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Para entender cómo algunas deidades menores del siglo XXI como Mark Zuckerberg, Larry Page, Jack Dorsey o Jeff Bezos irrumpieron en este esquema, vale la pena demorarse en los prolegómenos de la última batalla entre la luz y la oscuridad. Y si para eso aceptamos que la diversidad de lenguajes a disposición de las necesidades humanas no es otra cosa que una diversidad de maneras de ver el mundo, tampoco está de más recordar que, en oposición a las voces románticas, nunca dejaron de oírse las voces de la razón.

Entre todas ellas, tal vez sea la de Isaac Newton la que mejor demuestra la manera en que también otro tipo de “entidades intangibles” como la fuerza de gravedad podían someterse a un lenguaje matemático absolutamente opuesto al romántico y, aún así, tan dispuesto como aquel a reconciliarnos con lo incomprensible. Para lograrlo, el lenguaje newtoniano intentaba limitarse en su latín del siglo XVII a las palabras factuales, es decir, a las que en su búsqueda obsesiva de precisión y concisión eliminaran las interpretaciones figuradas o metafóricas, enemigas declaradas de la objetividad de la ciencia. Solo a través de este lenguaje transparente, creía Newton (y creen, todavía, los tecnócratas), podría darse a conocer un mundo tan explicable por la ciencia como accesible entre quienes quisieran asimilarlo más allá de las apariencias. La luz, por lo tanto, no solo exponía lo que había allá afuera, escondido en la oscuridad, sino que en su fase más avanzada, creían racionalistas y románticos por igual, podía explicar aquello que, aún iluminado, podía percibirse pero no podía entenderse.

Una de las versiones más cándidas de este sincretismo fue la tecnificación del mero caminar, que tuvo su inauguración cultural en 1813, cuando Walter Thom fundó el power walking (que en su versión acelerada se llamaría running y en su versión escarpada trekking) al publicar Pedestrianism or An Account of the Performances of Celebrated Pedetrians during the Last and Present Century, un “manifiesto” cuya premisa fundamental repiten los médicos hasta hoy: caminar es el mejor ejercicio, ya que no solo es la forma más “natural y perfecta” de la movilidad del cuerpo sino que involucra a “todas sus partes, beneficiando la circulación de la sangre a través de las arterias y las venas”.

Iluminado por la técnica y transparentado por la ciencia, vaciado de enigmas y drenado de secretos, lo realmente existente iniciaría así un viaje sin escalas hacia lo que, un siglo y medio después, algún alemán escéptico compararía con apenas una imagen del mundo, dispuesta a purgar a los hombres de cualquier posibilidad de ascender al Ser para reducirlos a lo puro ente. Y así fueron las cosas hasta finales del siglo XX, cuando una nueva generación de románticos, formados ahora en el lenguaje matemático de la cibernética, tuvo una nueva visión (o por cuestiones de rigor, un nuevo sueño). ¿Y si la técnica que rodeaba a los hombres pudiera resolver el dilema y recrear un plano de existencia distinto al analógico? ¿Y si al hacerlo se pudiera volver a deambular en libertad aún entre la oscuridad y sin los peligros reales del pasado?

No importa repetir el largo entramado de voluntades privadas, públicas, civiles y militares involucradas en este proceso. Lo que importa es que el producto final de esta renovada ilusión pastoril fue internet. ¿Y qué es internet sino la ironía romántica por excelencia? Es decir, ¿quién podría ignorar, a esta altura del siglo XXI, que la “red de redes” se convirtió en un monstruo científico cuya reacción originaria contra la fusión de las fuerzas de la tecnocracia y la financiarización no sólo fue incapaz de construir una alternativa sino que, además, lo empeoró?

En efecto, lo que esos programadores románticos soñaron en el último tramo del siglo XX como una vía de escape ante la opresión de la realidad, pronto se transformó en “la sensación mental de estar siendo vigilado por ojos a los cuales no escapa nada y registran todo sin piedad ni compasión”, como escribió el psicoanalista A. A. Mason a propósito de un paciente psicótico que padecía claustrofobia. Por dar apenas un ejemplo: ahora mismo, Amazon es capaz de diseñar programas que no solo reelaboran cualquier régimen de trabajo humano anterior al requerido por el acopio y la distribución de sus mercancías, sino que puede detectar en el mismo proceso los signos humanos más precoces de organización sindical. Desde ya, la otra parte de la opresión, la que envuelve a los consumidores, la hacen las redes sociales. Pero antes de terminar con esto, volvamos por última vez a la noche////PACO

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