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Mike Tyson, verdad indiscutible

Durante gran parte de su vida, Mike Tyson pensó y funcionó igual que piensa y funciona un Estado moderno, esto es: bajo los principios del monopolio de la violencia y el estricto control de la moneda. Es por eso que en su mejor época, cuando se paseaba con un tigre blanco por los jardines de sus muchas mansiones (junto a la tigresa Kenya, educada por un entrenador de dos mil quinientos dólares a la semana), Tyson llegó a manejar un presupuesto que envidiaría más de un país cualquiera olvidado en el mundo, y al día de hoy todavía sostiene un gasto de cuarenta mil dólares mensuales per capita en marihuana. Y respecto a la violencia… bueno, tal vez tampoco haya alguien mejor que “Iron Mike” para recordarnos que no existe conflicto que un hombre no pueda resolver de una buena vez y para siempre a través de los golpes (por lo que la receta inicial sería mucha violencia y muchos dólares, en lo posible en efectivo, para solventar la inevitable reparación física y moral de la violencia).

Como pasa con todo Estado moderno, por otro lado, Tyson también estuvo involucrado en algunos crímenes. Pero ninguno al que, como suele ocurrir con los Estados, la historia no haya terminado de revelar como inevitable e incluso falso. El más notorio fue la supuesta violación de Desiree Washington en 1991, por la que pasó casi tres años encerrado en una cárcel en Indiana (circunstancia que, entre otras cosas, le permitió aprender chino, “so that when I went to China years later, I could actually carry on a conversation”). Esa condena le costó el título como Campeón Mundial de los Pesos Pesados, que para 1988 incluía de manera simultánea a la World Boxing Association, el World Boxing Council y la Internatioanl Boxing Federation, todo lo cual se unía a otro título que Tyson conserva hasta el día de hoy: “The youngest boxer to win a heavyweight title at 20 years, four months and 22 days old”.

Tyson recuperó el título en 1996, en otra proeza que, en su época y por razones distintas, habían logrado gigantes como Muhammad Alí y George Foreman, aunque los verdaderos héroes de Tyson siempre fueron Roberto Durán (“he was just a street guy”) y Joe Frazier. Era de estos boxeadores, menos atractivos para las cámaras y poco locuaces, que Tyson admiraba el carisma oscuro que se acoplaba mejor a su propio aspecto físico, a su ferocidad en el ring y a su desinterés por caerle bien a todo el mundo. Para conocer el estilo más puro de Tyson en estos términos, un buen ejemplo fue cuando la Ohio´s Central State University lo distinguió con un doctorado honorario en 1989. Al subir al escenario, se acercó al micrófono y dijo: “I don´t know what kind of doctor I am, but watching all these beautiful sisters here, I´m debating whether I should be a gynecologist”.

Fue la historia la que demostró que Desiree Washington no había sido la víctima de ninguna violación, sino la primera en una larga lista de mujeres que detectaron un modo eficiente de rapiñar a través de los equívocos del sexo, la torpeza de Tyson y un sistema judicial diseñado como una casa de subastas algo de entre los cien millones de dólares que, en promedio, Tyson ganaba con cada pelea durante su época de gloria. Y es por esa misma razón que aunque en las quinientas ochenta páginas de Undisputed Truth, su autobiografía, hay muchísima sabiduría y muchísima acción, y también muchísimas lecciones y muchísimos episodios delirantes, también hay muchísimos testimonios judiciales y muchísimas críticas a una justicia para la que la raza del acusado define el veredicto antes que cualquier juez. Al repasar el episodio, “the most devastating heavyweight in boxing history” reduce estas contradicciones a una buena síntesis: “How do you rape someone when they come to your hotel room at two in the morning? There´s nothing open that late but legs”. En efecto, como pasa con todo Estado moderno, tal vez a Tyson le falten todavía algunas lecciones más de ironía con perspectiva de género. Pero lo que no le falta es memoria.

“Nowadays I don´t normally like to be graphic in my descriptions of sexual congress, but I think in this case I must because of the ramifications of what went down”, explica antes de pasar a detallar su encuentro con Desiree Washington, una mujer que en 1991 tenía 18 años y había sido nombrada Miss Black Rhode Island. Como solía pasar cuando Tyson tenía 25 años y era el máximo boxeador del planeta, acababa de conocerla de camino a un concierto con su corte de amigos y guardaespaldas, al igual que a todas las otras participantes del concurso Miss Black America en el Omni Hotel de Indiana. Para Tyson este fue desde el principio uno más entre esos vínculos sentimentales que se formaban en apenas minutos y se disolvían después de algunas horas. Sin embargo, durante aquel encuentro inicial, los dos charlaron, se sonrieron y ella tuvo la deferencia de regalarle una foto en bikini. Más tarde, uno de los asistentes de Tyson volvió a contactar a Desiree y, viaje en limusina con su chofer mediante, ella llegó a hasta la habitación de hotel de “the Baddest Man on the Planet”.

“After we talked awhile, I started kissing her. She got up and went to the bathroom, and I later learned that her visit there was to remove her panty shield. Then she came back to bed and I started performing cunnilingus on her. I normally do that because I make it a practice to make sure that a woman is satisfied when we have sex. I had no idea I was gargling blood because she didn´t tell me she was on her period”. El detalle puede resultar excesivo pero importa, porque después de “started fornicating” y luego de que “at one point she seemed to be getting uncomfortable and complained that I was too big”, la noche terminó como estaba destinada a terminar. Pero entonces surgió una discusión absurda acerca de quién iba a llevarla de vuelta a su hotel. En sus memorias Tyson dice que sabía que tenía que subirse a un avión a Nueva York por la mañana, así que con los modales que lo habían hecho famoso le dijo a Desiree que estaba cansado y que no lo molestara ―“get the fuck off”―, aunque, si ella quería, podía pedirle a su chofer que la llevara otra vez de vuelta a su hotel. Ella lo hizo, pero una semana después Tyson se enteró de que, además de volver a su hotel, también lo había acusación de violación.

Por supuesto, antes de funcionar como un Estado moderno por momentos fallido, Tyson también había llevado la vida de un ser humano fallido. Y no necesariamente por su culpa. Sí, durante su pubertad se dedicó a robar casas y transeúntes, y también a pelear por honor o por apuestas (o para que no lo robaran y lo violaran a él), y fue por eso que antes de cumplir trece años la policía ya lo había arrestado treinta y ocho veces, aunque eso, en realidad, no lo hiciera distinto a casi todos sus conocidos en Brownsville. En retrospectiva, dice Tyson, es probable que hubiera terminado muerto si no lo hubieran encerrado en la cárcel juvenil donde, casi por accidente, descubrió el boxeo. En todo caso, la ausencia de su padre (un proxeneta) y el alcoholismo y la prostitución de su madre (una mujer con tres hijos que sobrevivía robando comida y conviviendo con distintos novios en un departamento en ruinas) tampoco ayudaron. Tyson lo sabe, y reconoce la manera en que esas historias familiares se proyectan sobre cualquier plan de vida propio. “They had a really disfunctional love affair”, recuerda sobre Eddie Gillison, uno de aquellos novios circunstanciales de su madre. “I guess that´s why my own relationships were so strange. They´d drink, fight, and fuck, break up, then drink, fight, and fuck some more. They were truly in love, even if it was a really sick love”.

Algunos años más adelante, cuando las apuestas sobre sus peleas ya no consideraran quién iba a ganar sino en qué round iba a caer noqueado su rival ―muchos de los 44 nocauts de sus 58 peleas profesionales fueron antes del segundo round― y algunos de esos oponentes directamente evitaran subirse al ring, Tyson iba a descubrir que lo único que lo ayudaba a apagar el ánimo para la batalla era el sexo. En especial, cuando era el tipo de sexo que se podía concretar en los prostíbulos baratos que todavía existían hace poco menos de cuarenta años por Times Square. Pensando en su madre, dice Tyson, “Freud would have had a field day with that scenario”.

El hombre que convirtió a Mike Tyson en lo que llegó a ser como boxeador fue Cus D´Amato, un entrenador arisco y paranoico que admiraba a Ernesto “Che” Guevara y a Fidel Castro, y que junto a su esposa adoptó legalmente a Tyson cuando, a los dieciséis años, su mamá finalmente murió. D´Amato, dice Tyson, no creía en su deber de pagarle impuestos a los gobiernos de derecha de los Estados Unidos, odiaba a Ronald Reagan y amaba a Martin Luther King. Además, pasó casi toda su vida peleando contra las corporaciones del boxeo de su propio país, convencido de que lo espiaban incluso mientras miraba la televisión en su sillón porque se había animado a denunciar la miseria comercial en la que habían transformado al deporte. De todos modos, a la hora de ponerse los guantes, decía Cus, los dólares y las ganancias eran algo que había que tirar desde los trenes. Lo único que importaba era ser el mejor, y para ser el mejor había que dominar “the science of hurting people”. Patológicamente incapaz de confiar en nada ni en nadie, lo único en lo que D´Amato creyó hasta su último día con vida fue en que Tyson (al que apenas por unas semanas no logró ver campeón) tenía todo lo que hacía falta para ser el mejor.

Respecto a “the science of hurting people”, en su debut televisivo, Tyson peleó contra Jesse Ferguson y le rompió la nariz. Y aunque ganó esa pelea, lo que realmente le molestó fue que no había logrado noquearlo por completo. Fue por eso que cuando lo entrevistaron, el joven Mike tuvo la oportunidad de explicar de qué se trataba esa “ciencia del daño humano”: “I wanted to hit him on the nose one more time, so that the bone of his nose would go up into his brain… I would always listen to the doctor´s conclusions. They said that any time the nose goes into the brain, the consequences of him getting up right away are out of question”. Buena parte del carácter agresivo de Tyson fue una creación de D´Amato, que estaba convencido de que “my boy´s bussiness is to put big, strong, scary men in their place”. La premisa tenía sentido, porque para la filosofía del gran Cus D´Amato, alguien que era amistoso con todos solo podía ser enemigo de sí mismo. Y por esa razón, “whenever I displayed the slightest bit of humanity at a fight, Cus would be all over me”, recuerda Tyson. “A guy might try to shake my hand before our fight in a gesture of sportmanship. If I took it, Cus went ballistic”. El único gesto que tenía permitido era ayudar a sus rivales a levantarse después de haberlos noqueado, aunque al cabo de un tiempo Tyson descubrió que, en realidad, eso era parte de la humillación final.

El rol de Cus D´Amato en la vida de Tyson no solo fue paternal y profesional, también fue intelectual. Muchas de las lecturas sobre historia militar medieval (asunto que Tyson domina) surgieron de la biblioteca que D´Amato tenía en su casa de Catskill, donde tomaría forma un hábito que perduraría durante los años en la cárcel. “I read Mao´s book, I read Che. I read Machiavelli, Tolstoy, Dostoievsky, Marx, Shakespeare, you name it. I read Hemingway but he was too mucho of a downer. I gravitated to reading rebellious, revolutionary books”. A través del tiempo, la paranoia anticorporativa de D´Amato reaparecería en Tyson en la forma de un sentimiento “anti-establishment” gracias al cual no solo llegaría a tatuarse las caras de Mao y el “Che”, sino que además buscaría relacionarse con otros personajes contestatarios de su generación. “I can quote Marx and Hegel”, dice Tyson, “but Tupac was really prolific talking revolutionary theory. When you talked to him and got to know him, he was much more of a didactic cat than a thug. He had a fascinating mind”.

Como la muerte de cualquier padre, la de Cus D´Amato en 1985 fue el evento que lo cambió todo. “I used to keep a lot of things inside and Cus and I would talk about them. Now when those things come up, I just keep them inside”. Angustiado, Tyson se casó y se divorció con la primera mujer que intentó estafarlo, empezó a tomar alcohol sin control y empezó a drogarse cada vez más. A la par de todo eso, la vida monacal que había llevado bajo su mentor se transformó de un momento a otro en una orgía permanente, y después en una adicción al sexo que lo haría vivir durante años con miedo a estar infectado con otra gran novedad de la época, el HIV (desde ya, hay muchísimas anécdotas sexuales en sus memorias, pero vale la pena solo una línea para entender en qué se transformó esa adicción incluso cuando Tyson se retiró del boxeo: “My criteria at that moment was only that they were breathing”). Tyson también cree que en medio de los mejores años de su vida, y sin darse cuenta, le dio forma al life style que los raperos todavía le copian hasta el día de hoy. Mujeres, dólares, drogas, intimidación física, lujo obsceno, más mujeres, autos exclusivos… “I was the first to buy Rolls-Royces and Ferraris. In 1985 what other black guy in his twenties was buying these kind of cars legally? And I didn´t have just one. I had a fleet of them”. Fue ahí cuando apareció Don King, con quien las cifras en juego en cada pelea llegarían a récords inéditos.

Leer la manera en que Tyson se las arreglaba para dejar de drogarse, tomar y fornicar apenas unas horas (o unos minutos) antes de subirse al ring y entonces noquear a quien le pusieran delante es leer sobre proezas que van más allá de lo deportivo. Pero para Tyson aquello también era el tipo de disciplina salvaje que lo emparentaba con el linaje en el que había querido incluirlo D´Amato, que era el de los auténticos luchadores. Leyendo sobre Alejandro Magno, por ejemplo, Tyson descubrió que las largas marchas a pie través de Europa y Asia se hacían gracias al uso de distintas drogas. “The history of war is the history of drugs. Every great general and warrior from the beginning of time was high”. Este interés por la historia todavía lo acompaña, por lo que no es raro que aún después de retirarse del boxeo haga parar el yate en el que esté de fiesta y destapando botellas de champagne de cien mil dólares ―con Cavalli y Victoria Beckham ante las costas de Cerdeña, por ejemplo― para rememorar las Guerras Púnicas y los méritos militares de Aníbal. 

El famoso incidente con la oreja de Evander Holyfield en 1997 marcó el final de una curva de decadencia durante la que Tyson perdió una enorme parte de su fortuna y mucho del honor que había ganado en el ring. Para darse una idea, por aquellos años a algunos de sus rivales les decía antes de tenerlos entre las cuerdas que iba a cogérselos, y a otros, después de haberlos destruido entre las cuerdas, les decía que habían gemido y llorado como mujeres. Este era un método que con los periodistas ―y siempre con razón― desarrollaba de manera combinada durante las conferencias de prensa: “I´ll fuck you in your ass in front of everyone. Scared like a little white pussy. Scared of the real man. I´ll fuck you until you love me, faggot!”. De hecho, para recuperar una parte de los millones de dólares que Don King le había robado con contratos tramposos, también le pegó a él (“I kicked him in the head and he flew out of the car”), y por aburrimiento o por efecto del alcohol y la cocaína se involucró en varias decenas de peleas callejeras.

En Undisputed Truth se describen muchas de esas peleas, y todas son instructivas y hablan sobre la terrible batalla metafísica que significa cargar con el estigma de la violencia como medio para la existencia. Basta recordar apenas una, que los hombres de bien podrán tener en cuenta cuando llegue la hora. Una vez, mientras tomaba champagne en un bar, alguien que dijo que era boxeador y llevaba puesto un tapado de piel de visón empezó a provocarlo. Tyson no quería problemas: tenía una fastuosa cantidad de marihuana y cuatro prostitutas encima, y pensaba irse pronto con todas. Pero la provocación siguió, así que no tuvo más remedio que levantarse y reaccionar. “I started throwing vicious lefts and rights, but he slid away from my drunken swings and took off. So I picked up the mink coat, pulled down my pants, and wiped my ass with his mink. Oh, God! Can you imagine if it was today with all the video cameras in the phones?”

Pero terminemos con la pelea en la que Tyson le arrancó un pedazo de oreja a su amigo Holyfield, algo sobre lo cual ellos siguen haciendo chistes hasta el día de hoy. Es probable que Tyson, en esa etapa final de su carrera, fuera más lento y pesado, y también que el alcohol, la cocaína y la marihuana no lo ayudaran a estar en el mejor estado de lucidez. Pero lo cierto es que durante esa pelea Holyfield estuvo cabeceando a Tyson durante tres rounds seguidos, con absoluta impunidad. Uno de esos cabezazos, de hecho, le provocó a Tyson un corte arriba del ojo. Él dice que se quejó con el réferi (“he ruled it an accident”), pero la pelea siguió y los cabezazos de Holyfield siguieron. “I just wanted to kill him. Anybody watching could see that the head butts were so overt. I was furious, I was an undisciplined soldier and I lost my composure. So I bit him in the hear”. Lo que pasó es después es conocido, y luego de amenazarlo con una prohibición para boxear de por vida, la Comisión Atlética del Estado de Nevada lo multó con un año de suspensión y tres millones de dólares de multa, “the 10 percent of my purse. I really felt betrayed after all the money I´d made for that city. Nobody else even approached the revenue I brought into Vegas”.

¿Qué es perder? Según Tyson, la respuesta más profunda la dio George Foreman: “It´s like being in a deep dark nothing, like out of sea, with nothing over your head or under your feet, just nothing, nothing but nothing. A horrible smell came with it, a smell I hadn´t forgotten, a smell of sorrow. You multiply every sad thought you ever had and it wouldn´t come close to this. I looked around and I was dead. That was it. I thought of everything I worked for, I hadn´t said good-bye to my mother, my children, all the money I hid in safe-deposit boxes, you know how paper burns when you touch it, it just crumbles. That was my life. I look back and I saw it crumble, like I´d fallen for a big joke”. Para Tyson, sin embargo, el boxeo no era la vida. ¿Qué decía Cus D´Amato? “Losing, winning, never take it personal”.

Lo único realmente personal fue la muerte de uno de sus ocho hijos (su hija Exodus) en 2009. Fue a partir de ahí que las cosas volvieron a cambiar en la vida de Mike Tyson, y al igual que después de la muerte de Cus D´Amato, su mirada sobre el propósito de su existencia se alteró. Que la revelación surgiera entre las ruinas de un dolor tan devastador ante alguien cuya sola presencia podía dañar tal vez le sume color al relato. “The outpouring of support for me from strangers really startled me. It shock me into realizing that I wanted to be of service to society and not just be such a glutton caring abount myself. I wanted to know how to stop being promiscuous and be loyal to one person. I wanted to know how to be a responsible adult, a responsible father. I didn´t know how to do it, but I wanted it. And with all that money, with all that fame, and all those titles, the closest I had gotten to that was a divocer and a bunch of fatherless kids. But after Exodus´s tragic death, my whole paradigm shifted. I realized that everything I always thought was the truth was a lie, so I had to start my life all over”. 

¿Qué es el boxeo? Según Mike Tyson, uno de los atletas más grandes de su generación y probablemente uno de los pocos deportistas vivos en la misma categoría que Diego Maradona, el boxeo es el deporte más apasionado del mundo cuando se hace bien. Y sí, puede que las artes marciales mixtas ahora parezcan más emocionantes, pero eso solo pasa, dice Tyson, porque no hay boxeadores que se atrevan a desear con todo su corazón reinar entre los dioses. Los boxeadores de ahora quieren dólares y adulación, ni siquiera quieren lastimar a su oponente. ¿Y qué es lo que quería Tyson? Adulación e inmortalidad. “The more I hurt someone, the quicker I hurt him, the more adulation I got from the crowd, and I fed off that. A lot of people have pronounced the death of boxing, but I think that´s a little too premature. Boxing will come back, trust me. It´s been around almost two hundred years, legally. It´s not going to die easy. Just wait until we see the next really great heavyweight fighter. That will be a sight that we´ll want to see again and again”////PACO