Cierro los ojos. Los abro. Me encuentro en una cueva. Una cueva en la que aun hoy, en el ano 2014, me encantaría seguir viviendo. El fuego genera sombras chinas que hacen más pintorescos los dibujos sobre las rocas. La cueva tiene varios laberintos y recovecos pero su salida da al mar. Y yo puedo sentir como el olor a sal y fresias se incorporan a mi cueva traspasando lo que en el futuro llamarán puertas y ventanas. Digo mi cueva y ya la estoy cagando: Se ha colado sin darme cuenta el primer brote de propiedad privada del Pleistoceno. Digo así, de esta forma, porque en la cueva, no vivo solo. Recuerdo que luego de varios enfrentamientos entre nosotros, hombres, mujeres, y niños que habitamos este paraje enclavado en algún lugar (ciudad), de algún lugar (país), y de algún lugar (mundo), tomamos la determinación (los que sobrevivimos) más bien mecánica de agruparnos en la única cueva habitable que hallamos en varios días de búsqueda. El invierno fue duro y del último mamut, nos habíamos devorado hasta sus colmillos. Luego vino la desesperación, el hambre, la matanza; y luego de ello y como digestivo redentor de nuestros peores instintos, la primavera. Como contaba, estoy en nuestra cueva. Somos treinta personas entre mujeres, hombres y niños y no tenemos ni la menor idea de quien es hijo de quien y solo respondemos a X, una especie de humano mezcla con orangután con violentos e intermitentes arranques sexuales. X es el mas fuerte y por esa razón es el líder. De la misma forma que –intuyo– el día de mañana existirá un arma, un valor o una idea que determine quien es el que digita parte de nuestro tránsito por esta cosa (mundo). X, ahora que lo razono, es el dueño de esta cueva. Y por esa razón es que todos, absolutamente todos los que moramos en ella, nos disponemos a seguirlo cuando de forma marcial, sujeta su lanza con ambas manos y comienza a dar fuertes gritos que se ven multiplicados por el eco generado en nuestro hogar y que se extiende a todo su latifundio. X Nos esta informando que llego el momento de partir en busca de alimentos. (…)

Yo renacentista

Estoy viviendo en Florencia, la ciudad del amor. Camino por una diminuta calle en el centro de la ciudad y delante mío, vestido con nobles sedas, Lorenzo de Médicidialoga con un séquito de hombres. Todos ellos llevan llevan limones en sus manos y se los posan en sus orificios nasales intentando evadir el olor hediondo que nos circunda. Yo extiendo la mano en busca de limosna a uno de los súbditos del “il magnifico” y este, generosamente, extrae un limón de una bolsa y me lo entrega sonriendo. Pretendo encontrar un trabajo lo antes posible y hoy, puede ser un buen día para ello. Un amigo me dio un dato, una referencia en una taberna llevada por dos pintores algo chiflados. Luego de caminar un rato la encuentro. Su nombre: La Enseña de las Tres Ranas. Ya dentro de la taberna, me dirijo hacia sus propietarios a solicitarle empleo. Ellos se presentan como Leonardo Da Vinci y Sandro Boticcelli, respectivamente. Me dicen que lo lamentan, que el negocio no marcha nada bien y que con ellos dos, están de sobra. Luego, uno de ellos (no recuerdo cual) me comenta que Florencia y el mundo entero se encuentra abarrotado de gente ignorante que no interpreta, que no siente, la nouvelle cuisine.

Luego de despedirme cordialmente de ellos, pego la vuelta y me sumerjo nuevamente en la calle, al mismo tiempo que pelo mi limón y me dispongo a comerlo.(…)

Ejemplo de menú nouvelle cuisine en «La Enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo»

– Una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana.

– Otra anchoa enroscada alrededor de un brote de col.

– Una zanahoria, bellamente tallada.

– El corazón de una alcachofa.

– Dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga.

– La pechuga de una curruca.

– El huevo de un avefría.

– Los testículos de un cordero con crema fría.

– La pata de una rana sobre una hoja de diente de leon.

– La pezuña de una oveja hervida deshuesada.

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Yo exiliado

Recién acabo de llegar a España y hace calor. Instintivamente dejo mis bártulos en un hostel y enfilo decididamente hacia el mar tarareando a Joan Manuel Serrat. Pero camino y camino y no encuentro el océano, y cuando pregunto donde queda, la gente pareciera no entenderme. Finalmente, un catalán me adoctrinara con la correcta pronunciación de la palabra «playa» y minutos después, me zambullo con euforia al mismo tiempo que miro al cielo y hablo solo.

La playa da hambre y luego de ir a ducharme al hostel, me dirigió en busca de un restaurante en cual saciar mi apetito. Una vez dentro de él, me digo que todo es nuevo para mí al mismo tiempo que quedo perplejo al informarme del importe que tengo que abonar por la entrada. (…)

Yo argentino

Vuelvo por primera vez a la Argentina de vacaciones. Todo es alegría, salvo, cuando me descuido y digo “hostia» u «hostia, tío”, pues ahí mismo y casi siempre antes de dar por finalizada la frase, alguno de mis amigos me pega una fuerte trompada en el brazo. Recordándome, en cierta forme mis orígenes de la forma mas directa (y eficiente) posible.

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El exilio activa la memoria y con ello e invariablemente la gastronomía materna. La república argentina fue para mi en aquel entonces y entre otras cosas, como una gran vaca envuelta en liturgia. Recuerdo haber llevado dinero de sobra para gastos. Mi felicidad de rencuentro me hace rencontrar con personas que no vi en mi vida. Una de ellas, me dice que falta tomate para la ensalada, que el dinero que puse para el asado, las achuras, el carbón, y el vino, no era suficiente.

Yo vikingo

Creo que es importante tener memoria. Y no me refiero a una memoria particular o singular, si no más bien a una memoria en función de especie. Todos los mamíferos la tenemos y supongo que en cierta forma, eso son nuestros instintos. La materia gris (y transparente) de la genética universal. Escandinavia ha llegado a desarrollar una calidad de vida digna de alimentarse, si ellos así lo quisieran, con los productos más costosos del planeta. (Y eso no quiere decir que no lo hagan.) Pero cabe decir algo al respecto, y esto no es un dato menor: Son fieles a sus costumbres, porque de alguna manera, no se las han robado. Es decir, sus características gastronómicas (sic) perduran en su memoria a pesar que las nuevas costumbres desarrolladas paralelamente y dentro de sus contornos no se correspondan con su primaria constitución cultural. Esa idea, a mí entender, quiere decirnos algo. Esta más que claro que el ser humano, como especie, avanza, se dinamiza sobre estructuras que él mismo va creando y adaptando a su nueva percepción de ver la vida y todo lo que ella acarrea. Y si, en este caso, hablamos de alimentación, pero también podemos estar hablando de autocritica, de esperanza, de concordia. Esta bueno poder elegir y que te permitan hacerlo.

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En Islandia, por ejemplo, se pude ir a comer si no a un tres estrellas Michelin, a algo parecido; pero su gente, sin embargo, se empeña en mantener los códigos gastronómicos ancestrales que a más de una persona ajena a este entorno le sería sencillo de asimilar. Independientemente a este proceso, en cierta forma desbastador –¿por qué no?– que es la globalizacion, los vikingos parecieran no haber depositado su memoria bajo un témpano de hielo y al menos una vez al año, se encargan de degustar y compartir sus platos típicos. Platos donde aun pareciera respirar la exposición al hambre de sus ancestros y que ellos, quizás en tributo, enaltecen con fiestas memorables. Cuenta la historia que Buda se alimento por cierto tiempo a base de un grano de arroz diario. Ese hecho, si bien es romántico e inaplicable, en cierta forma puede actuar de manera esclarecedora.///PACO