Hace 63 semanas estuvo en Nueva York un profeta. Un grupo de jóvenes fuimos a recibirlo. Los primeros quince minutos conversamos con uno de sus discípulos, el encargado de entretenernos. Recitó partes de un nuevo testamento intentando convencer a los incrédulos. Veinte minutos más tarde las puertas del salón se abrieron de un solo golpe. Un hombre caminó hasta el frente del salón pidiendo disculpas por el retraso. Tenía el aspecto de un empleado administrativo agotado y se mostraba dispuesto a permanecer de pie para dar su sermón. Su discurso estaba cargado de promesas. Dijo que estaba preparado para modificar el destino de una Nación. Los oyentes no dudaron en cuestionar su ingenuidad. Habló durante una hora como si fuera un iluminado pero fue incapaz de disimular su falta de carisma. Cada vez que alguien levantaba la mano era para abofetearlo con una pregunta. El respondía sin poder dar respuesta.

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Dijo que estaba preparado para modificar el destino de una Nación. Los oyentes no dudaron en cuestionar su ingenuidad.

Algo cambió cuando tomó asiento y se confesó. Admitió que hasta ese momento no tenía tres prioridades de gestión. Fue incapaz de describir su agenda de trabajo. El público se aprovecho de su falta de preparación para interrogarlo. Todas sus declaraciones eran confusas. Una hora más tarde pidió piedad y reveló que ni siquiera tenía los feligreses necesarios para poder cumplir con su objetivo. No hubo ninguna evidencia de que pudiera garantizar que sus deseos serían cumplidos. Tuvimos que esperar más de un año para entender que ese enviado tenía una virtud. En aquel momento, era imposible pensar que esa individuo pudiera alcanzar el bien común. Su oratoria era precaria y sus argumentos tenían la pobreza de todo aquel que solamente tiene buenas intenciones. Era imposible imaginar que ese líder sin equipo pudiera siquiera cerrar una grieta. Sin embargo, su ofrenda era tentadora. Dijo que quería devolverle la dignidad a la tierra prometida para que todos nosotros recuperáramos la fe. Dijo que los expulsados de su reino de los cielos iban a sentir el deseo de volver a reencontrarse con sus seres queridos. Garantizó que él sería guía de ese nuevo comienzo. Cuando se terminó la ceremonia hubo avisos parroquiales pero no hubo certezas.

ElElegido

Tuvimos que esperar más de un año para entender que ese enviado tenía una virtud. En aquel momento, era imposible pensar que esa individuo pudiera alcanzar el bien común.

De todos modos, ese enviado había generado esperanza y eso explica que sea el elegido. Ahora, él es la autoridad máxima de una población dividida y que todavía no comulga con sus ideas. Sus seguidores festejan su llegada como símbolo de una nueva era. Ha nacido ese niño que se sabe hijo de un padre todopoderoso. Ahora la historia puede ser leída como un antes o un después de su asunción. Sabemos que es un hombre de carne y hueso pero preferimos pensar que es El Salvador. Sin lugar a dudas, necesitamos que haga milagros. Tal vez, algún día ese viaje a Nueva York cobre sentido y haya entre nosotros un convertido. Por el momento, vamos a exigirle que cumpla todas sus promesas. Ojalá le demos tiempo de demostrarnos quién es, antes de crucificarlo/////////PACO