Recuerdo que una de las demandas frecuentes de mis compañeros en la primaria alrededor de 2009 era “tenés que hacerte Facebook”, en pleno auge de aquella red social que, me animo a asegurar, ninguno de los que me la recomendó mantiene por estos días. Estos últimos años, en cambio, en la transición entre la secundaria y la facultad, nunca dejaron de recordarme que “tenés que ver Game of Thrones”. Despropósito laborioso y empobrecedor me pareció siempre el de las series, y más aún el de aquellas de extensas temporadas y con capítulos de alrededor de una hora, para prolongar situaciones que podrían resolverse antes, de no ser por un contrato con determinada cantidad de capítulos que cumplir. Sin embargo, fueron estas mismas razones las que me acercaron a la primera temporada de Atlanta: una serie de diez capítulos que rondan los veinte minutos y en los que se muestra una historia impredecible, apartada de cualquier progresión con respecto al capítulo anterior.

Si bien en un principio imaginé Atlanta como un relato sobre los guetos y las “pandillas” del sur de Estados Unidos, al mejor estilo 8 Mile, desde el primer momento la serie evita caer en el estereotipo del negro pobre que encuentra su única vía de supervivencia en el crimen. De acuerdo con esto, refuerza una hipótesis central dirigida al público blanco: ustedes no entienden en absoluto a la cultura negra. Hay un capítulo en el que esta idea abandona su carácter implícito, pero no es mi objetivo spoilear. En tal caso, para retratar la vida de la población afroamericana de las grandes ciudades, la serie evita darle gran entidad a las drogas y las armas y centrarse, en cambio, en el esfuerzo de sus personajes principales por cubrir los gastos diarios. Para esto, sigue los intentos de Earnest Marks, primo y representante del rapero Paper Boi, decidido a conquistar la escena de rap local, al mismo tiempo que Earn quiere ayudar a su pareja Vanessa, maestra en una primaria, en la crianza de la hija que ambos tienen y en el pago del alquiler.

Paper Boi: No recuerdo nada de anoche.

Earnest: Pusiste todo en Snapchat.

PB: Y sí… si no, ¿cómo les enseñamos a los negros cómo vivimos? Casi todo esto del rap son las apariencias, ¿no?

Marcus: Sí, apariencias y dinero.

Es en Mitologías donde Roland Barthes revela las distintas capas de significaciones que envuelven a los objetos en nuestra vida cotidiana y nos dice que todo puede ser un mito, dado que “el universo es infinitamente sugestivo”. Pero además, “el mito no se define por el objeto de su mensaje, sino por la forma en que se lo profiere”. En ese sentido, Paper Boi es una especie de “mito”: al comienzo de Atlanta tiene una discusión en un estacionamiento y la escena se corta con el sonido de un disparo, sin explicarnos qué ocurrió. Sin embargo, en el transcurso de la serie, Paper Boi es reconocido como un rapero gánster, un vestigio de lo que fue el rap en los noventas. Si bien por momentos intenta diferenciarse de esa imagen, parte de su fama se debe a eso. De todos modos, nada de esto parece importarles a sus seguidores. Lo único valioso es la verdad que ellos crean alrededor de Paper Boi: “Sos uno de los últimos raperos verdaderos. Soy de la vieja escuela, ¿sabés? Es bueno ver a un rapero que le vuela los sesos a un negro en medio de la calle”.

Uno de los principales logros de Atlanta es el tono. El contexto desolador al que por momentos se enfrentan los personajes se ve atenuado por el estilo cómico de la narración, que de todos modos no diluye el sentido de lo que se está observando. La serie logra así un modo propio de hacer comedia, y un claro ejemplo está en el segundo capítulo (Streets on Lock), en el que Earnest se encuentra detenido en una comisaría y es posible ver la aparición de distintos personajes (todos negros) entre diálogos y situaciones que construyen por momentos un humor absurdo y por otros una fuerte crítica a la violencia policial. Atlanta nos deja permanentemente una sensación agridulce, el producto de un humor que no pierde la oportunidad de bajarnos línea.

Otro rasgo importante es el carácter fantástico: Atlanta crea una ilusión de realidad. En principio, todo parece ser real, pero en verdad no lo es. La historia ocurre en un marco reconocible, con fechas y lugares claros, pero algunos eventos aislados irrumpen ese verosímil. Los personajes viven lo que el resto de nosotros, pero dentro de una realidad paralela en la que hay autos invisibles o Justin Bieber es negro. En esa misma línea, resulta llamativo cómo Atlanta es capaz de innovar no sólo desde la ausencia del estereotipo afroamericano, sino también por medio de la personalidad y la historia de Earnest, quien tiene potencial para realizarse como “sujeto moderno” pero carece de toda iniciativa. A diferencia de lo que se ve en Whiplash o Borg vs. McEnroe, dos evidentes metáforas de la sociedad actual, en Atlanta hay un personaje que no es otro ejemplo repetido de la construcción de individuos laboralmente eficientes. En contraposición al mandato de la formación educativa permanente, de hecho, Earnest inició sus estudios universitarios en Princeton y luego los abandonó, y en lugar de buscar un crecimiento laboral, se excusa con que “me convertiría en alguien que odio con un empleo así”. Entonces, ¿qué pretende Atlanta al alejarse de todos los lugares comunes con una consciencia absoluta?
Por un lado, quiere mostrarle al público blanco su imposibilidad de comprender lo que significa ser negro. Atlanta construye personajes ajenos a los estereotipos gracias a su propia realidad ilusoria, y así es como ironiza la cuestión, diciéndonos que en una realidad como la nuestra, estos personajes no serían posibles, e incluso descreeríamos de ellos. Y por otro lado, Atlanta nos muestra que el afroamericano del sur de Estados Unidos no está incluido dentro de los principios de organización de los blancos. El ideal de “sujeto moderno” no es aplicable al protagonista de Atlanta: la competencia académica y laboral desarrollada en una supuesta igualdad de oportunidades en realidad no repara en la procedencia del sujeto, ni en su situación socioeconómica, ni tiene en cuenta la estigmatización que pueda sufrir en su intento por “asimilarse”. Earnest es la muestra inusual de un grupo social menospreciado y con una carga sumamente prejuiciosa y negativa, y con oportunidades reducidas a la hora de intentar tener una de esas vidas consagradas al esfuerzo y la preparación permanentes que tan comunes son en nuestra cultura/////PACO