“El ‘conservadurismo’ siempre ha sido un nombre engañoso. Hoy en día no ha quedado nada para ‘conservar’. Hoy los luchadores del capitalismo no tienen que ser ‘conservadores’ en bancarrota, sino nuevos radicales, nuevos intelectuales”.

Ayn Rand, Conservadurismo: un obituario.

El feminismo tiene cucos, fantasmas, temores y temblores. Princess Donna es uno de ellos, Ayn Rand es otro. Mujeres distantes, radicales, lúcidas, a las que es posible verlas como paradojas fascinantes: feministas anti-feministas, o mejor, feministas a pesar de ellas. La consistencia de los trabajos de Donna y Rand es excluyente: seguramente Rand despreciaría de plano la obra pornográfica de Donna. De capitalismo y pornografía se trata.

Princess Donna Dolore nació el 23 de enero de 1982 en Sacramento, California. Estudió en la New York University y se especializó en teoría del género siguiendo la ruta de autoras posfeministas, lectoras atentas de Michel Foucault y Jacques Derrida, como Judith Butler. En 2004 se hizo cargo de tres unidades de negocio en la productora hardcore Kink, ubicada en una vieja armería remozada que pertenecía al ejército estadounidense en San Francisco. Donna diseñó, produjo y dirigió tres tipos de formatos audiovisuales: Public Disgrace, Bound Gangbangs y Ultimate Surrender. Respectivamente: sexo público, orgías masivas (una sola actriz con decenas de hombres) y lucha con actos sexuales de por medio. En la mayoría de las escenas también actúa de modo protagónico. En algún momento dijo: “soy de todo menos straight”. Efectivamente, esa declaración da cuenta de su condición pansexual: en sus escenas interactúa con varones, mujeres, transexuales, travestis, penetra el cuerpo propio y los demás con diferentes máquinas de estimulación orgásmica, así como se nutre de la diversidad racial (afroamericanos, hispanos, asiáticos, native american) que pone en escena en sus actos lascivos, cópulas al por mayor no exentas de crudeza, riesgo, violencia y ancladas en un notorio deseo polimorfo. Asumida como feminista, Donna también se piensa como pedagoga sexual y recientemente integró parte del film documental Public Sex, Private Lives, en el cual cuenta su experiencia íntima como performer y directora de pornografía BDSM.

Ayn Rand

Muy lejos de Donna está Ayn Rand, que nació el 2 de febrero de 1905 en San Petersburgo, Rusia, bajo el nombre de Alisa Zinóvievna Rosenbaum. Novelista y filósofa, Rand emigró primero a Los Angeles para escribir guiones de películas pero más tarde encontró su nido en New York, ciudad que le permitió dar rienda suelta a su imaginación poética y escribir emblemáticas novelas como La rebelión de Atlas que fueron bestsellers. Fundadora de la llamada filosofía ‘objetivista’, heterodoxa, brillante, polémica, arrogante, altiva, aristocrática, popular e irritante, Rand jamás se asumió como feminista, e incluso despreció a quienes se alistaban en esos territorios ideológicos que consideraba colectivistas. ¿Cómo pensaba Rand? Una coctelera explosiva de posiciones: capitalista laissez faire, atea, partidaria de un Estado mínimo –que solo cumpla las funciones de seguridad y justicia-, abortista, abiertamente a favor de la legalización de las drogas, la prostitución, el matrimonio homosexual, la pornografía y la eutanasia. Expresión de un liberalismo a ultranza, a menudo llamado libertarismo por sus hilachas anarquistas de corte individualista, Rand fue una mujer extraordinaria en el sentido lato de la palabra: fuera de lo común.

Rand y Donna comparten la sagacidad y la insolencia de vincular el feminismo con dos monstruos para la tradición de Simone de Beauvoir: capitalismo y pornografía. Una capitalista feminista y una pornógrafa feminista (no pos-pornógrafa, espacio que suelen reivindicar ciertas feministas posmodernas). Anomalías como Rand y Donna ganan enemigos con la misma facilidad que sus ideas toman posición en el universo de la extrañeza y sus prácticas resultan coherentes. No es fácil amar sus obras, más bien lo opuesto: causan rechazo o cierta repulsión al instante. Pero a no alarmarse, eso suele pasar con filósofos o artistas que se distancian de cuajo del mundo tal como es, o por lo menos que en su negación vibra un vitalismo insólito. Entre ellas sería improbable un encuentro pero sin duda Rand defendería el derecho a que Donna filme, produzca, distribuya y comercialice su extremo material explícito. Lo cierto es que la literatura de Rand no es menos repugnante que las orgías sin límite de Donna. El isolismo de los personajes randianos tiene claras vetas (no intencionales) heredadas de la frialdad de los libertinos del marqués de Sade. Ello los torna superhombres ridículos, sin un ápice de empatía con la sociedad ni con los articuladores del motor humano: el deseo, la contradicción, la sensibilidad, el dolor y las determinaciones sociales. Esa estética individualista, romántica/racional, glacial y ultra-capitalista logra transmutar en Rand su nietzscheísmo de juventud –del que luego renegó pero que ya tenía notoria pregnancia- con un capitalismo que abrazó producto de la fe de conversa a través de su aristotelismo militante, su loas a Ludwig von Mises y su admiración hacia empresarios corporativos, a quienes consideraba héroes de la libertad -sin ver que sus fortunas no fueron producto de su inventiva comercial en la libre competencia, sino consecuencia de privilegios con el Estado que ella defenestraba.

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Es posible verlo así: si Princess Donna lee a Judith Butler desde la pornografía, Ayn Rand procesa sus lecturas rusas de Nietzsche desde el capitalismo. En ambos casos, el talento de Donna y Rand pasa por hilar lo antitético con lo propio: Nietzsche y la teoría queer con el capitalismo corporativo y la pornografía mainstream. No es poca la habilidad para ver lo que nadie consigue avizorar, para trenzarlo, crearlo, gestarlo. En cualquiera de los casos, lo que resulta perturbador a la vez que subyugante es la inteligencia de ambas mujeres, su puesta en abismo todo el tiempo.

Hay particularmente dos obras de ellas que me resultan extraordinarias y que todas las contradicciones que encarnan no hacen sino reforzar su talento: el artículo Conservadurismo: un obituario (1961) de Ayn Rand presente en su mejor libro de ensayos titulado Capitalismo. El ideal desconocido, y, por otra parte, el segundo gangbang que dirige, produce y actúa Princess Donna (2013). Ese breve artículo y esa escena extrema en alguna medida contienen de modo encriptado lo que más me atrae de sus producciones y que se revela compartido: su crítica al conservadurismo. Si Rand despluma con altísimo nivel a socialdemócratas paternalistas al mismo tiempo que a derechistas puritanos, Donna tira una bomba neutrónica intolerable para el feminismo conservador que se regodea con la victimización. Rand y Donna encarnan astillas molestas para propios y ajenos. Mujeres que ponen el cuerpo.///PACO