Viajes


Potosí es explosión

Ayer nadé en agua hirviendo que sale de la montaña, volvíamos con Horacio del Ojo del Inca y tuvimos una situación que te paso a contar. Después de nadar fuimos a ver los agujeros en la montaña de donde sale agua tan caliente que podés hervir huevos y nos colgamos, dimos vueltas, me saqué una foto con un geiser humeante atrás y traté de hacer la cara de Macaulay Culkin en Mi pobre angelito. Hori estaba en un trance místico, se sacó las zapatillas, caminó descalzo por las piedras para conectarse, me hacía escuchar los pájaros. Un nubarrón empezó a tirar rayos y enfilamos para la terma. Nos colamos entre unos grupos de argentinos que esperaban hace dos horas un bus para que los lleve a la ciudad. Había porteños recién salidos del Nacional Buenos Aires, dos santiagueños, algún mendocino. Se hace tarde. ¿Cuántos entran? Treinta.

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Hori dice bien fuerte que «estamos en el top treinta, muchachos.» El tipo que cuida la terma (tiene el currito de cobrarle a los turistas por darse el chapuzón pachamámico) le pregunta al conductor del bus si nos puede llevar ahora; había caído con un copiloto y dos pibitas (una de pelo largo y otra de pelo corto). Él le dice que en quince. Pero los mochileros se ponen nerviosos y se desparraman en el bus como una plaga. Hori se manda primero; espero y subo última. El conductor se da cuenta que no van a bancar los quince minutos y sube a las dos bolivianas adelante, al medio; después se sube el copi.

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Vamos por la ruta y se ve cómo oscurece, las montañas se vuelven de un rojo cada vez más oscuro, no vamos a más de cincuenta por hora, escuchamos unos clásicos románticos latinos que saturan la lata blanca. Los pibes cantan como si estuvieran en un campamento de convivencia de la primaria. De pronto olor a piquete, frenamos un toque, revisan así nomás y seguimos. De nuevo en la ruta un púber saca la guitarra pero no sabe tocar nada (o no se anima), se la pasa al santiagueño que se manda unas chacareras y algunos clásicos de fogón. Las pibas de adelante de vez en cuando miran para atrás y festejan.

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Pum, nos vamos a la banquina de un sacudón. Pinchamos la delantera derecha. Ya es casi de noche, a los plaga no les importa, siguen guitarreando y dos parejas se ponen a bailar chacarera, las chicas se agarran los pantalones como si tuvieran polleras. Los bolivianos activan para cambiar la rueda muy rápido, ponen una piedra en la ruta y levantan el bus con más piedras, a uno se le pinta la nariz de negro como un payaso. Las dos pibas bolivianas se acercan al borde de la montaña, la de pelo largo contiene a la de pelo corto, están alejadas del grupo jocoso. Quedan fuera de campo. La de pelo corto llora, grita y se ríe. No se sabe si la está pasando demasiado bien o muy mal; se manosean y se besan, se abrazan al borde del abismo. A cada rato se bajan los jeans y hacen pis. Se mueven ondulantes y Hori me pregunta qué pasa. No sé, trato de no mirar muy fijo, de los pasajeros uno solo, un pibe rapado, mira también la situación de las pibas con la cara constreñida, pero también mira al guitarrero y sus bailarines así.

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Nos subimos todos al bus y las pibas siguen en la montaña, el copi las va a buscar y lo tres vuelven abrazados. Sigue el viaje a dos por hora con canciones más lánguidas. Llegamos a la vieja estación y ahí nos dejan. «Bueno gauchitos es hora que vayan largando los bolivianitos.» El pasaje está a diez. Los argentinos quieren que los acerquen al centro y pagar solo dos. Los bolivianos se ponen a gritar, transan en cinco pero mal. La piba de pelo corto le dice algo al conductor. «Callate, puta.» Ella, igual, se cuelga de su hombro.///PACO