Desde que se metió en política, Mauricio Macri presentó a su espacio como “lo nuevo” y comprendió que su fuerte era potenciar la oferta de outsiders. Cuadros técnicos de ONGs, empresarios y emprendedores fueron bienvenidos en las filas del PRO, que luego sumó a radicales y al ARI para establecerse como la alianza Cambiemos, ganadora del ballotage y a cargo de los destinos de la patria. Desde sus inicios como jefe de gobierno porteño, Macri fue afinando su discurso en sintonía con el boom de la espiritualidad y la proliferación de los libros de autoayuda. Si bien la mayoría de los funcionarios y dirigentes macristas tiene un origen católico, su fuerza política comulga con la amplitud de corrientes del budismo new age, destaca las técnicas de meditación y toma lo “positivo” de aquellas experiencias: respirar para desenchufarse, mantener un pensamiento optimista y evitar la confrontación. El mensaje implícito es que los argentinos nos merecemos vivir mejor. Sin embargo, la tensa relación con el papa Francisco incomoda al Presidente y también a varios cuadros cristianos del PRO, a quienes la culpa católica se les filtra entre sus eco-rutinas cargadas de buena vibra.

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Si bien la mayoría de los funcionarios y dirigentes macristas tiene un origen católico, su fuerza política comulga con la amplitud de corrientes del budismo new age.

EL TANTRA. Existe una tradición esotérica que se basa en el deseo de lograr la realización espiritual. El tantra se compone de escritos simbólicos que constituyen una guía para la vida, una vía rápida hacia la iluminación. Las clases medias occidentales toman al budismo como una doctrina más filosófica que religiosa, que admite a católicos y ateos porque predica la tolerancia. “Seamos todo lo que podemos ser”, alienta Macri a los argentinos, e instala la idea de que la realización personal es posible a través del esfuerzo. El discurso del Presidente es tántrico: tiene un eje espiritual y hace hincapié en la necesidad de unión en la diversidad. Les habla a aquellos cansados de la hiperpolitización, a los hartos de la década en la que ganó la sobreideologización. Como un mantra, la nueva derecha corea mensajes de paz. Como un rivotril, promete calmar los niveles de estrés. Como un best seller de autoayuda, busca convencer de que el progreso individual es el camino del éxito. El nuevo clima de época se forja con la meritocracia como leitmotiv y la abarcadora oferta de psicoterapias breves contribuye a la construcción del macrismo como fuerza política espiritual. En este contexto se entiende que en septiembre de 2012, el gurú indio Sri Sri Ravi Shankar fue traído por Macri a Buenos Aires –“Capital mundial del Amor”- y recibido como un rockstar que cautivó a más de 150 mil personas que meditaron en el Planetario con su ONG, El Arte de Vivir. “We love you Guruji”, decían los carteles de los fieles dedicados a este líder mundial que en su país muchos vinculan con la Rashtriya Swayamsevak Sangh (una organización fundamentalista de ultraderecha). Su fundación pegó tan fuerte en el país que hace poco construyó un country en Opendoor al que describen como un “barrio slow y eco-friendly” para sus clientes. La figura del Guruji inspiró al PRO y sus valores son promovidos por dirigentes de todo el arco macrista. Recientemente, Macri incorporó en sus reuniones de gabinete a Daniel Cerezo, el psicólogo “experto en felicidad”. Además, la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, y el intendente de Lanús, Néstor Grindetti, invitaron a sus ministros a “retiros espirituales” realizados en hoteles exclusivos. Ella, exhausta ante las dificultades de la Provincia; él, estresado por la causa de los Panamá Papers. “En todo caso, es un tema personal con la justicia”, sostuvo el jefe comunal sobre el escándalo de corrupción internacional que lo salpica, demostrando así que los dirigentes del PRO no tienen por qué dar explicaciones de su vida privada. Para respirar, meditar y abrir cuentas offshore, los ricos no piden permiso.

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Sri Sri Ravi Shankar fue traído por Macri a Buenos Aires y recibido como un rockstar que cautivó a más de 150 mil personas en el Planetario con su ONG, El Arte de Vivir.

FRANCISCO. “¿Para esto lo votaste?”, decían los carteles que empapelaron Buenos Aires una mañana de noviembre de 2009, adjudicados a agrupaciones católicas que se manifestaban contra el PRO. Criticaban el apoyo público de Macri casamiento entre Alex Freyre y José María Di Bello, autorizado por una jueza porteña meses antes de la sanción de la ley nacional de matrimonio igualitario. La boda entre los hombres finalmente no fue realizada a raíz de una medida cautelar de otra jueza, pero la postura de Macri –quien tiempo atrás había manifestado que la homosexualidad era una “enfermedad”- fastidió a la iglesia y al entonces cardenal Jorge Bergoglio, quien quería ser Papa y temía que el visto bueno del jefe de Gobierno a tal iniciativa en su propia diócesis le complicara los planes. Los roces entre ambos venían desde antes: la fundación La Alameda, del amigo del Papa Gustavo Vera, denunció en varias oportunidades a la firma Cheeky, propiedad de la familia de la primera dama Juliana Awada, por sus talleres clandestinos. Sin embargo, aquel episodio en el que Mauricio se declaró gay friendly fue un punto de inflexión luego del cual Bergoglio arremetió duro contra la gestión macrista, como recuerdan Vommaro, Morresi y Bellotti en “Mundo PRO”. Por ese entonces, describió a la Ciudad como “pecadora” y “coimera”. Macri también cambió de actitud y en el 2012 no asistió al último Tedéum que ofició Bergoglio antes de su ascenso al Vaticano. Sin embargo, los reflejos de Mauricio fueron más rápidos que los del kirchnerismo y cuando el argentino fue electo Sumo Pontífice fue el primero en celebrarlo. Viajó a visitarlo y se mostró emocionadísimo, creyendo que las cartas se habían barajado de nuevo. Pero el Papa no dejó a Bergoglio del todo atrás: recibió a Macri sin guiños ni chistes. Mauricio no se metió en la rosca, sabiendo que por más señas que hiciera, el Ancho de Espadas lo tenía el Pontífice. Esta semana tuvo un gesto: otorgó $16.666.000 a la red educativa Scholas Ocurrentes, el proyecto impulsado por el Sumo Pontífice. Es que para llevar a cabo donaciones millonarias por decreto, los ricos tampoco piden permiso.

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La Alameda, del amigo del Papa Gustavo Vera, denunció a la firma Cheeky, propiedad de la familia de la primera dama Juliana Awada, por talleres clandestinos.

MATAR AL PADRE. La Guerra Fría entre el Papa y el macrismo acumuló más batallas. Jaime Durán Barba, el consultor estrella de Macri, lanzó la primera piedra en plena campaña electoral cuando afirmó: “Si una señora quiere abortar, que aborte”. Macri aclaró que eso fue una opinión a título personal de su asesor, pero el ambiente ya estaba caldeado. Luego, cuando Macri fue electo Presidente, se inició un conflicto absurdo por el traspaso de mando, en el que Francisco quiso mediar pero se chocó con un amparo judicial del macrismo que puso fin a sus incipientes gestiones realizadas desde la Santa Sede. Pese a la ambigüedad en la relación con Macri, muchos cuadros del PRO jamás habían titubeado –hasta ahora- en cuanto a su devoción por Francisco. El máximo ejemplo es la vicepresidenta Gabriela Michetti, quien definió a Bergoglio como su “consejero espiritual y de vida”. Recientemente reconoció con “dolor” que es obvio que el Presidente “no está saltando en una pata” por su relación con el Pontífice. Gabriela está incómoda, atrapada en medio de una doble lealtad: se autoconsuela al asegurar que “todo se resolverá” cuando Macri y Francisco vuelvan a charlar, pero cree que Francisco “tiene una distancia para comprender” el proyecto del PRO. En la vida hay que elegir y Michetti, en su encrucijada, se quedó en el barro macrista a pesar de la culpa. Como Mauricio con Franco, cortó el mandato edípico. Las enseñanzas del padre Bergoglio quedaron atrás: eligió a su padre político.

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Como Mauricio con Franco, Michetti cortó el mandato edípico. Las enseñanzas del padre Bergoglio quedaron atrás: eligió a su padre político.

MAURICIO ACÁ Y AHORA. Pocos dirigentes del PRO profesan una fe distinta al catolicismo, aunque el macrismo se fue vinculando de distintos modos a personas que representan otros credos. Se ganó a buena parte de la comunidad judía a través de la figura del rabino Sergio Bergman -quien ayudó a superar los incidentes con Jorge “Fino” Palacios al frente de la Policía Metropolitana- y durante los años de gestión de la Ciudad estrechó lazos con iglesias evangélicas. Un puente hacia esos cultos fue la figura de Cynthia Hotton, la militante ultraconservadora que se acercó al PRO desde Recrear, la fuerza de Ricardo López Murphy. Alberto Mottesi, un evangélico cuya prédica apunta a los políticos, bendijo a Macri en un acto masivo y lo definió como un hombre “íntegro y de familia”. Luego el PRO se ganó el cariño del famoso pastor Luis Palau, quien durante su sermón en el país aseguró que “los ricos también tienen alma”. Cuando Macri quedó como el candidato mejor posicionado de cara al ballotage contra Daniel Scioli, prometió exultante: “Ahora vamos hacia la Argentina que queremos todos”. Como un pastor a su rebaño, Mauricio se apropió del discurso de “pare de sufrir” y aseguró a los argentinos que iniciarían su viaje a la tierra prometida de pobreza cero. “Me duelen muchas medidas que he tenido que tomar, pero sé que es el camino”, dijo el Presidente unos meses más tarde, dando por sentado que si sucede, conviene. Vaticinó entonces que el recorrido sería doloroso -producto de la pesada herencia- pero que la llegada al final del arco iris de globos amarillos justificaría el sacrificio. Mauricio se presenta como el hombre que multiplicará los panes y los peces; el líder de una revolución de la alegría que “es acá y es ahora”. Sin embargo, al decirlo suele advertir que para que lleguen las inversiones, baje la inflación y se unan los argentinos, todavía falta atravesar el largo camino del calvario. Es que del dicho al hecho, hay un semestre de largo trecho/////PACO