Fotos de Santiago Saponi

 

Con una población de más de 1.304.907.557 en pleno desborde y con vistas a superar al dragón chino que se contuvo- ahora de manera flexibilizada- en natalidad, con décadas de una férrea política de hijo único; es imposible que un viaje  turístico a la India no adquiera el carácter de antropológico.  Más de cuarenta días de caminata, tren, colectivo, barco y avión entre la diversidad religiosa, regional, gastronómica hacen inevitable la observación  que se torna, se quiera o no, en observación participante. Uno de los platos típicos que suele comerse en la India es el thali, que varía más o menos en los alimentos que incluye de acuerdo a la zona, una especie de “picada” de deliciosos sabores salados, picantes, agrios y dulces matizados con arroz blanco y/o variedades de roti, chapati, naan (panes) que sirven de cuchara orgánica para llevarse la comida a la boca. El thali funciona como representación gráfica de una sociedad plagada de tantos matices que el par convivencia e intolerancia está en plena batalla dialéctica sin definir su tesis.

1 VARANASI

Uno de los platos típicos que suele comerse en la India es el thali, que varía más o menos en los alimentos que incluye de acuerdo a la zona.

“¿Qué es lo que más te gustó?” o “¿Trajiste alfajores?” Son dos de varias preguntas odiosas con las que en Buenos Aires suelen recibir al turista que se adentró en un viaje de costumbres exóticas al ojo occidental. La segunda queda descartada por ser un mal chiste; la primera resulta incómoda y obliga a tener perspectiva. Una distancia que se ve como traición a la experiencia. India es intensa, demasiado intensa, todo fluye y aún cuando se estanca parece seguir corriendo de manera subterránea. Avanzar; no siempre está claro hacia dónde pero detenerse implica ser chocado, incluso por una vaca en plena ciudad.

2- baño via pública

Que las vacas son sagradas para los hindúes no es una novedad. Que muchos crean- más de lo que uno imagina- que el gentilicio de India es hindú es un craso error. Entre las religiones, y estilos de vida notoriamente determinados por éstas, están el hinduismo, el jainismo, sijismo, zoroastrianismo, budismo (que como no podía ser de otra manera nació en India), los cientos de gurúes, cristianismo, judaísmo;  además de ser  es el tercer país con mayor cantidad de musulmanes. La convivencia no siempre es fácil y se nota en la calle y en los diarios. En el momento en que estuve en el país- fines de 2015- la agenda mediática se definía entre las vendettas políticas, la permanente tensión con Pakistán, intolerancia de género y religiosa y la cuestión del medio ambiente.

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¿Cómo es caminar en la India? Delhi fue mi primera aproximación.

¿Cómo es caminar en la India? Delhi fue mi primera aproximación. Con un subte de primera línea que sale del aeropuerto internacional y te lleva hacia la urbe se produce la sensación de viajar en el tiempo. De un mundo con aire acondicionado, estaciones con puertas automáticas al estilo europeo; podés bajarte en la zona de Chawri Bazaar o Chandni Chowk y pasar a una zona con características del medioevo. Amontonamiento, suciedad, escupitajos de líquidos indescifrables,  vacas, cabras y chanchos varados dificultando un tránsito sin sentido mientras un hombre saca agua de una bomba,  se enjabona y se baña en plena vía pública.

FAVORITAo

Please horn: sadismo sonoro

“Por favor, toque la bocina” es lo que puede leerse pintado arriba del paragolpe trasero en la mayoría de los camiones, colectivos,  tuck tucks que circulan por la India. Una llega a creer que parecen disfrutar de los bocinazos que se vuelven un doloroso colchón auditivo en la mayor parte del país. La bocina es para todo;  para pasar al otro, para apurarlo, para avisar que se viene de frente – como si los ojos no existiesen- y claro, para un “por las dudas”. La contaminación auditiva en las grandes ciudades se suma a la del aire. Así como nosotros teníamos nuestro famoso “riesgo país”, en las pantallas de los noticieros ponen “el riesgo contaminación”. Generalmente está en alerta roja en las grandes ciudades donde la multitudinaria población intenta trasladarse de un lado hacia el otro.

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Pero no todo es ruido, también hay sonidos atrapantes como los golpes en las tablas, las cuerdas de un sitar.

Pero no todo es ruido, también hay sonidos atrapantes como los golpes en las tablas, las cuerdas de un sitar,  cientos de fieles corriendo y gritando desaforadamente (como cuando abren las puertas del Minakshi Sundareshvara, en Madurai), el silencio atravesado por el aire de montaña y las ruedas del Dharma Chakra ( siempre girando en el sentido de las agujas del reloj) en McLeo Danj; lugar en el que el Dalai Lama está exiliado del Tíbet; o los bramidos de un elefante en un templo dedicado a Ganesha, el dios con cabeza de paquidermo del que es imposible no volverse fan. También está el graznido de los cuervos. Si bien el ave nacional es el pavo real, los cuervos están presentes en todos lados. Vigilan los monumentos, las personas, las ciudades y no es extraño encontrarse desayunando en Mumbai y notar que uno te observa desde el alfeizar de una ventana, al mejor estilo Poe.

El murmullo de Shiva

Varanasi (Benarés) es la principal ciudad sagrada para los hindúes. Morir ahí implica cortar el ciclo de reencarnaciones y tener la posibilidad de “escuchar la voz de Shiva antes de exhalar el último suspiro”. Shiva, el bailarín cósmico, un dios masculino y femenino, creador y destructor; que todo lo puede. Amado, temido y al que es mejor tener contento. Mientras te tomás el mejor lassi (como un yogurt bebible) que puedas probar en todo India, no es extraño ver cómo pasan por los callejones grupos de hombres cargando literas con los cuerpos que van hacia el principal crematorio. Subirse a un bote a remo en el sagrado río Ganges y que de golpe en tu cabeza aparezca el final del Coronel Kurtz en Apocalipsis Now, mientras el fuego devora cientos de cuerpos y maderas (que varían de acuerdo a lo que pueda pagar la familia del muerto; ser cremado con sándalo es la mejor opción y la más costosa) es la experiencia más extrema que atravesaron mis ojos en este viaje.

COBRA

Morir ahí implica cortar el ciclo de reencarnaciones y tener la posibilidad de “escuchar la voz de Shiva antes de exhalar el último suspiro”.

Esas fogatas que se veían a lo lejos reflejadas en las oscuras aguas eran cuerpos que ardían en la Manikarnika Ghat; cadáveres cuyas cenizas se arrojaban al río mientras “Los intocables” las tamizaban  en busca de oro y plata.  Los dalit, parias, son la casta más baja del hinduismo; por la que Gandhi luchó en pos de combatir la discriminación y que si bien hoy por hoy intentan ser incluidos socialmente con trabajos en el Estado, en las áreas rurales siguen apartados de sus derechos.

La espectacularización de un conflicto latente

La tensión entre India y Pakistán es real y palpable. Las relaciones diplomáticas entre ambos países son uno de los temas principales de la agenda mediática. Durante mi estadía en India, semanas después de estar en Pathankot (ciudad en la que estuve varada una noche) hubo un ataque terrorista a una base que aumentó las rispideces entre ambos países y que explicó un poco más las extremas medidas de seguridad que maneja India ya sea en aeropuertos, subtes, barcos y espacios públicos. Por citar un ejemplo, en el aeropuerto te pueden llegar a pedir el ticket de embarque y pasaporte hasta cinco veces antes de subir al avión. Y ni que hablar de los cacheos y detectores de metales en subtes, cines, monumentos.

Delhi

Pero más allá del conflicto real entre ambos países resulta increíble el evento que se realiza los 365 días del año en la frontera cercana a Amritsar.

Pero más allá del conflicto real entre ambos países resulta increíble el evento que se realiza los 365 días del año en la frontera cercana a Amritsar cerca de las 16.30 (hora local). Con pasaporte en mano y sin poder llevar bolso o mochila, salvo una cámara, los turistas caminan junto a los locales un kilómetro con un intenso control militar mediante– que incluye cacheo extremo, incluidas partes íntimas- para arribar al polémico borde, encontrase con tribunas a ambos lados de la frontera y un show en el que los dos ejércitos despliegan el arte de la diplomacia y el chauvinismo. India está orgullosa de su ejército que supera los 3 millones de reclutas  dispuestos a morir por su país con todos los honores. Al grito de “¡India, India!” de un lado (con fanáticos en las gradas con la bandera pintada en las mejillas como en un partido de fútbol) y de “¡Pakistán, Pakistán!” del otro lado; ambos ejércitos desfilan de manera impecable como en espejo- con los golpes marcados en vivo por una batería- mientras se abren las rejas que delimitan el borde de ambos países. Al finalizar, y antes de volver a cerrar las puertas, bajan las banderas de ambas naciones al mismo tiempo en señal de respeto aunque desde el lado indio, que es el que me tocó, señalaban que “ellos habían alentado mejor que los pakistaníes”.

Un viaje en tren

Además de lo que una observa, está también lo que experimenta en carne propia, la anécdota dura, la que te desacomoda y te mete de lleno en una sociedad ajena a la nuestra. Viajé con mi novio y después de cuatro noches de “adaptación” en Delhi tomamos nuestro primer tren nocturno hacia Jaipur. Mientras esperaba en la estación, Santiago fue al baño y me quedé un rato sola con las mochilas. Ese día se me ocurrió ponerme lentes de contacto y me enojé conmigo por no tener un espejo a mano para sacármelas.  Con paciencia y un poco de práctica- la que tenemos los que alternamos entre nuestra visión borrosa, lentes de contacto y anteojos- estaba concentrada hasta que noté que unas diez personas seguían con atención mis movimientos de manos sobre uno de mis ojos.

escupitajo

Cuando escribo “seguir con atención”, me refiero a una mirada fija, incómoda que destroza lo que nosotros consideramos como “políticamente correcto”.

Cuando escribo “seguir con atención”, me refiero a una mirada fija, incómoda que destroza lo que nosotros consideramos como “políticamente correcto”. Dormir con las lentes de contacto puestas en el tren no era opción, así que continué con la empresa. Santiago vuelve de su excursión a un baño que no me recomendó visitar y se encontró con mis espectadores y un nuevo invitado vestido con una túnica naranja, un bastón, turbante y sin zapatos. Este hombre se acercó a un metro y siguió con sumo cuidado cómo abría mi mochila, buscaba el estuche de anteojos, sacaba el líquido para limpiarlos (ahí lanzó un gruñido) y observaba cómo les sacaba el polvo. Entonces con un gesto – que al principio tardé en entender- me pidió que le tirara un poco del spray, para limpiar los cristales,  en el dedo. Mojé la yema del índice del hombre con el líquido. Se lo llevó a la nariz y aspiró hondo. Se lo notó sorprendido. Me miró y siguió su camino en silencio. El altoparlante anunció que el tren a Jaipur estaba por arribar en la plataforma número cuatro.  Nos cargamos las mochilas y seguimos viaje/////PACO