A Facebook llegué en el 2008. Acostumbrada al blog, lo que me sorprendió en ese momento de la “nueva red social” es lo que sigue sorprendiéndome hoy, ocho años después, y es el parámetro incoherente que aplica para la censura, también replicado en Instagram, otro pichón de Mark Zuckerberg. Parte de las incoherencias son responsabilidades de los propios mecanismos censores de las páginas y, en mayor medida, de las susceptibilidades de los usuarios que tienen el “poder” de denunciar cuál imagen es violenta y violadora de los términos de convivencia. Si bien hay un procedimiento entre la denuncia realizada y la definición de las redes para definir si la toman o descartan, hay una “acción ciudadana” clara que responde, como debe ser, a los relatos de la época. A partir de la posibilidad de elegir a quién seguir y a quién aceptar, qué ver y qué mostrar, es que construimos un público propio y nos construimos a nosotros como espectadores de los otros. El músico y periodista cultural Momus, arrancando y entendiendo hacia donde iban los 2000, redobló la apuesta “pop-socializadora” de Warhol cuando comprendió que, en estos tiempos, “15 minutos” es una eternidad por lo que “en el futuro todos serán famosos para 15 personas”. En esa máquina de humo indetenible, de fama y velocidad, el pop es imperdonable si no se lo entiende.

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¿Qué es no entender al pop? Moralizarlo. Al pop no importa si como género o espíritu porque en definitiva responde a un concepto que lo convierte el hijo mayor de la modernidad y en el gran heredero de la posmodernidad.

¿Qué es no entender al pop? Moralizarlo. Al pop no importa si como género o espíritu porque en definitiva responde a un concepto que lo convierte el hijo mayor de la modernidad y en el gran heredero de la posmodernidad, se lo relativiza hasta llegar a minimizarlo. Nuestro mundo y su realidad son pop. Negar una existencia o no aceptarla como tal, nos vuelve esclavos de sus misterios. No podemos asimilar, mejorar, transformar, evitar, gozar, aprender o resolver lo que negamos.  El ejemplo más claro obviamente surge desde la música y el arte. David Hockney supo poner en primer plano ese lado B del pop: mientras que Warhol llevaba color a lo oscuro, él llevaba oscuridad a lo colorido. Así nos mostró las relaciones sucediéndose pero no desde un vínculo, también nos mostró ambientes luminosos, amplios, exquisitos, pero sin ser vivenciados. En la música el claro ejemplo viene de la mano del Club de los 27, nada más pop que ellos con sus genialidades en el horizonte y sus fantasmas a cuestas, dominados por utopías y consumo de drogas. ¿Dónde hay más evasión que en las utopías y en las drogas? Bien, desde ahí apuraron su destino final y quedaron perpetuados en su juventud irreverente para nosotros, hoy probablemente serían de los que salen a criticar las nuevas bandas, estarían en contra de Youtube y demás formas de divulgar la música. Por algo no llegaron hasta acá. Exactamente el proceso inverso que suelen hacer las estrellas de Disney, siempre tildadas despectivamente de “pop” pero que, vaya sorpresa, recorren un camino que supera los vaivenes del oficio con constancia y voluntad. Ese piberío crece en la desesperación fervorosa por dejar de ser vistos jóvenes y felices, siendo el público en general sus principales fantasmas a los que deben convencer que sí tienen talento (no todos, pero los que sí lo tienen), capacidad de trabajo y una vida con tanto mambo como la nuestra.

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La foto de un animal destrozado supone una concientización, expone un perfil humano sensible y preocupado. Lo mismo sucede con una mujer embolsada, no importa si la noticia no responde a un femicidio.

En su nota La íntima valentía, Alejandro Lodi escribe: “El narcisismo es cobarde. La valentía es indispensable para mirar el propio corazón. El sagrado coraje de sentir el conflicto humano en la intimidad de la propia conciencia…”. En estas líneas encuentra una respuesta el porqué son los propios contactos de los perfiles o páginas, que eligieron buscar y seguir, los que comandan la censura. Respuestas que llegan en forma de nuevas preguntas y con obvias conclusiones: ¿denunciamos solo lo que nos molesta, lo que creemos que está mal o lo que quisiéramos hacer y no podemos, lo que también quisiéramos compartir y no nos atrevemos, denunciamos porque nos irrita o porque nos sentimos interpelados?  Así, entonces, es como se genera ese hábitat en el que podemos convivir con fotos de animales destripados o cuerpos de mujeres mitad embolsados y otra mitad visiblemente golpeados, pero no con arte erótico o ciertas simbologías políticas. Claro que lo que mantiene vigente a esas publicaciones son motivos sujetos a matices progresistas, como si el progresismo necesitara un gris más en el cual moverse, el siglo XXI, le dio la militancia virtual. La foto de un animal destrozado supone una concientización, expone un perfil humano sensible y preocupado. Lo mismo sucede con una mujer embolsada, no importa si la noticia no responde a un femicidio, esa mujer fue víctima de algo y todos debemos verla porque lo que se está viralizando no es el hecho en sí, es “la buena fe” y “conciencia” del que comparte.

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Artistas como Apollonia Saintclair, Phazed, Marion Fayolle, entre otros, han padecido reiteradas denuncias y censuras que incluyen suspensiones de cuenta, empezar desde cero con sus páginas y volver resignados tapando las partes “polémicas”.

Artistas como Apollonia Saintclair, Phazed, Marion Fayolle, entre otros, han padecido reiteradas denuncias y censuras que incluyen suspensiones de cuenta, empezar desde cero con sus páginas y volver resignados tapando las partes “polémicas” o exponiendo detalles de la obra junto a un link donde se la puede disfrutar completa. Somos tan responsables de lo que sucede en la web, y tan inconscientes de esa responsabilidad, que la carreras de estos artistas es consecuencia directa de internet. Sin esa herramienta probablemente serían grandes ilustradores trabajando freelance en su ciudad natal de vaya a saberse qué, pero hoy sus obras y su nombre dan la vuelta al mundo, obviamente con el envión que surge a partir de las censuras. Todos sabemos el efecto rebote de la prohibición. Los últimos tiempos hubo un boom de páginas que rescatan fotografías históricas. ¿Cómo se construye la historia fotográfica a partir del deseo de no mostrar ciertos símbolos o personajes? Año 2016 y todavía hay que recordar que anular, borrar, evitar, censurar, no cambian la historia y, por el contrario, la alteran dejándola en manos de construcciones azarosas. Estas cuentan encuentran una funcionalidad fluida en Twitter que, frente a una denuncia o detección de “material sensible”, como ellos lo llaman, reconvierten la imagen en un link que consulta si uno está preparado para ver esa fotografía. El permiso total que parece dar Facebook es, entonces, bipolarizar el mundo entre la felicidad plena y las causas del bien, pero un “bien” predeterminado y dominante, que no nace de la sensibilidad sino de los discursos y por eso se cuadra en consignas cerradas que aportan un ánimo determinado pero no aceptan cuestionamientos ni perspectivas diversas, por ende, todo lo que se presenta como inalterable carece de acciones, intelectuales y concretas, que abran paso a soluciones o al menos tratamientos de mejora. La moral, así, como motor viral, se convirtió en el fin que justifica los miedos/medios. No es exagerado decir que, desde hace tiempo ya, la web es el origen de todo, sin embargo queda presa de la limitación cultural enraizada en el siglo XX. Siglo maestro por excelencia que, probablemente, halló en las fuerzas de la creatividad la salvación necesaria y fundamental para poder ir hacia adelante, como es el orden natural de los tiempos, aun a pesar de sus asfixias y tabúes.

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¿Cómo se construye la historia fotográfica a partir del deseo de no mostrar ciertos símbolos o personajes?

El siglo XX, romanticismo aparte, brindó la estructura perfecta para hacer de cada década un hito en el que siempre había algo por suceder, profundizar y transformar. En el XXI, en cambio, la transformación se presenta de diversas formas y con una velocidad que gambetea los procesos, que deja al binomio “causa/efecto” rebotando entre la urgencia y la inevitable banalidad. Así, lo novedoso radica en el no suceso, se encuentra en el momento en el que no está pasando algo. Y que algo no esté pasando significa que no está en la web o, mejor dicho, en nuestro mundo web; el desafío entonces es aprender y convivir con la inversa porque no todo lo que está en la web, está realmente pasando. En un mundo en el que no se puede permanecer demasiado tiempo en un mismo estado o circunstancia, es prácticamente inevitable que en su reflejo tecnológico también encontremos el estimulo para movernos pronto de lo que nos atenta. La herencia pesada que dejaremos nosotros, y que en cien años en alguna Paco de la época comentarán, es la más que sobrevalorada libertad de expresión. Todo lo sobrevalorado delata falta de conocimiento sobre ese asunto. Desde esa ignorancia es que no se termina nunca de concretar un escenario que nos acerque a ese ideal imaginario de libertades sin censuras. Probablemente porque para que eso ocurra se requiere de un sinceramiento individual tan profundo como audaz, y de una construcción colectiva a largo plazo. El desconocimiento es otra razón para creer que libertad de expresión y construcción sociocultural saben a oxímoron porque la ilusión del “más voces” y “pluralidad”, vuelta opio y carnicería, ya la tenemos a mano, la encontramos en las posibilidades que brinda la web, el problema es que nos tiene a cada uno de nosotros como los principales comandantes y ejecutores. Parafraseando un poco, podemos decir que, entonces, la censura es el otro.

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El desconocimiento es otra razón para creer que libertad de expresión y construcción sociocultural saben a oxímoron.

“Sólo la literatura sigue sin tener nada que ver con la moral, sino que lo último que ha de encerrar es una ‘lección’, de la clase que sea”, escribió Javier Marías para explicar, entre otras razones, porque corresponde “no juzgar nunca un texto por lo que enuncia, sino por lo que tiene de inexplicable”. Estas apreciaciones son citas de un artículo en el que interpela a los jóvenes críticos literarios, dejándoles a disposición seis sugerencias frente a “la incapacidad” que tienen de poder leer y comprender a los escritores de su generación, para que desde ahí también puedan entender su rol. “Los hábitos de demasiados críticos invitan a pensar que se trata del colectivo intelectual menos evolucionado desde la muerte de Franco -con notables excepciones–“, y se disculpa por tener que desarrollar algunos puntos que, para su entender, son obvios a la hora de la lectura, la observación y la crítica posterior. En esta lista de razones, para ir terminando, la incapacidad de comprender la contemporaneidad es tal vez el mal mayor en todas las instancias, porque nuclea lo que fuimos viendo en diferentes ejemplos, que en la censura siempre hay comodidad, cobardía y carencia en el censor, y confunde respecto a sus consecuencias. Lejos de ser el censurado el afectado, es el propio censor la víctima principal de su denuncia porque lo que construye a su alrededor es una perfecta armonía a la que le desea expansión. Lejos de cualquier suposición, no es una atmósfera para nada feliz. La perfecta armonía no es un territorio fértil, es más bien una performance afirmativa al “estamos todos muertos en vida?” de Philip K. Dick.

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Las redes han llevado lo literal a un protagonismo desgarrador para el ejercicio del pensamiento y el regodeo del humor absurdo.

Las redes han llevado lo literal a un protagonismo desgarrador para el ejercicio del pensamiento y el regodeo del humor absurdo. Esa literalidad es un freno a la hora del mero disfrute o de la promoción, consciente y activa, de las artes y de la historia, pero lo hecho, hecho está y en algún otro punto encontrará su manera de ser. Lo infértil no tiene esperanza. En cuanto a los censores sistemáticos, a los que no podemos escaparles, nobleza obliga a decir que responden a estos mismos factores y se amoldan en medida a la demanda de censura por parte de los usuarios. Esto explica porque el Archivo Nacional de la Memoria sube una imagen de una llave con la esvástica y no es bajada, cuando imágenes similares a ser compartidas, por ejemplos del el sitio wizardvarnish.com, de antemano te avisa que no podrá ser subida. Si la cultura es el espíritu de la identidad que, a su vez, encuentra en el arte las voces sociales de la época y en la historia las bases formativas, queda claro que, por más que perduren en el tiempo, Facebook o Instagram o cualquier otra, si no logran actualizar sus parámetros estarán perdiendo una oportunidad mayor a las conquistas realizadas, que es por un lado llevar esa domesticación humana que ejercen hacia un lugar más salvaje en el que se verían favorecidos, porque, por otro lado, serían irremediablemente las plataformas que no solo vean nacer, sino que sostengan el desarrollo de las realidades convirtiéndose en los principales focos de resistencia frente a las estructuras enormes que unifican el mensaje a diario. Tumblr o Behance son, en ese sentido, las que comandan esta evolución, permitiendo desde sus configuraciones habilitar niveles de libertad, algo así como ese lugar soñado por muchos, en donde abunda más el olor a carne que a navegación de Greenpeace. Twitter tenía todo para estar en el tridente pero cambió el “fav” por un corazón rojo que late al ser clickeado, si hubiera pasado del “fav” al “fauves”, podría haberse quedado con el trono/////PACO