Sociedad


Representación y oportunismo


Algunas impresiones sobre la marcha #Niunamenos del miércoles pasado. Este tipo de manifestación hace 10 años no contaba con la plataforma discursiva para enunciarse ni con la adhesión a la convocatoria. Digamos que hay una avanzada del estado de derecho por la conciencia ciudadana. En parte por los más de 10 años del kirchnerismo en el poder y también por un contexto mundial de decoro y corrección política que algunos críticos denominan como post patriarcal y que da cuenta de un inicio del siglo XXI cargado de una evocación femenina que se distancia y se posiciona frente a la masculinidad bélica de los procesos históricos del siglo XX. 
Desde el año 2001 hay un cambio entre los sujetos que promueven la protesta social. Desde los 60′ hasta los 90′ la protesta social siempre partió de organizaciones de base, militantes o sindicatos. Hoy las protestas más convocantes surgen de sectores de clase media apoyados en las redes sociales como eje organizativo. No hay mucho para decir sobre esto, excepto que el contenido de base siempre es difuso al no contar con la lógica verticalista de una organización política.

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La adhesión de personajes públicos fue el ingrediente quizás más fuerte de esa teatralización grotesca.

El #Niunamenos se manifestó en un momento extraño social. Si bien la propuesta de la convocatoria se resumía en una demanda clara, humanista y hasta, se podría decir para una país latinoamericano, vanguardista, se desprendieron dos grandes grupos que mostraron su posición. Por un lado, los que reaccionaron de un modo escéptico a la demanda y se pronunciaron tomando distancia, y después un grupo de clase media escolarizada que se mostró con euforia a favor. En ambos grupos primó el grotesco. Es un tipo de sobreactuación de la realidad que siempre encarna la clase media acá y en cualquier otro país. Un grotesco que solo da cuenta de una gran incomprensión del fenómeno (en la que me incluyo) y, por otro, de la necesidad casi vital de pronunciarse, tomar una posición y manifestarla de forma pública en redes, blogs, revistas, diarios, medios.

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La adhesión de personajes públicos fue el ingrediente quizás más fuerte de esa teatralización grotesca, ya que la convocatoria fue leída como una manifestación masiva de un acto de bondad, al cual los personajes públicos debían adherir en función de la construcción de su imagen. Había un gesto muy fuerte en la seriedad de las miradas cuando sostenían el cartel con la leyenda #Niunamenos. Personajes que sostienen su participación pública siempre con una sonrisa, acá debían estar serios. Su mensaje era extraño. Por un lado, veíamos que estaban fingiendo. Por otro lado, veíamos cómo medían la magnitud del evento (los más poderoso largaron su foto con el cartel el mismo día de la marcha, evaluando hasta el último minuto a qué estaban quedando pegados). En algunos casos también veíamos que estaban bajo presión.

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Esta manifestación quedó en manos de los escolarizados, que sin embargo no estuvieron a la altura.

Dentro de los exabruptos del poder siempre aparece la idea de revancha, y si bien es placentera en el plano del revanchista, ese placer suele partir del acto violento. La violencia es placentera, no podemos negar eso. Estos exabruptos desencadenaron una batalla argumentativa sobre la contradicción de la convocatoria que, al partir de una demanda sobre el cese de prácticas extremas de violencia (como el asesinato), se apoyó en algunas articulaciones violentas en el plano discursivo. No se recurrió a la castración pública de un taxista como en un video de ISIS, pero esta batalla argumentativa dio la pauta más certera de que no se pudo entender el fenómeno mientras se iba desarrollando, como si la abundancia de fuego hubiera consumido pronto toda la carne. Incluso la que estaba guardada en el congelador desde Navidad. Cada uno, desde su formación, desde su nicho, desde su comunidad, sacó las ideas que tenía guardadas para un momento como este, en el que el filtro lo coloca algo más que la vergüenza; algo que, realmente, no sé bien qué es. Quizás los límites indefinibles del oportunismo. No lo sé.

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Por otro lado, hay una fuerte identidad twittera tanto en la convocatoria como en el debate sobre la convocatoria. Esta manifestación quedó en manos de los escolarizados. La clase política, los grandes medios, los famosos e incluso los, digamos, pensadores de renombre simplemente acompañaron el debate de la clase media escolarizada. Que, a mi entender, hizo lo que pudo pero no estuvo a la altura del evento (en un arco que va desde los que se manifestaron en contra hasta los que se manifestaron a favor). Me quedan dos preguntas dando vueltas. La primera es como padre: ¿cuál será la educación que debemos dar a nuestros hijos? No para que estén de un lado o del otro del debate, sino para que estén a la altura del debate. Para que no sean unos conservadores frente a las demandas justas, ni unos desenfrenados frente a la toma de conciencia del poder. El segundo interrogante es sobre la formación. Muchas veces las parejas tienen una buena relación e incluso se quieren, pero el desgaste, aún sin un problema coyuntural preciso, los lleva a separarse. El amor, digamos, no alcanza. Creo que en el Estado de derecho que estamos intentando promover con el #Niunamenos y en el metalenguaje a su alrededor el debate por sí o por no nos deja otra pregunta: ¿los libros van a salvarnos?//////PACO