“¿Como quiero ir este año? ¿Cómoda? ¿Linda? ¿Cool? ¿Me pongo algo que demuestre mi gusto musical? Pero si es así, ¿Trap? ¿Indie? Me gustan muchas cosas. ¿Le hago homenaje a Kendrick Lamar? ¿O es apropiación cultural? Mejor voy a los básicos, ya fue. ¿Cómo va a estar el clima? Calor y humedad pero seguro a la noche baja la temperatura, que paja. Bueno, me arriesgo con un sweater que me pueda atar a la cintura. Debería llevar cosas viejas para no arruinar nada nuevo, capaz debería llevar las vans hechas mierda…” cosas que se me pasan por la cabeza mientras miro intrigada el placard, y me cuestiono cómo voy a hacer entrar toda esa ropa en una sola mochila. Son tres días al aire libre, en un predio gigante, lleno de gente. Tres días en el Lollapalooza.

Pude ir a cada una de las ediciones del festival. Seis ediciones después, la vitalidad ya no es la misma que la de mi versión adolescente, que podía aguantar en vallas durante horas para ver a mis artistas favoritos lo más cerca posible, pero no dejo de disfrutar los shows como si fuera la primera vez. En cierta forma fui creciendo a la vez que el festival se fue masificando y de cierta manera, complejizando. Todos los años resulta interesante el juego de “Che, ¿Que te vas a poner para el Lolla?”. Puede depender del clima, del humor, de la energía, de los artistas se van a presentar, de si voy sola, en pareja o con amigos, de mi relación con mi aspecto físico, depende de un montón de cosas pero algo que nunca falta son las ganas de mostrar el estilo propio y destacar, aunque sea un poco. Lo cual para mi personalidad (y mi carta astral) es algo usual, siempre quiero demostrar cierta originalidad y esfuerzo, especialmente a través de mi forma de vestir. Comprendo que no todo el mundo ve o vive la ropa con la misma intensidad pero a la hora de eventos masivos, específicamente los que tienen que ver con nuestros gustos musicales o estéticos, necesitamos sobresalir y de alguna manera mostrar o demostrar algo, incluso aquellos que usualmente no priorizan pensar en qué ponerse.

¿A quien buscamos impresionar? ¿A la gente que tenemos alrededor? ¿A los artistas que queremos a ver aunque no existe la posibilidad de que nos distingan desde la multitud? ¿Para nuestros seguidores en Instagram? ¿O es para sentirme orgullosos y cómodos con lo que estamos expresando? Cuando uno se viste para un festival y en especial uno como el Lollapalooza, medio se prepara para ser juzgado, cual pasarela de Rupaul’s Drag Race. El festival es como un ecosistema armonioso en el que conviven muchas especies sumamente diferentes. No solamente en gustos musicales o fanatismo por distintas bandas sino, además, en cómo cada uno lo vive. El mayor factor en común, pero no el único, que tiene toda la gente que está ahí es el amor por la música, aunque después la experiencia te da la posibilidad de disfrutarlo como se te plazca. Y eso es algo que se refleja en la ropa.

A cualquiera que se le pregunte respecto a sus elecciones a la hora de vestirse para un festival utilizará una combinación de distintos adjetivos calificativos pero nunca faltará el “igual quiero estar cómodo”. Comodidad. Un concepto interesante, escurridizo, especialmente porque hasta hace poco se asociaba al mundo de la moda con la incomodidad, con el sacrificio de sentirse mal para estar bien vestido. En los últimos años, con el auge del “athleisure”, estilo que combina lo deportivo con lo casual, la industria de la moda tuvo que adaptarse a nuevas exigencias por parte del consumidor; ya ya no alcanza con que la prenda sea linda, ahora debe ser cómoda e inclusiva.

No solamente se habla de una comodidad física (talles, siluetas, materiales, etc) sino también de una comodidad mental. Sentirse cómodo con la elección de colores, con la mezcla de texturas, con la presencia o ausencia de accesorios y todo lo que eso significa. No solamente es ropa que tiene que cumplir la función de mantenerte fresco de dia, abrigado de noche y soportar saltos, bailes y pogos. También tiene que expresar lo que sentimos en ese momento. Para algunos, la fiesta que trae el Lollapalooza es una buena excusa para “montarse” y mostrarse, para otros es un espacio para demostrar su individualidad, su creatividad o su talento, para algunos otros es mostrar que no les importa. Todo es válido.

También resulta interesante observar la forma en que los festivales son la puerta de entrada al mainstream para artistas o géneros nuevos. Gente joven creando y consumiendo contenido joven, criados por el internet, queriendo destacar en el mar infinito de información que nos brindan las redes sociales. Con sus elecciones a la hora de crear su impronta, van dando forma a las corrientes estéticas que marcan generaciones enteras, porque algo pareciera ser evidente: esta generación adolescente se anima a cosas a las que que las generaciones previas no se animaron (y es algo que se ve sucesivamente a través de las décadas). El Lollapalooza es un incubadora de tendencias, todos los años se puede observar como ciertas cosas empiezan a brotar a partir de un par de personas que se atreven a marcar la diferencia y que, con el transcurso del tiempo, las vemos replicadas en todos lados. Las tendencias que hace un año solo veíamos en artistas o en un grupo selecto de personas, en esta edición abundan entre las masas del hipódromo. Las transparencias, el camuflaje, lo holográfico, los colores fluorescentes, las riñoneras, el glitter, hasta marcas como Kappa, Adidas y Fila, entre muchas otras cosas, son parte de este fenómeno contagioso.

Es sabido que la elección que uno hace con su ropa, no es arbitraria. La ropa es como nuestro escudo, tanto físico como mental, que nos protege de un montón de cosas diferentes. Entonces ¿Qué tipo de escudos se eligen para una experiencia como el Lollapalooza? ///PACO