No hay que ser un genio para darse cuenta: el único encanto con que puede contar un elefante es su tamaño. Ni su apariencia prehistórica, desde ya superada por el rinoceronte, el cocodrilo y, por qué no, hasta el cascarudo; ni por su famosa memoria, que como cualidad es de las más insulsas del reino animal. Nada de eso: el elefante sólo tiene gracia por su tamaño. Sólo por eso atrae ver cómo da la patita a su entrenador: la docilidad de varias toneladas de músculos. O su trompa: varios metros de un falo que succiona agua y luego la escupe. Y así. Pero para el hombre, eso que vuelve atractivo al elefante, lo convierte en un desafío: cómo matarlo después. Porque es entonces cuando el tamaño complica todo.

Topsy en la silla eléctrica

En 1903, Topsy era una de las principales atracciones del circo Forepaugh, en EEUU. Su historia es la típica: cautiverio, golpizas, cadenas, y actos en los que fumaba habanos y se lucía con su carisma de gigante. Y el desenlace es también el típico de estas historias: un ataque de ira, un asesinato contra su entrenador y otros dos hombres. Lo de siempre.

A Topsy se la juzgó como a un hombre más. ¿Cuál es la diferencia entre un elefante y un hombre si ambos son parte de una misma sociedad, si cada cual, a su manera, recibe una retribución por su trabajo, por eso que según dicen los dignifica? Su supuesta gracia, por otra parte, era comportarse como un hombre, ser obediente como un hombre y tener, como cualquier hombre sueña, el reconocimiento de la gente, en este caso con un habano en su trompa. La sentencia para Topsy fue la pena de muerte. Como cualquier otro que hubiera asesinado a tres personas. Entonces, ¿cuál era la diferencia? El tamaño.

Por supuesto que hubo quejas de la Sociedad americana por la prevención de crueldad hacia animales, pero Topsy tuvo la mala fortuna de que en aquel 1903 un tal Thomas Edison estuviera en plena disputa contra Nicolas Tesla para imponer la corriente continua como estándar eléctrico. Edison necesitaba publicidad, golpes de efecto: cosas grandes. Y Topsy fue lo más grande que pudo encontrar. Propuso electrocutarla. Tuvieron la delicadeza de darle a Topsy, en la última cena, su comida preferida: zanahorias. Tuvieron la precaución de rellenar las zanahorias con 460 gramos de cianuro de potasio. Después sí, le aplicaron 6.600 voltios de corriente alterna, que la mató en menos de un minuto. Disfrutaron del espectáculo 1.500 personas y Edison grabó un vídeo para que pudiera verlo todo el país.

152 tiros y un espadazo

Según dicen, Chunee era una verdadera estrella en el Londres de 1826. Una inteligencia asombrosa, una personalidad atrapante. Eso dicen. Cuando sufrió una infección en su colmillo y se puso violenta, lo único que mantuvo fue su tamaño. Sólo por eso se destacaba, ya no importaba la inteligencia ni la personalidad. Hasta que en uno de sus actos se destacó por otra cosa: salió corriendo y mató a uno de los cuidadores. Se la juzgó. Se la declaró insana y se la condenó a morir por un pelotón de fusilamiento. Así lo indicaba la ley y no había motivos para excluir a una artista, por más inteligente que fuera. No alcanzaron los 152 disparos de mosquete: su piel era tan dura que las balas no lograban penetrar. Para terminar con el sufrimiento del animal, su cuidador trepó, y con una espada le rebanó el cuello. Entonces sí, volvieron a recordar a Chunee por su gran inteligencia, su personalidad atrapante y, sobre todo, por su capacidad de resistir 152 disparos.

Chunee

Mary en la horca

Al parecer, la excusa es siempre la misma: ataque de ira. Y en el caso de Mary, una elefanta asiática del circo Sparks World Famous Shows, en 1916, fue la causa de la muerte de un tal Red Eldridge, un asistente del cuidador, en Kingsport, EEUU. Como ya aprendimos con Chunee, la piel de un elefante es bastante dura, pero al parecer un hombre, que presenció el ataque de Mary no lo sabía y por eso le disparó doce veces, sin hacer demasiado daño. Eso sí, logró que la noticia llegase a los diarios e hiciera crecer la leyenda de Mary: la terrible elefanta asesina.

Mary

Ahora sí, con la prensa a su favor y la suficiente repercusión como para hacer de esto un verdadero show, Charlie Sparks, el dueño del circo, decidió ejecutarla en un evento pago. Sparks consiguió que 2.500 personas pagasen un ticket para ver a Mary colgada de una horca, para ver si acaso eso era posible. Mary fue llevada al complejo ferroviario de Erwin, donde el público vio el juicio, vio una cadena rodear un cuello, vio una grúa y, al fin, vio a Mary romper la cadena y caer sobre sus patas traseras, viva, ilesa, juzgada y habiendo desafiado la sentencia de muerte. El show era un fiasco. Así que se decidió reforzar la cadena y la grúa. Ahora sí: el elefante permaneció diez minutos colgado, en los que se agitó, hizo temblar la grúa y terminó por ganarse el aplauso del público cuando ofreció lo que todos habían ido a ver: su derrota. Con Mary, con Chunee o con Topsy, el problema siempre fue el tamaño: el problema siempre fue técnico, nunca ético. La ética corre siempre por detrás, llega tarde por definición. Se ocupa de juzgar lo que la técnica ya ha decidido resolver.///PACO