Fotoperiodismo se escribe todo junto porque a veces el lenguaje imparte justicia. La Muestra Anual de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) es una selfie colectiva del país en 2013. Reúne 350 imágenes de los protagonistas y acontecimientos más significativos del año y visibiliza una cuestión que puede iluminar el debate y la coyuntura de los medios de comunicación. Mientras el periodismo está en jaque –inmerso en un proceso de cambio, en crisis o en extinción, no viene ahora al caso discutir el matiz–, los fotógrafos disparan sobre la realidad y ofrendan el carácter polisémico de la imagen y con él la multiplicidad y la libertad de lecturas. Hoy, no es poco.

Vayan a ver la muestra al Palais de Glace. No voy a describir las fotos porque es inútil: la industria de los epígrafes arruina todo. Pero sí vale la pena contar que la muestra ocupa los dos pisos de la vieja pista de patinaje. Que en la planta baja, la Asociación presenta fotos de los 30 años de la democracia que funcionan como colchón subjetivo para las imágenes del primer piso, todas de 2013. Y que la forma circular de la sala genera una disolución de lo temporal que permite una suerte de enorme foto panorámica de esos 365 días.

Los fotógrafos son una raza. Entran a todos lados con la credencial de ARGRA porque no necesitan mostrar la del medio que los emplea. Se conocen en las guardias, digitadas por lo general desde los escritorios, auténticas cavernas platónicas. Ganan confianza y se saludan por el apodo. Generan un espíritu de cuerpo, cierta solidaridad. Gritan abajooo a coro cuando alguien se interpone entre ellos y la Presidenta, ellos y una inundación, ellos y Maradona. Y disparan.

Los fotógrafos son una raza. Entran a todos lados con la credencial de ARGRA porque no necesitan mostrar la del medio que los emplea.

El libro de Actas del 20 de diciembre de 1951 de la Asociación registra la entrega de las dos primeras credenciales: una para Perón y otra para Evita. Los primeros fotoperiodistas argentinos agremiados son, entonces, Perón y Evita.  El presidente de ARGRA de entonces, Manuel Damiano, dijo ese día que la distinción les da a los reporteros gráficos “una jerarquía extraordinaria”.

Una jerarquía extraordinaria. Extraordinaria para la producción, distribución y consumo de mensajes. La areté del fotoperiodista no consiste (casi) nunca en mostrar lo real sino en recortar algo de lo real. Ejercen todos los días una virtud elegante y en extinción: la fusión entre información y opinión.

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La democratización del instrumento –celulares con cámaras de varios megapíxeles y redes sociales como Instagram pensadas para filtrar una realidad imperfecta y entonces sí, después, compartirla con nuestros amigos– no socava ni amenaza esa jerarquía extraordinaria. Todos los años, por goteo, las empresas periodísticas se desprenden de más fotógrafos. Apuestan al periodismo ciudadano, buscan inmediatez, tener las fotos lo más rápido posible y ahorrar dinero. No es una nueva noticia sobre la flexibilización laboral. No son sólo puestos de trabajo. Se pierde la mirada.

Me enseñó a mirar un fotógrafo. Voy a contar esto rápido porque soy consciente de que el registro autobiográfico es un mal de época. Un gesto saturado y agotado. Aprendí a mirar en enero de 2008 en Pinamar. Llevaba un mes en la revista Noticias cuando me mandaron a cubrir la temporada de verano. El Flaco Lerke se convirtió en el tutor de una Maestría Para Mirar.

Los fotógrafos acumulan anécdotas. Muchas, sospecho, inventadas. Pero logran –y ahí la clave– recortar la realidad con óptica.

Una mañana, Lerke le sacó una foto a uno de los policías que asesinó a Cabezas. La imagen es de una coloquialidad aterradora: un cuarentón rapado corta el pasto en un chalet de Valeria del Mar. Ese verano tuve que hablar con un asesino de fotógrafo por culpa de otro fotógrafo. Pero el Flaco Lerke se ocupó de abrazarme cuando me puse a llorar. Un año después, Marcelo Escayola intentaba aflojar la pose de una modelito y me regaló una frase que –aunque no la pronuncio– sirve siempre para captar al entrevistado: “Dame complicidad”.

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Los fotógrafos acumulan anécdotas. Muchas, sospecho, inventadas. Pero logran –y ahí la clave– recortar la realidad con óptica. Ítalo Calvino captura esa mecánica en La aventura de un fotógrafo. “Basta empezar a decir de algo: ¡Ah, qué bonito, habría que fotografiarlo! y ya estás en el terreno de quien piensa que todo lo que no se fotografía se pierde, es como si no hubiera existido, y por lo tanto es preciso: o bien vivir de la manera más fotografiable posible, o bien considerar fotografiable cada momento de la vida. La primera vía lleva a la estupidez, la segunda a la locura”.

La democratización del instrumento –otra vez: celulares con cámaras de varios megapíxeles y redes sociales como Instagram pensadas para filtrar una realidad imperfecta y entonces sí, después, compartirla con nuestros amigos– no debería agotarse en vivir de la manera más fotografiable posible o considerar fotografiable cada momento de la vida. Fotografiar es disparar para defender un recorte sobre lo real, una mirada.

Tienen tan interiorizado ese gesto que –entre ellos y a diferencia del mundillo sus socios, los periodistas– el debate bobo sobre qué es opinión, qué es información y cuáles son los límites y las zonas de contacto se da de una forma menos neurótica. Una hipótesis: fotografiar también implica poner el cuerpo y, en esos casos, la subjetividad se defiende de hecho////PACO

Créditos y epígrafes de las imágenes:

1) VÍCTOR CAIVANO. Policía rocía con gas pimienta a una manifestante durante la protesta en la asamblea legislativa de Río de Janeiro, contra la Copa de las Confederaciones.

2) LEO VACA . Clementina Rodríguez Pérez Ferriño González de González, de 82 años, seca sus fotografías a pocos días de la inundación en la ciudad de La Plata.

3) CECILIA MUTTI. 22 muertos y más de 60 heridos en la tragedia en el edificio de Salta 2141 en la localidad de Rosario, tras la explosión y posterior derrumbe por un escape masivo de gas.