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Capaz el primer recuerdo que surge sobre la relación entre la Cábala y la cultura popular es el de Madonna. En la década del 70’, el rabino Philip Berg fundó el primero de lo que sería una cadena mundial de centros de estudios cabalísticos. Su empresa le ganó el odio de los círculos más cerrados del judaísmo cabalístico, pero no pareció importarle mucho. Incluso consiguió que varias celebridades se unieran a sus centros y promocionaran sus clases, y Elizabeth Taylor, Gwyneth Paltrow, Britney Spears y Paris Hilton llegaron a ser alumnas en los 90’. Aunque Madonna sería para siempre la mayor referente. 

En varias de sus obras, como su libro infantil The English Roses y su canción Die Another Day, la cantante incluyó simbología cabalística que daba lugar a nuevas capas de significado para sus fanáticos. Ellos no dudaron: se obsesionaron, descifraron y sacaron sus conclusiones. Por ejemplo, los tatuajes de Madonna en el videoclip de la canción, que había sido escrita para la franquicia de películas de James Bond, mostraban las letras LAV. Esto, por un lado, como explica Boaz Huss, podía ser leído como love. Sin embargo, LAV es también para los cabalistas uno de los 72 nombres sagrados de Dios. Además, en su libro infantil, la protagonista se llama Binah, que no solo refiere al entendimiento (“Binah”, en hebreo), sino también a una de las sefirot (emanaciones) de Dios, que representa el elemento femenino y el óvulo para que se manifiesten los demás aspectos. En cierto sentido, la madre de Dios. En otras palabras, Madonna.

Esa multiplicidad de sentidos es la herramienta principal de la Cábala. Esta corriente de pensamiento dentro del judaísmo busca, desde hace casi mil años, los secretos que oculta la Torá (el libro sagrado de la religión Judía, compuesta por una parte del Antiguo Testamento de la Biblia). Como resume el cabalista español Yosef Chicatilla en el Siglo XIII, se parte de la idea de que la Torá está desordenada. Por lo tanto, sus partes (sus palabras y sus letras) tienen infinitas interpretaciones, a medida que se reordenan de distintas formas. Entretejido con todas esas palabras, están todos los sobrenombres de Dios (misericordioso, clemente, etc.). En estos sobrenombres están entretejidos los 72 nombres de Dios (Él, Jehová, etc.). Y esos 72 nombres, finalmente, se relacionan al tetragrámaton YHVH, el nombre impronunciable de Dios. Entonces, toda la Torá es un tejido hecho con el tetragrámaton.

Ahora bien: la relación que se puede hacer con la cultura popular no es solo a partir de Madonna. Es obvio que también existen miles de obras, especialmente de artistas interesados en lo esotérico, con referencias explícitas o implícitas a la Cábala. Tampoco es raro encontrarse con páginas de internet manejadas por conspiranoicos que ven signos satánicos en todos lados y, de una u otra forma, siempre consiguen ver una conexión con los judíos, la cábala, los templarios y el asesinato de Kennedy. Pero capaz la Cábala pueda actuar en una obra, no solo como un elemento en ella, sino como un método de interpretación. Si con sus principios se lee y se sacan conclusiones sobre la Torá, ¿por qué no se la puede usar para sacar conclusiones sobre, digamos, Seinfeld?

Pero primero hay que dejar algo en claro: la Cábala se basa en el estudio de la Torá en el idioma hebreo. A cada letra se le asigna un valor, lo que hace que las palabras se relacionen con números y así varios conceptos se conecten matemáticamente, por fuera del lenguaje escrito u oral. Como dice Borges: 

“Pues bien; si a un cervantista se le ocurriera decir: el Quijote empieza con dos palabras monosilábicas terminadas en n: (en y un), y sigue con una de cinco letras (lugar), con dos de dos letras (de la), con una de cinco o de seis (Mancha), y luego se le ocurriera derivar conclusiones de eso, inmediatamente se pensaría que está loco. La Biblia ha sido estudiada de ese modo.” 

En este caso, entonces, lo que se debe prestar atención en Seinfeld es el lenguaje, aunque no el idioma. Me refiero al lenguaje artístico, ya sea audiovisual o literario. Por eso, no es necesario hablar de letras sino de escenas, y tampoco de Dios sino del escritor o director.

La elección de Seinfeld no es casual. Aunque tampoco es por el sentido más obvio. No tiene importancia, en el análisis que se puede llegar a hacer, que casi todos sus personajes sean judíos y se traten algunos temas de la religión de vez en cuando. De hecho, el autor Alfred Kazin dijo alguna vez que Seinfeld no era una serie judía porque no trataba la relación con Dios, y el académico Arnold Eisen comparó a Seinfeld con los bagels, “que ya no son algo judío”. 

La razón para elegir Seinfeld, entonces, no tiene nada que ver con la religión de sus protagonistas. Es, en cambio, por dos características de su escritura. La primera es su estructura llana a lo largo de todas sus temporadas, la forma de manual de las sitcoms: todos los argumentos duran lo que dura un capítulo, donde se presenta el conflicto y el desenlace, en el que siempre se vuelve al principio. Por lo que los personajes no transitan grandes cambios ni arcos narrativos que comprendan varias temporadas, y mucho menos toda la serie. En segundo lugar, otra razón para elegir a Seinfeld para este análisis cabalístico es su amplitud de temas. O, como se suele pensar, su falta de temas. Puede ser que esta característica se desprenda de la primera, porque obliga a la serie a tratar cosas distintas en cada capítulo. Pero Seinfeld, con razón, es considerada la mejor ejemplificación de esa idea, por la que se suele decir que es “una serie sobre nada” (“a show about nothing”). Si bien la cantidad de problemáticas que toca es inmensa, ese mar de detalles se pierde en el todo y acaba por parecer una masa que no es nada en particular. Todo lo demasiado exhaustivo y magistral parece ser sobre nada y sobre todo a la vez. Incluso la Torá.

Considerando esto último, sin embargo, parece razonable preguntarse de nuevo si la razón por la que se elige Seinfeld no es, en última instancia, la religión. Alguien que se pusiera a comparar, podría decir que esas características son, de hecho, típicas de artistas judíos. También las obras de Woody Allen o Mel Brooks, otros comediantes judíos, parecen ser “sobre nada”. Aunque se podría decir que abordan a la nada desde otro lugar: con una perspectiva nihilista o hasta pesimista. No parece haber un fin superior, todo es banal, nada vale la pena. Pero la discusión sobre la relación entre esos temas y la religión no es lo importante acá.

Para retomar: esa falta o multiplicidad de temas en Seinfeld da lugar a una cantidad (casi) infinita de interpretaciones. Cada capítulo tiene dos, tres o cuatro arcos narrativos que se entrelazan y en los cuales se puede encontrar, como en un laberinto en el mantel infantil de un restaurante, una entrada distinta hacia el camino que comprenden todos estos personajes. O sea que, a partir de que existen distintas formas de ver la serie, también existen distintas formas de entenderla. Del mismo modo, de la Torá se dice que cada palabra tiene 600.000 “rostros”, planos de sentido o entradas, basados en los 600.000 judíos (varones) que siguieron a Moisés en el Éxodo de Egipto. 

Pero estas múltiples formas de entrar en Seinfeld no están explicitadas en ningún momento. No hay un manual antes del primer capítulo que diga que el orden de la serie no es, necesariamente, el cronológico, como en Rayuela. En cambio, se puede notar gracias a la estructura típica de una sitcom, llevada en este caso hasta el extremo. Como ya se dijo, no hay evolución de los personajes a lo largo de la serie. Esto suspende todos los argumentos que se desarrollan en una especie de limbo temporal en el que nada transcurre hacia adelante o hacia atrás, sino que se queda en el mismo lugar. Por lo tanto, cualquier orden podría ser el correcto. Las escenas de Seinfeld, como las letras de la Torá, no están presentadas en el único orden posible. Entonces, un televidente puede poner el canal en el que estén pasando Seinfeld y encontrarse con una puerta de entrada a esa serie, del mismo modo que abre cualquier página y posa su dedo sobre una frase aleatoria del I Ching o de la Biblia.

La clave para que eso sea posible, siempre, es la vigencia de la obra. La Torá (como la Biblia, como el I Ching), según el teórico de la Cábala Gershom Scholem, “es comparable a una fuente de agua de la que brotan continuamente nuevos planos de su sentido oculto”. Por eso la gente, aún hoy en día, sigue buscando respuestas en esos textos. Y lo mismo, tranquilamente, puede pasar con Seinfeld. Porque, si bien sus personajes usan túnicas y papiros, o teléfonos de línea y radiograbadoras, esos son solo los medios que sirven para pensar y crear un nuevo código moral y filosófico. Y no hay nada más resistente al tiempo que eso: una manera de entender el mundo. 

Aunque esto no significa que Seinfeld sea un código moral a propósito, sino que no se preocupa por la moral reinante: todos sus personajes son egoístas y culposos, y en su neurosis consideran todos sus problemas y sus soluciones, y aún así acaban tomando malas decisiones que nos dejan a los televidentes sin ninguna regla ni moraleja clara. Entonces, las interpretaciones vuelven a multiplicarse. ¿Estuvo bien Jerry cuando dejó a Sidra por creer que tenía implantes en las tetas, por ejemplo, o no es una razón válida? El capítulo no da una respuesta, por lo que “lo correcto” siempre corre por cuenta del público. Y el público, cada persona, cada interpretación, llegó a ser de 76 millones en su capítulo final, unas 127 veces más que los 600.000 judíos en el Monte Sinaí.

Así, es fácil escuchar a alguien relacionar una anécdota propia con un capítulo de Seinfeld, del mismo modo que un rabino recordará un pasaje de la Torá para aconsejar a un judío en busca de ayuda. Cada problema planteado en esas obras, a medida que la gente lo ve desde su propio lente, toma un nuevo significado. Como nota Sholem: “El carácter sagrado de los textos radica precisamente en su aptitud para tales metamorfosis”.

Otra consecuencia del desorden temporal de Seinfeld es la red que se arma entre capítulos. Algunos argumentos parecen ser referencias a otros, ya sean de temporadas anteriores o posteriores, incluso aunque no se lo diga de forma explícita. Entonces, hay una correspondencia entre conceptos, formando una red de relaciones como pasa con las letras de la Torá. 

Una de las técnicas usadas por los cabalistas para encontrar nuevos significados es la llamada temurah. Esta consiste en reordenar las letras para desentrañar ese tejido de significados y acercarse más al sentido secreto de la Torá. De vuelta, esto radica en el pensamiento de que el texto sagrado está desordenado y de que ciertas letras se corresponden con otras, ya sea por ser las mismas o por tener un mismo valor numérico. 

En el caso de Seinfeld, se notan distintas aproximaciones a temas similares o iguales. En cierto sentido, se aborda un problema con distintas metáforas y en distintas ocasiones. Un ejemplo famoso es la relación entre, por un lado, la discusión que tiene Elaine sobre el derecho a abortar con, por el otro, la pelea de Kramer con Poppie sobre cuándo una pizza es una pizza (¿es una pizza antes de entrar al horno o lo es recién cuando ya está cocinada?). En un primer momento, uno puede pensar que la pizza funciona como metáfora del feto o bebé. Pero no hay nada que evite suponer, también, que el feto es una metáfora de la pizza. Y, de hecho, nada indica que ambas historias no sean simples metáforas de algo distinto, que no se ve en el capítulo, como un argumento que se oculta detrás del guión de la serie. Como un nombre sagrado.

Ese entretejido de sentidos se da dentro de capítulos y entre capítulos, de un lado hacia el otro en todas sus temporadas. No es solo entre dos argumentos, sino que se puede extender, a través de la lectura que uno haga, y formar un laberinto sin centro que comprende toda la serie. Un aborto es un aborto, pero es también una pizza saliendo del horno. Y George noviando con una mujer físicamente igual a Jerry es similar al propio Jerry comprometido con una mujer con su misma personalidad, que a su vez recuerda al capítulo en el que cada uno de los personajes tiene una contrapartida con un aspecto parecido pero una forma de ser mucho más amable (su contrario). Y la prohibición de comprar en la verdulería remite al Soup Nazi vedando a sus clientes, que a su vez parece ser una metáfora de las listas negras del Macartismo, tratadas con el novio comunista de Elaine. Así, algunos capítulos son metáforas de otros, como las letras que se suplantan por otras en la Torá, logrando un reordenamiento de la trama y abriendo la posibilidad de nuevas historias en el medio.

En este mundo, el de la serie de Seinfeld, todo es risas. Ni siquiera ante la muerte de Susan, la prometida de George, hay un momento emotivo, y siempre es ocasión para hacer chistes. Por eso, en la serie la comedia es la forma que toma cualquier tipo de historia. Hay investigaciones policiales (Bookman), conspiraciones (el escupitajo de Hernández), romances y acción con personajes nazis, pero todo pasa por el filtro del humor.

Lo que piensa la tradición cabalista, entonces, de que se necesita de alguien que cuente la historia para que el mundo siga en pie, pasa convertido a manos del personaje Jerry (o del propio creador de la serie): su función no es contar la historia, es hacer reír. Se necesita de la risa para que el mundo de Seinfeld siga vivo, del mismo modo que se necesita de uno de los 36 justos de cada generación para sostener la existencia del universo. 

Gershom Scholem recuerda el pasaje de un libro de rabí Meir, del Siglo II:

“…cuando me fui con rabí Yisma’el, me preguntó: Hijo mío, ¿cuál es tu ocupación? Yo le contesté: Soy escriba de la Torá. Me dijo entonces: Hijo mío, ten cuidado con tu trabajo, porque es un trabajo divino; si omites una sola letra o si escribes una demás, destruyes el mundo entero…”

En la comedia, como en la Torá, nada puede faltar ni sobrar. Y, si hay alguien que entiende eso mejor que nadie, es Jerry Seinfeld. Una de sus mayores habilidades, que cualquier comediante le halaga, es el delivery. O sea, su forma de decir las cosas para que causen gracia. Los tiempos de silencio, las repeticiones, el tono de voz, todo está ajustado milimétricamente para que funcione y el público se ría.

Por eso, también se puede establecer una relación entre la palabra de Dios, inscripta en la Torá, con la de Seinfeld en su serie. De hecho, la Cábala parte de la creencia de que la Torá fue dictada por Dios y precede al lenguaje mismo, por lo que el hebreo surge de la Torá y el desorden de las letras se da por el pecado original. No pasa nada muy distinto con Seinfeld, que fue la serie que cambió el paradigma de las sitcoms y les dio la forma que vemos hoy tan repetida: el grupo de amigos, los enredos amorosos, incluso cierta metaficción.

Según la leyenda popular del Gólem, un hombre descubrió la forma de pronunciar el nombre impronunciable de Dios. Después de formar un cuerpo de arcilla, lo pronunció y fue capaz de crear vida. En cierto modo, se convirtió en un dios. El Gólem, ese montón de materia inerte, pasó a respirar y moverse como cualquier humano, del mismo modo que Adán dio su primer suspiro luego de que Dios le diera forma con la tierra del Edén. Seinfeld, capaz, puede ser la encarnación moderna de ese hombre o de Dios. Alguien que pronunció algo que nadie encuentra y que con eso creó su propio mundo, ahí, adentro de la pantalla, donde los hombrecitos y mujercitas que hizo a su imagen y semejanza se la pasan discutiendo, yendo, viniendo y riendo solo para encontrarle un sentido a todo eso////PACO

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