Playboy
anunció el pasado 13 de octubre que el rediseño de la revista, que emergerá a comienzos del próximo año, dejará de lado el estandarte de los desnudos. ¿Por qué un medio masivo promotor de la liberación sexual y mentor de la desnudez en formato papel toma hoy –62 años después de la publicación de su primer número– una decisión tan desvinculante de su propio origen? Cory Jones – jefe editorial de contenidos de la revista y responsable de haber llevado la propuesta de la eliminación de los desnudos a la cima de la jerarquía Playboy– asegura que “es lo correcto” y usa como respaldo la cifra de los 3 millones de dólares que la revista impresa pierde en Estados Unidos año tras año. Scott Flanders, director ejecutivo de la compañía, adhiere: “La batalla [por los desnudos] ha sido peleada y ganada”. Alberga sus razones no sólo en los números en rojo sino también en la incidencia de Internet como principal predador competitivo, sobre todo gracias a su génesis de accesibilidad y facilidades: “Uno está a solo un click de encontrar cualquier acto sexual imaginable y de manera gratuita”, y con justa razón, admite que la desnudez en papel perdió su peso y hasta su relevancia cultural, la cual se encuentra velada por un nuevo sesgo en las políticas de género, dato que no debería considerarse trivial.

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¿Por qué un medio masivo promotor de la liberación sexual y mentor de la desnudez en formato papel toma hoy una decisión tan desvinculante de su propio origen?

Paul B. Preciado –filósofo español feminista habitante y constructor de su propia utopía transgénero– hace una lectura de la Playboy way of life en Pornotopía (Anagrama, 2010), la cual trasciende las chicanas y las fascinaciones con las que la invención de Hugh Hefner ha cargado a lo largo y ancho de su historia. En su ensayo, Preciado anunciaba: “Tengo una buena y una mala noticia. La mala es que la pornotopía Playboy se muere. La buena es que somos necrófilos” y agregaba que la circulación de imágenes pornográficas por internet–y esto funciona si de algún modo pudiéramos conectar, con un pensamiento estrecho, la desnudez con la pornografía, definible tal vez como la representación pública de la sexualidad– había generado una nueva dinámica o “ecología global” en la que Playboy quedaba como “un torpe y viejo predador”. En lenguaje conejuno, ¿es la eliminación de los desnudos avance y adaptación u otra forma de retroceso y castración?

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Hugh Hefner apostó y capitalizó, a través de la fotografía de la desnudez femenina, la producción de un significado contra narrativo de esa coyuntura conservadora, puritana y de control.

Con apenas un manojo de dólares, Hugh Hefner logró publicar el primer número de Playboy en el año 1953, con una tirada de apenas 70 mil ejemplares. La tapa –que no tenía fecha porque no se sabía a ciencia cierta si iba a haber una segunda publicación o cuándo sería– fue para la mítica Marilyn Monroe, spoiler perfecto de lo que se prometía se encontraba en el interior: su primer desnudo a todo color. Los años cincuenta norteamericanos no fueron el momento políticamente correcto para mostrar tetas y culos. Estaban vigentes aún las leyes antiobscenidad que regían desde 1712, la tensión de la guerra fría fomentaba un estado de paranoia al mismo tiempo que cualquier demostración despegada del guión del trabajo y el consumo de bienes era concebida como una herejía anti patriótica. Hugh Hefner apostó y capitalizó, a través de la fotografía de la desnudez femenina, la producción de un significado contra narrativo de esa coyuntura conservadora, puritana y de control: “La controversia es la forma de cambiar las cosas”. Acertado y dueño de una idea millonaria, Hefner logra encausar su agenda secreta: rescatar al breadwinner –ni más ni menos que la definición del hombre trabajador, el padre de familia norteamericano, estereotipado de principio a fin en películas y series como Los Simpsons, American dad, Family guy, Mad Men, Married with children, y un etcétera bastante extenso– del sistema social opresivo y sexualmente acartonado. Preciado describe que el propósito de Hefner era “desencadenar un movimiento por la liberación sexual masculina, dotar al hombre americano de una conciencia política del derecho masculino a un espacio doméstico y, en último término, construir un espacio no regido por las leyes sexuales y morales del matrimonio heterosexual”. Pero, ¿cómo? Utilizando la Revista Playboy como bastión principal, plataforma donde los desnudos incitaban a la exploración sexual libre de culpa, donde la soltería masculina podía considerarse una opción, donde las prácticas sexuales sin fines reproductivos podían ser posibles, donde el espacio interior y doméstico ya no debía ser obligatoriamente femenino, donde se escribió hasta el cansancio contra el racismo, la homofobia, y se abogó con constancia por los derechos civiles igualitarios.

October 21, 2010: Anna Sophia Berglund, Hugh Hefner and Crystal Harris pictured surrounded by Playboy bunnies as Hugh Hefner hosts a party at The Playboy Club in The Palms Resort in Las Vegas, Nevada.Credit: INFevents.com Ref: infuslv-07|sp|

Hugh Hefner, el héroe de los hombres, afirma haber hecho más por el feminismo que las propias feministas.

En el transcurso de los años, Playboy fue creadora y pionera de una revolución masculinista. Seis décadas después, el modelo de “controversia” de Hefner sigue causando cierta picazón en los espacios feministas anti pornografía que fueron, junto a las agrupaciones conservadoras y religiosas, su principal contrincante. Si bien la desnudez se ha vuelto habitual y accesible, no por eso se convierte en descarte para la preocupación moralista actual. La pregunta permanece: ¿Es Playboy un emblema de la liberación sexual o es tan solo otro producto misógino, abusivo y sometedor de mujeres-conejas? Hugh Hefner, el héroe de los hombres, afirma haber hecho más por el feminismo que las propias feministas. Sin embargo, Gloria Steinem –feminista y enemiga pública e histórica número uno–, llegó a infiltrarse en 1963 entre sus conejitas para luego escribir A Bunny’s tale y declarar en su artículo que “una mujer que lee Playboy es un judío leyendo un manual nazi”. Este tipo de recortes, que se presumiría ya como un feminismo menopáusico, no vence sino que se disfraza y persiste –incluso con más ímpetu que en los años de la infancia y juventud de Playboy–  a bordo de patrullas de única moral cuyo combustible es la militancia castradora en forma de bites.

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Como la eliminación del desfile en bikini de las competencias Miss Universo, la decisión de la eliminación de los desnudos no es sorpresiva y tal vez sea una muerte anunciada.

Tal como lo fue la eliminación del desfile en bikini de las competencias Miss Universo, la decisión de la eliminación de los desnudos de la revista resulta no sorpresiva y tal vez una muerte anunciada. Playboy da señales de adaptarse a los cambios que imponen los negocios, la tecnología y sus fuentes vitales de tráfico, pero elige no narrar una serie de razones que merodean más el terreno de lo moral y lo políticamente correcto. La controversia genética y ese espíritu libertario de Hefner no murieron con la aparición de Internet –y, por favor, no creamos que una corporación como Playboy recién en el año 2015 da cuenta del cambio de paradigma del papel a lo digital– sino que agoniza en manos de la crisis de la diversidad y de un monopolio de las políticas de género victimizantes, proteccionistas y más amigas de la censura que algunos temidos ejemplos que es preferible obviar. Playboy construyó, según Preciado, una masculinidad mítica, despegada de la naturalización y el deber, a la vez que una feminidad sex positive, libertina y saludable, ambas sólidas y relevantes en una época en la que mostrar dos pezones podían iniciar una revolución. Hoy, junto a la decrepitud de su creador, Playboy retrocede y decepciona: se ha demostrado incapaz de sostener su fuerza contra narrativa, de hacer frente a la crisis de la heterosexualidad, esa que alguna una vez la necesitó y la dejó nacer////////PACO