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Fueron los románticos quienes, a partir del siglo XVIII, aún antes de que su sensibilidad se cristalizara como movimiento estético, acompañaron la gentrificación de las ciudades modernizadas a fuerza de aceite, gas y electricidad con una mezcla pronto estandarizada de escepticismo ante el futuro y una vaga idealización del pasado. Por supuesto, la figura del “caminante nocturno” absorbido por estas novedosas cavilaciones no surgió de forma espontánea, sino que arrastraba distintos antecedentes desde el siglo XVII, cuando cierta clase de caballeros con los recursos para expresarse de manera lírica en el papel (pero sin tantos para asegurarse un resguardo nocturno permanente) empezó a estudiar la alquimia poética que permitiera convertir su miseria en melancolía. De esta manera, a medida que las ciudades reordenaban los modos de existencia de nuestra especie según los rigores diurnos y nocturnos de una nueva tecnificación (con jornadas de trabajo industrializadas, mediciones precisas del tiempo y cierta infraestructura para que todos cumplieran con sus deberes bajo cierta seguridad), los románticos perfeccionaron su arte hasta convertirse en hacedores y testigos privilegiados de las fuerzas anárquicas de la oscuridad, que sobrevivían ahora bajo la flamante categoría de imaginación folklórica.

Para el siglo XIX, también William Hazlitt escribiría acerca de la importancia de viajar a pie para reconectarse de un modo individual e inmediato con la naturaleza interna y externa de un mundo alienado por los cataclismos psicopolíticos de la Revolución industrial. El motivo era evidente: quien elegía caminar a través del campo desnudaba con la gracia de su deliberada ociosidad la instrumentalización forzosa de todos aquellos que, a su alrededor, se habían convertido en poco menos que unidades biológicas de producción y consumo a las órdenes del mercado. Por lo tanto, ¿qué mejor que estetizar la naturaleza del tiempo, el espacio y los esfuerzos de quienes lo trabajaban para reconstruir un modo de estar otra vez en comunión? «No es de extrañar», escribiría Martin Heidegger a mitad del siglo XX, que «sólo surja el humanismo ahí donde el mundo se convierte en imagen».

Se inauguró así la fase más exitosa de un largo equívoco que, hasta el día de hoy, presupone neuróticamente que ante los vértigos constantes de la modernización (se trate de la electricidad, la división del átomo o internet) debemos retornar a una naturaleza previa, genuina y mejor, y por lo tanto, en auténtica armonía con la verdadera vida de los hombres y las mujeres, aún cuando la única naturaleza real anterior a la modernizada estaba tan plagada de terrores y masacres que desear las buenas noches tenía un sentido de invocación a la supervivencia superior al que hoy podríamos entender. En el balance, sólo los desesperados, los fanáticos y los excéntricos disfrutaban la oscuridad cuando todavía no se había inventado la luz artificial, y no hay registro de que ese disfrute no reafirmara otra cosa distinta que el placer por la violencia de los más sádicos, la prepotencia despiadada de los más ricos y la vulnerabilidad indigna de los más pobres.

Un ejemplo de este equívoco, que llegaría a convertirse en un nutriente fundamental para distintas generaciones de humanistas inocentes y poco informados, puede encontrarse otra vez en Londres. A finales del siglo XVII, cuando las zonas privilegiadas ya estaban iluminadas durante buena parte de la noche, surgieron las bases de los futuros shoppings. Ante los paseantes nocturnos se montaron entonces las primeras vidrieras y locales diseñados específicamente para reconvertir la luz sintética en una llamada de atención hacia el consumo, gracias a lo cual la actividad comercial extendió su horario hasta mucho después de la caída del sol. Desencantada por completo, decían los románticos como Daniel Defoe, la noche, iluminada por una desalmada luz artificial, había creado “una era con más idiotas que la anterior”, ya que “solo los idiotas parecen fascinarse con estos shows y salidas”. Defoe establecía de esta manera la típica instancia suplementaria del equívoco alrededor de un hipotético retorno a un pasado armonioso e inexistente: el hecho de que nadie, ni siquiera los románticos, sabían cómo huir del mundo de la Aufklärung en el que habían quedado envueltos. Ante esto, la necesidad y la urgencia de inventar algún punto de escape decretó que si la fuga no podía hacerse hacia el exterior nocturno, alumbrado y vaciado de fantasías, entonces tendría que hacerse hacia los rincones más oscuros del corazón y la mente humanos.

Esta es la línea de trabajo que Jean-Jacques Rousseau aprovecha en sus Confesiones, publicadas en París en 1782, para que sus paseos juveniles se conviertan en experiencias conmocionantes y sublimes a pesar de que la escenografía inicial resulte, a primera vista, ajena a cualquier trascendencia. La cita es larga pero didáctica, y en algún punto arrastra la misma urticante necesidad de respuestas (por parte de los espíritus más torvos) acerca de los medios de vida de los espíritus románticos. Escribe Rousseau: “Nunca pensé tanto, existí tanto, viví tanto ni fui yo mismo tanto, si es que puedo aventurarme a usar esta frase, como en mis viajes solitarios a pie. Hay algo en el caminar que anima y aviva mis ideas. Apenas puedo pensar cuando estoy quieto; mi cuerpo tiene que estar en movimiento para que mi mente se active. La vista del campo, la sucesión de paisajes agradables, el aire fresco, el buen apetito, la sonora salud que otorga la caminata, la vida relajada de las posadas, la ausencia de todo lo que me vuelve consciente de mi posición dependiente: todo esto libera mi alma, despeja mi ánimo intelectual y me arroja, por así decirlo, a la inmensidad de las cosas, de manera que puedo combinar, elegir y apropiarme de ellas a gusto, sin miedo ni restricción”.

Si lo que el romanticismo le atribuye al mundo diurno se magnifica en un plano superior de la experiencia, al enfocarse en la noche alcanza lo epifánico. Y es por eso que, al recordar sus paseos nocturnos por Lyon, Rousseau también escribe: “La noche era calma, sin viento; el aire era fresco, sin llegar a frío; el sol, ya oculto, dejaba en el cielo vapores rojizos como el reflejo de una rosa desteñida en el agua; los árboles en los jardines estaban llenos de ruiseñores que se contestaban unos a otros. También yo caminaba en cierto estado de éxtasis abandonando mi corazón y mis sentidos al disfrute, y solo lamentando que estuviera obligado a disfrutar todo en soledad. Absorbido por el placer, seguía mi caminata hacia la noche sin notar que estaba cansado”.

A las versiones impresionistas de esta oscuridad, en la que se desplegaba lo que les lumières de la Raison preferían descartar (y que la literatura del siglo XIX hibridaría en los relatos de viajes de científicos al centro casi siempre prehistórico de la Tierra), pronto se fueron añadiendo otras indagaciones filosóficas. Si caminar en la noche habilitaba un pensar de la noche, solo faltaba ajustar los detalles para vislumbrar una revolucionaria metafísica de la oscuridad; es decir, un modo de observar y entender el mundo más allá de los principios de uniformidad y transparencia que lo mantenían iluminado a cada instante. ¿Acaso la oscuridad podría atravesar el tiempo, el espacio y al individuo mismo para enfrentarlo a una clase totalmente distinta de revelaciones? Haciendo uso de este tipo de metáforas, Georg W. F. Hegel hablaría en su juventud acerca de la intermitente “noche del mundo” que asoma frente a nuestros ojos cuando miramos a otro ser humano y descubrimos, con un vago horror sagrado, el puro uno mismo: esa negatividad absoluta plagada de fantasmagorías anteriores al sentido del Espíritu. En consecuencia, sería en la nocturnidad primigenia, en la “intimidad de la naturaleza”, para decirlo en el lenguaje hegeliano, donde el espíritu conquistaría su verdad al volverse capaz de encontrarse a sí mismo en “el absoluto desgarramiento”. En términos simples: habría filosofía a partir de la “noche del mundo”, dado que “el búho de Minerva sólo levanta vuelo al caer el crepúsculo”. 

En consecuencia, quedó erigida la idea de que la oscuridad, dotada de enigmas y misterios propios, no era la ausencia de luz (como lo había determinado Dios en los primeros instantes de la creación), sino que era su complemento dialéctico perfecto y negativo. A partir de ahí, quien se dispusiera a pensar entendería que la única luz valiosa es la que brilla en medio de la más apabullante oscuridad, por lo que el pensamiento redefinió su campo de acción entre los claroscuros de lo aún indefinido////PACO

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