Me parece que alguien debería analizar concienzudamente las películas para chicos. Basta darles un pequeño vistazo para percatarse de que son mucho más complejas de lo que parecen. Como en gran parte de la filmografía comercial –contra la que, aclaro, no tengo nada en particular–, detrás de una factura admirable pero estándar hay siempre una bajada de línea certera. Me pasó el otro día, viendo con mi hijo Lego movie. Qué franquicia, me dije: los daneses que crearon el, por lejos, mejor juego de ensamble de la historia, supieron no solo adaptarse, sino además potenciar un negocio que trascendió el ámbito ya de por sí influyente de lo lúdico para convertirse en pura cultura pop.

Así, de ser un mero juego de encastre y construcción ligeramente misógino –hasta hace poco, las mujeres estaban excluidas del mundo homoerótico de Lego– pasó a convertirse en la base de varias series animadas que funcionan como claras promociones de sus costosos juguetes. Sin embargo, la genialidad mayor fue asociar una ya de por sí exitosa franquicia a otras tanto o más populares, pero pertenecientes al ámbito de lo audiovisual. Así, Lego reversionó las sagas de Indiana Jones, Star Wars o Batman con sus simpáticos –eso no hay quien lo niegue– muñecos y sets de construcción. De esta manera, continuó explotando el mundo del juguete, pero también avanzó hacia las producciones televisivas y, con particular ingenio, hacia el multimillonario mundo del videojuego.

Lego reversionó las sagas de Indiana Jones, Star Wars o Batman. De esta manera, continuó explotando el mundo del juguete, pero también avanzó hacia las producciones televisivas y, con particular ingenio, hacia el multimillonario mundo del videojuego.

Se me hace que, ya dispuestos a ir por todo, pensaron en un largometraje y de ahí surgió la película, estrenada en el 2014, que hace unos días vi junto a mi hijo: Lego Movie o, como se la llamó por estos lugares, La gran aventura Lego, título que a esta altura del partido vendría significar cómo vender más y mejor. La historia es sencilla: un hombrecito Lego vive en su perfecto mundo Lego. La película comienza con la magnífica descripción de una vida rutinaria: todo hay que hacerlo según los mandatos del bendito manual, que explica hasta los ejercicios que se deben realizar para mantenerse en forma. Cada momento de la vida está pautado: en mundo Lego todos se ríen del mismo chiste mil veces repetido por televisión, todos cantan la misma canción –la absolutamente pegadiza “Everything is awesome” de Joshua BartholomewLisa Harriton–, todos conducen de la misma manera –memorable la escena en la que varios vehículos estacionan sincronizados, el colmo del orden y la pulcritud–, todos consumen el mismo café, que debe ser caro, así que cuando lo cobran treinta y siete dólares, los homúnculos Lego literalmente gritan de alegría.

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Fue en este momento de la película cuando agarré a mi hijo del hombro, lo sacudí y pensé en decirle: “Ves, ves, esto es el capitalismo. Ser tan estúpido como para comprar el café más caro y festejarlo por el solo hecho de pagarlo más”. No se lo dije, claro, y lo bien que hice. Lo dejé, en su ingenuidad, seguir viendo la película –era la tercera vez–. La trama es predecible y está plagada de esos gags que me gustan tanto: ese universo preciso y equilibrado es comandado por un sujeto, Lord Business, que quiere, por medio de un pegamento extrañamente adquirido, petrificar a todo el mundo para formar la perfecta postal capitalista, algo así como una versión Lego de American gothic, el icónico cuadro de Grant Wood. Qué bueno, seguí pensando mientras veía la película, otra metáfora de cómo funcionan las cosas. Porque el bueno de Adam Smith pensó que la ambición del hombre iba a dar movilidad al capital, pero en rigor, lo que sucedió fue lo contrario. La teoría, como tantas veces, no funciona en la práctica, aunque, reconozcámoslo: en este caso, ni siquiera la teoría es buena.

Volviendo al film: después de esa descarnada descripción de la vida cotidiana occidental, aparecen los que se rebelan contra ese orden perfecto. Se hacen llamar Maestros Constructores, porque pueden armar y desarmar las cosas a su antojo, pero además tienen la capacidad de saltar a los distintos mundos, cada uno una línea de Lego diferente: la medieval, la del lejano Oeste, la de los piratas. Cuestión que el sujeto del principio –ese de la vida normal y vulgar que, de paso diré, se llama Emmet– termina más o menos de casualidad luchando contra Lord Business.

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Otro acierto de la película es que durante el último tercio, nos damos cuenta de algo que ya intuíamos: lo que estamos viendo es el enfrentamiento entre un padre y un hijo “reales”. El padre, un Will Farrell que a esta altura da para todo, se toma tan en serio la franquicia Lego que ha construido una ciudad en el sótano de su casa, pero no deja a su hijo jugar con ella, a pesar de que en la caja dice, como le recuerda el niño, que el rango de edad para utilizarlos es de entre ocho y catorce años. Esto –me digo–, esto es la caverna de Platón.

La película termina con la obvia reconciliación entre parientes, claro. Con mi hijo cometamos lo buena que estuvo, recordamos los gags más graciosos y después de hacer propias algunas de las frases memorables de la película, vamos a Internet a buscar en Mercado Libre algunos de los modelos que aparecen en el film.

El capitalismo es poderosamente cínico: mueve al consumo criticando al sistema. Es tan poderoso en su comprensión de nuestras pulsiones que vende aún cuando se ataca a sí mismo. Sería genial si no fuera perverso.

Mientras pongo en el buscador “Lego Medieval” –siempre fue mi época favorita–, me digo que hice muy bien en no explicarle a mi hijo lo del capitalismo. Porque al margen de todo lo que debería haberle dicho, me hubiese olvidado de lo más importante: el cinismo. El capitalismo en su versión posmoderna es poderosamente cínico: mueve al consumo criticando al mismo sistema. Es tan poderoso en su comprensión de nuestras pulsiones que vende aún cuando se ataca a sí mismo. Esto, me digo, sería genial si no fuera perverso: un sistema que se devora a sí mismo, pero que engorda a cada mordisco. Alguien, me repito esa noche antes de decirle a mi hijo que vaya a dormir, alguien debería analizar las películas para chicos. Después, busco en Youtube el tema musical “Everything is awesome” y me pongo a cantarlo a los gritos, ya entregado a una sistema que me ganó otra vez/////PACO