Sociedad


Postporno o el hastío de los aburridos


Una mujer se afeita la axila frente a cámara, no parece importarle que haya una lente. Probablemente sea una imagen de estudio, y ella sea una modelo a la que la editorial para la cual está posando le haya pagado. En el mejor de los casos es una foto elegida para la portada de uno de los libros más emblemáticos de la década del 90: La era del vacío de Gilles Lipovetzky. Acá lo emblemático debería entenderse al pie de la letra, porque más allá de las críticas posteriores a la teoría que allí se planteaba, Lipovetzky describía, a la manera de postales, las consecuencias de una época que había perdido sus pilares con la caída del Muro y debía, con los ladrillos y los escombros a sus pies, construir nuevas estructuras. El vacío se instalaba en ese hueco que habían dejado las certezas construidas por cinco siglos de modernidad; la pregunta que se desprendía allí se repetía una y otra vez  ¿y ahora qué? El término “post” vino en auxilio a la incertidumbre, aunque, al poco tiempo se advirtió que usarlo era mucho más ambiguo que lo que dejaba atrás. A fines del siglo XX estaba claro que lo post decía mucho mas del segundo término que de sí mismo. El problema entonces era definir los límites de la modernidad; post determinaba un límite, una línea a partir de la cual se podía construir una historia. La historia por la cual, una editorial había decidido mostrar una axila desnuda en su portada.

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A mayor exhibición, mayor hastío. Cuando todo está a la vista, el interés decae.

Volvamos a la axila, que aunque no suele esconderse como los genitales, no se exhibe siempre ni de cualquier manera, y menos al momento de ser depilada. Antes y durante el  siglo XX, los pelos y su extracción habían sido relegados al ámbito de lo privado. Pero si hay algo que ya no sorprende a nadie ni resulta novedoso es afirmar que la década de los noventa cambió el paradigma de lo íntimo. Internet no sólo puso en crisis los supuestos de privacidad sino que comenzó a formar una estructura donde luego se asentarían las redes sociales y su culto a la exhibición de las prácticas cotidianas. Una axila, una pierna, la nariz o cualquier otra parte del cuerpo comenzaron a ser retratados y mostrados, con zoom y sin filtro. Así, fenómenos dispares como cumpleaños, muertes pero también eventos menos relevantes empezaron a mostrarse y a celebrarse por la red. La exhibición se centró especialmente en lo doméstico, en cualquier práctica, y entre ellas incluyó -de una manera extrañamente natural- el sexo. A la proliferación de videos privados en YouTube se le sumó la moda de la “selfies after sex”. La práctica del sexo en la era 2.0 se trataba en ambos casos de promesas de hechos pasados. Algo que “ya había sucedido” en la idea de un video circulante -y pocas veces comprobado-  o en la foto de dos cuerpos que ya “han gozado”. Otra vez el “post” viniendo en auxilio de un vacío.

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Desde esta perspectiva, arte, sexo o cualquier otra práctica social son homologables… ¿lo son?

Pero en esta cadena de sentidos, del culto a lo que “ya ha sido”, surgió un movimiento con formas más ambiguas y por qué no, más ambiciosas. El post porno, nacido a la luz de la misma crisis que su pariente cercana y ya casi jubilada, la  posmodernidad, se erigió como “arma de combate” contra las formas ya establecidas de sexualidad sostenidas en la afirmación de que “el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de representaciones alternativas de sexualidad”. Así,  partiendo de la idea de que la pornografía mostraba sólo una parte del ejercicio de una sexualidad binaria (hombre/mujer; hombre/hombre; mujer/mujer; pene/vagina; pene/ano) se propuso crear un escenario no solo variable, ternario o infinito, sino que planteó la introducción de nuevos objetos en nuevos lugares para la práctica sexual. Toda esa puesta en escena, insistía desde el comienzo en dos cuestiones básicas: que la sexualidad  no podía ser “reducida” a maneras fijas y que el cuerpo debía ganarse un lugar en el espacio público. Los primeros manifiestos reclamaban repolitizar al cuerpo en todas sus potencialidades y en sus prácticas desnudas. Un razonamiento a todas luces emancipador que se adecuaba de una manera muy cómoda a los supuestos de la posmodernidad. A un período de pocas certezas le correspondía un ejercicio de la sexualidad con las mismas características. Una performance disruptiva a la manera de las vanguardias artísticas (pero no exclusivamente) que reclamaban el reingreso de sus prácticas en el ámbito de la vida política. Desde esta perspectiva, arte, sexo o cualquier otra práctica social son homologables… ¿lo son?

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Lo son en la medida que el sexo siga concibiéndose como una representación, y en ese sentido, porno y post porno juegan el mismo juego. Si el porno tradicional, asumido o no como industria cultural, construye modos fijos de representación del deseo, el post no hace más que imitar ese gesto, sólo que lo transforma en algo más “osado” y “provocador” pero sin quebrar la matriz del primero. En ninguno de los casos se cuestiona que el sexo sea algo susceptible de ser exhibido, y en ambas prácticas se olvida, se omite o simplemente no se problematiza que la relación de los cuerpos con el deseo sea una zona no sólo difícil de representar sino simplemente su límite. Un límite que no puede traspasarse porque no responde a la lógica de lo público, lo político y su representación en la dinámica de lo social. La paradoja aparece cuando se cree resistir a las imágenes hegemónicas del patriarcado con otras más alternativas, incluso deformes y hasta monstruosas, sin advertir que el exceso de lo explícito trae como consecuencia el efecto inverso. A mayor exhibición, mayor hastío. Cuando todo está a la vista, cuando los vacíos se cubren de antemano, el interés decae. La incongruencia de la pornografía y de la post es que al volverse obvia empalaga, aburre o produce rechazo.

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Una pena que la militancia de la visibilización olvide gozar.

Pero aun así, la pornografía tradicional corre con la ventaja de saberlo, por eso produce objetos a la manera de una fábrica: contrata obreros, capataces y gerentes que cumplan con las funciones correspondientes para luego vestirse y volver a sus casas. Por eso no promete revelar ningún enigma ni explicar más de lo que muestra: cuerpos que dicen que gozan ofreciendo sus genitales como toda prueba. Que el ojo que mira después haga lo que pueda con eso en su lugar íntimo e intransferible. El post porno, en cambio, cree que ese mismo ojo puede crear y simbolizar una experiencia colectiva. Se engaña creyendo que donde hay cuerpos copulando puede haber algo más. Parafraseando al tantas veces citado Michel Foucault, confunde “el dispositivo de la sexualidad” con “los cuerpos y los placeres” y pretende hacer de lo inaprensible una toma de conciencia política. Es una pena que en esa militancia de visibilización se olviden de gozar, o lo hagan pero como los actores de la industria porno. No frente a la cámara sino cuando llegan a sus casas, cerrando la puerta y bajando las persianas///////PACO