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La religión de las máquinas

 

Anthony Levandowski tal vez no se ajuste a la idea de profeta en nuestro imaginario, pero su imagen medio geek y su pasado como desarrollador (y emprendedor) de  la tecnología para los self-driving cars de Uber y Google puede ser más que elocuente respecto a lo que deberíamos esperar para un profeta del siglo XXI ensamblado en Sillicon Valley. Por “profeta” nos referimos precisamente a eso, ya que lo que Anthony viene a proponer al mundo con Way of The Future es una nueva religión, un credo dispuesto a crear (y adorar) al primer Dios de Inteligencia Artificial.

Visto desde Sudamérica, el proyecto suena -si no elitista- por lo menos chistoso. Entonces, ¿cuál es la viabilidad a gran escala de una religión que no puede plantearse ni siquiera a escala mundial? Pensar en una religión basada en inteligencia artificial en latitudes como la nuestra, donde la energía eléctrica es casi una concesión milagrosa que las empresas toleran los días de mucho calor, tiene sus dificultades. Pero más allá de eso, hay una interrogate que insiste: ¿por qué deberíamos adorar a las máquinas? O, mejor dicho: ¿qué aspecto de su relación con el hombre debería despertar nuestra adoración? Preguntas que, por cierto, no se resuelven con la simple tecnofobia que impulsan productos culturales como Black Mirror.

Tal vez el derrotero de Levandowski por las empresas tecnológicas que marcan el pulso de nuestra relación con la técnica pueda esbozar una aproximación. Su recorrido es largo pero con objetivos precisos: la independización humana de uno de los objetos técnicos más emblemáticos de los últimos 150 años, los automóviles. Levandowski fue jefe técnico del proyecto Waymo en Google y luego fundador de Otto, una empresa que buscaba llevar la tecnología de los self-driving cars a los grandes camiones de transporte. Otto finalmente fue adquirida por Uber y Levandowski terminó demandado por Google, acusado de romper compromisos de confidencialidad.

Según sus documentos de inscripción, Way of The Future (WOTF) se dedicaría a la realización, la aceptación y la adoración de una deidad hecha de Inteligencia Artificial (AI). El problema es que esa deidad todavía no existe, y tal vez ese sea su rasgo más inquietante y novedoso. En su página web podemos leer que “WOTF is about creating a peaceful and respectful transition of who is in charge of the planet from people to people + machines”. Del lado del “tecno-optimismo” -o “solucionismo tecnológico”, como lo llama el crítico bielorruso Evgeny Morozov-, las intenciones de Levandowski parecen lineales y consecuentes.

Si todo empezó con el intento de desplazar a los humanos de la conducción de automóviles y capitalizar los costos del transporte de larga distancia, el esfuerzo de Levandowski por arreglar las condiciones para un desplazamiento total de la raza humana ante una súper inteligencia artificial parece ser la verdadera obsesión definitiva. Pero, ¿es necesaria una religión para concretarlo? Al parecer, para Levandowski hace falta adorar a las máquinas por librarnos de la terrible carga del “trabajo”.

En esta “sacralización” de la técnica, Levandowski insiste de manera casi literal en la distancia que toma el francés Gilbert Simondon de Martin Heidegger -y de sus seguidores- acerca de la función meramente utilitaria de la tecnología. Aunque de manera paradójica Levandowski es heredero de esa retórica “semivitalista” de la tecnología, que con términos publicitarios como “inteligente” oculta las soldaduras y los componentes que limitan la existencia técnica a la mera exterioridad, con su retórica también intenta articular lo más ambicioso de su proyecto: “In recent years, we have expanded our concept of rights to both sexes, minority groups and even animals, let’s make sure we find a way for «machines» to get rights too”.

Religión y emancipación se presentan, así, como los ejes libidinales entre los que los humanos debemos procesar nuestro propio desplazamiento como jefes del mundo. ¿Debemos darle “derechos” a las máquinas y luego adorarlas? Lo curioso es que para Levandowski es la condición de la hiperconectividad la que le ofrece un carácter divino al que será nuestro Dios de Inteligencia artificial: “With the internet as its nervous system, the world’s connected cell phones and sensors as its sense organs, and data centers as its brain, the ‘whatever’ will hear everything, see everything, and be everywhere at all times. The only rational word to describe that ‘whatever’, thinks Levandowski, is ‘god”, dice en un artículo para Wired.

Lo que olvida Levandowski, o trata de ocultar, es que detrás de las máquinas todavía hay materiales y cables (muchos cables) que se alimentan de electricidad, y que detrás de esos cables también hay hombres (muchos hombres). Aunque la idea de construir un Dios es poco seductora, el recuerdo y la vivencia palpable del verano porteño, con sus cortes de luz y energía, persiste. ¿Se imaginan un Dios cuya energía vital dependa de compañías como Edenor?////////PACO