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Dentro de algunas décadas, cuando los historiadores revisen los eventos de 2020, es probable que acepten que a pesar de la pandemia global de Covid, las fosas comunes televisadas, la consagración de la necrología como género y la espectacular histeria provocada por los contagios reales e imaginarios, aquel fue, precisamente por todo eso, el año de Howard Phillips Lovecraft. La mera coincidencia entre los 130 años del nacimiento del “hijo sobrenatural de Providence” y el peor año en lo que va del siglo XXI, de hecho, podría servir para que hasta los más escépticos piensen con cuidado antes de descartar la consagración espontánea del horror cósmico como forma de la supervivencia. Pero para esto, antes, hay que recordar de qué se trata exactamente la obra de Lovecraft.

El mensaje central es que los dioses no están arriba de nuestros grandes altares sino debajo. Y esos mismos dioses, a los que Lovecraft llama “Gran Raza” o “Antiguos”, no solo están lejos de amarnos, sino que nos odian. Y por si fuera poco, mientras esperan el momento de desatar su odio y reinar sobre nuestro mundo, a cada instante y en casi total secreto, convierten nuestras ciudades en las cáscaras inútiles de una gigantesca serie de túneles y pasadizos subterráneos por donde se arrastran las horribles monstruosidades que les sirven como lacayos. ¿Por qué sabemos todo esto? Porque ciertos sabios, empezando por el árabe loco Abdul Alhazred, autor del Necronomicón, descubrieron y codificaron la información en libros que conviene no conocer. Lo cual nos lleva a otra premisa del mensaje lovecraftiano: lo que no se conoce, mejor no conocerlo. A menos, claro, que uno esté dispuesto a “rebalsar por completo todo lo que el espíritu humano puede soportar acerca de la realidad del cosmos”, como dice el protagonista de “En la noche de los tiempos”.

H.P.L. vestido y peinado como una nena con sus padres

Entre pausas, interrupciones y obligaciones más urgentes, durante el año 2020 leí las aproximadamente 2500 páginas que la mayoría de los especialistas consideran que constituyen la obra completa canónica de H. P. Lovecraft. Esta cuestión, sin embargo, todavía es problemática a pesar de los poco más de ochenta años desde su muerte. “Obra completa”, en el caso de Lovecraft, a veces incluye los cuentos que escribió en colaboración (una manera elegante de llamar a las malas historias que hizo por encargo), la totalidad de su poesía (y no solo la reunida en el obligatorio Hongos de Yuggoth), los ensayos dispersos (dedicados a su vida, su obra y la literatura de terror en general) y las cartas. Este último punto es aún más sensible, porque si los especialistas están de acuerdo en algo es en que las famosas cartas (que Lovecraft escribía en toneladas maniáticas a sus discípulos y amigos) están en proceso permanente de reconstrucción, razón por la cual los pocos epistolarios que circulan tienen que considerarse parciales, precarios y, en ciertas circunstancias, hasta dudosos. Por si fuera poco, a todo este material los fanáticos le incluirían sin dudar los libros que los muchos epígonos del “Copérnico de los cuentos de horror” escribieron desde su muerte, libros en los que, bajo criterios caóticos, el universo lovecraftiano se expande, se contrae y se vuelve a expandir como una estrella enloquecida que alarga sus tentáculos en juegos de rol, videojuegos, cómics, grupos de Facebook, bots de Twitter y películas clase A, clase B y clase C (y aunque reconozco que sí vi algunos tatuajes eróticos, no busqué porno lovecraftiano, si bien ya sabemos que los japoneses tienden a meterse pulpos por cualquier agujero). Tal vez no esté tan mal, considerando que el propio Lovecraft solía pensar en las estrellas como la cuna de las peores catástrofes.

La lápida en Providence

Este elemento astronómico, por otro lado, ayuda a entender con qué se encuentra uno al final de esas conflictivas 2500 páginas. Para explicarlo mejor, digamos que si uno lee, por mencionar a tres contemporáneos absolutamente distintos a Lovecraft, al ucraniano Vasili Grossman, al checo Franz Kafka o al argentino Jorge Luis Borges (que le dedicó un cuento, “There are more things”), lo que encuentra, en el balance general, son tres formas distintas pero igualmente exhaustivas de indagar en lo humano. Veamos. Con buenas razones, Grossman, desde El pueblo es inmortal hasta Todo fluye, se obsesiona con el problema de la libertad; es decir, con lo que el deber, el honor, la lealtad, el patriotismo, la ideología, el amor y la muerte provocan sobre la libertad de los hombres. Kafka, en cambio, también con sus razones, se fija en lo que los críticos literarios suelen llamar “la desesperación y el absurdo” de lo que, por su parte, los filósofos y los sociólogos llaman “el hombre moderno”. Y luego está Borges, que se concentra en el costado más humano de estas cuestiones: lo paradójico, lo ambiguo, lo inclasificable e, incluso, lo penosamente equívoco de las búsquedas ansiosas de respuestas y sentido. Es entonces cuando Lovecraft, cuya pálida fama apenas superó los límites de Nueva Inglaterra durante sus 46 años de vida, irrumpe con una insólita fuerza y, aclarando que jamás aspiró a otra cosa que el olvido, no solo rechaza lo humano sino que rechaza, también, al planeta Tierra. Ésta, finalmente, es la “postura cósmica” sobre la que germina el horror cósmico. Por supuesto, en el origen exacto de estas ideas hay una trayectoria personal, digamos, complicada, pero por ahora podemos quedarnos con lo que él mismo explica entre uno de sus breves textos autobiográficos, “Confesiones de un incrédulo”. Al recordar las últimas etapas de su formación adolescente, dice lo siguiente: “Mi postura ha sido siempre cósmica, contemplando al hombre como si viniera de otro planeta; tratándolo, simplemente, como una especie interesante y presentada para su estudio y clasificación”.

Por supuesto, un escritor dispuesto a aceptar que la humanidad es, apenas, “una especie interesante para su estudio y clasificación” resulta mucho (muchísimo) más interesante que sus competidores. ¿Por qué? Porque ahí donde los otros sostendrían o creerían que es forzoso sostener (da igual) que cualquier arista de lo humano es el principio y el final de cualquier pensamiento valioso o representación artística justificable, Lovecraft, en cambio, habla con un desprecio meditado y genuino sobre su eyección voluntaria del proyecto humano. Es esto lo que, en parte, trata Michel Houellebecq en H. P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida (un libro al que le reconoce la virtud de provocar que muchos lectores o potenciales lectores de Lovecraft, lectores que jamás lo leyeron ni lo leerán a él, le pidan que lo firme), pero también es lo que Alan Moore, otro inteligente extensor del universo lovecraftiano, encuentra como explicación de por qué H. P. Lovecraft sigue entre nosotros. En tal caso, lo importante sobre las “ideas proféticas que son la base de su obra”, dice Moore, es que pueden decirnos aún más que su racismo, su misoginia, su desclasamiento, su homofobia y su antisemitismo (aunque algunos de estos asuntos escondan un inevitable retorno bajo la forma de lo reprimido. Sin ir más lejos, donde Lovecraft, a propósito de su antropofobia, escribe que “tenía fuertes prejuicios y debilidades en muchos campos, pero no podía evitar considerar a la especie humana en su futilidad cósmica”, varios han identificado entre esas “debilidades” su presumible homosexualidad o, al menos, un singular magnetismo homoerótico, circunstancias que ni su fugaz matrimonio con una viuda ucraniana y judía siete años mayor pudo desactivar, ni varias sugestivas páginas de su obra desmienten). En cualquier caso, de lo que se trata Lovecraft, dice Moore, es de esa “amplia plétora de terrores y ansiedades” que durante las primeras tres décadas del siglo XX, mientras los Estados Unidos asimilaban su última gran masa de inmigrantes, sus conflictos raciales, el delirio de la Prohibición, la permanente modernización técnica y, por lo menos, la primera de las dos grandes guerras mundiales, definieron la temblorosa psicodinámica de la primera gran superpotencia democrática de la historia.

H.P.L. con un gatito

Está claro que Moore sabe cómo sonar como si hubiera hecho todos los deberes (y, sobre todo, como si el linaje de Lovecraft fuera idéntico al suyo). Sin embargo, leído a través de los escarpados meses del año 2020, en realidad parece ser Lovecraft el que insiste en probar que Moore no se equivoca. Podemos considerarlo de esta manera: si la pandemia global con dos millones de muertos por las distintas cepas de Covid-19, rodeadas de todos sus comprensibles enigmas naturales y políticos, no es suficiente para convencer a alguien de que tal cosa como el horror cósmico existe, entonces en una escala más simple y cotidiana del horror podríamos recordar la filmación en primer plano del asesinato policial por asfixia de George Floyd, en Minneapolis, básicamente por ser negro, o la plausible amenaza nuclear después del asesinato del general iraní Qasem Soleimani por un misil del Pentágono. En una escala más amplia, también estuvieron las marchas masivas de psicóticos que negaban la existencia del virus, los trastornados que multiplicaban la muerte evitando la cuarentena y los delirantes convencidos de que la sinarquía internacional escondía chips de control mental en las vacunas. A la luz de cualquiera de estos eventos, el sinsentido de la vida humana como fenómeno histórico, lo ciego e inútil de todos nuestros instrumentos racionales, el desprecio mutuo como único tejido social y la condena inapelable de los dioses, que a lo sumo nos consideran un bocado menor para sus bestias, se vuelven circunstancias un tanto más admisibles. En definitiva, Lovecraft sigue entre nosotros, y leído a lo largo de un año tan macabro en el que, como en mi caso, a pesar del fastuoso tendal de infectados, cadáveres e incertidumbres, tuve un hijo, esas son premisas inquietantes a la hora de afrontar sin segundos pensamientos la lucha por la continuidad de la vida (un bebé hace muchas cosas lindas, pero también feas. Para empezar, odian que uno lea y no admiten que nadie escriba, se devoran sin pausa todo el tiempo consciente de los demás y si el extirparles el sueño a sus padres en el año del home office afecta el nivel de conciencia y predisposición, confíen en que los pañales y las regurgitaciones dañan la fe en la evolución de la especie). Así que digámoslo como quien abre la conversación hacia otros padres: era inevitable pensar mientras leía a Lovecraft que alguien que escribe contra la vida, como Lovecraft, es alguien que escribe contra mí. Y aún así, en retrospectiva, es más inquietante todavía leer cómo Lovecraft sabía que iba a seguir entre nosotros. En “El modelo de Pickman”, publicado en 1926, escribe: “Solo un verdadero artista conoce la anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: el tipo exacto de líneas y proporciones que se asocian a instintos latentes o a recuerdos hereditarios de temor, y los contrastes de color y efectos luminosos precisos que despiertan en uno el sentido latente de lo siniestro”. Y un poco más adelante, para que no queden dudas, agrega: “El artista realmente original tiene una visión que le lleva a configurar modelos o a plasmar escenas del mundo espectral en que vive”. Ya sea que le creamos a Alan Moore o simplemente leamos a H. P. Lovecraft, lo evidente es que si Lovecraft sigue entre nosotros es porque pudo ver mejor que nadie de qué está hecho el “mundo espectral” que todavía habitamos (aunque resta una pregunta inevitable: ¿acaso no lo hacen también Grossman, Kafka y Borges? Es probable. Pero hay un detalle: Lovecraft nunca creyó que la humanidad mereciera algo mejor, y por eso su imaginación, narrada con un espectacular alfabeto de monstruos, es más impactante que la de sus colegas).

Alan Moore y Jacen Burrows con el universo lovecraftiano

Un problema en sintonía con todo esto es que, aunque ya casi ningún crítico literario lo admitiría como válido, al leer a Lovecraft es imposible no preguntarse por los mecanismos psíquicos, biográficos y sexuales que lo convirtieron en lo que fue. La prueba más elocuente es que incluso quienes suelen presentarse en distintos puntos del mundo como sus más fervorosos lectores, especialistas y estudiosos, en cuanto uno les presta atención, no resultan ser otra cosa que denodados (y angustiados) biógrafos. En “La sombra sobre Innsmouth”, de hecho, es Lovecraft quien reconoce que “el relato más desquiciado tiene la mayoría de las veces un fondo de realidad”, aunque en otro cuento, “Hipno”, como si fuera una especie de advertencia, escribe al paso que “los sabios interpretan los sueños, y los dioses se ríen”. Pero no hay que dejarse intimidar. Buceando entre las 2500 páginas, tal vez el más didáctico de los párrafos para quienes buscan alguna imagen transparente del hombre detrás del escritor está en “La llave de plata”, donde al describir lo que Randolph Carter piensa sobre los grandes intelectuales de su tiempo, puede leerse esto: “De vez en cuando, le resultaba inevitable considerar cuán triviales, veleidosas y carentes de sentido eran todas las aspiraciones humanas, y cuán contradictoriamente contrastaban los impulsos de nuestra vida real con los pomposos ideales que aquellos dignos señores proclamaban defender. Otras veces miraba con ironía los principios con los cuales le habían enseñado a combatir la extravagancia y la artificiosidad de los sueños; porque él veía que la vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo menos valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer admitir su propia falta de razones y propósitos. De este modo, se fue convirtiendo en una especie de amargo humorista, sin darse cuenta de que incluso el humor carece de sentido en un universo estúpido y privado de cualquier tipo de autenticidad”. Volvamos entonces a la formación del artista, es decir, a cómo alguien decide autoevacuarse de la humanidad.

H.P.L. y uno de sus amigos

Durante poco menos de una década, antes de convertirse en escritor, Lovecraft se dedicó a lo que llamaba “periodismo amateur”. Los registros son diversos, aunque él se ocupó de archivar las pruebas. La más extraña (y conmovedora) debe ser el primer número de una revista que escribió para los ciudadanos de Providence, la Rhode Island Journal of Science and Astronomy, cuando no tenía más de trece años. «Escribió», en este caso, significa según Leslie S. Klinger “con sus propias manos y sobre una hoja de papel”, mientras que «ciudadanos de Providence» quiere decir “para su abuelo paterno, su madre y sus dos tías” (si bien el primero moriría pronto y la madre, poco después, terminaría sus días en el mismo hospital que su marido, muerto por sífilis cuando Lovecraft tenía tres años). “Periodismo amateur”, por lo tanto, significaba inventar fanzines sobre astronomía, física, química, arabismo y antigüedad griega y romana, y después cartearse intensivamente para hacer intercambios con otros “periodistas amateurs” afiliados a la United Press. Los biógrafos señalan que fue la inesperada muerte de su madre en 1921, después de tres años de internación “por depresión”, lo que salvó a Lovecraft de transformarse en un absoluto freak y empezar su gran obra, aunque a esa misma madre también le reconocen las diligencias para salvar a su hijo de la conscripción para la Primera Guerra Mundial entre 1917 y 1918, al declararlo “inepto para el Ejército” (desde los 14 años Lovecraft padecía malestares físicos y psicológicos que le impidieron terminar la escuela secundaria y lo obligaron a descartar la universidad. A pesar de todo, él mismo confesaría que la situación mejoró rápido tras la muerte de su madre. Para darse una idea de lo que esto significa, sirve la conocida nota de color: Sarah Susan Phillips, la madre de Lovecraft, era una viuda que fotografiaba a su único hijo vestido como una nena y que recién a los seis años accedió a que le cortaran el pelo como un varón). Alejado de todos y de casi todo, Lovecraft trazó entonces su propia tradición literaria del terror con nombres como Edgar Allan Poe, Arthur Machen, Lord Dunsany, Algernon Blackwood y M. R. James, estableció que sus más inmediatos contemporáneos apenas rozaban la sombra de la seriedad artística o el rango literario (por el efecto recurrente de la insinceridad, el convencionalismo, el cansancio, la artificialidad, la falsa emoción y la extravagancia pueril) y al cabo de unos años elevó el género a una nueva escala a pesar de que, mientras estuvo vivo, nadie, excepto sus amigos por correspondencia, le prestó alguna atención literaria, comercial ni crítica relevante.

Busto de Cthulhu

Entre decenas de situaciones idénticas (Vasili Grossman murió en 1964 sin imaginarse que Vida y destino, la novela que le había requisado la KGB tres años antes, iba a inmortalizarlo en 1980), la pregunta contrafáctica acerca de cómo una omisión como esta fue posible vuelve a perder fuerza ante otra pregunta, también contrafáctica, acerca de qué diferencia habría significado un resultado distinto para Lovecraft. Porque, ¿quién era H. P. Lovecraft? ¿Un astuto ironista que se reía con sorna de todo lo que su familia le había hecho vivir y creer? ¿Un neurótico dañado y reprimido, un energúmeno más o menos funcional que procesaba como podía el asco que le provocaba todo lo que había del otro lado de la puerta de su casa? (Esta es una anécdota necesaria: cuando su esposa se cansó de escucharlo insultar con furia a todos los negros y judíos que se cruzaba por Brooklyn, le dijo que aunque nadie le pedía que los amara, estaba segura de que “odiarlos de esa manera no podía hacerle ningún bien”. Lovecraft, aunque faltaba poco para que se separaran, la miró y le dijo: “Es más importante saber qué hay que odiar que saber qué hay que amar”). ¿O era simplemente un freak feliz de haber engañado a todos los que intentaban interrumpirlo para poder escribir con absoluta libertad sus historias mientras seguía mandando cartas frenéticas con comentarios acerca de cómo “la radiactividad había abierto amplias y extrañas perspectivas sobre la indestructibilidad de la materia y la energía”? La cuestión convoca hasta a los fisonomistas, aunque las fotos de su vida adulta arrastran siempre un elemento impostado y en las que aparece acompañado de sus amigos, en cambio, los gestos son aún más confusos. De una manera u otra, leer demasiado a Lovecraft y leer demasiado sobre Lovecraft termina por alertar sobre lo poco que hace falta para que, tanto en inglés como en castellano, “horror cósmico” se convierta, de repente, en “horror cómico”. Ya muerto de un voraz cáncer intestinal en marzo de 1937, el Providence Evening Bulletin publicó una necrológica llena de errores, y en 1943, cuando empezaron a circular las primeras antologías con sus cuentos, The New Yorker publicó un artículo en el que le reconocían ciertos méritos, aunque ninguno eclipsara su estilo “lánguido y nacarado”. El golpe terminante llegó en 1945, cuando otro crítico, también en The New Yorker, dictaminó que “el único horror en las historias de Lovecraft era el horror del mal gusto y el mal arte”. Sin duda, muchos otros escritores, incluso vivos, habrían desaparecido para siempre del mapa después de algo así. H. P. Lovecraft, en cambio, inició una expansión tan insólita como imparable desde el más allá.

La biblioteca lovecraftiana de Guillermo Del Toro

Para terminar, voy a tratar de recapitular lo que 2500 páginas divididas en 12 meses de compañía me dicen sobre H. P. Lovecraft. Es sabido que los cuentos que sí pudo publicar en vida aparecieron en distintas revistas pulp como Weird Tales y Amazing Stories, donde colaboró esporádicamente desde 1923 y, por unos pocos dólares cada vez, desarrolló la totalidad de sus temas, su estilo y su mitología. Hasta qué punto la estética pulp, su público y las preocupaciones literarias de Lovecraft confluyeron de manera virtuosa en lo que podría describirse como un enorme acierto o una enorme confusión es algo sobre lo que podrán dar sus argumentos los sociólogos de la cultura. De cualquiera manera, lo más conocido de su obra, lo más icónico e inagotable, desde “La llamada de Cthulhu” y “El que susurra en la oscuridad” hasta “El color que cayó del cielo”, germinó a lo largo de una década de indudable profusión y completa libertad, lo cual encierra de por sí una situación particular, porque, ¿habría podido desenvolver toda su imaginación fóbica y antihumana si, por alguna razón, hubiera quedado dentro de la órbita del prestigio, la respetabilidad y el éxito? Respecto a la célebre prodigalidad de sus monstruosidades, nada mejor que un ejemplo concreto: “Quienes describían aquellas extrañas formas estaban totalmente convencidos de que no se trataba de seres humanos, a pesar de algunas aparentes semejanzas en tamaño y aspecto general. Tampoco, decían los testigos, podían ser las de ningún animal conocido en Vermont. Eran objetos rosáceos de un metro y medio de grandes aletas dorsales o alas membranosas y varios pares de patas articuladas, y con una especie de intrincada forma elipsoide, cubierta con infinidad de antenáculos en el lugar en que normalmente se encontraría la cabeza”. Y para quienes se pregunten cómo Lovecraft elaboraba sus catarsis menos cósmicas, este es otro ejemplo de su mirada sobre los judíos y los negros en “Herbert West: reanimador”, una versión gore de Frankenstein o el moderno Prometeo: “En el combate se habían enfrentado Kid O´Brien, un joven torpe y ahora tembloroso, con una nariz ganchuda muy poco irlandesa, y Buck Robinson, ‘El betún de Harlem’. El negro había sido noqueado y, tras un breve examen, nos dimos cuenta de que no se recuperaría. Era un ser repugnante, con pinta de gorila, unos brazos anormalmente largos que me parecían de manera inevitable patas anteriores, y una cara que irremediablemente hacía pensar en los secretos insondables del Congo, en las llamadas de tam-tam bajo una luna misteriosa. El cuerpo debió de tener peor aspecto en vida, pero el mundo contiene muchas fealdades”. En defensa de Lovecraft, creo que el énfasis sobre la deformidad del negro le sirve para no demorarse tanto en el Mischling entre irlandeses y judíos que menciona al principio. De hecho, los biógrafos benévolos (pienso en J. T. Joshi) podrían decir que esta suavidad es un signo prístino del amor: en 1921, cuando Lovecraft pulía los últimos detalles de “Herbert West: reanimador”, ya había conocido durante una convención de «periodistas amateur» en Boston a Sonia Greene, su futura esposa, que además de escribir era algo así como una empresaria del rubro de los sombreros (una dama, les contaba Lovecraft a sus compañeros epistolares como si acabara de contratar a una ama de llaves, “con una mente aguda, receptiva y bien ordenada”).

Admitamos que cien años después, cuando hay negros hasta entre los libertarios argentinos y en el Salón Oval de la Casa Blanca, el racismo de Lovecraft no pasa de resultar casi adolescente (tal vez de un típico rugbier adolescente, digamos), y a menos que uno desconozca las pautas elementales de la cultura WASP en lo más tradicional de la Nueva Inglaterra de comienzos del siglo pasado, lo único extraño hubiera sido que los negros, los judíos, los asiáticos y los mexicanos (a través de los que concebía todo lo que hoy llamaríamos “latinos”) le resultaran indiferentes. Respecto al antisemitismo, la solución es simple: los verdaderos antisemitas, subrayan los biógrafos, no se casan con judías ni siquiera durante dos conflictivos y castos años, como hizo Lovecraft, ni las judías trabajan para mantener a sus ociosos maridos antisemitas para que ellos puedan escribir, como hizo Greene. Lo cierto es que Lovecraft, que por motivos cronológicos no pudo enterarse de los campos de concentración para asiáticos en California o Arkansas ni de los hornos crematorios en Auschwitz o Treblinka, tampoco supo del nazismo ni de sus despliegues fabriles de odio pseudocientífico. ¿Qué habría dicho sobre Hitler? Imposible saberlo, aunque imagino algún comentario sobre el odio mal usado después de un comprensible entusiasmo por la teoría (lovecraftiana) de Heinrich Himmler, según la cual los arios habrían descendido del cielo y vivido en la Atlántida antes de colonizar el Tíbet (y ya que estamos, ¿cómo habría leído el Führer a Lovecraft?). En “La sombra sobre Innsmouth”, al describir las costumbres de los alienígenas submarinos que persiguen a Robert Olmstead, aparece algo sugerente: “En determinados lugares dejaron unas piedras pequeñas como talismanes que llevaban grabado encima un signo de esos que llaman ahora esvástica. Debían de ser símbolos de los Primordiales”. Los especialistas registran que este cuento largo (o novela corta) se escribió en 1931 y se publicó 1936, y fue la única historia editada como libro durante su vida.

Howard Phillips y Sonia

Como verán, probablemente no hay nada tan entretenido como imaginar cómo le habrían resultado a Lovecraft los últimos treinta o cuarenta años del siglo XX en lugar de los treinta o cuarenta inaugurales que le tocaron. ¿Su mitología de horror cósmico habría cambiado? Es improbable; de hecho, tal vez le habría resultado fácil insertarse en el gran mercado de guionistas en Hollywood (¿acaso no es Star Wars, si uno saca el lado luminoso de la Fuerza, la honradez de los Jedis y el deseo de libertad de la República, una historia y una estética lovecraftiana?). Aunque donde Lovecraft sin dudas se habría sentido más cómodo que en cualquier otro moderno mercado de la creatividad y el sadismo es en internet. ¿Registro barroco de la paranoia, confusión sexual, anhelo de inmortalidad, racismo y «abismos de nihilidad»? Eso es internet. Y es más: si uno coloca en la balanza el hecho de que, cierta vez, Lovecraft describió el origen de su obra como “una mezcla de ciencia, historia, literatura general, literatura fantástica y basura juvenil combinada bajo la más completa falta de convencionalismo”, ¿acaso no es él quien nos describe cien años antes lo que llamamos internet? Vamos, sabemos que la red está llena de freaks de su estilo, aunque sin una pizca de su talento. Al menos yo lo sé, sobre todo porque muchos de esos freaks son mis amigos, y porque tampoco hace falta tanto para convertirse, de repente, en uno más. Imagino a ese hipotético H. P. Lovecraft nacido a finales de los años sesenta como el típico loco inofensivo, pulcro y con miedo a las mujeres, y anclado sin piedad a la banda ancha; un “forero” compulsivo, un heavy user, un lector masivo de blogs viejos y de los últimos archivos .mobi, un creador y administrador severo de grupos cerrados de Facebook, un obsesionado con los videos de OVNIS en YouTube, las teorías sobre el origen del Covid-19 en Reddit y las apariciones de los monolitos extraterrestres en los Estados Unidos, Rumania y Nueva Zelanda (y también lo imagino como un secreto pornlord de material sadomasoquista gay). En otras palabras, y para volver a las simetrías literarias, lo imagino, a pesar de los saltos en el tiempo y el lenguaje, como el más perfecto anti-Tolstói, el perfecto difusor de la certeza anti-espiritual de que el único movimiento posible para los hombres es avanzar hacia la anti-paz, la anti-religiosidad, el anti-altruismo y la anti-armonía.

La autobiografía de Sonia, bajo el apellido Davis

Los que sí existen, mientras tanto, son los lectores contemporáneos de H. P. Lovecraft, los tipos como yo, algo desorientados y multiplicados por miles, que al tratar de anotar y pensar en lo que leemos no sabemos si el mundo lovecraftiano es capaz de devorarse al mundo real o si el único mundo real es el lovecraftiano (cuando compré la obra completa, justo antes de la cuarentena, la librera, una solterona escotada y con uno de esos lazos negros de dominatrix en el cuello, me preguntó si era un regalo para un hombre o una mujer. Hechas mis primeras indagaciones sobre el mundo lector de Lovecraft, un mundo con olor a calzoncillos y obcecado, confieso que el detalle de que no se le cruzara considerar que fuera para mí me hizo sentir extrañamente digno. Para seguirle el juego, le dije que no me parecía que Lovecraft pudiera gustarles a las chicas, y se ofendió. No importa, 2500 páginas después, y aunque suene misógino también, hay algo raro en las mujeres cómodas ante las historias de un negador del sexo que odiaba la vida). Lo seguro es que con los lectores de Lovecraft pasa algo más intenso que con los lectores de Arthur Conan Doyle, Philip K. Dick o Stephen King, algo que no pasa con los lectores de casi nadie que escriba para adultos y que, a lo sumo, se parece a lo que se percibe entre esos tipos reservados que pasan el tiempo en las comiquerías analizando si Superman podría ganarle una carrera a Flash. Es algo que empecé a confirmar en los grupos (o «sociedades») de Facebook, donde cientos de personas intercambian a toda hora cataratas de mensajes e imágenes sobre las calles de Arkham, la nómina docente de la Universidad de Miskatonic, la arqueología de Azathoth y el volumen de los tentáculos de Cthulhu, pero nadie, a menos que se trate de comparar la calidad o el origen de las ediciones, tiene nada que decir sobre la literatura de H. P. Lovecraft. Es como si la antigua corte de amigos por correspondencia (creadora, además, de una de las más exhaustivas entradas en Wikipedia sobre un escritor) se mantuviera tan viva como hace un siglo y nadie quisiera perder su energía explicando lo que nos congrega alrededor de sus historias. La premisa, supongo, es que si hay razones para el amor, entonces no se ama. Desde ya, dudo que estos círculos de devoción, estas “experiencias integrales lovecraftianas”, sean una forma de sumergirse de manera inteligente (y crítica) en esta o cualquier otra obra literaria, pero, de nuevo, Lovecraft, a diferencia de casi todos sus colegas pasados, presentes y futuros, no pareció necesitar la inteligencia ni la crítica de nadie (y menos la de un sórdido latino con un barbijo y un bebé) para definir o validar su literatura. En el camino, y esto es más destacable si se lo compara con los tantos frustrados que viven enconados, tampoco resignó el valor de la inteligencia y la crítica a la hora de leer y escribir. La respuesta a estas curiosidades la tuvo siempre Lovecraft: “Leer el Necronomicón lleva a terribles consecuencias”, escribe en la historia del libro imaginario que, después de su muerte, y aunque el ficticio creador original desapareció “devorado por un monstruo invisible a plena luz del día en Damasco”, se volvió real.

H.P.L. y otro de sus amigos

Queda la cuestión del horror como género literario, esto es, el salto en la escala de sus posibilidades. Yo diría que H. P. Lovecraft dejó una marca blindada que puede pensarse a partir de dos relatos clave. El primero es “En las montañas de la locura”, que se publicó en 1936 en Astounding Stories y que, aunque fue rechazado en distintas revistas durante cinco años, consideraba “un triunfo en todo sentido”. Hay una especialista en Lovecraft que podría llenar varias páginas sobre la complejísima arquitectura extraterrestre de las ciudades que William Dyer descubre en la Antártida y que solo relata para disuadir a otros de una experiencia física y metafísicamente demoledora. Pero a mí me gustaría quedarme apenas con el momento en que, sobre el final, Dyer y Danfort corren por las enormes galerías subterráneas de los Primordiales perseguidos por un Shoggoth y Danfort intenta no enloquecer recitando en voz alta las estaciones de subte en la línea que va de Boston a Cambridge bajo las calles de Nueva Inglaterra. Lovecraft, en ese instante, se toma un momento para comentar el insólito desprecio que Dyer siente por su compañero, que al parecer quiere restituirle algo de normalidad humana a la situación. ¿De qué se trata esta escena y a qué viene la mueca de odio? Creo que lo que Lovecraft quiere dejar claro es que la naturaleza de su horror, la naturaleza del horror lovecraftiano, es incompatible con cualquier manifestación de las buenas intenciones humanas. En consecuencia, la literatura de horror cósmico de Lovecraft, a diferencia de la literatura de horror actual, no pretende, no busca ni desea ninguna reparación de lo “deshumanizado”. Lo humano, en el cosmos lovecraftiano, es esa absurda excrecencia que gorjea en un rincón patético del universo, por lo que creer en su restitución o equilibrio (por no hablar de su supervivencia ni su triunfo) es una estupidez. En las historias de Lovecraft las cosas son como son, y saber cómo son no salva a nadie ni a nada porque nadie ni nada merece ser salvado.

Edición original de «En las montañas de la locura»

Comparada con los usos y las costumbres del terror más contemporáneo, donde ni los escritores pueden disimular el olor rancio de la pedagogía de la neutralidad mercantil (por lo que el “terror”, entonces, es un hombre machista y opresor, la sumisión retrógrada que manipula a las pobres mujeres o maricas, o ese fenómeno extraño y apolítico que deshumaniza a quienes eran humanos), la literatura del horror cósmico es una literatura libre y pura, que no busca dictar o comercializar nada de lo humano en esas categorías serviles de ONG hundidas en la corrección política. El segundo de estos dos relatos es mi preferido: “La sombra sobre Innsmouth”, acerca del que pueden sacarse conclusiones previsibles por el proceso espontáneo de eugenesia en marcha. El tema, sin duda, es lo que la aparente degeneración de la raza de los Profundos provoca en los hombres y en el desprecio infinito de los dioses que esperan su oportunidad en el fondo del mar. Pero cualquiera que lo haya leído con rigurosidad podría decir algo más. Si se trata de encontrar los guiños que confirman la permanencia de Lovecraft entre nosotros, también tenemos ahí la mención a “una gran epidemia en 1846 que afectó a más de la mitad de las personas en Innsmouth”; una epidemia que aunque nunca pudo entenderse por completo, “probablemente se tratara de una enfermedad traída de China o algún lado en los barcos”. Pero “La sombra sobre Innsmouth” no trata sobre racismo y epidemias, sino sobre algo sintomático: el hecho de no saber que uno es lo que teme ser. Eso es lo que el narrador descubre al final, cuando los híbridos mitad hombre y mitad pez no lo persiguen porque quieran matarlo sino porque él siempre había sido uno de los suyos, aunque no lo supiera. Una vez más (y por última vez), claro que sería reconfortante creer que en esta historia Lovecraft es inesperadamente conciliador y altruista, y que su mensaje, en el fondo, trata sobre la hermandad de todos los hombres más allá de sus obvias diferencias. Incluso para un padre como yo, un primerizo que descubrió en medio de un apocalipsis sanitario en cámara lenta la más trascendente diferencia entre lo que soy por mí mismo y lo que mi hijo será por su cuenta, una conclusión así sería algo lindo y optimista, sobre todo ante las firmes promesas de mutaciones virales, recesión y destrucción de la calidad de vida para el año 2021. Pero no nos engañemos. Lo que Lovecraft dice es simple y claro: no importa de qué raza se trate; digna o indigna, superior o inferior, celestial o terrestre, ninguna merece existir, ninguna vale nada, ninguna está en los planes de ningún dios. En el segundo cuento de mi edición de las obras completas, “Arthur Jermyn”, el mensaje puede leerse así: “La vida es algo espantoso, y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie —si es que somos una especie aparte—, porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche”////PACO

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