¿Qué es Catskill? Catskill es un lugar, un pueblo de diez mil habitantes al norte del estado de Nueva York, un páramo insignificante al que Cus D´Amato llegó a principios de los años setenta del siglo XX por cortesía de Anthony “Fat Tony” Salerno, uno de los jefes de la famiglia Genovese. Salerno, de hecho, se ocupó de los arreglos para que la gigantesca casa de estilo victoriano en la que D´Amato y su esposa Camille pasarían lo que restaba de sus vidas quedara a nombre de ella, aunque sin las desventajas impositivas de un registro inmobiliario. El motivo de esta atención fue que D´Amato, que como buen descendiente de italianos nacido en 1908 en el Bronx sabía que ciertos negocios relacionados con el boxeo debían tratarse solo entre compatriotas, había sido amenazado por una mafia bastante más sucia que la italiana: el International Boxing Club.

El conflicto surgió durante los años cincuenta, la época en que D´Amato era el entrenador (y el mánager en las sombras, algunos dicen que con Salerno) del campeón de los pesos pesados Floyd Patterson. Sería Sonny Liston, otro luchador disputado por la mafia (y algunos creen que asesinado por una sobredosis de heroína enviada por ellos), quien recién en la década siguiente iba a arrebatarle finalmente el título en una pelea que Cus había sabido evitar, al menos, durante el tiempo en que Patterson todavía le hacía caso. Pero antes, entre los pasos iniciales de lo que pronto sería una espectacular industria mediática con contratos millonarios de televisación y “transmisiones cerradas» para teatros —el primer experimento de una televisión por cable como la que todavía puede leerse en las siglas de HBO—, D´Amato evitaba llegar a cualquier tipo de acuerdo comercial con Roy Cohn, un abogado que había sido “secretario” de J. Edgar Hoover y perfilaba su ascenso privado en el show bizz

Una parte pública de la guerra contra Cohn y el International Boxing Club involucró a policías, jueces y fiscales —porque Cohn intentaba a través de sus socios en el boxeo que Patterson defendiera su título contra cualquier oponente al mismo tiempo que le impedía pelear en el Madison Square Garden, de manera que se desgastara deportiva y financieramente—, pero hubo otra parte privada de esta guerra en la que se intercambiaron intimidaciones, alguna que otra golpiza y amenazas de muerte. Por razones distintas, al final Cohn se alejó del boxeo y D´Amato perdió su licencia como mánager y a su primer campeón, aunque fue la amargura del conflicto con las instituciones del deporte al que le había dedicado una vida lo que contaminó su mente para siempre. No era poca carga para alguien cuya madre había muerto antes de que aprendiera a caminar y cuyo hermano mayor (y preferido) había sido asesinado en un bar de New Jersey por un policía irlandés fuera de servicio al que, al parecer, no le gustó cómo intentaban seducir a su novia.

Exilio y venganza

La paranoia de D´Amato, que desde esos años había dejado de usar el subte para evitar que lo empujaran a las vías —y que tampoco hablaba con nadie sin abrir antes una ducha para confundir cualquier posible micrófono—, llegó a tal punto que su nuevo gimnasio fue inaugurado en el segundo piso del mismo edificio donde funcionaba la comisaría local. Ahí, con el recuerdo de los éxitos de Patterson y José Torres (un puertorriqueño campeón de los pesos medianos en los años sesenta, su segundo gran triunfo internacional como entrenador), Cus pasó buena parte de sus más de veinte años de ostracismo profesional, masticando el odio y conjurando la llegada de una oportunidad que, por improbable que resultara a su edad, volviera a mostrarle al mundo que él era mejor que todos. El día que un boxeador retirado que trabajaba en un instituto de menores llegó a Catskill acompañado por un chico que cumplía una condena por robo pero que tenía aptitudes para aprender a pelear, D´Amato (casi ciego de un ojo por un mal golpe en la adolescencia) reconoció su oportunidad al instante. Se llamaba Mike Tyson y tenía trece años. “Este”, dijo al verlo en una exhibición de menos de dos rounds, “es el próximo campeón de los pesos pesados”.

En 1980, cuando D´Amato le aseguró a Tyson que si lo obedecía en todo iba a convertirlo en el campeón más grande en la historia del boxeo, en un dios omnipotente entre los hombres y las mujeres, en un gladiador acerca del cual se hablaría hasta el fin de los tiempos, no solo era un entrenador de setenta y dos años con un método propio. También era un motivador extremo, un narcisista patológico y un personaje con la reputación comprobada entre periodistas, boxeadores y mafiosos de preferir el riesgo de morirse antes que el riesgo de equivocarse. En menos palabras, D’Amato era un psicópata obsesionado con la venganza. “But if so, I´m a psycopath who believes sincerely in what he´s doing. And the reason for my long fight against the most powerful and ruinous combination in this history of great sport is the same as when I started. My only goal is to restore open an independent competition to boxing at all levels”.

Ambición de hierro y venganza

En Iron Ambition. My life with Cus D´Amato, Tyson lo recuerda como un “street kid” que había progresado en el mundo pero sobre todo como un “rage-aholic”, tan capaz de gritarle enceguecido por la ira a cualquiera de sus boxeadores si hacía algo mal en el ring (o en la vida) como de gritarle a su esposa si le cambiaba algo de lugar en casa y él no podía encontrarlo (lo cual es más comprensible). ¿Tyson quería cambiar su vida de delincuente juvenil? ¿Quería ser el campeón de peso pesado más joven de la historia? ¿Quería aprender a confundir a sus enemigos y vencerlos nada más que con un gesto? Entonces tenía que obedecerlo. Y si no había enemigos, entonces había que inventarlos. Este encuentro extraño entre un viejo italiano paranoico y salvaje y un adolescente negro, voluntarioso y salvaje funcionó tan bien que, desde sus primeras peleas amateur, a Tyson le descontaban puntos antes de que sonara la campana nada más que por la manera en que miraba a sus oponentes.

El boxeo era un juego de caballeros, le decían al amonestarlo, pero con las ideas de D´Amato en mente, Tyson respondía que eso no le importaba: él estaba ahí para masacrar a su adversario, para destrozarlo y ser el mejor, para que nadie se animara ni siquiera a desafiarlo cerca de un ring. Esto, le repetía Cus, se trataba de golpear y no ser golpeado, el arte esencial del boxeo se limitaba a eso, pero en el medio había que aprender a pegar para romper costillas, explotar hígados y hundir el hueso de cualquier nariz hasta lo más profundo del cerebro. Noquear a un rival incluso delante de su esposa y sus hijos (y que se subieran llorando al ring para ver si estaba muerto, como le pasó a Jimmy Johnson el 12 de febrero de 1983 durante las Olimpiadas Juveniles cuando Tyson lo noqueó antes de los diez segundos del primer round) era lo que diferenciaba a un boxeador serio, decidido y con personalidad, un auténtico killer, de un homúnculo sin carácter y perdedor. D´Amato no viajaba en avión y por esa razón no podía acompañar a Tyson a todas sus peleas antes de volverse profesional, pero cuando sí lo hacía, solía gritarle cosas como “hit him behind his ear, explode his eardrum or give him a cauliflower ear that stops the fight automatically”.

El modo de llevar adelante este trabajo se basaba en el carácter y la constancia para dar ejemplos consecuentes. En el gimnasio, cuando uno de sus discípulos rompía las reglas y comía algo antes de entrenar, Cus daba indicaciones precisas a los sparrings para que durante la sesión de guantes los golpes fueran nada más que al estómago. Y cuando empezaba la inevitable catarata de vómitos, les recordaba a todos que por eso había que obedecerlo siempre. Disciplina, les hacía repetir, significa hacer lo que uno odia como si uno lo amara. Por supuesto, estos eran los años ochenta del siglo pasado, cuando los hombres todavía no se avergonzaban de ser hombres y la violencia reglamentada por el marqués de Queensberry podía ser un medio de vida genuino para quienes nacían en las cloacas del primer mundo. En 1982, cuando la madre de Tyson se murió arrasada por años de alcoholismo, miseria y prostitución, D´Amato y Camille decidieron adoptarlo legalmente, y con eso se selló un pacto de convivencia entre Cus, Tyson y el servicio penitenciario juvenil de Nueva York que se había establecido informalmente desde 1980, y por el cual su pupilo viviría en la casa de Catskill —junto a otros alumnos— mientras entrenaba y se alejaba de la calle.

Estilo peek-a-boo y venganza

Para Tyson, cuyo verdadero progenitor fue un proxeneta al que conoció más adelante en su vida, esa fue la primera vez que experimentó algo parecido a una relación entre padre e hijo. “Look at your black son, Camille. He´s going to bring pride and glory to this family”, fue todo lo que dijo D´Amato. El compromiso con su entrenador quedó aún más fortalecido y cada vez que ganaba una pelea por nocaut en el primer round, su padre adoptivo “would light up like a ligthbulb”. Algunos años después, en una entrevista para la TV, D´Amato iba a decir sentado junto a Tyson que a ese chico le debía su vida. Si él respiraba, era porque la voluntad y la dedicación de su mejor discípulo le habían devuelto un objetivo por el cual vivir. 

La disciplina, sin embargo, no se descuidaba jamás. Para llegar a ser el campeón, insistía Cus, era necesario barrer cualquier distracción, escuela y mujeres incluidos. “Sin distracciones”, recuerda Tyson, significaba esto: “No distractions was going to the gym, maybe twice a day, and then when you go home you do your washing and your chores and you go upstairs and you watch fight films for ten hours. Then you do some exercises in the room. Then you go to bed, and when you wake up you go running. Then you come back from running, you go back upstairs, take a shower, and then watch some more films until it´s time to eat breakfast and go to school—when I was still attending high school. At school I learn nothing and then I come back home, I eat dinner, I watch some fights films until it´s time to go to the gym and train and spar. Then I come back home and take a shower and go watch some fight films again until it´s time to go to sleep. That´s my regimen, that´s no distractions”.

En la casa de Catskill la educación formal se completaba con la lectura fanática de la Enciclopedia del Boxeo, el análisis de las mejores peleas de Jack Dempsey y Joe Louis, un poco de magia negra —“Cus would go into a trancelike state, like a daydream, and he would visualize his enemies DOING WHAT HE WANTED THEM TO DO!”— y las lecciones de ciertos filósofos orientales y occidentales (Nietzsche, por ejemplo), aunque casi todo lo demás se aprendía a través de la escuela peripatética del propio D´Amato, que podía pasar horas conversando delante de sus pupilos con amigos como Norman Mailer (encargado, sin ir más lejos, de un discurso en su funeral). En esas reuniones se hablaba de Maquiavelo y se leía sobre Carlos Martel, Claudio, Shaka Zulu y la guerra de Yugurta. Entre los retazos caóticos de esa cultura romana, barbárica y anticolonial vociferada entre tipos de la calle, mafiosos e intelectuales neoyorquinos, lo que se iba permeabilizando en la mente de los más atentos era que el mundo pertenecía por derecho natural a los fuertes y a los astutos, aún si sus oportunidades siempre habían sido atacadas por los usureros y los débiles que ocupaban el poder. “Cus talked to me about Spartacus. He explained to me that the Africans and the Italians had been fighting wars since the begining of time. He said that´s why Sicilians got the reputation of being black, because they interbred with a lot of African warriors in antiquity”.

Es probable que el rasgo más estadounidense de D´Amato fuera ese: reconocer que la raza no podía ser la excusa para echarse atrás en ninguna pelea, porque en América, la “tierra de las oportunidades”, al final del día a nadie le importaba realmente de qué color fuera la piel mientras el que la llevara puesta demostrara ser el mejor en lo suyo. El éxito lo purificaba todo y el boxeo era uno de los pocos deportes donde esa verdad se expresaba mejor. “Nobody made me more conscious of being a black man than Cus”, recuerda Tyson. “And he backed up his words with action. A few months after I moved in, Cus was hosting the South African boxing team, which, during apartheid, was all white. The first thing Cus did was to go to them and say, ‘There´s a young black boy in this house and he´s our family member. You treat him with the same respect you treat us, you understand?’ He said it respectfully but he said it deadly. And they said, ‘Yes, sir’”.

En el gimnasio, mientras tanto, la destreza física de Tyson y su devoción por D´Amato se fusionaron en el dominio de la técnica peek-a-boo, un estilo con el que el propio D’Amato fue capaz de abrirle un corte en la cara a Muhammad Alí mientras jugaban a tirarse golpes delante de una cámara de TV (Cus no salía casi nunca de su casa pero sí hablaba mucho por teléfono, y uno de sus interlocutores era Alí, al que había conocido cuando todavía se llamaba Casius Clay y no tenía los dólares suficientes para entrar a ver peleas. La anécdota es que D’Amato, como había hecho durante toda su vida con cualquier boxeador, le había prestado un par de billetes y le había dicho que se tomara el entrenamiento en serio si quería llegar a algo).

Palabras más, palabras menos, la técnica peek-a-boo consiste en transformar la filosofía vitalista y negativa de D’Amato en una combinación de movimientos laterales de defensa y ataque simultáneos, adaptados para alguien con una altura no muy grande pero con la paciencia y la destreza para saber cuándo pegar para ganar, a riesgo incluso de ser golpeado en el proceso. Al esquivar con la cabeza hacia los costados y avanzar hacia el interior de la defensa del oponente, el momento clave del estilo peek-a-boo está en el salto sorpresivo hacia un punto diagonal opuesto a la posición ofensiva, que permite un buen gancho desprevenido y terminante. Cuando el cerebro se sacude desde la base del cráneo, nadie vuelve a levantarse de la lona. La técnica peek-a-boo fue la gran especialidad de D´Amato, pero para que funcionara se requería a un boxeador que fuera tan capaz de seguir sus propias intuiciones como de aceptar la impersonalidad de cualquier técnica. Es por eso que desde las primeras peleas en el circuito semiclandestino hasta la victoria inaugural como campeón mundial de los pesos pesados de 1986, primero Teddy Atlas y después Kevin Rooney, dos entrenadores formados por D´Amato (el primero desvinculado del equipo después de una discusión sobre los primeros hábitos sexuales de Mike y el segundo cuando Don King tomó el control de su carrera), fueron los encargados de calibrar la enorme potencia de Tyson con la fría precisión estratégica del peek-a-boo.

Disciplina y venganza

Para Cus D´Amato formar a un boxeador profesional era un proceso integral del cuerpo y del alma no muy distinto al proceso de formación de un sacerdote en la Edad Media. Para empezar, igual que en cualquier abadía, hacía falta fe, voluntad, disciplina y paciencia. Aunque, por supuesto, como el propio Cus solía decir, todos tenían un plan hasta que alguien los golpeaba en la cara. En este punto aparecía la convicción, el carácter, la personalidad. Hasta Wikipedia, y no sólo Rocky Balboa, demuestra que los mejores boxeadores de la historia son los que supieron cómo reaccionar cuando perdían, y eso es algo que siempre tuvo como requisito inmediato dejar las emociones de lado. “I teach my fighters how to teach”, decía D´Amato. “It´s like the Encyclopedia Britannica. All that knowledge inside doesn´t mean a thing if nobody picks it up and opens it to read. When I die, my fighters will know what I know. I´m better than most trainers around. People say I´m egotistical. But is not that. It is just that most everyone else is very incompetent. You don´t have to be a genius to be better”.

A veces el ámbito social en el que nace un boxeador establece desde mucho antes de atarse los guantes el conjunto de aptitudes mentales que hace falta arriba de un ring para pelear de verdad. Pero otras veces, ese ámbito produce a personas sin carácter y desorientadas, chicos retraídos, asustados, acosados y sin una sola partícula de amor propio. Este era el caso de Tyson, al que D´Amato primero le construyó un ego y después se lo hipertrofió con gigantescas fábulas de inmortalidad y victoria. “You´ve got to believe in yourself”, le gritaba en el gimnasio. “Tell yourself that every day. Look in the mirror and see how handsome you are. Look at your powerful hands”. Al principio Tyson pensaba que D´Amato tal vez fuera un maricón (“from the world I come from, older guys do that shit when they want to suck your dick”), pero pronto descubrió que en sus palabras no había ningún amor, había órdenes directas para hacerle entender lo que tenía que lograr. En poco tiempo, Tyson iba a empezar a sentirse cada vez más convencido de su misión y su mente entendería el rol de su presencia en el mundo con una impiedad parecida a la que Henry Miller usa para describir la caída del sol en el Mediterráneo en El coloso de Marusi, un momento en el que el hombre parece completamente ausente y la naturaleza abre simplemente su boca sangrante e insaciable “y se traga todo lo que está a la vista. Ley, orden, moral, justicia, sabiduría, todas las abstracciones parecen una cruel broma perpetrada sobre un mundo desesperanzado de imbéciles. La puesta del sol en el mar es para mí un espectáculo espantoso: es monstruoso, asesino, sin alma. La tierra puede ser cruel, pero el mar no tiene corazón”.

Tyson tenía prohibido tomar, drogarse (algo que convertía a los negros en un tío Tom, según D´Amato), salir hasta tarde o fornicar, y aunque esa lista incluía, al menos, tres actividades que para cuando tenía catorce o quince años ya había hecho durante más de la mitad de su vida (la cuarta la haría sobre todo cuando fuera campeón, y lo iba a llevar a una terapia de adictos al sexo casi una década después de una condena por violación y la fantasía recurrente de haberse infectado con el HIV), el caudal de la represión necesaria para darle un brillo terminante a la violencia física a veces se desbordaba en forma de ansiedad y frustración. La lección era que la carga de los sueños también podía ser peligrosa, aunque D’Amato no dudara en jugar con las mentes de sus alumnos como si fueran cristales en lo profundo de un horno de Murano. El verdadero problema era que a los maestros, a veces, también les explotaban algunas piezas valiosas en sus manos. Patterson no fue la excepción, aunque la lección que D’Amato aprendió con su primer campeón no sirvió de nada con Tyson.

En 1953, un año después de que Patterson hubiera ganado la medalla de oro para los pesos medianos en los Juegos Olímpicos de Helsinki y se preparara para convertirse en el instrumento personal del gran golpe de Cus D´Amato contra el International Boxing Club, una mujer lo acusó de violación. Pero si este incidente nunca apareció en sus biografías, opina Tyson, es porque Cus no solo se ocupó de arreglar el incidente judicial, sino que además logró que uno de sus amigos en el mundillo periodístico (Arthur Mann) escribiera la más importante de esas biografías. La acusación podría haberle costado su carrera, así que D´Amato eligió aconsejarlo y ayudarlo a resolverlo de la mejor manera posible. Para empezar, lo que al principio parecía una acusación por violación terminó siendo una denuncia judicial para que Patterson aceptara la paternidad del bebé de una de sus “neighborhood friends” en Brooklyn, Gloria Wanamaker (que tampoco era su “neighborhood friend” oficial, Sandra Hicks). Al principio Patterson no quiso saber nada, pero en su estilo pragmático Cus fue directo a la solución: “You have more chance of losing than any of her boyfriends. You´re famous. You earn big money and will earn more. But a court fight without airtight proof would finish your career. The public would turn against you and end all your dreams of helping your family. The only answer, Floyd, is a quiet marriage. Then pay money to the guardian. It´s only money, and you´re going to earn far more than he will ever want”. La embarazada, además, tenía dieciséis años. Pero después de algunas resistencias iniciales y algunas conversaciones entre D´Amato y el padre de la chica, Patterson aceptó un matrimonio civil con Gloria, volvió a su vida habitual con Sandra y, desde ese momento, su concentración en el ring fue absoluta. El resto es historia del boxeo (con un detalle más: Patterson volvió a embarazar a Gloria Wanamaker durante una de las visitas a su hijo).

Cuando se trataba de disciplinar la libido de sus luchadores, Cus sabía que nada era más efectivo que un matrimonio. Estabilidad, predictibilidad, en lo posible con una buena chica que pudiera dar hijos lo más pronto posible: el paquete entero y absoluto. De esta manera, el boxeador podía sacarse de encima la curiosidad sexual y, al mismo tiempo, despegarse lo más rápido posible del tiempo muerto de la vida familiar para volver a lo único importante, el ring. Tres décadas más tarde, esta fórmula no funcionó con Tyson y Cus supo desde temprano que esto iba a ser peligroso. Cuando todavía iba a la secundaria, Tyson era tan retraído con las mujeres que ni siquiera podía soportar las burlas, así que las perseguía y se peleaba. En Brownsville, donde había nacido, pelearse a golpes con las mujeres era normal. Pero en Catskill no.

La vez que unas chicas se burlaron de él y Tyson las persiguió hasta el baño de mujeres, D´Amato se enteró y lo llamó al orden: “If you´re going to keep acting like that, you´re going to have to leave here. You´re wasting my time”. Tyson dice que esas palabras se sintieron como un puñal y empezó a llorar. La sola idea de perder un proyecto de vida, un entorno familiar y a sus nuevos amigos lo aterrorizó. Pero entonces su maestro lo abrazó y le dijo que todo iba a estar bien. A excepción de la vez que fue un profesor el que se burló de Tyson en plena clase y entonces él lo destrozó a golpes delante de sus compañeros (una ocasión desgraciada para la que bastó una visita de D´Amato a la escuela para que las cosas se calmaran), los problemas con las mujeres se terminaron. De hecho, cuando tenía diecisiete años, Cus intentó que Tyson se casara con Angie, su primera novia. El padre dirigía un negocio en Catskill y la familia parecía de buena reputación. “Positive black person”, opinaba Cus, “the one who goes to church and prays”. Fue Camille, a quien por esa época Tyson llamaba directamente mamá, quien le dijo que eso no era necesario. “You should go out with Angie but you can have as many girlfriends as you want”. Tyson empezó entonces a ver a otra chica, Holly. “Cus got mad and said it was the first sign of trouble with my character, although he liked Holly too”. En uno de sus momentos más paternales durante una entrevista, D´Amato les dedicó a las inquietudes sexuales del discípulo con más dedicación que hubiera visto en sesenta años de carrera una última reflexión que se proyectaría con bastante precisión sobre el futuro: “You don´t know where sex can take him, he had a lot of potencial, but he doesn´t know where he´s going to. Sex can take a young man places he never can believe”. 

Muerte y venganza

La disciplina, el entrenamiento y la obediencia de Tyson para llegar a convertirse en el campeón mundial más joven de los pesos pesados quedó a partir de 1985 en manos de Kevin Rooney y en dos de los socios más antiguos de D´Amato, Bill Cayton y Jimmy Jacobs. Ese año, con un diagnóstico terminal de fibrosis pulmonar, a los setenta y siete años Cus sobrellevó el proceso de su muerte con el mismo carácter con el que había atravesado su vida. Cuando José Torres lo visitó en el hospital, Cus lo miró y le dijo: “Don´t worry. I´m not going yo die—not here. I won´t give my enemies the pleasure”.

La muerte era algo habitual en Brownsville, donde los amigos de la infancia de Tyson desaparecían de un momento a otro asesinados por la policía, por las víctimas de sus robos, por la heroína y un poco después por el sida. Pero en Catskill la posibilidad de que Cus D´Amato lo abandonara cuando estaban tan cerca de lograr lo que se habían propuesto juntos parecía capaz de destruirlo. Si se moría, le decía Tyson a Cus, entonces no iba a pelear más. Furioso, Cus se levantó de la cama la última tarde en la que hablaron y le dijo que si llegaba a hacer eso, iba a descubrir que los muertos volvían del más allá porque iba a perseguirlo durante el resto de su vida. Tenía que pelear. La última tarde que pasaron juntos, D´Amato también le habló entre lágrimas sobre sus grandes decepciones. Todas las personas en las que él más había confiado lo habían traicionado. Después le pidió a Tyson que le prometiera otra cosa: cuidar a Camille, con la que no se había casado para no salpicarla con sus problemas judiciales y financieros. Tyson recuerda que en ese momento entró el médico a la habitación y le preguntó a Cus cómo se sentía, y Cus dijo “Doc, you´re in the presence of the heavyweight champion of the world. This is the heavyweight champ”. El médico reaccionó con incredulidad, como si creyera que D´Amato deliraba, pero Tyson repitió en su mente: “You heard what he said, motherfucker. I´m the heavyweight champ”. Las últimas palabras que Cus D´Amato le dijo a Mike Tyson antes del día en que amaneció muerto fueron que tenía que mover la cabeza, así que iba a conseguirle un buen sparring para entrenar como un auténtico profesional. Había visto su última pelea, “a more experienced fighter would have hit you that last fight”, dijo. Tyson, sin embargo, lo había noqueado en treinta segundos.

Un año después, con apenas 20 años, Mike Tyson noqueó a Trevor Berbick y se convirtió en el campeón mundial de los pesos pesados más joven en la historia. El golpe final en el segundo round puede verse con perfecta claridad en YouTube: Berbick, con el cerebro completamente desconectado de su cuerpo, se cae tres veces antes de que el árbitro de por terminada la pelea. La noche anterior Tyson no había podido dormir: hablaba por teléfono con chicas con las que todavía no había podido acostarse porque la que sí se había acostado con él —“a disreputable young lady who wound up dying of AIDS”— le había contagiado gonorrea. “I was like Nietzsche”, cuenta, “the first time he gets some pussy, he gets syphilis and dies”. Pero no importó, porque la decisión de ganar ya estaba tomada. Mientras se llevaban a Berbick de la lona, Tyson le habló al espectro de Cus: “We did it, we proved those guys wrong”. A partir de ese momento, iba a transformar al mundo del boxeo en algo completamente nuevo e iba a descubrirlo completamente solo. Cuando alguien le acercó un micrófono, Tyson dijo que quería dedicarle esta pelea a su gran protector, Cus D´Amato. “I´m sure he´s up there, and he´s looking and he´s talking to all the great fighters, and saying his boy did it”. En una de sus últimas entrevistas, cuando le preguntaron a D´Amato acerca de su legado, dijo que lo único que quería era dejar una marca en esta gran roca que es el planeta Tierra para que todos supieran que él había estado acá. Cuarenta años más tarde, Tyson dice que D´Amato lo logró, y que sus dos marcas están juntas. “And whenever anyone remembers Mike Tyson, they´ll know the name of Cus D´Amato too. Until the end of time”////PACO

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