Algunos fascistas deben decir: Mirá que simpático Brascó, piensa igual que yo. Yo no soy fascista, soy más bien de izquierda, pero no de la pavada de la izquierda. Porque la izquierda tiene un marketing. A Raúl González Tuñón parecía preocuparle que yo hiciese poca vida literaria, que fuese poco activo en la difusión. Vos no te buscás ningún apoyo, me dijo. No sos católico como Bernárdez, ni peronista como Marechal ni trolo como Manucho. Entonces, ¿quién te promueve? Ni la Curia, ni La Nación, ni Norah Lange ni los lambeculos en general. ¿Cuánto más vas a seguir así?

Miguel Brascó, Creo que soy poeta más que ninguna otra cosa, 2008.

IZQUIERDA Y PLACER

En esto no hay dudas: es el centro, sea en su estética, poética y política. Brascó, a secas. Sus nombres, Miguel Agustín (1926, Santa Fe). Edad: 87 años. Oriundo de la Patagonia (su infancia la transitó allí), la marca excéntrica, outsider y exotérica lo cala desde el origen de las cosas, allá lejos, en el viento sur de Santa Cruz, donde se crió. Es un escritor, antes que nada. Todo lo demás (crítico gastronómico y enológico, sibarita, abogado, publicista, dibujante, emprendedor, compositor de canciones folklóricas, fundador de clubes gourmet) son formas de lo mismo: también son escrituras, desde luego. No es simple pensar el placer aplicado en la Argentina. Sea el placer gastronómico, enológico o erótico. Las plumas que ponen su acento en ese terroir patinan, pero está bien, los temas del deseo son por naturaleza resbaladizos e incorporan lo otro (el apetito de comida y sexo) como propio con algo de malestar e impericia, como esa náusea de hambre, esa voracidad previa. Lo sugestivo de Brascó es que lo hizo desde siempre de modo muy natural, nada impostado y articulando el paradigma del escritor hedonista argentino del siglo XX. Las partes de esta pieza de ingeniería artística son: en primer lugar, forjar un personaje conceptual (moño, tiradores, hablar pausado, meticulosamente, con humor elegante); luego, encontrar su forma adecuada de expresión literaria en el artículo o el ensayo breve en medios variopintos (desde revistas femeninas a grandes diarios conservadores, de publicaciones sibaritas a house organ de tarjetas de crédito); como coletazo, su participación en medios audiovisuales (televisión, radio) y en convenciones de bodegas y empresas alimenticias.

Brascó publicó seis libros de poesía, uno de cuentos y dos novelas (su corpus), sin embargo, el espinazo de su producción, lo valioso de su aporte, se encuentra en los centenares de textos dispersos: artículos periodísticos, ensayos breves, crónicas, misceláneas, descripciones hedonistas. Algunos de ellos se encuentran en un libro publicado bajo el título Pasarla bien (Sudamericana, 2006). Su inventiva brilla en esa periferia textual y quizá es lógico que así suceda. Los géneros canónicos (poema, novela, cuento) no son un puerto amigable de quien aborda ejes temáticos de piso deslizante como el deseo y el placer. En ese sentido, el canon brasconiano nos empuja a determinados ámbitos: el vino como objeto capital, la cocina (con énfasis en lo patagónico, el cordero, por caso) como tabla de debate.

La política del placer está en Brascó: procedencia de familia radical antipersonalista, alvearista y coqueteo con el frondizismo. Descreído de sus años mozos en la izquierda, amigo de Julio Cortázar, Rodolfo Walsh, Paco Urondo y Juan Gelman, hoy sigue definiéndose de izquierda pero es un furibundo crítico del marketing progresista, lo cual lo torna aún más asequible para los medios en los que suelen hacer nido sus textos, es decir, los liberales y conservadores. Algo usual en la Argentina. La derecha necesita de plumas sofisticadas y refinadas que le den color a un avispero en franca decadencia, ahogado en internas de carcamanes patéticos, nacionalistas con alquitrán, oligarcones de baja estofa o catolicones llorosos. Un dandi de izquierda (como todo dandi de fuste) es necesario. Acá la derecha gusta de ver programas de cocina y vinos e incluso juguetear con imágenes sexuales como parte del disfrute gourmet y de clase. El smoking y el habano del Hotel Alvear Palace se entremezclan con figuras caras que ríen con sorna de esas posiciones reaccionarias (de esos personajes lamentables); serán epígonos geniales el artista Federico Peralta Ramos, el actor cómico Tato Bores y el cocinero Carlos Alberto ‘Gato’ Dumas.

Brascó se inserta en ese enclave conservador por izquierda y eso lo convierte en alguien sugerente, pícaro, anti-progresista. No hay en su discurso ganas de caer bien al culpógeno síndrome de la progresía barata, incapaz del goce. Tampoco lo hace como gesto deudor hacia el conservadurismo rancio, está en el límite y eso es lo interesante. El discurso de Brascó, entonces, hay que rastrearlo en sus creaciones poéticas, su clasificación de los vinos es un ejemplo marcado: el cabernet sauvignon es el macho cabrío, el rey de los tintos, chúcaro y serio; el syrah es complejo y andrógino, metrosexual; el merlot es muy afectado, un poco gay; el pinot noir es el más hincha pelotas. Oscilando entre la poética finoli, de nicho y el regodeo con la palabra, Brascó despunta su habilidad para describir vinos y desplumar lo que llama “la fashion de la bodegas”. Esos vinos hiper concentrados, purpurados cual colegio cardenalicio del Vaticano, llenos de madera y que nos dan la impresión de chupar un lápiz. Esa moda, según Brascó, nos hizo olvidar de la nobleza de los viejos vinos de corte de la década del setenta y ochenta: los López, Suter, Rincón Famoso, Carcassonne, Don Valentín, San Telmo, Vasco Viejo, entre otros. Frente a la moda de esos rojos punzó federales, Brascó criticará la influencia de winemakers como Michel Rolland y críticos puntuadores seriales como Robert Parker. Será una nueva forma de la vieja contienda de cultura versus industria. Y Brascó defiende el vino como una forma de cultura, quizá como literatura.

MUJERES DESNUDAS

La tríada del hedonismo rioplatense parece tener ciertas invariantes, como el Facundo de D.F. Sarmiento según la lectura de Ezequiel Martínez Estrada. Desde los comechingones y las oleadas migratorias, desde los gauchos pampeanos y los ilustres gourmands del bajo porteño todo parece oscilar en la carne (la vaca entera), el vino (patero, salteño, cuyano o patagónico) y el ojo (de bife y del culo). La literatura argentina leída en clave hedonista deja el descubierto esta constatación en nombres propios: Eugenio Cambaceres, Lucio V. Mansilla, Raúl Barón Biza, el Vizconde de Lascano Tegui, Osvaldo Lamborghini, Copi o Néstor Perlongher. Por esas páginas transita ese placer cirenaico, mediterráneo, del sur de África, que privilegia los placeres cinéticos en detrimento de los placeres estables de Epicuro de Samos (pensamiento, etc.). Desde el Plata, en la punta de este estuario barroso, del limo, parecemos cargar con una aproximación de vetas sádicas y etílicas. Política sobre cuerpos individuales y sociales.

El eje del canon del hedonismo literario argentino, me refiero a Brascó, engarza todas las publicaciones que contribuyeron a apelmazar esta idea y configurar una forma propia y propicia rioplatense, más aún, porteña. Así fue que podemos verificarlo en las diversas revistas que edificaron este corpus local: la primera, llamada Status, en 1976, plena dictadura militar, Cuisine & Vins, en 1985; la revista First (de la tarjeta de crédito Diners), en 1986 ( bajo el amparo de la primavera alfonsinista); la publicación deluxe EGO (coeditada con Jorge Lanata), durante el efímero y decadente 2001 del final aliancista; la revista JOY (ya sin Brascó) a posteriori de la debacle, en el interregno de Eduardo Duhalde y el incipiente kirchnerismo. Luego, la revista Bacanal, a partir de 2005 y el presente cristinismo bajo el lema sugerente de “placer inteligente”.

¿Qué tipo de placer se construyó, sin el cual la figura de Brascó sería impensable, en el Río de la Plata? Es un placer que puentea entre el exceso y lo glam, heterosexual viril pero no macho alfa, carnívoro, etílico, gustoso de un erotismo barroco, de mujeres refinadas y algo sádicas, de experimentos fetichistas y oropeles libertinos. Allí un personaje como el marqués de Sebregondi de Osvaldo Lamborghini será quién da cuenta de esta escisión particular y medular. En esa órbita pero más mesurada, Brascó publicó El prisionero (Editorial Vocación, 2012), su segunda novela luego de Quejido huacho (Tusquets, 1999). Notable vibrato a contrapelo total de gran parte de la narrativa realista y pobrista que se lee las primeras décadas de este siglo. Situada en los años posteriores a la Revolución Francesa, en un castillo solitario, El prisionero es un texto extemporáneo e insular que parece un soliloquio del discurso libertino. Por allí da nota la cita explícita al marqués de Sade (como personaje).En ese sentido, quizá la propia figura de Brascó haya sido prisionera de la literatura de la disidencia desde la estética. Esa política del placer rioplatense hace de su obra algo mayor, y por lo tanto, que pasa desapercibida por los monjes de la moral. Desapercibir es todo un gesto político por parte de los canonizadores de la cultura.

Oviedo, el mejor restaurant de la Argentina, está escondido, poco percibido, en la esquina de Beruti y Ecuador (cero polo gastronómico). Lugar predilecto de Brascó (tiene mesa propia), sus dibujos ilustran las paredes y la carta. No hay mejor imagen: ese no percibir la literatura hedonista de Brascó por parte de la intelligentsia local es, sobre todo, una política del placer que lo dice todo. Mejor así.

Dice el poeta sibarita: “Recuerdo que había una nota sobre un filósofo (en la revista Status) y yo tenía un zorrito que aparecía siempre en las notas haciendo comentarios sobre la revista. Cuando hicimos una nota sobre filosofía, sobre Leibiniz, apareció el zorrito diciendo: Nunca se olviden que ésta es una revista de mujeres desnudas.” Nietzsche marca en la Gaya Ciencia que los griegos eran superficiales de tan profundos. A veces es mejor pecar de frívolo para la gilada, para que la hinchada contenta asienta en el corral de ovejas sobre la levedad de las posiciones desertoras. Nunca olvidemos que Grimod de la Reyniere hizo del restaurant un foco de resistencia política. La banquina, el cordón de la vereda es la constante; ahí donde la luz no ilumina lo perdurable hace gala. Leeremos a Brascó por mucho tiempo.///PACO