“Vivimos en culturas socialmente construidas, y es precisamente la artificialidad y la falta de propósito lo que confiere valor a la moda como vehículo estético para la fantasía”. En sus propias palabras, esta es una buena síntesis de lo que para Valerie Steele (Estados Unidos, 1955) han sido más de veinte años al frente de la revista académica Fashion Theory: The Journal of Dress, Body & Culture y otros quince como directora del Museo del Fashion Institute of Technology de Nueva York, creado para “brindar inspiración e información a diseñadores y estudiantes de moda”. Aunque las tareas de Steele permanecen bien articuladas con el vasto andamiaje de creativos y empresarios con nombres como Calvin Klein y Norma Kamali, que son quienes han contribuido a afianzar el negocio del diseño como uno de los más desarrollados del planeta —sin contar el fastuoso negocio del retail y la producción masiva de prendas importadas desde China, gracias a la cual se viste la mayor parte de la Humanidad—, lo que propone Fashion Theory es, tal como anticipa el título, algunos instantes de abstracción, enfocados en el campo de los Estudios de Moda. El objetivo es distanciarse de los viejos clichés que pretendían impugnar la seriedad de esta materia y, tal como hizo Miranda Priestley en El diablo viste a la moda, dejar en claro que solo las personas frívolas consideran frívolo el problema de nuestra vestimenta. Al avanzar por este argumento, Steele es capaz de frases realmente triunfales: “Hoy hay mucha gente convencida de que la moda fomenta la anorexia entre las jóvenes porque promueve imágenes de modelos delgadas con ropas exiguas. Esto en realidad es tan lógico como decir que la música country causa adulterio y alcoholismo”.

Aún así, el inconveniente de algunos de los ensayos medulares de Fashion Theory no es la materia sino, tal como pasa con cualquier colección de temporada, el tiempo. En 1998, cuando fueron escritas, las ideas de “Por qué la gente odia a la moda” pudieron haber refrendado el hecho de que “la producción de artículos para el adorno de las damas burguesas”, como lo describía Friedrich Engels, no es solo “subyugación” —aunque donde las máquinas no hacen todo el trabajo aún puedan medirse las “tristes consecuencias para la salud de los obreros”—, pero ahora, en cambio, esas son ideas devoradas por las polillas. No, hoy la gente no ama a la moda, de igual manera que no ama a nada, pero sin dudas la respeta; al menos, como se respeta a cualquier otra institución multimillonaria. Con “La mala palabra”, escrito en 1991, este desfasaje se vuelve más irrebatible: “¿Es posible que la manera de vestir perjudique la carrera profesional? Como era de esperarse, la mayoría de los académicos lo niega rotundamente”, escribe Steele, decidida a demostrar que los profesores universitarios se visten mal porque esa es una de las condiciones de la apariencia de la inteligencia. Treinta años después, la ironía de Oscar Wilde acerca de la moda como una forma de fealdad tan intolerable que “nos obliga a alterarla cada seis meses” tiene sentido, incluso, en la mayoría de las aulas a la altura del presupuesto.

Si la educación sentimental provista por un capitalismo sin adversarios hizo desaparecer en algo menos de tres décadas los prejuicios contra la moda, el paso siguiente es el ingreso al museo. Y por museo, de hecho, Steele quiere decir arte (y por arte, es fácil intuirlo, Steele se refiere al jugoso circuito de salas, muestras, curadores y colecciones en el que con urgencia suelen enjabonar sus dólares los empresarios astutos y los jeques árabes sensibles). Ahora bien, este pasaje de la moda al museo y del museo al arte tiene sus complicaciones: resabios de un ancien régime para el cual un vestido de Balenciaga, tal vez, no está necesariamente a la misma altura estética que un óleo de Lucian Freud, aunque tal vez sí a la altura de toda la obra de Andy Warhol. El diseñador Karl Lagerfeld lo define bien: “El arte es arte. La moda es moda”.

A partir de ahí, Steele argumenta en favor de un tipo de arte a la medida de sus necesidades. Es decir, un arte que deje de lado cualquier “forma significativa, de belleza eterna e índole espiritual” —en el fondo, y sin el tono ridículo que busca darle la autora: uno que deje de lado cualquier verdad— y que se concentre, en cambio, en el valor como mercancía, ya que, como nos recuerda Steele al mejor estilo Wall Street, “las pinturas y las esculturas también son mercancías”. Esta sí es la verdadera columna vertebral de Fashion Theory, y en el hecho de que se trafique como teoría de la moda y liberación femenina y LGTBQ lo que no es más que el sustrato para un excelente plan de negocios se comprende, incluso, por qué Valerie Steele anduvo de paseo por el Malba durante su última visita a Buenos Aires. Desde ya, si como Steele dijo en una entrevista, “muchos pensaban que las mujeres que se ocupaban de la moda eran estúpidas”, el antídoto para estos últimos trasnochados se llama Fashion Theory///PACO