara, y la brecha distributiva entre los más ricos del mundo y el resto de la población no deja de acrecentarse.

Se podría pensar que quienes aumentaron su patrimonio, en realidad, se han esforzado más y que su éxito es el resultado de su trabajo. Pero los datos determinan otra cosa. Según un estudio del Instituto Peterson para la Economía Internacional, un “think thank” estadounidense liberal, el origen de la riqueza de los millonarios a nivel mundial proviene en un 30,4% de herencias, un 11,3% por conexiones políticas -un ítem polémico, ya que no especifica si habla de capitalismo de amiguetes, como diría Joseph Stiglitz, o la vieja corrupción- y un 21,3% del sector financiero. Es decir que más del 60% de los millonarios del mundo lograron volverse millonarios gracias a actividades no productivas. Lógicamente, podemos también recorrer cualquier calle de la ciudad de Buenos Aires para determinar que tirar de un carro repleto de lo que descarta un sector de la población implica un esfuerzo sobrehumano que, según la Dirección de Economía Social del Ministerio de Desarrollo Social, tiene una retribución de $2500 diarios. Calculando 22 días de trabajo, eso nos arroja un ingreso de $55.000 mensuales, el equivalente a menos de la mitad de la canasta básica total señalada para agosto de 2022 por el Indec.

La pregunta que nos surge es: ¿por qué la desigualdad se profundiza y ya podría tomarse como algo sistémico? Primero es importante desechar la idea de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Si nos ponemos a repasar los últimos 2.000 años de historia de la humanidad, saltan a la luz épocas de esclavos, trabajos forzosos e infantiles y hacinamientos. Pero podemos repasar también una historia rápida del capitalismo de posguerra hasta la actualidad y ver cómo la grieta distributiva comienza a ensancharse a mediados de la década del 70. De hecho, vamos a detenernos en las transformaciones que sucedieron en ese entonces: las famosas reformas neoliberales. Estas mutaciones en el sistema capitalista global implicaron la liberalización de los movimientos internacionales del capital en un contexto de tasas de cambio flexible. ¿Y qué significó esto? En esencia, que si bien los Estados soberanos pueden fijar su tasa de interés, desde hace 50 años los capitales amenazan con retirarse de los países que no sigan la referencia de la economía hegemónica, es decir, la de los Estados Unidos.

Junto a esto se dio una drástica transformación en la composición, la valorización y la radicación del capital y los procesos productivos. Si antiguamente las empresas productivas realizaban su actividad y su ganancia en determinado rubro y radicaba filiales en distintos países donde les interesaba ampliar su mercado, a partir de ese momento se empezaron a generar redes de procesos productivos que se desplazaron a aquellas zonas donde los costos de cada proceso se hacían más baratos. De esta manera, se generaron las redes de contratistas y subcontratistas que desarrollan tareas a menores costos en los países más pobres, mientras que en los países centrales se concentran las tareas de centralización de la producción. Para que estos cambios en la producción se hayan podido llevar adelante, la ideología del libre comercio y la fácil movilidad del capital (pero no de la fuerza de trabajo) fue fundamental. Desde hace 50 años, por lo tanto, la teoría económica liberal se impuso de manera hegemónica sobre otros modelos capitalistas, como el keynesianismo. 

Si tenemos en cuenta estas transformaciones, se podrá decir que las grandes multinacionales y los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio buscan mejorar la eficiencia en los sistemas de producción y que esto, finalmente, traerá el bienestar para el conjunto de la humanidad. En ese argumento algo de verdad relativa hay: el Producto Bruto a nivel mundial no para de crecer. Pero como decíamos en el inicio de este texto, la desigualdad tampoco para de incrementarse y los pobres son cada día más pobres mientras los ricos son cada día más ricos.

Hasta acá venimos hablando de la brecha económica entre los sectores más ricos y más pobres de la población. Pero, ¿acaso la única desigualdad que existe es la económica? Es interesante observar que no solo hay una distancia entre humanos que poseen más riqueza que otros, sino que también están aquellos que tienen acceso a mejores condiciones sociales, políticas y hasta sexuales, y si bien tener más dinero puede facilitar las cosas para determinados aspectos de la vida actual, no es la única condición. El tema reside en que el liberalismo hoy es la razón de ser: la competencia entre individuos se da en todos los ámbitos, y podemos encontrar vencedores y vencidos en diversos aspectos de la vida cotidiana. 

Por su parte, el sistema ofrece diferentes mecanismos de igualación. Si somos pobres, podemos esforzarnos y buscar un mejor trabajo o emprender; de hecho, a la hora de ejercer nuestros derechos políticos, todos los votos son iguales, y llegado el caso todos podemos crearnos un usuario en las redes sociales o en las aplicaciones de citas para acceder a mejores relaciones interpersonales y sexuales. Pero es quizás en estos mecanismos de igualación donde mejor podemos observar la desigualdad. Basta hacer una recorrida por las agencias de empleo precarizado y ver cómo se acumulan las fotocopias arrugadas de los CV de los aspirantes a un mejor empleo, o pensar si realmente un voto es igual a otro cuando vemos los aportes millonarios en campañas electorales que hacen los empresarios más importantes. Y en el caso de las redes sociales y las apps, estas permanecen desarrolladas y difundidas por las empresas que más capital acumularon en la historia del capitalismo.

En un ensayo el que Oscar Masotta analiza la obra de Roberto Arlt, cita al filósofo francés Francis Jeanson que, a propósito de la obra teatral La puta respetuosa, de Sartre, dice que “debemos retener sobre todo el tema de la insidiosa mistificación con la que ciertas conciencias paralizan a otras conciencias”. En otras palabras, lo que Francis nos dice es que la puta y el negro en la obra se abordan entre ellos con los ojos de la clase dominante. ¿Y acaso no está operando este mecanismo cuando en Twitter o en la cola del supermercado alguien dice que el país “está mal” por culpa de “los planeros”? A lo que estoy tratando de apuntar es a que la ideología neoliberal, que podría resumirse en una meritocracia inconducente, es el medio en el que vivimos y respiramos, el medio del que todos somos parte y retroalimentamos.

En Ampliación del campo de batalla, Michel Houellebecq describe a un informático que por ser feo físicamente es rechazado cuando trata de seducir a las jóvenes. Ahora bien, cuando el protagonista de la novela le da un arma para que consume su venganza contra una pareja joven y hermosa, el informático se frena y elige masturbarse. Finalmente, muere al chocar con un camión. La metáfora es interesante: cuando al hombre se le presenta la posibilidad de torcer su destino, como los insatisfechos de las calles de Liniers que describe Ricardo Iorio, elige masturbarse en soledad. Sin embargo, tampoco se trata de un llamamiento al asesinato. Queda otra pregunta: ¿qué hacemos frente a un mundo cada vez más desigual? Quizás, como el personaje de Ampliación del campo de batalla, sigamos esperando que un camión nos choque de frente mientras insistimos en hacernos la paja////PACO

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