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Cuenta la Biblia que Dios dijo: “Haya luz”, y entonces hubo luz. Luego vio que la luz era buena y la separó de la oscuridad, y llamó a la luz “día” y a la oscuridad “noche”. De esta manera, Él fue el primero en ocuparse de la noche, aunque entre los últimos podríamos enumerar a otras deidades menores como Mark Zuckerberg, Larry Page, Jack Dorsey o Jeff Bezos. Pero a esto volveremos en un rato. Lo importante es el modo en que fue nada menos que Dios el encargado de establecer las bases eternas de la noche: la oscuridad en oposición a la luminosidad. O, tal vez, ni siquiera eso. Sin derecho a asumir su condición dialéctica, esa naturaleza suplementaria que le otorgarían más tarde los románticos, la noche surgió apenas como despojo de la luz: una inevitable, peligrosa y lamentable excrecencia fundadora de un reino en el que todo lo que era malo, peligroso y prohibido podía pasar (y, de hecho, pasaba). Es por esto que durante siglos (y en Europa, al menos, hasta el XV), los reparos ante el lapso en el que las pesadillas del sueño y lo pesadillesco de lo real convivían en armonía provocaron los toques de queda para separar a los individuos del día de los individuos de la noche, acerca de los cuales, subraya Al Álvarez, todavía tenemos la sospecha primitiva de que no andan en nada bueno.

En Inglaterra, por ejemplo, Guillermo el Conquistador instauró en 1068 el “toque de queda nacional”, por el cual una campana sonaba a las ocho de la noche “para que todas las personas apagaran sus fuegos y sus velas, y se fueran a dormir”. Solo los médicos, las parteras, los sacerdotes y los veterinarios, es decir, quienes cumplieran tareas esenciales —otra palabrita que se arrastraría a través del horror humano hasta ya entrado el siglo XXI— tenían derecho a circular con relativa libertad después del final del día, además de quienes se ocupaban de despejar las calles principales de basura. Y aún así, en los siglos X y XI, hacerlo no significaba necesariamente otra cosa que exponerse al robo, la violación o la muerte (con sus macabras combinaciones). Los supervisores del toque de queda eran los “Night-watchers”, que advertían y circunstancialmente entregaban a las autoridades judiciales a los “Night-walkers”, es decir, a quienes deambulaban sin motivo o destino aparente. Y es ahora cuando conviene hacer el primer esfuerzo sensato de la imaginación: faltaban seis o siete siglos para que este “deambular” se cargara del sentido recreativo o melancólico con el que se nos presenta en nuestra mente cuando alguien dice que disfruta “pasear de noche”. Hace unos mil años, cuando la única luz nocturna provenía de la Luna, aventurarse más allá de las murallas de una ciudad significaba ser mutilado por los elementos o devorado por los animales (como documenta uno de los grandes géneros literarios de la época, el bestiario), mientras que hacerlo dentro de las murallas significaba ser asaltado, vejado o asesinado por quienes se aprovechaban en cualquier rincón y con relativa impunidad de las presas más fáciles (y antes y ahora, estas siempre fueron los chicos, tal como anota el historiador británico Paul Griffiths al comentar la particular ola de abandono infantil que afectó a Londres a principios del siglo XVII y que, en 1624, provocaría la creación del “Acta para Prevenir la Destrucción y el Asesinato de Niños Bastardos”).

¿Quiénes deambulaban de noche, entonces? Los auténticos parias. Criminales, vagabundos, marginales y desocupados sin otro techo posible sobre sus cabezas que las estrellas, y también las prostitutas, por supuesto, a las que hasta no hace mucho, en ciertas ciudades de los Estados Unidos, todavía se podía arrestar por andar a solas en la oscuridad (un tanto por su deplorable misoginia y otro tanto por su experiencia, para los “Night-watchers” del siglo XI el hecho de que una mujer disfrutara la noche significaba que tenía que ser una prostituta, “or no better than a prostitute”, explica Matthew Beaumont). El hecho es que la noche, hasta hace menos de lo que podríamos creer, era una zona de la experiencia lo suficientemente amenazadora como para que los “Night-watchers” (reclutados entre un elemento social no muy distinto al que debían perseguir) se atribuyeran el derecho a matar sin advertencia a los peores “Night-walkers”. La noche y la violencia, por lo tanto, se afianzaron en la conciencia colectiva mucho más que “la noche y el misterio” (otro invento de apenas trescientos años), y su rastro sangriento, a lo largo de la historia de la noche, fue tangible hasta el siglo XVIII, cuando no se consideraba tan sorprendente encontrar cadáveres de deambulantes nocturnos en los sótanos de las casas abandonadas. Tim Hitchcock, un inspector municipal de la época, cuenta como un caso rutinario el hallazgo de los “dead bodies of three emancipated women” en un edificio abandonado de Stonecutter Street, no muy lejos de otras dos mujeres “almost starved to death” en una buhardilla. De una u otra manera, quienes estaban forzados a vagar en la noche no vivían demasiado para contarlo, y quienes violaban voluntariamente el toque de queda eran poco menos que suicidas. Aún así, tener un lugar donde dormir tampoco garantizaba tantas satisfacciones.

Entre quienes consideran parte del escarnio nocturno típico escuchar a través de las frágiles paredes del siglo XXI los televisores, los aires acondicionados o las voces de sus vecinos, la información recopilada por William Baldwin acerca de lo que se oía (y se olía) hasta el siglo XVI una vez que el sol desaparecía seguramente ofrecerá cierta tranquilidad. Hace unos quinientos años, aún las noches consideradas tranquilas incluían un sonido denso, reverberado y con distintas capas, una auténtica “pared de sonido”, para usar la frase de Phil Spector. Así que, con un segundo esfuerzo sensato de la imaginación, intenten visualizar una ciudad donde, además de los rayos lunares en una ocasión despejada, no existía otra luz que la que llegaba de manera tenue a través de las ventanas de los edificios de los ricos (donde brillaba el fuego privativo de las chimeneas) y sonaba el rumor constante de corridas y risas desde todos los rincones oscuros. Estas corridas y risas no eran signos de alegría sino formas anticipatorias de una amenaza a la que, de manera extraordinaria, podía sumarse el estruendo de la destrucción de uno de los bienes lujosos de la época: el vidrio, vieja víctima regular de las peleas nocturnas. A partir de ahí, la madrugada se volvía calma hasta convertirse en “la noche que hay dentro de la noche” y el silencio se interrumpía apenas por el llanto de los bebés o el ladrido intermitente de los perros, dos estridencias que se superponían al sonido regular en el interior de las casas, “hecho de todas las escalas del dolor, la alegría, el sexo, los intestinos, las vejigas y las lenguas”, y con el sonido regular del exterior, construido por el quehacer de las ratas y los ratones, los coros de grillos, la caza y la rapiña de las aves nocturnas y la marcha hambrienta del resto de la fauna urbana, que también abandonaba sus escondites para deambular por el barro a la espera de lo que trajeran las malolientes canaletas por las que muchas casas echaban sus desperdicios (todos sus desperdicios) antes y después de dormir.

Por estas canaletas, informan los historiadores, los hombres y las mujeres comenzaban también a descubrir a otros típicos personajes de la noche humana: los voyeurs, atentos a las sombras ajenas de la genitalidad y el sexo. Respecto a este antes y después del sueño vale la pena un último detalle: al menos hasta el siglo XV se practicaba en muchas ciudades el sueño bifásico, esto es, una división del descanso en dos fases que iban desde el toque de queda hasta la medianoche y desde la medianoche hasta el amanecer. Antes de que aceptáramos como naturales los patrones funcionales del tiempo y el espacio dictados por el Iluminismo, explica Roger Ekirch, el sueño bifásico proponía de esta manera un período de desvelo compulsivo en medio de la noche destinado a “meditar, rezar o hacer el amor antes del sueño que duraba hasta la salida del sol”, instante a partir del cual la mayoría de los trabajadores volvía a sus tareas.

Recién sobre el final del siglo XV los administradores de las grandes ciudades se tomaron en serio la reglamentación de un modo para que la luz interrumpiera de una vez los peligros y los miedos de la noche (incluidos los estrictamente políticos, ya que una noche fuera de control significaba una noche abierta a las conspiraciones). Hasta entonces, lo más sofisticado que el planeamiento urbano tenía para ofrecer a quienes deambularan en la oscuridad eran hogueras en los cruces de los principales caminos, que tal como habían hecho desde la Antigüedad, marcaban una mínima referencia del punto en el que uno estaba. Alrededor de estas hogueras, además, trabajaban a veces los guías nocturnos, personas que portaban un farol y prometían a quienes estuvieran dispuestos a creerles que, a cambio de un precio, podían llevarlos hasta el lugar que estuvieran buscando, aunque muchos, en realidad, no hacían otra cosa que facilitar la entrega directa de los cándidos desorientados a las fauces de los “Night-walkers”.

Entre los siglos XV y XVI, sin embargo, las casas pudientes fueron obligadas a encender sobre sus pórticos al menos una vela durante la noche, y en el siglo XVII, en París, se dispusieron puestos de vigilancia “a trescientos pasos de distancia” para proveer a los viajeros de un guía nocturno oficial. En 1649, en Londres, Edward Heming inventó el negocio de iluminar con velas una de cada diez casas (a cambio de seis chelines anuales) y en 1736 aparecieron los faroles de aceite, que la propia ciudad se ocupó de instalar a gran escala. Durante esos siglos de transición y perfeccionamiento, el terror atávico a la oscuridad se mezcló con un desconocido terror a la luz artificial: demasiado parpadeante, brillante o perturbadora (la luz a gas, por ejemplo, producía un resplandor macilento que en conjunción con las sombras nocturnas a veces volvía más terrorífica la opción de abrir los ojos que cerrarlos), la adaptación social a las luces humanas que le pusieron fin a la noche quedó más o menos resuelta en París y Flandes en 1667, en Ámsterdam en 1669, en Turín en 1675, en Berlín en 1682 y en Londres en 1684. Faltaban dos siglos para la llegada de la luz eléctrica, aunque para entonces el reino de la oscuridad ya había sido vencido. Emancipados de la tarea inviable de ordenar la noche, además, los “Night-watchers” iniciaron su paulatina transformación en lo que primero se llamó vigilator y después policía. Y aún así, lo que empezó a germinar de inmediato en las mentes de todos fue un renovado anhelo de oscuridad////PACO

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