Entre los muchos descendientes de Sigmund Freud, solo Lucian, uno de sus nietos, logró establecer una identidad singular más allá de la zona de influencia del creador del psicoanálisis. En este sentido, nacido en Berlín en 1922, Lucian Freud no solo construyó su vida como pintor en Gran Bretaña, como un exiliado ya definitivamente lejos de los espectros de la Europa continental en la que su abuelo había construido su reputación, sino que su obra, nueve años después de su muerte, sigue aumentando en prestigio y en valor. De hecho, aún para quienes lo ignoren todo sobre pintura contemporánea, Lucian Freud ostenta la clase de récord que trasciende las noticias artísticas: en 2008, el “retrato desnudo” Benefits Supervisor Sleeping se vendió en poco más de 33 millones de dólares, “el precio más alto pagado alguna vez por la obra de un artista vivo”. Y siete años después, su valor de venta subió a los 56 millones. Esta versión espectacular del éxito, sin embargo, llegó a Freud durante el último tramo de su vida, y después de décadas de haber pintado “casi en secreto”, como dijo en alguna de sus muy escasas entrevistas.

El motivo de esta discreción estaba en el mismo estilo que terminaría por volverlo famoso: un realismo indeclinable que, después de algunos primeros experimentos en un estilo más surrealista, sostendría a contracorriente de todas las grandes modas estéticas (y comerciales) de la segunda mitad del siglo XX. En favor de la idea de que “los susurros van mucho más allá que los gritos”, y en contra de las alternativas más convenientes para el rápido despegue de su carrera, Freud insistiría con un realismo concentrado en “intensificar la realidad, de un modo que depende de qué tan intensamente el pintor entiende y siente a la persona o el objeto de su interés”, como escribe en el único texto que firmó con su proyecto como pintor en 1954.

Benefits Supervisor Sleeping

El género por excelencia de este realismo sería el retrato y, en consecuencia, por la mirada “intensificadora” de Freud, pasarían varios de los personajes más importantes de la sociedad de su época, en una lista que va desde la Reina Isabel II y la modelo Kate Moss hasta colegas pintores como David Hockney y Francis Bacon. Pero la verdadera especialidad de Freud llegaría a ser otra: los “retratos desnudos”, un género bajo el cual no solamente llevó hasta las últimas consecuencias la necesidad estética de “entender intensamente a su objeto de interés”, sino que desarrollaría también el tipo de vida sexual por la que, hasta hoy, se lo cree el tumultuoso padre de más de cuarenta hijos (aunque en realidad son apenas catorce, entre los que tuvo con una de sus dos únicas esposas y con una docena de amantes).

Desde ya, cuando los asuntos de la vida y el sexo se cruzan, la figura inevitable del abuelo Sigmund, con el que Lucian mantuvo una relación cordial basada en el mutuo interés en los animales, comienza a asomar en el horizonte. Pero desde el punto de vista pictórico, al menos, Lucian nunca dejó de insistir en que el arte figurativo que daba origen al realismo era el único con el que un pintor no se negaba a sí mismo ni la representación de la vida ni un lenguaje que, limitado a las simples formas abstractas, privaba de provocar algo más que una emoción estética. Fue con este fin que Freud desarrolló un método que todos los que alguna vez lo experimentaron en su estudio coinciden en describir como “un proceso impiadoso de observación”, que solía extenderse en sesiones que duraban muchas horas, a lo largo de muchos meses. “Retratos desnudos” como Benefits Supervisor Sleeping, Leigh Bowery o Naked Girl with Egg, entre los muchos otros para los que Freud usaba no solo a modelos profesionales sino también a desconocidos o a sus propios hijos, se crearon con este método.

Tal vez sea Martin Gayford, el crítico y curador que sirvió como modelo para Man with a Blue Scarf, quien más cerca estuvo de observar la manera en que Freud decía elegir a sus objetos de interés: “De manera constante, como un mirlo que busca migas y gusanos, Lucian Freud está a la búsqueda de gente, de material para sus cuadros”, cuenta en On Sitting for a Portrait by Lucian Freud. Según Gayford, Freud aseguraba elegir a las personas “por impulso” ya que ni era “tan introspectivo” ni le preocupaba “pintar modelos profesionales”, dado que estos siempre restaban al asunto cualquier “potencial incalculable”. Sin embargo, otras personas más cercanas al verdadero Freud deslizan versiones menos idealizadas sobre esta parte del proceso. A Pat Doherty, por ejemplo, el acaudalado constructor irlandés retratado en Donegal Man, convertirse en modelo de Lucian Freud le costó sentarse durante unas 220 mañanas completas entre 2006 y 2008 para lograr los dos retratos por los que el mismo Doherty, además, le pagó casi 5 millones de dólares. En esencia, la disciplina de Freud, que se jactaba de haber trabajado en su estudio los siete días de la semana, sin interrupción, a lo largo de casi sesenta años, nunca había sido incompatible con el esparcimiento. No son pocos quienes recuerdan la llegada al estudio de algunas mujeres con las que Freud, de repente, se tomaba en privado una “pausa” en plena sesión de pintura para, después, continuar con sus obras.

Naked Girl with Egg

Esas mujeres, a veces, eran las mismas modelos que posaban para él, y con las que, ya dispersada la tensión sexual, seguía trabajando. “Creo que muchas de mis modelos son chicas con alguna clase de agujero en sus vidas que se llena al posar para un artista”, le cuenta Freud a Gayford. Desde ya, no es necesario ser un especialista en las sutilezas del psicoanálisis para entender el sentido completo de la frase. Por otro lado, con sus amigos más venales, Freud también era perfectamente capaz de intercambiar sus cuadros por dinero en efectivo, siempre y cuando las circunstancias fueran urgentes. Y dada su larga compulsión por las apuestas legales e ilegales (que lo mantuvieron en la lista negra de casi todos los hipódromos londinenses hasta 1983), durante décadas esa fue una situación habitual.

Acostumbrado al elevado nivel de vida de muchos de los aristócratas con los que pasó buena parte de su juventud (un circuito social que le abrió el renombre de su apellido aunque, en los hechos, no compartiera ni la riqueza ni la dependencia de su estatus), en más de una ocasión Freud tuvo que malvender, canjear o hipotecar pinturas propias y ajenas antes de que sus deudas (sobre todo las ilegales) le costaran más que una advertencia. Fue por esta razón que, aunque nunca logró que ninguno de los dos posara para él, después de algunos serios problemas iniciales, Freud llegó a ser un “viejo conocido” de los gemelos Ronald y Reginal Krey, los líderes mafiosos de Londres durante los años cincuenta y sesenta.

The Brigadier

“En las apuestas y en la pintura (como así también en sus interminables romances), Lucian encontraba la adrenalina que le hacía falta. Para ambas ocupaciones, él pensaba que funcionaba el mismo principio de oportunidad con un diminuto margen de error entre el éxito y el fracaso” cuenta Victor Chandler, uno de sus más confiables corredores de apuestas, en Breakfast with Lucian, la biografía escrita por el periodista inglés Geordie Greig. Claro que la adrenalina tenía un límite, y fue por eso que cuando el Príncipe Carlos, apenas un pintor amateur, le ofreció “intercambiar pinturas”, Freud prefirió ni siquiera contestarle. “¿Qué podía decir? Era casi como un robo. Daba vergüenza”, le contó Freud nada menos que a Andrew Parker Bowles, que además de servir como modelo para el cuadro The Brigadier, que en 2015 se vendió por 35 millones de dólares, fue el primer marido de Camilla de Cornualles, leal amante y actual esposa de Carlos.

De cualquier manera, nueve años después de su muerte, el 20 de julio de 2011, a los 88 años, ninguna de las coloridas ni revoltosas anécdotas sobre el hombre que con una mirada curiosa y una vida tan agitada como secreta se convirtió en uno de los más grandes pintores de su generación superan la contundencia de su obra. Se trate del “retrato vestido” de la Reina Isabel II o de los “retratos desnudos” de las decenas de mujeres y hombres que pasaron entre sus pinceles y sus sábanas, Lucian Freud logra que sus caras y sus cuerpos comuniquen algo real, en especial en una época en que los filtros artificiales, los planos convenientes y los retoques siempre demasiado serviles nos ocultan cada vez mejor de los demás y de nosotros mismos. “Las personas me interesan solo como animales. Esa es una de las razones por las que me gusta pintarlas desnudas. Porque puedo ver más: ver las formas que se repiten en sus cuerpos e incluso en sus cabezas. Una de las cosas más excitantes es ver a través de la piel, de la sangre, de las venas y las cicatrices”, dijo Freud en una entrevista en 2002. Esa es la experiencia simple e intrépida que ofrecen sus cuadros: ver a las personas como son y no como les gustaría ser////PACO

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