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Por Diego Vecino (@contrarreforma) | Fotos de Nicolás Janowski | Publicado en el N° 90 de la revista Brando, Septiembre 2013

La caza mayor con jauría es el nombre técnico que se le da a la caza del jabalí con perros. En la Argentina es una práctica mucho más extendida y mucho más frecuente de lo que la ley habilita. Consiste en internarse en el medio de la noche en un campo vastísimo y desolado con cuatro dogos argentinos de combate y un cuchillo de 25 centímetros de filo, caminar toda la noche, atravesar zonas pantanosas con agua hasta la cintura, ser silencioso y saber escuchar los ruidos lejanos que trae el viento. Tiene algo marcial y algo de ritual. Y finaliza en una mezcla pastosa de transpiración, barro y sangre en el momento en que el rematador logra montar al chancho y hundirle la hoja hasta el corazón, con una sola estocada precisa por detrás de la pata delantera y a través de las costillas. La caza empieza a las diez u once de la noche y termina cuando clarea, ocho o diez horas después.

Un cazador sale en general acompañado por una o dos personas más y sus perros. Apenas caminado un poco el terreno larga los dos dogos más experimentados. A esos se les llama punteros. Los punteros corren en la dirección que les indica el olfato y se pierden rápido de vista entre el pasto alto. Entonces, el cazador empieza a avanzar. Nunca se prenden las linternas porque la luz espanta a los jabalíes y los pone en aviso, con lo cual al cabo de un rato, inevitablemente, se pierde cualquier tipo de referencia fija sobre el terreno salvo la noción vaga de que a la espalda está la ruta que, a medida que pasa el tiempo, va quedando más y más atrás.

Una hora y media o dos horas después, el grupo avanza en la nada, al trote, respirando fuerte. Cada veinte o treinta minutos paran la marcha, hacen silencio y escuchan. Lejísimos, a kilómetros de distancia, ladran los punteros. Ese eco difuso es lo que hay que buscar a tientas. El rastro es engañoso porque el viento arrastra al ruido en cualquier dirección y le asigna un origen falso en un punto difuso del infinito. Un cazador experimentado sabe interpretarlo, aunque no siempre. Los ladridos indican que los perros ya encontraron un chancho y que están peleando. Van a pelear durante dos, tres, cuatro horas.

Un jabalí macho adulto alcanza los 130 kilos y puede matar fácilmente a un hombre adulto. En la pelea embiste con todo el cuerpo y da giros rápidos sobre su propio eje. Si engancha alguno de los colmillos que sobresalen de la parte superior o inferior de la boca, puede abrir cualquier cuerpo como si fuese manteca. Un dogo argentino macho adulto puede pesar 55 kilos y también te puede matar fácilmente. Es uno de los perros más versátiles, fuertes, sofisticados y duros que existen. Fue diseñado y criado durante la primera mitad del siglo XX en la Argentina con dos principios: amar a su dueño y pelear hasta matar, o hasta morir.

La pelea entre los dogos y el jabalí es un espectáculo terrible y hermoso. No existe ningún animal en el mundo capaz de avanzar sobre un enemigo que lo duplica en tamaño una y otra vez con la elegancia y la violencia con la que lo hace un dogo. Después de cinco o seis horas de combate, tanto los perros como el jabalí están reventados, pero el dogo sigue atacando, mientras que el chancho busca correrse un poco para recuperar el aliento y, si se lo permiten, escapar. Muy difícilmente pueda, porque el ataque de los perros es implacable. El dogo muerde al jabalí en donde puede y se le queda prendido para siempre. Preferentemente busca el cuello. Su genética lo condiciona a no soltar salvo que el bicho lo obligue, revoleándolo en el aire. Mientras pelea, un dogo argentino puede agitar la cola con alegría. Y jamás va a abandonar a la presa.

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Recién cuando encuentra a sus perros, el cazador está en condiciones de evaluar el panorama. Nunca sabe con qué se puede encontrar. Quizás un padrillo, quizás varios. Ahí se sueltan a los otros dos dogos que se habían quedado en la retaguardia. Hacen de relevo de los punteros que, aunque cansados, no abandonan.

Entre los cuatro combaten hasta que logran sujetar al bicho. Ese rato lo musicalizan los chillidos caóticos y entrecortados de la presa. El jabalí, en este punto, está muy cansado y apenas puede moverse, aunque pelea hasta el final con lo que le quedan de fuerzas, tratando de zafarse de las mordidas que lo inmovilizan. En ese momento el cazador tiene que montarlo y matarlo. Es un instante crítico porque siempre está la posibilidad de que el chancho se suelte. Si la faena es exitosa, el cazador desenvaina el facón con la sangre goteando hasta el codo.

Una vez muerto, al jabalí se lo corta a la mitad para descartar los órganos que no sirven. Dos acompañantes tienen que cargar los dos costillares hasta la camioneta, que quedó al costado de la ruta, a tres o cuatro horas más de caminata.

Esto en Europa casi no se consigue. Si bien la caza mayor es una práctica tan antigua como el hombre mismo, allí desde hace mucho que se reemplazó el combate mano a mano, con jauría y cuchillo, por lo que se llama caza a rececho, que consiste en localizar al animal con sigilo y dispararle desde lejos. Este tipo de disciplina es más quirúrgica y aséptica y está asistida por el imaginario tecnológico modernista. En este sentido, la caza mayor funciona como una metáfora microscópica de las transformaciones que la técnica ha introducido sobre la pasión muy humana por matar: cada vez más la guerra a gran escala también se libra desde lejos, con precisión instrumental y bajo el manto blanco de la experiencia turística.

A diferencia de la caza con dogo, en la caza a rececho el animal jamás detecta el peligro. Simplemente muere en un momento. No hay barro ni sangre ni transpiración. Apenas mosquitos, humedad en el ambiente y un poco de olor a pólvora que no tarda en disiparse.

En la Argentina, como perfecto enclave de modernización desequilibrada, mantenemos estas antiguas costumbres, que a la vez aparecen fuertemente entrecruzadas y resignificadas por las traiciones de la grandeza patria. Para cazar a pelo hay que tener los huevos de plata. No sé si alguna vez tuvieron un jabalí enfrente, pero créanme que es grande. A la noche, sobre el suelo escarchado de la provincia de Buenos Aires, es incluso más grande. Y si querés salir vivo de esa trampa en la que vos mismo te metiste, tenés que tener un par de buenos dogos argentinos.

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No todos saben que al dogo argentino es cordobés, pero resulta bastante natural considerando que es en esa bellísima provincia mediterránea donde se originaron todas nuestras tradiciones culturales más violentas e importantes.

Los perros dicen mucho de las idiosincrasias nacionales. Hay un vínculo íntimo entre las expectativas y aspiraciones emocionales de un país y las razas de perro que han logrado, a lo largo de muchas generaciones, perfeccionar y criar. Los ingleses, por ejemplo, tienen razas en general refinadas, un poco delicadas, cuya habilidad principal es el olfato y que tienen la utilidad específica de rastrear presas de caza menor como, aves y patos. Son el pointer, el beagle, el collie o los retrievers (labrador y golden los más conocidos). Los franceses, en cambio, tienen perros chiquitos, de compañía, caprichosos, un poco boludos, como el bichón frisé, el bulldog francés o el dogo de burdeos. Los alemanes han sabido crear perros de gran porte, en general pastores que asistían la cría de ganado en el campo, pero también perros de caza y de protección, atléticos y orgullosos, como el ovejero clásico, el gran danés, el bóxer o el rottweiler.

Nosotros, los argentinos, inventamos a principios del siglo XX al perro de pelea cordobés, también conocido como PPC, una raza ya extinta que sirvió como base genética para el diseño del dogo argentino.

El PPC era un animal, dicen, totalmente asesino. De gran porte, valor y resistencia, agresividad extraordinaria y una absoluta falta de instinto de supervivencia. Nunca rehusaba una batalla, incluso en condiciones de inferioridad numérica o de tamaño, y algunos expertos consideran que su extinción no solo tuvo que ver con la progresiva censura legal y social a las peleas de perros en la provincia, sino fundamentalmente al hecho de que los ejemplares de esta raza preferían combatir entre sí a reproducirse, lo cual transformó su crianza en algo virtualmente imposible.

Hay pocos registros fotográficos del PPC. En general están en blanco y negro y son de pésima calidad. Pero en todos, indefectiblemente, aparece peleando. En una, especialmente hermosa, se ve a un ejemplar sometiendo a un puma. Pueden googlearlo.

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El dogo argentino fue un diseño del médico Antonio Nores Martínez, un aficionado a los perros que con apenas 18 años, en 1925, comenzó junto a su hermano Agustín la crianza del PPC. Tenía un sueño: modernizar la raza, mejorarla, volverla más ágil y agresiva. Era el sueño de toda una generación. Por esos años, el auge en el mundo de las teorías eugenésicas hacían que la manipulación de líneas de herencia en razas caninas fuese apenas la antesala experimental del mejoramiento del hombre a partir de, como escribía Francis Dalton en El genio hereditario (1869), “matrimonios sensatos durante varias generaciones consecutivas”. Fue en 1921, siguiendo esta tendencia, cuando la Société Centrale Canine de France y la Société Royale Saint-Hubert crearon la Federación Cinológica Internacional (FCI), organismo que sigue existiendo al día de hoy con el objetivo de observar las normas de cría y reconocer los estándares internacionales de las 337 razas de perros que existen.

Nores Martínez comenzó con un plantel de diez hembras en un corralón desarrapado en la ciudad de Alta Gracia, un proceso arduo que lo llevó también por La Pampa y la Patagonia. Terminó recién cuarenta años después, cuando en 1964 la SRA y la Federación Cinológica Argentina (FCA) reconocieron la nueva raza.

El PPC, ese agresivo epifenómeno de la constitución espiritual anómala argentina, hoy no existe en el dogo argentino salvo como signo inequívoco de una genética desviada, deficiente o inconsistente en algunos ejemplares. De hecho, el estándar de la raza según la FCI observa que el dogo argentino es y debe ser “alegre, franco, humilde, amigable y poco ladrador, consciente de su poder.” La agresividad, el excesivo recelo o el poco aplomo para actuar en situaciones de alto stress son juzgados, institucionalmente, como fallas graves de carácter y, por ende, la marca de un dogo imperfecto o con defectos de crianza.

Fernando Amato, alias El Chueco, es un criador amateur de dogos y entusiasta de la raza de la zona de Saenz Peña. Dice: “el viejo perro de pelea cordobés o perro de los carniceros es, hoy por hoy, apenas la base del dogo. Pero el dogo no tiene nada que ver con el PPC. De hecho, era un perro que no servía para cazar, porque no podía ni siquiera andar en manada o en grupo, se peleaban siempre entre ellos.”

Nores Martínez explicó el proceso de cruza a mediados de los 40: “Para obtener una mayor talla sin perder el valor y darle al mismo tiempo un instinto campero, hube de hacer una serie de cruzamientos valiéndome de padrillos y madres elegidos entre los de sangre pura, bull dog, gran danés, mastín de los pirineos, bull terrier y boxer, conservando siempre como base y guía los viejos perros de combate cordobeses. Seleccionando de generación en generación y eliminando a toda unidad que no respondiera satisfactoriamente en una pelea de fondo, hemos llegado a fijar definitivamente en virtud de leyes biogenéticas, una nueva raza que llamamos dogo argentino, en homenaje a nuestra patria.”

No sería errado afirmar, en este contexto, que el dogo es un verdadero experimento genético hipercomplejo desarrollado a lo largo de generaciones y generaciones de perros. Un ciborg nacido de la manipulación. Una metáfora inigualable del crisol argentino, de la inmigración y de la mezcla que constituye el ADN cimarrón de la nación. Un organismo de diseño construido sobre la base de un bicho cabeza y peleador del interior del país y refinado con la intervención de los más nobles ideales y características de las razas europeas. Un perro modernista, a la vez, porque no es el resultado de un proceso de decantación genética natural a lo largo de los siglos, sino un trabajo concebido y deliberadamente ejecutado en la Argentina potencia. El perro de caza mayor por excelencia.

Remata Fernando: “El dogo argentino es un perro muy diferente a un perro de pelea, como puede ser el pitbull. Es más bien un perro de combate. Es una raza finísima, que se logró a través de muchísimos años, casi te diría una raza de ingeniería. Muchos quieren hacerlo pasar como una Chevy, pero para mí tiene más que ver con una Ferrari.”

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“La guerra es brutal y es insensata, cierto, pero también la vida en una oficina es brutal e insensata”, escribe Emmanuel Carrere en su novela Limonov. Un dogo argentino vale por sus virtudes propias. Es uno de los perros más fieles y devotos, se entusiasma con los chicos y es muy guardián. De hecho, lejos del imaginario asesino que lo recorre, es un perro muy utilizado como asistente terapéutico o en equipos de rescate. Sin embargo, existe una vinculación implícita pero fuerte entre el mundo del dogo y el de la caza mayor. Si bien no son el mismo universo, son prácticas emparentadas y, en un punto, tener un dogo significa al menos coquetear con la idea de hacerlo entrenar.

“La raza está hecha para la caza mayor –me apunta otro entusiasta-. Y si bien no todos los dueños de dogo cazan con jauría, todos los que cazan con jauría lo hacen con dogos”.

La caza con perros no está prohibida y, de hecho, es una práctica legislada, que se permite en determinada época del año y con determinados límites. Esto no impide que sus cultores suelan entrar en conflicto con grupos proteccionistas. Esta circunstancia hizo que todos mis primeros contactos con cazadores y criadores del perro estén sospechados y teñidos por el manto sagrado de la paranoia. “¿Vos no serás proteccionista, no?”, me preguntaron cada vez que iniciaba una conversación. Si bien la caza es legal y legítima, sí está prohibido el entrenamiento y, en especial, la prueba de campo.

Martín Beldorati es dueño de un dogo hermoso de 7 meses que se llama Ringo y me cuenta en qué consiste: “La prueba de campo se hace para enseñarle a los dogos qué es un chancho y cómo morderlo. Lo que se hace es largar al dogo en un corral con un chancho. El tamaño depende de la edad del dogo y de su experiencia. Ahí vas probando al perro, si va para adelante o no, le enseñás dónde tiene que morder: en la oreja y de costado, así el chancho no puede morder al perro.”

Eso, largar un perro contra un chancho encerrado es lo que está prohibido. “Lo que pasa es que si no le enseñás así no te los podés llevar al campo. Si no saben, cualquier jabalí te los mata”, explica Martín.

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En una de las recorridas fantasmales por el mundo del dogo argentino me crucé a Marcelo Corbo. Marcelo es el dueño del criadero Las Canteras, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Es una figura de referencia por los altos estándares de raza de sus perros y por su experiencia en campo, que data de muchos años.

Marcelo habla del dogo con una pasión contagiosa. “Empecé a cazar de chico, con mestizos y galgos. Hacía caza menor, hasta que de grande vi un jabalí y mis perros recularon ante semejante bestia. Así conocí a quien fue mi mentor, Sebastián Suk, un tipo que no le tenía miedo a ninguna bestia. Fui con mi primer perro a su casa y a los meses, luego de muchas charlas, salimos al campo los dos juntos y solos. Después empecé a salir con otro gran cazador, Carlos Piazza, que me terminó de pulir.”

En la Argentina la caza del jabalí no es un capricho o un gusto deportivo de gente excéntrica. Es una necesidad. El animal fue introducido a principios del siglo XX en un predio cercado en la provincia de La Pampa. Se importó con el fin de servir como presa de caza mayor en condiciones controladas. Sin embargo, en 1914 se registró una fuga masiva de ejemplares que comenzaron a reproducirse y expandirse por la región. Con el tiempo se transformó en una plaga. Hoy se registran focos de concentración de jabalíes en San Luis, el sureste de Mendoza, el noreste de Río Negro, Santa Fe, Córdoba, La Pampa, algunas regiones cordilleranas de Neuquén, Chubut y Santa Cruz y en la provincia de Buenos Aires. El jabalí se reproduce libremente, sin depredadores naturales en estas tierras, y destruye los campos sembrados de maíz, trigo o soja. Un jabalí adulto puede comer más de un metro cuadrado de sembrado por día. Además, sus hábitos alimenticios han evolucionado con el tiempo y en la actualidad se lo reconoce por atacar poblaciones de animales autóctonos, alimentándose de los cachorros de venados o carpinchos. En este contexto, su control poblacional se hace muy difícil: es un animal que se desplaza mucho, que tiene una alta tasa de reproducción y que vive disperso en zonas de difícil acceso.

Marcelo argumenta de manera enfática: “Hay gente que me llama desesperada que no puede entrar a su casa, que tiene más de 50 jabalíes en la tranquera de su casa, gente que me cuenta que a la noche los jabalíes les matan las vacas. Es fácil salir a criticar, pero creo que -al cazar solo con mi cuchillo y mis perros- hago una cacería noble. Me enfrento de igual a igual a un jabalí de más de 100 kilos. Y es la única manera de cazarlos, porque no te podés meter en un maizal a sacar a estos animales con fusil.”

En su discurso se filtra cierta épica nac & pop: la lucha argentina contra la plaga cipaya e importada. Y está bien que así sea. Reconocido y requerido en el mundo por sus habiliades para la caza, el dogo debería ser un motivo de orgullo argentino.

“El dogo es un perro muy noble, muy compañero, capaz de dar su propia vida para salvarte a vos o a los tuyos. Hace muchos años salí a cazar y unas de mis perras volvió muy lastimada, yo estaba muy preocupado por ella, pero ella en lugar de lamer sus heridas, lamía la lastimadura que me había hecho a mí el jabalí. Ese día me convencí que no hay perro más noble que el dogo argentino. He cazado con todas las razas y las respeto a todas, pero el dogo es lo mejor”, dice Marcelo. Y sigue: “Conozco muy bien los lugares a donde voy a cazar y no siempre se vuelve bien de ahí. Es la cuna donde están todas las bestias, es muy adentro y hay mucho barro. Entrar a ese lugar y salir todos ilesos es como mojarle la oreja al mismísimo diablo. Salimos riéndonos de él. Solo el que cazó conmigo sabe de lo que hablo.”

El mundo del dogo es, para quienes lo miramos de afuera, un poco extraño. Se organiza casi subculturalmente, de manera semi-cerrada y en función de identidades fuertes vinculadas a la ritualidad de la caza y la exclusividad de la raza.

Existe la idea, por cierto verdadera, de que el dogo argentino es un dispositivo orgánico complejo y sofisticado, una obra de nanoingeniería biológica de alta gama. Y este es el punto en el que debo decir que mi acercamiento al universo doguero tuvo un ingrediente muy difícil de soslayar y que es central a la hora de explicar su horizonte y sus posibilidades: no conocí ni estuve en contacto con ningún dueño o criador de la raza que no demostrase un profundo, intenso y conmovedor vínculo con su perro.

Me gustan los perros. Entiendo lo que es esa relación de respeto y cariño que se forja entre un animal y un ser humano. Pero en el caos del dogo argentino, esa relación se construye de manera radical y extrema. Es perfecta. Iggy Pop tiene una canción en su disco Preliminaires, de 2009, que se llama “A Machine For Loving” y que en el verso final dice: “¿Qué es un perro sino una máquina de amar? Le presentás un ser humano y le das la misión de amarlo, y sin importar cuán feo, perverso, deforme o estúpido es este hombre, el perro lo ama.”

Esa mitología que ronda y da sentido a la relación que la humanidad ha forjado con sus mascotas a lo largo de toda su historia no cobra su sentido último hasta que conocés a un dueño de un dogo argentino y a su dogo argentino. Lo he visto con otras razas, pero en este caso, esa relación de lealtad se verifica como si la propia lógica de la raza lo requiriese.

Este lazo delicado se funda, creo entender, en la certeza de que tu perro está dispuesto a morir por vos. De manera inequívoca, un dogo argentino va a morir por su dueño si se lo pone en una situación en que deba hacerlo. Está en sus genes. Es un perro sin miedo y leal, que va a amarte, sin importar lo defectuoso que seas.

La impresión habita de manera ubicua todos los discursos que se elaboran alrededor de la raza. Criadores, cazadores, entusiastas, entrenadores o simples dueños. Todos coinciden en que el dogo argentino es una criatura fantástica, no solo por sus características de diseño, sino por ese cierto tipo de espiritualidad que nosotros llamamos amor.

Al cabo de un rato de charla con cualquier dueño de dogo argentino, parece imposible no respetar a ese perro que mueve la cola y olisquea al aire. Aún peor, parece imposible no entender que no es otra cosa que una forma perfecta de redención.