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1/ El gesto nos abruma. ¿Dónde lo encontramos? El vecino insulta a la chica cuyo perro defeca en la vereda y por eso es un nazi. Un conductor le grita “¡gorda cariñosa!” a una mujer por la calle y es fascista. La revista Gente practica el darwinismo social por publicar fotos de gente rica. En una red social alguien dice que la represión es potestad del Estado y es acusado de racista. La belleza en Instagram es percibida como antidemocrática. En el sur de los Estados Unidos, un hombre violenta sexualmente a un cocodrilo; en La Paz, un grupo lincha a un carterista; en la Argentina, un industrial practica la minería a cielo abierto, y todos estos personajes son inmediatamente catalogados de la misma manera. Facho, fascista, nazi, racista, ¡qué música cotidiana! De hecho, hoy el peronismo es fascista. Y el antiperonismo también. Y lo son los docentes, la exigencia, la autoridad y el autoritarismo. Incluso pedir que se cumpla con un horario o con un acuerdo de mínima cortesía puede disparar la sospecha. En esta manera de mirar el mundo, la policía bonaerense es hitleriana. Los barrabravas son grupos de choque. Los militantes del kirchnerismo, las SA. Y el liberal que echa trabajadores también es fascista. Y el nacionalista es facho. Y el policía es represor, o genocida, por disparar balas de goma contra una protesta. Hoy todo lo que no se comprende y parece salirse de un espectro de comprensión bienpensante es plausible de ser resuelto con esa marca ideológica, por lo demás difusa y dicha sin precisiones, sin responsabilidad ninguna, sin daño, ni costo. En esas listas no hay amargos arribistas de la UCR. Nadie recibe el mote de tímido o irritante pijatriste del socialismo. Las categorías que se escuchan parecen bien definidas:  “facho”, “autoritario”, “nazi hijo de puta”, o en la otra punta, pero curiosamente no tan lejos, “negro de mierda.”

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2/ Hay dos lecturas para comenzar a examinar esas reacciones, dos lecturas que no se excluyen. La primera, confundimos todo. Lo social nos presiona igual que nuestra ignorancia, queremos ser mejores pero desconfiamos de la historia y los libros, decidimos formar parte de nuestra comunidad, ayudar al otro, ser “buenos” y por eso tenemos fobia de la mirada juzgadora. Así que actuamos como viejos perros de Pavlov condicionados por la historia atribulada del siglo XX. La segunda hipótesis resulta más inquietante: todavía hoy algo de la fuerza del fascismo nos alcanza. Es más, está dentro nuestro. Y nos sirve. Paradójicamente al repeler y condenar esa fuerza también la invocamos. Censuramos el vector recursivo, desde luego, pero no podemos dejar de citarlo, de utilizarlo, de nombrarlo. ¿Frivolidad? El magnetismo emerge con una vigencia que no queremos reconocer pero que está ahí, en cada imprecación. Luego, por supuesto, la sexualización de los símbolos de esos regímenes y su alianza con la comunicación de masas ha sido muy estudiada. También sus derivaciones. Y se descubre muy rápido que nazismo y fascismo no son lo mismo. Pero lo que me importa aquí es señalar que hay algo escondido en los canales de diálogo de nuestra modernidad, algo que nos sacude en relación a esos rótulos. Así, recordando la violación, la violencia, el odio y el prevaricato, se mueve una categoría que vive. La acusación, ¿no revela un pedido de orden? ¿O se trata de una lucha de subjetividades donde cualquier argumento sirve para imponerle al otro mi propio deseo? Arriesgo que una de las formas de esa existencia es antes la seducción que la queja.

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3/ En julio de 1973, Martin Amis le dedicaba a Bowie un artículo que, publicado en el New Statesman, terminaba así:

“Entre algunos hippies más enterados, Bowie aparece como el símbolo de un tipo de extremismo vertiginoso, un estilo de vida (por esta vez, nos permitimos esa palabra) caracterizado por un apetito sexual omnívoro, abundante uso de drogas –especialmente la cocaína, en gran medida una droga cara, elitista, galvanizada–, el narcisismo auto-paródico y una muerte temprana llena de glamour. Dignificar esta perspectiva infeliz con un término como «nihilista» sería, por supuesto, absurdo; pero Bowie parece tener un nuevo enfoque para los vagos ensueños depredadores y escapistas de los jóvenes alienados. Aunque es poco probable que dure mucho tiempo como un culto, es difícil creer que los sentimientos que ha despertado Bowie desaparecerán junto con la moda que se construyó alrededor suyo.”

Del párrafo, intenso, preciso, me interesan las frases “vagos ensueños depredadores y escapistas de los jóvenes alienados” [vague, predatory, escapist reveries of the alienated young] y “un tipo de extremismo vertiginoso” [a kind of thrilling extremism]. ¿Hay una connotación política ahí? No creo que Amis lo escribiera con esa intención. Y sin embargo, tampoco se trata solo del escritor británico jugando al crítico de rock. El sesgo, me parece, es social. Bowie refleja un estado de la moda, pero no solo de la moda, sino también del ánimo de sus seguidores.

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4/ En 1976, la revista New Musical Express publicó un artículo titulado “Heil and Farewell” que empezaba con esta frase: “The person now arriving on platform 8 is David Bowie.” ¿Qué más? Era domingo 2 de mayo en Victoria Station. Estaban los fans, estaba la puesta en escena de amor al ídolo musical. Bowie saludaba parado desde la parte de atrás de un descapotable Mercedes Benz. En su libro Loving the alien, Christopher Sandford dice que se lo había comprado al estado de Irán después de que un príncipe árabe hubiese sido asesinado en él. NME publicó dos fotos. En una vemos un saludo ingenuo, parecido al de las princesas provinciales de la Argentina; en la otra, el gesto es bastante parecido a la pala fascista, esa variante que la historia contemporánea nos dio del saludo romano. Bowie, nacido en 1947, había sido un niño de la posguerra, pero en ese momento tenía veintisiete años y ya vivía en otro planeta social. Station to station había salido en enero.

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5/ En septiembre de ese mismo año, Cameron Crowe entrevistó a Bowie para Playboy. En esa época, Playboy era una revista que publicitaba en tapa notas como “Kurt Vonnegut Jr.´s new novel Slapsticks” o “Hughes, Nixon and the CIA: The Watergate Conspiracy. Woodward and Bernstein Missed.” Era una revista que, por ejemplo, tenía a Bowie diciendo que Hitler había sido una de las primeras estrellas del rock. Vale reproducir el fragmento in extenso. En la web muchas veces aparece recortado.

PLAYBOY: Decís a menudo que creés fuertemente en el fascismo. Y encima amenazás con que algún día te vas a postular para ser Primer Ministro de Inglaterra. ¿Más manipulación de los medios?

BOWIE: Dios, todo es manipulación de los medios. Amaría entrar en política. Algún día lo voy a hacer. Me encantaría ser Primer Ministro. Y sí, creo fuertemente en el fascismo. La única manera en que podemos atravesar esta suerte de liberalismo que se siente en el aire en este momento es acelerar el progreso hacia una derecha totalitaria y tirana y superarlo lo más pronto posible. La gente siempre respondió con mucha eficiencia bajo esos regímenes de liderazgo. Los liberales pierden el tiempo diciendo “bueno, a ver, ¿qué ideas tenés?” Decime qué hacer, por Dios. Si no me decís, nadie hace nada. No soporto a la gente que se cuelga. La televisión es el fascismo más exitoso, no hace falta ni decirlo. Las estrellas de rock son fascistas. Adolf Hitler fue una de las primeras estrellas de rock.

PLAYBOY: ¿Cómo es eso?

BOWIE: Pensalo. Mira algunas de sus películas y observa cómo se movía. Creo que era tan bueno como Jagger. Es asombroso. Y bueno, cuando subía al escenario, se trabajaba al público. ¡Dios mío! No era un político. Era un artista de los medios de comunicación. Utilizó la política y la teatralidad y creó esa cosa que rigió y controló todo durante doce años. El mundo nunca volverá a ver algo así de nuevo. Organizó un país. De verdad, me gustaría ser Primer Ministro, pero creo que tengo que poner en orden mi propio país primero. No quiero ser primer ministro del viejo país. Tendría que crear el estado en el cual vivir primero. Sueño con un día comprar compañías y estaciones de televisión, para ser su propietario y controlarlas.”

Después Bowie se vuelve especialmente tanático, cita a Wilhelm Reich, dice que ya no padece el miedo paranoico de ser asesinado en escena y que murió muchas veces cuando tuvo que salir a tocar. Al final remata la intervención así: “La gente no es muy brillante, ¿no? Ellos dicen que quieren libertad, pero cuando tienen la oportunidad, dejan a Nietzsche y eligen Hitler porque él marchaba para hablar y la música y luces se encendían en los momentos claves. Era más bien como un concierto de rock. Los chicos se emocionan, las chicas se calienta y sudan, y los chicos quieren estar ahí arriba. Para mí, eso es la experiencia del rock´n roll.”

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¿Qué efecto tuvo todo esto? Tanto la nota en NME y las fotos del saludo como las declaraciones a Playboy apuntalaron la creación de Rock Against Racism, una serie de conciertos cuya cumbre fue The Clash tocando para ochenta mil personas en el Victoria Park el 30 de abril de 1978. También se organizó un “Carnival Against the Nazis” en Trafalgar Square donde los músicos y artistas desfilaron con muñecos que caricaturizaban a los líderes del National Front como John Tyndall y Martin Webster y donde no faltó la parodia de Adolf Hitler.

6/ En septiembre pero de 1980, Bowie le concedió una entrevista a NME donde hizo su descargo. El autor de la nota, Angus MacKinnon, dice que el evento de Victoria Station ocurrió en realidad a fines de 1975. La pregunta era obligada. Bowie se defiende así:

“Estaba muy metido con la mitología. Había encontrado al Rey Arturo. No era como vos probablemente sabés porque… Quiero decir, todo este tema del racismo con el que viene aparejado, inevitable y comprensible, pero -y sé que va a sonar terriblemente ingenuo- pero nada de eso se me pasaba por la cabeza. De hecho, había estado trabajando y sigo trabajando con músicos negros en los últimos seis o siete años. Y hablamos de eso. Sobre el período artúrico, sobre el costado mágico de toda la campaña nazi y de la mitología que lo envolvía.”

La cita es famosa, se la repite bastante en la web. Lo que sigue después, resulta menos conocido: “Había algo algo adictivo en lo que ocurría ahí que fui capaz de domar, esa particular tormenta, pero pude mandar a esos demonios de vuelta a… bueno, donde sea que vivieran.”

El compromiso de los años 60 ya no existía y el mucho más frágil de los años 70 daba paso a otra década, otra tecnología, otras discotecas, otro mundo: el de la década del 80. Lo interesante de esa cita es que Bowie diferencia “racismo” de “nazismo”. Lo primero, ni lo suscribe ni lo practica. Y tiene testigos y hechos que lo aseguran. Pero enseguida llegan esos demonios adictivos que debe ser devueltos a su lugar de origen. Los demonios de la tentación, dulces, necesarios para todo creador, las tribulaciones del santo en el desierto. ¿Es posible vencerlos? Se los domestica, se los acalla, pero ellos siguen ahí, latiendo. ¿No viven, acaso, el interior del mismo artista?

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7/ Al parecer hubo un encuentro nuclear y perdido en esta historia. Después de un concierto en Los Ángeles, Bowie recibió al escritor Christopher Isherwood que había pasado un tiempo en Berlín durante los años treinta escribiendo la novela Goodbye to Berlin, en la cual se inspiró la película Cabaret. Bowie admiraba la novela y la afinidad musical y teatral que tenía con la película era evidente. Su estética se nutrió de ese ambiente de entreguerras, de esa ambigüedad sexual, ese maquillaje, el ánimo festivo, desprejuiciado pero visto como el preámbulo resplandeciente de una etapa oscura, donde después del placer distendido llegaría un sadismo marcial. El viaje creativo de Bowie a Berlín es más conocido, lo mismo que su sociedad en esa época con Iggy Pop y su trabajo como compositor y productor del disco The Idiot. (Una mezcla, no del todo satisfactoria para Bowie, de Kraftwerk y James Brown. Se dice que The idiot es el disco que escuchaba Ian Curtis cuando se colgó. No está de más recordar aquí Warsaw la canción que Joy division le dedicó a un Rudolf Hess, el último preso en Spandau.)

8/ Antes de todo esto, en 1974, Bowie había gritado en Diamonds dogs: “This is not rock and roll, this is genocide!” mientras era aplaudido y vitoreado por sus fans. Para entender el poema de ciencia ficción techno-apocalíptica al principio del disco puede servir recordar que en esos años, James Ballard publicaba Crash en 1973, La isla de cemento en 1974 y Rascacielos de 1975.

9/ La serie del rock sabe de símbolos nazis. Sid Vicius de los Sex Pistols, Ron Asheton de los Stooges, el heavy metal nórdico, etcétera. Pero ¿Bowie? La esvástica como símbolo es ambiguo. Puede y no puede ser lo que es, y también muy rápido puede pasar a ser otra cosa. El excelente ensayo de Stuart Hall “Notas sobre la deconstrucción de lo popular” lo usa de ejemplo para confirmar como los usos deforman los símbolos. Pero Bowie nunca se fotografió con una esvástica. Y al mismo tiempo su cuidada imagen ofrece más que el escándalo o la política de la disconformidad. Se le dice, al pasar, provocador a alguien que relativiza. A alguien que piensa, que ironiza. Creo que Bowie subrayaba ese algo más. En Loving the alien llamaba a amar al extraño. Pero ¿quién era el verdadero extraño en la segunda mitad del siglo XX?

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10/ Buscar alusiones políticas, totalitarias, liberales, partidarias, en una obra tan amplia y compleja como la de Bowie puede ser una tarea infinita, gozosa y delirante. El mismo Bowie, artista moderno al fin, lo sabía y lo disfrutaba.

11/ Pero… ¿por qué triunfa Bowie? ¿Por qué ese flirt con el nazismo no lo destruye? La primera respuesta es que no lo hizo en el siglo XXI. Luego aparece la incuestionable elegancia que lo lleva más allá de sus declaraciones y que también afecta a su música. Dicho rápido: La ropa le quedaba bien. Sabía elegirla. Bowie cultivó su vestuario con la audacia y seguridad profesional de alguien que trabaja con andamios, máquinas y explosivos. Por eso, de todos los cantante británicos de la década del 70, él era el mejor preparado para pasar a la década del 80 y extraer de ella todas las promesas de ritmo y frivolidad arty. Sin embargo, no se quedó fijado ahí. Sus discos y sus performances de los años 90 suenan como una versión espacial del grunge. Y como llegó al siglo XXI produciendo, a todos les llamó la atención cuando avisó que ya no iba a tocar en vivo.

12/ El rock y su comunión de masas. El líder totalitario y su relación personal con las tecnologías del espectáculo. Los campos de exterminio masivos. La radiación de imágenes y la televisión. Todo naciendo junto y al mismo tiempo. Hay afinidad. ¿Podemos reducir el efecto Bowie a eso? La clave quizás esté en esa adaptación de Wagner al café concert. La exploración antifóbica de la íntima relación entre lo ridículo y lo sublime, la combinación mil veces intentada de lo complejo, la desesperación y lo inasible, el contraminimalismo funcionando para recuperar paisajes acordes al Romanticismo de Jena, o sea, paisajes mentales y místicos, donde la religión que siempre es sacrificial se mezcla con un entorno aggionardo de viajes espaciales y seres de otros mundos. En vez de Nibelungos, hombres-lagarto y vampiros galácticos; en vez de un Alemania rural, ruinas marcianas. O las ruinas del final de un laberinto medieval. Todo el repertorio de la ciencia ficción más fantástica en su cruce con el pulp trabajando con ironía nuestra subjetividad. Cuando escuchamos a Bowie, somos extranjeros en un mundo dorado y rojo, somos Sigfrido, somos el astronauta adicto al vacío, somos el amante desgarrado y melancólico que mira la violencia menos con reprobación que con la tibia curiosidad de constatar la arbitraria existencia de los otros.

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13/ Sergio Massarotto escribió una vez sobre Queens of the Stone Age: “este grupo de hombres que así como producen buen rock, dan la impresión de ser capaces de bajar de un helicóptero y liberar el Sudeste Asiático si no hubiese otra cosa para hacer.” Bowie también generaba esa sensación de prestancia guerrera. De hecho, todavía no se desclasificaron los documentos que lo demuestran pero estoy seguro que peleó en Malvinas.

14/ (Luego, Queens of the Stone Age exhibe una influencia directa de Bowie, desde su nombre y sus letras hasta la variedad de sus ritmos y la experimentación que no abandona el formato canción. Véase, a modo ilustrativo, el arco de posibilidades que se recorre desde The Fun Machine Took a Shit And Died del disco Era Vulgaris hasta The vampyre of time and memory de Like Clockwork.)

15/ “Siempre lo vi como un personaje de Leni Riefenstahl” me dijo hace poco Mariano Canal.

16/ Pero, ¿todo eso conduce al nazismo? Nunca está de más volver a subrayar que la prohibición engendra el deseo y que los veteranos británicos de la Segunda Guerra no entendían el rock y se sentían muy seguros y orgullosos de su victoria sobre los alemanes. Por lo demás, tenemos pruebas de que Bowie había sido objeto de burla de esos hombres duros de los años 40. En una vieja emisión de TV de 1964 lo vemos con su nombre verdadero quejándose de los comentarios que recibía por usar el pelo largo y dándose a conocer como el fundador de la Society for the Prevention of Cruelty to Long-haired Men.  

17/ El pasado 28 de diciembre murió Lemmy Kilmister. Tenía una impresionante colección de memorabilia nazi y a veces usaba cruces, camperas de aviador o gorras de las SS en sus conciertos. Cuando lo cuestionaban, respondía: “colecciono objetos, no ideas.” Muy poco tiempo después, el 5 de enero, murió Pierre Boulez. Michel Foucault lo entrevistó en un diálogo casi tan malo e insípido como el de Derrida y Ornette Coleman. A leer esas páginas, publicadas en una CNAC Magazine de 1983, queda claro que a Foucault no le interesaba la música, tema sobre el que, por otra parte, jamás escribió una página. ¿No habría sido más productivo el encuentro con Bowie? Y luego Bowie, a su vez, debería haber entrevistado a Boulez. (De paso, en ese diálogo Foucault dice que el rock es una música pobre.) Por lo demás, me imagino a Lemmy y a Boulez en una habitación del purgatorio -una especie de backstage con una mesa blanca, botellas, sillas y vasos de papel- sin saber de qué hablar. Hasta que llega Bowie, el intérprete, la pieza que faltaba entre el ritmo de Motörhead y la atonalidad del director francés. De hecho, en la música de Bowie es posible escuchar a Lemmy y a Boulez. La muerte y sus reuniones excéntricas, aguda anfitriona. Con ella hay siempre sorpresa, que no deberíamos, y también poco margen de negociación.

18/ La democracia es una garantía que sirve arreglada de forma ajena a nuestros deseos más profundos. Implica apenas la preservación imperfecta de nuestras condiciones de existencia básicas. Y a veces ni eso. Una felicidad chirle, un cocido de sobras que siempre debe ser aderezado con relativismo y comillas. Somos democráticos cuando eso nos beneficia. El resto del tiempo preferimos los desafíos místicos, la disidencia, el poder, la fantasía, la diferencia, el cine, Internet, las drogas. Hay muchísimas zonas de nuestro cuerpo social y físico que se entumecen con democracia. Y en ese sentido Bowie sabía de trabajo y de experiencia. Una vez le preguntaron a Mick Jagger por qué hacía canciones sobre adicciones, amores fatales y hombres desesperados. Respondió: “Intente hacer una canción sobre alguien feliz a ver qué sale.” Y Jim Jarmush escribió: “La autenticidad es invaluable, la originalidad es inexistente.” Las canciones de Bowie fueron siempre un poco más allá y se convirtieron para varias generaciones en pequeñas catedrales góticas del amor marciano. Él las componía y cantaba mientras nos confirmaba con su vida y su obra que el egoísmo es honesto. Nosotros escuchándolas entendíamos la inefable verdad de ese enunciado terrible y también que no existe nada más indescifrable que el talento.///PACO