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La primera vez que lo vi pensé que me estaban jodiendo. Una camioneta cargada de bidones de cinco litros paraba en distintas casas. Del lado del acompañante se bajaba un tipo y recogía más bidones. A veces, de las casas salían señoras a saludar. Pregunté, y mi mujer, que vivió siempre por esa zona –Hurlingham– y por eso sabía, me respondió: meo. Una camioneta cargada con bidones de meo.

No sólo no me estaban jodiendo sino que era algo de lo más natural para los que vivían ahí y, según parece, en otros barrios del conurbano. Averigüé: hay una empresa –Biomás SA– que junta la orina de casi 200 mil mujeres para que después un laboratorio extraiga de ahí la gonadotrofina, una hormona que estimula la producción de óvulos y espermatozoides, y que es clave en diversos tratamientos contra la infertilidad. Esta hormona se produce en mayor medida cuando las mujeres entran en la menopausia. En la web de Biomás dice: “Usted desecha algo que otras mujeres necesitan para poder ser madres. Puede brindarle a una madre la posibilidad de tener un hijo, simplemente donando su orina.”

En una nota, leo una de las mujeres que entregan su orina dice: “Me dijeron que era para hacer remedios para las chicas que no pueden tener familia y me interesó. Además, todos los meses me traen un regalo.” Los regalos son: fuentes, frascos de vidrio, ensaladeras, toallas, repasadores, vasos. Todos los meses, del uno al diez, llegan los regalos. Orina a cambio de ayudar, de hacer felices a otros. A cambio de un pack de tres repasadores.

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Se habla de donación y se habla también de regalos a cambio. Lo lamento, pero ambas definiciones son contradictorias: o es donación o se recibe algo a cambio. Bueno, por esta vez voy a hacer la vista gorda a esa falacia: negociemos: una mezcla. A la mujer se le paga por la hormona con una ensaladera. El laboratorio –previo paso por un (supongo) costoso proceso de purificación– obtiene una hormona que después vende carísima. A simple vista, en lo económico nadie pierde. El laboratorio paga barato lo que después vende a caro y las menopáusicas reciben regalos por una orina que, de todas maneras no pensaban usar, y el único costo para ellas es embocar el chorrito en el tarro.

La ecología, al contrario de la ideología conservadora que hoy representa, provocó profundos cambios de sentido para ciertas cosas, como los deshechos. Qué es hoy un deshecho y qué no lo es. Reciclar: resignificar. Alquimia: transformar meo en oro.

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La urolagnia es más conocida como lluvia dorada. Una persona mea sobre otra, tan simple como eso. Como toda buena parafilia, habrá quienes con sólo leerlo pondrán su mejor cara de asco y habrá quienes que se vuelvan locos pensando en la posibilidad de concretarlo.

El peso de la herencia cultural me impide disfrutarlo, pero no puedo negar que existe una imagen por demás elegante: una mujer con las piernas abiertas, en la entrepierna el pelo húmedo, una verdadera cascada y uno de los colores más perfectos de la naturaleza –no como el agua, que es anodina y muda-: un amarillo brillante y perlado; y abajo, alguien que recibe.

El meo como fuente de placer. Ser meado para ser bendecido. Está ahí, la belleza del acto está ahí, es innegable. Y al mismo tiempo no, no puedo: sigo pensando que el meo es mierda pero de otra forma. Aprecio su belleza estética, aunque no estoy dispuesto a pagar el costo por participar. Quizás la riqueza dorada no esté al alcance de cualquiera.

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En la película The Paperboy, el personaje de Zac Efron -el homo eroticus según Disney- tiene un romance con el personaje de Nicole Kidman -alguna vez reina de hielo de Hollywood, que luego abdicó en favor del botox y en esta película vuelve a hacer méritos-. Un pibe de veinte años con una mujer que se dedica a calentar a todos y cada uno de los otros personajes que aparecen.

En una de las escenas, van a la playa y Efron se mete al mar. Para deleite de las adolescentes, la cámara muestra el cuerpo fibroso del muñequito de Disney bajo el agua. Pero de repente aparece un grupo de aguavivas y se lo ve a Efron moverse, gemir del dolor, tratar de escapar desesperado, mientras afuera un grupo de chicas mira sin entender.

Cuando al fin logra salir del agua, está en mal estado, como a punto de desvanecerse. Ve todo borroso, sólo logra enfocar el culo de su mujer, Nicole Kidman, acostada, tomando sol. Hacía ahí va. A los pocos metros, cae desmayado. Una de las mujeres dice: “debe ser alérgico a las aguavivas, hay que mear sobre él.”

Ah, el meo curador. Y entonces aparece Kidman: “Si alguien va a mear sobre él, esa voy a ser yo.” Y a la vieja usanza, como nos enseñó la naturaleza, marca el territorio: mea a su macho. Se pone en cuclillas, abre las piernas larguísimas sobre él, cierra los ojos y deja caer su lluvia de sensualidad.

Según dicen, la escena fue real, la orina era real y no hubo ningún truco ni dobles para filmarlo. No me interesa: me interesa lo simbólico y la intención del director. El mensaje es directo, sin ambigüedades. Y cuando el meo sale de esa Nicole Kidman, y cuando la escena está así filmada, con esa música y en ese contexto, las aguavivas y la alergia son sólo una excusa para demostrar la carga erótica del meo. Y para demostrar que no es un deshecho: es lluvia dorada, meo convertido en oro.

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La definición de lluvia dorada habla de un dominante y de un dominado: el que mea, según parece, domina. El otro es sumiso: sólo recibe. Yo no estoy tan seguro. Meado y meante configuran una relación en la que no termina de definirse si se recibe una ofrenda o una humillación, y si quien entrega, descarta ahí sus deshechos o, más bien, pierde hasta lo más íntimo, se desnuda aun más.

Las menopáusicas son una fuente inagotable: cuando se van unas, el tiempo y la biología genera otras. Pero son las que en su conjunto tienen la riqueza: vejigas llenas de oro, al que sólo falta pulir. Unas dicen que lo hacen por amor, otras por los regalos. No leí que ninguna de ellas admita que lo hace por el placer de que quieran su lluvia, de entregarse como deshecho y que alguien les dé valor, que sus hormonas sean otra vez fuente de fertilidad: de sexualidad.

Lejos de ser ya una práctica marginal, Internet y su universo porno hicieron que hoy la lluvia dorada sea tan mainstream que ya puede verse en Hollywood y en las menopáusicas del conurbano. Sólo falta que algún best seller como 50 sombras de grey lo edulcore o que alguna celebrity salga a militarlo para que se convierta en moda.///PACO

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